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domingo, 16 de enero de 2022

52 Retos 2022: 1. Carta desde el futuro

Este relato contesta al reto de escritura número 1 de los «52 retos de escritura para 2022» del blog literup.es, cuyo enunciado (lo que ellos, en correctísimo español, llaman prompt) es el siguiente: Has recibido una carta de tu yo del futuro, que te escribe de aquí a 30 años. ¿Qué te dirá?


Querido José:

Te hago llegar esta carta desde el futuro. La máquina del tiempo no me permite enviarlo más atrás de 30 años, así que no podré prevenirte contra tus errores de adolescencia y juventud. Tampoco quiero agobiarte con mis achaques de anciano próximo ya a los ochenta. Solo quiero darte una gota de optimismo. Las cosas no saldrán tan mal como piensas. Es cierto que donde yo vivo el hombre ha perdido sus derechos, las corporaciones son todopoderosas y la definición de "propiedad" ha cambiado para que nos hagamos a la idea de que lo nuestro no es nuestro, sino de la empresa que lo fabricó y nos lo alquila, o del estado que nos permite utilizarlo a cambio de nuestros servicios. Pero vivimos. Vivimos y una nueva generación, adaptada a estos nuevos tiempos, nos releva con un ímpetu y una energía que no encuentran obstáculo en lo que sus mayores consideramos una grave incomodidad.

Juan, Andrés, Adrián están bien, son felices y han encontrado su hueco en la vida. Tú también has encontrado un androide que cuide de tus achaques en tus años de vejez para que puedas continuar trabajando hasta los 90.

Así que no te desesperes. El futuro será extraño, pero estará vivo.

Un saludo,
José


(Comenzado el 5/1/22 y terminado el 16/1/22)

viernes, 6 de marzo de 2020

52 retos de escritura: 10. Disfraz

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «10.Esta semana los disfraces son los protagonistas. Tus personajes deben ir disfrazados durante todo el relato». Esto me hace pensar que no voy una semana retrasado en el reto, como pensaba (empecé pasado el 6 de enero), sino con dos semanas de retraso, puesto que mis vacaciones por fin de semana siguiente al carnaval fueron hace 7 días.

Voy vestido de señor de los años 10 o 20. No lo tengo muy claro, y tampoco quienes me acompañan, Julia, Isabel, Tomás, Arturo, Cristina, Manuel —echamos en falta a Ireneo Santos, que tuvo que quedarse en Madrid corrigiendo unos exámenes— que han sido quienes por votación escogieron la temática del disfraz. La idea era imitar la época reflejada en la película Titanic, pero dado que vamos a cenar en la Casa Grande, hubiera sido más adecuado inspirarse en Lovecraft. Porque en esta casa elegante donde el tiempo se detuvo hace cien años (la propiedad, tan repartida, ha impedido iniciar reforma alguna) se sienten presencias oscuras que no se resignan a permanecer en el pasado.

Juan y María, los anfitriones, ha caldeado el oscuro salón sobre cuyo empapelado escarlata se dibujan vagos motivos florales. Un quinqué colgante, adaptado a la luz eléctrica en los tiempos de Maricastaña —el cable aislado con gutapercha da testimonio de ello— arroja una débil claridad amarilla sobre los oscuros muebles de recia caoba, cuidadosamente desempolvados. Sobre ellos resplandecen las bandejas de plata con servicio de té en porcelana china. Tomamos una copa de cava en el salón mientras comentamos lo bien que se conserva la propiedad y lo distinta que es esta estancia casi acogedora de la imagen que los cuentos de Juan crearon en nuestra cabeza. Este, sin perder la sonrisa, nos invita a pasar al comedor.

Se trata de una estancia alargada cuya decoración no es muy diferente de la que reinaba en la estancia anterior, pero iluminada exclusivamente con velas, para aumentar la sensación de viaje en el tiempo. Sobre la larga mesa ya está dispuesto el servicio en porcelana con copas de cristal de roca.

Hace años que no comía con servicio de plata. Quizá desde que murió mi abuela, en cuya casa solo el servicio y los niños chicos usaban inoxidable. También me traen recuerdos de ella la sopera de porcelana (en casa de mis padres son mero adorno en la vitrina; en otras hace tiempo que las tiraron) y las salseras que rodean la fuente de rosbif. Nos colocamos en los lugares designados y, una vez sentado y con una enorme servilleta de hilo en el gaznate, me aseguro de que el bigote postizo esté bien pegado. Nada me desagradaría más que verlo nadando en la sopa.

A mitad de la cena, comienzo a sentir frío. No debo de ser el único, pues María se levanta y mira si se ha apagado la estufa —única concesión a los tiempos modernos—. Sin embargo, está encendida.

—Se habrá abierto alguna ventana por arriba— dice María.

Efectivamente, al cabo de unos pocos minutos comenzamos a oír golpes y suponemos que el viento habrá atravesado alguna ventana mal cerrada. Acabamos la sopa, que he tratado de saborear lentamente para estar a tono con la época —a pesar de lo cual he acabado antes que nadie— y acometemos el rosbif. La mano de Juan tiembla al acercar la salsera. ¿Solo me estoy fijando yo?

Terminamos el rosbif. Abrimos otra botella de cava para brindar por el cumpleaños de Juan. Pero entonces los golpes de arriba se hacen más insistentes, y finalmente suena un gran golpe seguido de un estrépito de vajilla rota. Subimos todos para echar una mano a los anfitriones.

El pasillo es oscuro y gélido. Noto cómo se eriza el vello en mis brazos. Un sudor frío gotea por mi espalda. Juan, al final de las escaleras, gira la llave de la luz, gesto al que responde una vieja bombilla que parpadea entre sonidos crepitantes.

Entonces, desde lo alto de la escalera, Juan da un grito de horror y sale corriendo hacia un lateral. Dudamos un momento. ¿Huir cobardemente? ¿Socorrer al amigo? Subimos, jadeantes, y al llegar arriba un fogonazo ciega nuestros ojos.

Con los ojos cerrados salto hacia delante, agarro entre mis brazos algo que parece un cuello. Hago fuerza hasta sentir debilitarse la respiración de esa garganta entre mis manos y solo dejo de apretar cuando oigo la voz del anftrión diciéndome que pare. Entonces abro los ojos y veo la faz de Ireneo Santos, casi inerte, que se conchabó con Juan para gastarnos esta broma pesada.

domingo, 1 de marzo de 2020

52 retos de escritura: 9. La casa de mi infancia.

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «9.Escribe un relato que ocurra en la casa de tu infancia». El reto es difícil, pues no sé con qué casa de la infancia quedarme. Cuando tenía unos seis años, la casa que yo añoraba era la casa de Madrid, donde había quedado el mecano, ese mecano que le robaron a mi padre en el tren, junto con las maletas, cuando lo traía para acallar nuestras quejas. Pero cuando volví a Madrid, la casa que añoré fue la de Logroño, con su extraña distribución debida a que el piso había sido oficina y en principio lo iba a volver a ser cuando nos marcháramos (aunque, finalmente, se derribó), con su cuarto oscuro, con su tele entre el salón y el despacho, con su "patio" cubierto con un tejado de uralita, a seis metros sobre nuestras cabezas, y una puerta allá en lo alto a la que ninguna escalera de la casa permite subir.

Es el año ochenta y uno. Lo sé porque después nos contó mi madre que todo había sucedido cuando lo del golpe. Mi tía fue a operarse a Madrid y mis padres fueron para alojar a la familia en su casa de allá, que en realidad no era suya, sino de mi abuela, pero ellos tenían las llaves. Así que nos dejaron en el piso con la niñera. Nos gustaba aquella niñera, que luego, cuando fuimos mayores, siguió teniendo relación con la familia. Pero he de reconocer que le hacíamos grandes trastadas. Saqueábamos su baño, cogíamos el pintalabios y pintábamos el espejo, jugábamos con el rizador de pestañas... No me extraña que luego, cuando tuvo hijos propios, los tratase con severidad, para evitar que salieran tan malcriados como nosotros.

Aquel fin de semana que no estaban mis padres nos levantamos antes que la niñera y, sigilosamente, nos dirigimos al comedor. Allí, empotrada entre los anaqueles de una gran estantería de despacho, había una enorme caja fuerte. Era del piso y nos habían dicho mil veces que no la tocáramos, no fuéramos a estropear la combinación. Pero ya se sabe: para un niño no hay como prohibirle las cosas para que se le acreciente el ansia por traspasar los límites de la autoridad.

Habíamos leído hacía poco, en un Don Miki o un Copito, una historia en que el protagonista abría la caja fuerte con cinco a la derecha tres a la izquierda y cuatro a la derecha. Nuestra caja fuerte tenía —aún lo recuerdo— letras en vez de números, pero eso no nos iba a echar atrás. Mi hermano daba instrucciones y yo manipulaba la caja:

—Está en la A. Cinco a la derecha... La derecha es la mano donde no llevo reloj. Be, Ce, De, E... Efe. Ahora, tres a la izquierda. E, De... Ce. Y ahora, cuatro a la derecha. De, E, Efe, Ge. ¿Se abre?

—No se abre. ¿Hará falta meter la llave?

—Vamos a probar. Gordo, tú sabes dónde está la llave.

Me subí a una silla para abrir una puerta en la parte de arriba, de donde saqué un jarroncito. Lo volqué. Apareció una llave con doble pala, algo que en aquellos tiempos no era demasiado habitual. No la había probado nunca, pero la única cerradura con esa forma era la de la caja fuerte.

—Toma. Gírala, con fuerza. ¿Abre?

—La llave gira, pero... Quizá tengo que girar también la palanca

Ni hermano giró con fuerza la palanca, tiró y la puerta se abrió finalmente

—Menos mal. Temí que no recordásemos cuál era la derecha y cuál la izquierda.

La caja parecía vacía, pero había un cajoncito que se podía sacar. Dentro del cajoncito encontramos una pequeña cámara de fotos.

—¿Y esto?

—Una cámara miniatura. Como las que tiene papá.

—Ya, pero... ¿Por qué está dentro de la caja?

—Quizá es de un espía. Como en los cómics.

—¿Tú crees? ¿Tendrá película?

—Espera. No la abras. Si lo haces, se estropea la película.

—Entonces, ¿cómo vamos a ver la foto?

—Creo que no se puede.

—Vaya.

Con los años supe que aquel piso que habían alquilado temporalmente a mi familia había sido una instalación de la policía franquista. Quién sabe lo que hubiera encontrado de haber revelado las fotos. Mis padres nunca supieron que habíamos abierto esa caja, y tampoco debió darse cuenta el cajero, pues fuimos hábiles y dejamos la combinación en su estado inicial y la llave en su sitio. Pero la niñera algo debió de sospechar, porque se levantó y anduvo por la casa un rato, buscando los efectos de nuestras trastadas nocturnas, antes de levantarnos.

domingo, 23 de febrero de 2020

52 Retos de escritura: 8- Arco emocional de Edipo

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «8.Haz una historia en la que tu protagonista siga el arco emocional de Edipo.»

Cuando el Rey Alfonso expulsó de Castilla a los leoneses Diego y Ferrando, ellos pensaron que no era tan grave: podrían recuperar por su brazo la riqueza que se les había arrebatado.

Diego cruzó el Duero por Zamora y se dirigió al sur, hacia Salamanca y Ledesma, entonces todavía objeto de frecuentes razzias. Su hermano fue hacia Valladolid y de allí a Segovia y Madrid, en cuyo cerco se batió como un león, llegando a cortar la mano del emir madrileño, por lo que Alfonso VI le concedió la prerrogativa de lucir una mano sangrante en su escudo de armas.

No acabaron ahí las hazañas de los dos hermanos. Pillando caravanas de abastecimiento, quemando atalayas, asediando castillos, mandando engañosos mensajes a los jefes de menor rango, consiguieron ir haciéndose con un rosario de pequeñas fortalezas en la margen del Tajo que no se molestaron en intentar conservar, pero ofrecieron como espléndido regalo al ley leonés. Así ganaron su perdón primero y después su amistad.

¿Qué podría hacer el buen don Alfonso para recompensarlos? Por aquel entonces, un caballero castellano llamado Rodrigo, también objeto de su ira, había seguido una trayectoria paralela, conquistando tierras en la línea que iba de Gualajara a Valencia. Le habían dicho que tenía dos hijas. Sería una buena solución de compromiso que, además, permitiría mantener lejos de la corte a los peligrosos infantes.

Don Rodrigo estaba entusiasmado. Los antepasados de los infantes habían tenido un gran feudo en Carrión. Perdido el feudo, ellos se habían ganado fama de valientes. Serían buenos yernos.

Se celebró la boda con grandes fastos en una Valencia ignorante de la inminente amenaza almorávide, por lo que el rey Búcar pudo cercar una ciudad cuyas despensas estaban completamente vacías a causa de las celebraciones de los días anteriores. Era necesario organizar una salida.

Diego y Fernando tuvieron una idea. Disfrazados con las exóticas vestimentas enemigas, aprovecharían el caos para tomar prisionero al rey marroquí. ¡Si los vierais salir, con sus capas moriscas, por el postigo! ¡Si vierais el rojo filo de sus espadas saliendo por entre las tripas de la guardia de Búcar! ¡Si los vierais entrar en la tienda y desmantelarla! Desafortunadamente, Búcar no estaba en ella, pues, contra la costumbre de los reyes cristianos, los marroquíes salían a combatir con sus tropas. Por ello fue Rodrigo quien se apuntó el tanto de su muerte. Cuando volvieron al castillo, los dos infantes vieron que las tropas del burgalés los miraban con reproche. No los habían visto en el campo de batalla. Nadie creyó la historia de los disfraces, ni siquiera a la vista de las riquezas robadas de la tienda de Búcar, que los leoneses depositaron en el botón general y los castellanos no dudaron en repartirse. Los dos hermanos solo conservaron un hermoso cáliz que, andando el tiempo, se veneraría en la catedral como llegado de Tierra Santa. Según algunos, tiene la huella de los labios del Mesías en su superficie de plata y cristal.

Una tarde, unos juglares saltimbanquis aparecieron con un león en el castillo. El espectáculo era magnífico, a pesar de la avanzada edad de aquel felino habituado a una vida regalada. Después de verlo, Rodrigo se echó la siesta. Había sido una comida copiosa, regada con abundante vino. No sabía que uno de aquellos juglares había vertido en una hermosa copa de plata y vidrio unas gotas de un infalible veneno. Ni tenía por qué saberlo, pues aquella copa no era la suya, sino la que compartían por turnos sus yernos Diego y Fernando, a los cuales les sobrevinieron intensas ganas de dirigirse bajo una viga lagar a hacer de vientre. Allí los encontraron todavía horas después, ignorantes de que en el ínterin el león había saltado de su redil, atraído por el olor de las sobras esparcidas todavía en la mesa y el suelo a causa de la desidia y falta de higiene de aquellas indisciplinadas tropas de Castilla. Los castellanos, hechos a burlarse de todo, corrieron el infundio de que la diarrea de los infantes era producto de su miedo al león. De nuevo, no hubo cómo defender la verdad.

Finalmente, los leoneses decidieron volverse a su Carrión natal. En el camino, hicieron parada en el robledo de Corpes. Aquella noche, Fernando no podía dormir y se fue a dar una vuelta. En un claro, sorprendió a doña Elvira, su esposa, abrazando a su primo Félez Muñoz. Al principio, pensó en dejarla allí y partir en compañía de su hermano hacia su carrión natal, dejando que los de Castilla se las arreglasen entre ellos. Pero, pensando en los bulos que últimamente habían propagado los burgaleses, decidió dejar de lado su natural pacífico (solo en la guerra le parecía justificado usar de la violencia), agarró las cinchas del caballo y los dejó a ambos hechos un cristo. Tras lo cual, llamó a su hermano y se fue. En cuando a doña Sol, ni Diego ni Fernando la tocaron, pero ya en otras ocasiones la habían visto usar cilicios y otras torturas equiparables.

Don Rodrigo se sintió herido. Envió a sus alféreces a retar a los infantes. No se atrevió a participar él mismo porque por aquel entonces había comenzado a padecer gota a causa de la dieta de arroz abanda a que lo sometía doña Jimena, ignorante de que la auténtica paella valenciana lleva más carne que marisco. Los de Carrión se confiaron; en vez de pasar la noche anterior velando las armas, se metieron en una taberna a celebrar su próxima victoria. Compartió con ellos mesa y mantel un juglar que les sonaba de algo, no sabían bien de qué. Quizá en compañía de un león, aquel Per Abbat les hubiera causado cierta reticencia, pero hacía tiempo que el felino había muerto de un cólico.

El caso es que, a la mañana siguiente, su mente estaba nublada como si en vez de zumo de uva hubieran bebido un destilado clase C, de esos que no podrían aparecer en los realistas cantares castellanos porque, según los probos comerciales de alcohol, son mera leyenda urbana. Los hermanos sentían retortijones en las tripas y cada paso del caballo les causaba mareos. Aun así, estuvieron a punto de ganar a los representantes de don Rodrigo, pero este había prevenido a sus hombres para que untaran la punta de sus espadas con un fuerte veneno, de manera que el menor roce causara la muerte fulminante.

Los infantes de Carrión pasaron a la posterioridad como los villanos de la historia. Siendo astutos y taimados, no lo fueron tanto como su rival, aquel héroe cantado en los romances y las crónicas castellanas.

sábado, 15 de febrero de 2020

52 retos de escritura: 7. Fantástico.

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «7.¡La fantasía es la protagonista! Esta semana escribe un relato de este género». Entre correcciones y otros se me ha ido el tiempo esta semana, por lo que he escrito un microcuento en el tiempo que he hurtado a la vida familiar.

A veces, abres la puerta de casa y, como en Las puertitas del señor López, acabas en un nuevo mundo.

Allí, las praderas son verdes y frescas, nunca holladas por pisadas de hombre o de vaca. Si te tumbas en la hierba, ni moscas se pegan a tu cara ni cardos atraviesan tu ropa.

Caminas horas antes de encontrar una alquería, donde el extraño es recibido con hospitalidad. La señora de la casa ofrece café y saca unas pastas de la alacena. Su hija echa un terrón de azúcar en tu taza de porcelana, pero te saben más dulces sus miradas lánguidas. La madre habla de la dureza de la vida en el campo, del marido muerto, de la conveniencia de un hombre que tome a su cargo las labores más rudas. Comprendes el mensaje. Te ofreces a partir leña, pues en este lugar posees una complexión atlética que te hace confiar en tu habilidad con el hacha.

Cuando acabas con la pila —las dos mujeres han estado observando con indisimulado éxtasis tu tórax desnudo— está cayendo la tarde. No quisieras abusar de su hospitalidad, pero te queda mucho camino que recorrer. Así que aceptas un lecho preparado precipitadamente en el henar. No exhala el agrio olor de la hierba en putrefacción, sino aroma a trigo recién segado. Te acuestas nervioso, excitado por el nuevo mundo que has descubierto y la perspectiva de la aventura.

Aunque es noche cerrada, no has conseguido dormirte aún cuando escuchas en la puerta unos suaves toques y una voz femenina. Abres.

Al otro lado de la puerta, el recibidor de tu casa, desde el cual llegaste a este mundo.

domingo, 9 de febrero de 2020

52 retos de escritura: 6. Sin gerundios.

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «6. Haz una historia sin un solo gerundio.».

Sin un puñetero gerundio. El editor le pidió a Barrabás Matanzas una novela sin un maldito gerundio. Al principio, parecía fácil. En inglés, el gerundio es sustantivo verbal, participio de presente y mil cosas más; pero en español solo se emplea como adverbio, u ocasionalmente como adjetivo. Aun así, ¿cómo decir, sin usar un gerundio, «el barco estaba en trance de alejarse del muelle cuando Ana sintió que comenzaba a sufrir un mareo y que iba a vomitar, no porque el barco se bambolease sobre las suaves olas del mar sino porque ahora se daba cuenta de que Eduardo, el hombre con el que se había casado, la había estado...», quiero decir, «había comenzado a engañarla desde el comienzo mismo de su largo noviazgo»?

Afortunadamente, en esta época de procesadores de texto era fácil crear un pequeño programa para detectar los gerundios según se escribían. Barrabás tenía la secreta afición de perder el tiempo con la programación de macros que facilitasen las pequeñas cosas de la vida. Así que ahora tenía una excusa para pasar dos o tres horas en la preparación de un pequeño programa absolutamente inútil.

Cuando acabó de hacerlo, lo probó mediante la escritura de dos o tres párrafos en que se habían deslizado, sutiles cual serpientes silenciosas, sucios gerundios. «Está bien», se dijo Matanzas, «pero sería conveniente poder detectar también las aliteraciones y cacofonías». Otras dos horas perdidas en su absurda programación le llevaron a una macro que, además de eliminar gerundios, escogía distintos conectores para que evitar que todas sus oraciones comenzasen por «ademases», «sin embargos» y «cuandos». No era suficiente.

Dejó de lado la escritura durante un mes. Llegó a conseguir una macro que, a partir de un breve esqueleto narrativo, escribiese una novela. La dama de alta alcurnia enamorada de un patán se convertía en «Miss Edith Monroe sintió su corazón palpitar bajo los encajes de su vestido de tul. Enmarcado por el ala de su pamela, un marinero bañado en el sol rojizo del atardecer se afanaba en baldear la cubierta. Al terminar, volteó sobre sí uno de los grandes barreños que había transportado con sus musculosos brazos. Para miss Monroe, aquella camiseta de rayas pegada al fornido cuerpo del marino superaba con creces la técnica de paño húmedo de los escultores griegos». Pero no era suficiente. Faltaba alma, faltaba vida.

Otro par de meses llevaron a Barrabás a conseguir que el ordenador eligiera entre argumentos buenos y malos, que diera a las historias giros que ningún autor pudiera haber imaginado, que construyera personajes con la profundidad de un filósofo alemán, la voluntad de un empresario norteamericano, el alma atormentada de un teólogo sueco y los vicios secretos de un inglés de la era victoriana. Pero, no sabía por qué, las novelas —que ahora la computadora producía como churros—salían muy masculinas.

¡Falta algo más, falta algo más! Alimentó al ordenador con fotografías de guerras cruentas, de fiestas desenfrenadas, de lujuria, avaricia, envidia y corrupción. Lo llevó a tugurios infectos; lo aficionó a la bebida, a las apuestas violentas y al sexo abúlico de las meretrices. Finalmente, a un día de plazo para la entrega de la que él esperaba que fuera su obra perfecta, pulsó el botón que activaría el mecanismo.

Un mensaje en la pantalla le indicó, rápidamente, el resultado:

—Ahora estoy de resaca. ¿Qué tal si me da un par de meses más de plazo?

domingo, 2 de febrero de 2020

52 retos de escritura: 5 - Space Opera

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «5. Tu relato debe ser space opera y hablar sobre una travesía por diferentes planetas.».

A aquellas alturas de mi vida, no esperaba que el emperador de Pixl siguiera interesado en mí, pero me llegó la carta a la Academia Espacial. «Se requieren sus servicios para salvar el Imperio. Preséntese en el espaciopuerto de Berta para recibir instrucciones». Dudo que el Ministerio de Guerras Civiles, o quien quiera que redactase la carta, fuera realmente consciente del estado de mi nave y de su tripulación. Casi todos habíamos languidecido enseñando a los novatos los rudimentos del esperanto, el desatranco de tuberías, la limpieza y pulido de tarimas y otras habilidades no por necesarias menos desagradables. Sería una forma honrosa de jubilarse, o quizá una forma rápida de ahorrarle diez pensiones al Ministrerio de Caridad Bien Entendida.

Jeremías Cohen me aseguró que los motores estaban en perfecto funcionamiento. Unos reclutas los habían desmontado el mes anterior, pero unos alumnos de segundo grado habían vuelto a montarlos en las últimas semanas. Como era sabbat, él no había podido terminar la segunda verificación, pero se fiaba de Dionisio Hernanz, el inestable pero astuto alumno que los lideraba. Yo también me hubiera fiado de él. Preparaba unos mojitos increíbles.

Anastasia Yakovlev, nuestra piloto, había estado compitiendo el día anterior en las carreras de bigas, y había ganado, como siempre, por lo cual esta mañana se encontraría durmiendo la resaca, como cada sábado (había carreras todos los viernes). Así que sería el segundo piloto, Peppe Tornatore, quien sacara la nave del hangar. Todos rezábamos por que sus cataratas no le impidieran esquivar las columnas.

Prudencio Custodio, nuestro navegante, trazó la ruta óptima hacia Berta mientras Peppe hacía levitar suavemente la nave por el séptimo sótano del hangar. Puesto que nuestro aparato era antiguo, deberíamos pasar cerca de varias estrellas para ganar el impulso necesario para catapultarnos hasta Berta. Eso suponía tres saltos hiperespaciales y una hibernación de tres meses antes de iniciar el primero.

Esperamos al domingo antes de convocar la reunión estratégica, de forma que el sargento Cohen y la teniente Yakovlev pudieran estar presentes. Expliqué el plan.

—¿Es necesaria la hibernación? ¿Y los saltos hiperespaciales? Me producen una inmensa resaca ⁠—⁠dijo la teniente Yakovlev.

—Podríamos hacer una trayectoria parabólica perpendicular al plano del sistema estelar ⁠—⁠indicó el teniente Custodio—. Pero necesitaríamos castigar los motores.

—Los motores están bien ⁠—⁠aseguró el sagento Cohen⁠—⁠. Esta mañana he vuelto a revisarlos.

—Entonces, ¿de acuerdo en seguir la ruta alternativa?

Aprobaron por unanimidad el cambio de ruta, sin saber que nos metería en un agujero de gusano no cartografiado. Cuando conseguimos salir de él, el navegante tomó una referencia de las estrellas y pidió al ordenador de a bordo que que comprobase que nos hallábamos en el universo correcto. El ordenador emitió un ping hiperespacial a la enciclopedia galáctica y comprobó que los datos fundamentales de la historia (resultado del último partido de fútbol, modelo llevado por la princesa en la gala de los premios imperiales, precio de los ajos en el mercado de Chicago) no hubieran cambiado. Todo correcto. Aquellos dos planetas que teníamos delante eran la vieja Tierra y Marte.

A pesar de su nombre, la vieja Tierra era uno de los Jóvenes Mundos, donde no se podía atracar sin una autorización especial de la Sociedad de Naciones Galácticas. Además, su protectorado se había entregado a una de las pocas naciones extraimperiales. Así que nos dirigimos a Marte.

A pesar de su nombre, Marte no está lleno de marcianos, como podría creerse. Es un desierto rojo donde, de vez en cuando, aterrizan obsoletas sondas procedentes de la Tierra. Nuestro artillero, Bill Shooter, se tomaba un gran trabajo destruyendo aquellas que se acercaban demasiado a nosotros.

—A este paso, nos vamos a quedar sin munición antes de llegar a nuestro destino.

Dado que en la Armada de Pixl el combustible y la munición son la misma sustancia, su observación podría haber inquietado a cualquiera que no supiese que Bill era un cenizo y siempre exageraba las cosas.

Después de tomar unas muestras de rocas marcianas, comprobar el estado de la nave, hacer un poco de turismo y encontrarnos con otros naúfragos espaciales que habían recalado en la misma roca pero ⁠—⁠desafortunadamente⁠—⁠ ignoraban nuestra versión de esperanto, zarpamos rumbo al espaciopuerto de Berta.

—Propongo que esta vez usemos una ruta tradicional. Nadie ha cartografiado el eje Z de la galaxia, y nos arriesgamos a volver a caer en un agujero de gusano.

—Shooter, no seas cenizo. Hay una posibilidad entre un millón de encontrar un agujero de gusano no cartografiado y ya hemos encontrado uno. El rayo no cae dos veces en el mismo sitio.

—Está bien, está bien. Pero tened en cuenta que la munición se acaba, la vela es corta, la noche es larga y al autor de este cuento se le están acabando las ganas de escribirlo.

Por segunda vez decidimos, casi unánimemente, tomar la parábola perpendicular. Nos acercamos al Sol, nos impulsamos hacia arriba pasada la órbita de Mercurio y fuimos trazando espirales hasta adquirir el impulso gravitacional necesario para proyectarnos en el eje Z. Por segunda vez, esto nos llevó directamente a un agujero de gusano.

—Nos ha mirado un tuerto ⁠—⁠dijo la teniente Yakovlev.

—Por alusiones ⁠—⁠replicó Custodio—. La computadora de a bordo indicaba que la probabilidad de encontrarse otro agujero de gusano era una entre un millón. Pero es que hemos llegado al mismo agujero de gusano por el que vinimos.

—¿No lo cartografiaste?

—Eso era misión de la computadora de a bordo. Pero ella dice que es competencia del directorio espacial de mapas, cartografía y planos turísticos, allá en Pixl, y que se encontraba fuera de línea a causa del carnaval.

—Maldita burocracia. Al menos, habremos llegado al punto de partida.

—No exactamente. Los agujeros de gusano son sistemas caóticos. Por eso nunca se han podido aprovechar comercialmente. Ahora mismo estamos enfrente del planeta Arreit, cuya armada se ha puesto en alerta y a estas alturas de la conversación ya hos habrá rodeado. ⁠—⁠Efectivamente, por la megafonía se escuchaban las instrucciones del líder supremo de Arreit conminando a la tripulación a rendir su nave inmediatamente.

—¿Algo más?

—Sí. Este no es nuestro universo. La princesa fue de amarillo a la gala de los premios imperiales.

—¿De amarillo? ⁠—⁠Cohen estaba indignado⁠—⁠. Ese color no se lleva desde hace tres temporadas, y además da mala suerte.

—Entonces, es probable que Arreit nunca haya desarrollado las armas blast. Vamos a jugárnosla. Dales caña, Billy. ¡Por el imperio y la gloria!

—¡Por el imperio y la gloria! ⁠—⁠corearon todos.

Efectivamente, en aquel universo, a diferencia del nuestro, Arreit era todavía un mundo joven e indefenso, aunque más avanzado que su rival del otro lado de la galaxia. Después de masacrar a su armada, bajamos al planeta a respostar.

—Venimos en son de paz ⁠—⁠repetían nuestros altavoces en cien idiomas diferentes.

Llenar el depósito con el valioso mineral blast fue un proceso rápido, gracias a la miríada de nativos dispuestos a trabajar como esclavos para nosotros a cambio de salvar su vida. Acto seguido, abandonamos el planeta. Un observador externo pudiera juzgar cruel nuestra conducta, pero lo cierto es que los habitantes lo agradecerían. El capitán (es decir, yo mismo) recompensó la docilidad de aquella población regalando sus líderes los manuales Armas de destrucción masiva basadas en Blast (para Dummies), El uso recreativo del blast y sus efectos sobre la salud y Nuestro enemigo está al extremo de la Galaxia. Guía para atacar la Tierra desde Arreit.

A continuación, volvimos a entrar al agujero de gusano con la esperanza de que nos devolviera a un universo en que la princesa no vistiera de amarillo. El navegante confirmó nuestra ubicación: habíamos vuelto al punto de partida. Literalmente, así que volvía a ser sabbat y la teniente Yakovlev volvía a estar de resaca. Custodio me dio unos golpecitos en la espalda:

—No se desespere, capitán. Al menos, eso significa que no llegaremos tarde a la guerra.

sábado, 25 de enero de 2020

52 retos de escritura: Año nuevo chino

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «4. Haz un relato que ocurra durante el Año Nuevo Chino.».

En el fondo del metro no hay cobertura. Es lo que tiene la línea seis. Es lo que tienen los barrios de pobres. Así que salgo a la superficie, y busco algún centímetro donde quedarme esperando a que mi hermana salga. Al poco, suena el móvil. Parece que hay otra boca de metro y ha salido por ella. ¿Cómo describirle dónde estoy? Al fin, decido ir a la acera de enfrente, menos saturada, le leo en voz alta el nombre de la calle y aguardo a que lo encuentre en el GPS.

Finalmente nos encontramos. Avanzamos por una calle de aceras estrechas con coches aparcados a ambos lados. Escaparates con carteles en caracteres orientales a ambos lados: tiendas de productos electrónicos, de menaje, de artículos de peluquería y de cosas que no logro identificar. También restaurantes, bares, pescaderías. Llegamos a la esquina de la calle principal. Contemplo el escaparate de una tienda de artículos de segunda mano. Mi hermana tira de mí. «Mira, vienen por allá». Buscamos un hueco. Desde aquí solo se ven lo que parecen minúsculos dragones (luego sabré que eran gallos). Corremos para adelantar al cortejo, esperando buscar un lugar desde donde se puedan hacer buenas fotos.

Por fin, un claro entre la multitud. Un buen punto desde donde hacer fotografías, buenas o malas. Tomo varias instantáneas del gran dragón que está avanzando. Después veo un niño pequeño y le cedo mi sitio. Al fin y al cabo, yo soy más alto. El padre me da las gracias.

Cuando nos cansamos de hacer fotos, buscamos un bar donde tomar algo. Está todo llenísimo. Encontramos finalmente hueco en una cafetería bastante apartada. Cerveza fría, tapa generosa. En esto estamos cuando veo pasar a Susana Wang.

—¡Hola, Susana!, ¿cómo por aquí?

—He venido con mis padres.

—Hola, encantado de conocerles. Soy el tutor de Susana.

Susana es la delegada de mi tutoría. Es una estudiante excelente y colabora con los demás. Me gustaría decirle todo eso a sus padres, pero me da un poco de apuro. En todo caso, me gusta conocerles, pues nunca han venido a las sesiones de entrega de notas.

—¿Tutor?

—En el instituto,en las clases. Su hija estudia mucho.

Se ve a Susana un poco azorada. El padre la mira con mala cara, pero no dice nada delante de mí. Decido que es buen momento para que mi hermana y yo nos retiremos.

El lunes, Susana me confiesa todo. Ha estado viniendo sin decírselo a sus padres, que creían que iba a trabajar al bazar de un tío suyo.

—¿Cómo acabó la cosa?

Han decidido que, como tengo buenas notas, seguiré viniendo. Pero que por las tardes tendré que ir a ayudarles en el bar.

domingo, 19 de enero de 2020

52 Retos de escritura: Aracnofobia

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «3. La aracnofobia es un miedo muy común. Haz que tu protagonista la padezca.».

—Dice usted que tiene problemas con los arácnidos. Es un miedo muy común. ¿Hasta qué punto es grave? ¿Le causa problemas con su familia? ¿Con sus amigos?

—Bueno, no tengo mucha familia. Soy soltero; mis padres murieron; mi hermano está en el hospital desde hace años. Tampoco tengo muchos amigos.

—Ya veo. Está solo, solo con sus miedos. Quizá eso los haya agravado, ¿no cree usted?

—Puede ser.

—Mencione alguna situación concreta donde experimente su miedo.

—Temo bajar a sótanos oscuros llenos de polvo y telarañas.

—¿Puede ser una reacción contra la suciedad?

—No... Yo creo que... en algún lugar puede haber oculta una viuda negra, una migala, una tarántula.

—Ya sabrá que, de esas tres especies, solo la tarántula vive en Europa, aunque hay arañas emparentadas con la familia de la viuda negra. Pero en cualquier caso, prefieren lugares secos, no sótanos.

—¿De veras?

—Lo dice la Wikipedia, así que no sé si fiarme del todo. Lo de no poder entrar a sótanos tampoco parece un gran problema. ¿Tiene sótano su casa?

—No, pero... Soy agente de la propiedad inmobiliaria. A los clientes... les parece mal que lleve guantes y máscara de protección en los ojos. Ya sabe, por si una tarántula me lanza sus pelos.

Theraposidae. Hablemos con propiedad. La Lycosa Tarantula no lanza sus pelos. Otra cosa es que los norteamericanos, que son muy suyos, llamen «tarántulas» a las Theraposidae.

—Claro, sí. Está muy informada, doctora. Se nota que es usted un especialista en aracnofobia.

—Y dejando aparte el miedo que siente a bajar a sótanos, ¿no le causa más problemas su aracnofobia?

—Hay más cosas. Por ejemplo, las lámparas de brazos.

—¿Las arañas?

—¡No las llame usted así! Ahí en el techo, pienso que van a venir a buscarme.

—¿Solo siente ese terror en la oscuridad, o también cuando están encendidas?

—En todos los casos. Imagine qué horror, enseñar una casa y descubrir que sus lámparas son... ya me entiende. Menos mal que últimamente la gente se deshace de las lámparas antiguas.

—Pero podría usar ese temor de manera positiva, para ver que su miedo es irracional. Por ejemplo, la palabra web significa, en inglés, telaraña; y sin embargo, usted navegará por internet...

—A partir de ahora dejaré de hacerlo.

—¿De veras? ¿No se da cuenta de que no puede salir ninguna araña de la pantalla de su ordenador?

—Lo siento, soy muy sugestivo.

—Desde luego, parece que lo suyo es un caso más grave de lo que me temía. Aunque soy especialista en el tema, supondrá un reto profesional. ¿De dónde cree que viene su miedo a las arañas?

—A los dieciocho años, visitando la central nuclear con el grupo del instituto, mi hermano sufrió la mordedura de una araña radiactiva. Fue una experiencia horrible. Durante días estuvo en cama, conectado a un respirador. Saturaron su cuerpo de yodo para eliminar la radiación y de antihistamínicos para aliviar la inflamación. A pesar de todo, no pudieron hacer mucho por él. Desde entonces, tengo un pavor horrible a las arañas.

—Es curioso que sea un trauma tan tardío. Normalmente, estas cosas surgen en la infancia más temprana. ¿No recuerda algún episodio en sus primeros años?

—Bueno, ahora que lo dice... Recuerdo que una vez, en la bodega de los vecinos, apareció una araña grande como un cangrejo. Del tamaño de mi mano. Claro que yo tendría entre siete y nueve años, y mi mano no podía ser muy grande. Con horror vi cómo el abuelo del vecino cogía la araña, arrancaba las patas una tras otra y nos las alargaba: «Para que perdáis el miedo». Aquella noche, antes de dormir, cogí el insecticida de la mesa del pasillo y fumigué abundantemente bajo las altas camas y en los rincones del cuarto.

—La araña es un símbolo de la madre colérica. ¿De niño tenía usted miedo a su madre?

—Mi familia es del norte; mi madre siempre fue la que se ocupó de criarnos y de imponer las normas de la casa. Pero nunca fue cruel, ni le tuve miedo.

—También puede ser un símbolo del pánico a las mujeres. ¿Qué tal sus relaciones sentimentales?

—La verdad es que no muy bien. Siempre se estropean por detalles aparentemente sin importancia. Por ejemplo, mi primera novia, Nina. Cuando por fin me decidí a llevarla a un hotel, estaba bajándole la cremallera de su top de cuero cuando encontré en su espalda... Un tatuaje de una araña. Nunca me había hablado de él. Y bueno... No pude continuar. Ella me dejó a los pocos días.

—¿Usted le comentó algo sobre el tatuaje?

—No, no le dije nada. Me avergonzaba tanto...

—Comprendo. ¿Algún otro caso que pueda comentar?

—Elsa. Nos conocimos en la finca de un amigo. Había organizado una fiesta monumental, de varios días de duración, con mucha gente. Era una finca enorme, con casitas de huéspedes que normalmente se alquilaban, pero que cerró para alojar a las diversas pandillas que amigos que no nos conocíamos entre nosotros. Habíamos estado bebiendo toda la tarde, así que después de cenar..., bueno, lo normal: cada quien estaba buscando compañía para pasar la noche. Me puse a bailar con una amiga mía pero luego ella se acercó y la reemplazó. La llevé al sofá a tomar una copa y luego... buscamos un lugar más discreto, ya lo puede imaginar. Pero entonces un gato entró en la habitación.

—¿También teme a los gatos?

—Oh, ya sabe. Es gato y araña. Por eso no podía estar desnudo junto a un gato.

—Ya veo. Ahora comienzo a comprender la magnitud de su terror. Pero no se preocupe, porque acabará hoy.

—¿Ah, sí?

—Creo que lo más conveniente es la hipnosis. Lo inmovilizaré para evitar que se haga daño.

—¿No serán correas de cuero? Me causan sarpullidos.

—Tranquilo. Suelo usar pañuelos de seda para este propósito.

—Bien. Siempre me atrajo el bondage.

—Ahora siga atentamente el movimiento de mi mano. Cuando diga tres, se dormirá. Uno... dos... tres.

Ariadna Santos comprobó que aquel paciente, inmóvil sobre la camilla, permanecía en trance. Desde que había aprendido a usar la hipnosis, había dejado de emplear veneno. Atrapado en su red, su paciente seguiría dormido hasta que pudiera alimentarse de él. Después de enrollarlo en un largo obi de seda y hacerle un hueco en el gran archivador metálico que ocupaba la parte trasera de la consulta, pulsó el intercomunicador y dijo con voz neutra:

—El siguiente.

lunes, 13 de enero de 2020

52 retos de escritura: Día de Reyes

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «2. Escribe un relato que ocurra el día de Reyes».

Pienso en un relato sobre el día de Reyes. No quiero contar el típico cuento de un niño que descubre que el amor es el mejor regalo. Es un tópico manido, y todo lo que hay que decir lo dijo ya Oliver Henry a propósito de Jim y Delia. Por esa misma razón, también he de descartar ese recuerdo de mi infancia, revolviendo todos los armarios en la noche del día cinco sin encontrar nada, y ver la bicicleta en el salón al día siguiente. Quizá debiera hablar sobre ese triste día de Reyes en que mis padres salieron corriendo a su ciudad de provincias, cuarenta y ocho horas después de haber venido de allí, al conocer la muerte de mi abuela, dejándonos a cargo de una prima algo mayor que nosotros. Pero sería demasiado personal. Y tampoco es adecuado decir que a menudo he pasado la tarde del día de Reyes metido en cama, pasando el resfriado.

Entonces, ¿de qué puedo hablar? Quizá del caballito aquel que vi un día de Reyes en que paseaba por el rastro.

Ahí estaba, el caballo de papel maché sobre una tabla, con dos ruedas de hojalata para arrastrarlo por el suelo. Conservaba la pintura marrón del pelaje, las líneas oscuras que resaltaban las crines. Solo una línea blanca, cerca de una de sus orejas, delataba un desconchón arreglado. En sus ojos vi el gesto nostálgico del último dueño al vaciar el trastero de su padre y encontrar aquel juguete que creía perdido tras haber pasado tantas horas de su infancia arrastrándolo por el suelo de su casa. Quizá su padre lo había guardado porque pensó que ya era mayor para arrastrar un caballo, el gorro de papel en la cabeza y la cornetilla en la mano; que ya tenía la edad de su primo Juan cuando se lo cedió, reticente pero obligado por su madre, harta de que lo usara para escenificar la guerra de Troya con los soldaditos de plomo. Juan lo había recibido, a su vez, de su hermano Miguel, que lo heredó del primo Felipe. Felipe fue quien lo recibió, emocionado, una mañana de Reyes. Él había recorrido con su madre muchas jugueterías; le enseñaron coches a pilas, soldados de plomo, indios de plástico, juegos de construcción de madera. Pero él se empeñó en que lo que más le gustaba era el caballito de papel maché, que ya en aquella época se veía anticuado. Los Reyes Magos rodearon el caballo con un juego de construcción y unos soldaditos, pero el niño, fiel a su primer impulso, estuvo todo el día jugando con él, y aunque jugó también con el resto de regalos, siempre fue aquel su favorito, hasta que, con doce años, su madre le dijo que había llegado el momento de desprenderse de los juguetes y hacer hueco a cosas de mayores.

¿Sabéis esa escena de Laberinto en que la protagonista preadolescente (interpretada por una Jennifer Connelly que contaba ya dieciséis años) tiene la casa llena de muñecas y se niega a cedérselas a su hermanito? Algo así debió de sentir Felipe cuando su madre se lo quitó; pero la dignidad le impidió reclamárselo al primo Miguel cuando lo vio arrastrándolo por los largos pasillos de casa de los abuelos. Miguel se cansó pronto del caballito, y no puso objeciones en que Juan se apropiara de él. Incluso le resultó satisfactorio, pues el caballo resultaba un estupendo blanco para el tirachinas que se fabricó con un globo y el cuello de una botella de lejía. ¡Cómo lloraba Juan cuando el caballo recibía los impactos de las bolas de papel! Y eso que eran blandas. Tanto, que solo hicieron un pequeño desconchón en las orejas del caballo. Pero los llantos del niño destrozaban los nervios de sus padres. Así que a los ocho años le convencieron de que era mayor para jugar arrastrando un caballito. De modo que se lo dio a Emilio un día de Reyes. «¿Ves qué alegre está? —le dijo su madre—. Has hecho una buena acción». Juan sonrió un momento, con esa sonrisa triste del niño que sabe que debe sentirse alegre, que debe crecer añadiendo una capa más al pastel de frustraciones que convierten al niño en adulto, y jugó por última vez con él, simulando que lo hacía con Emilio. ¡Qué años tan buenos había pasado haciéndolo correr por el jardín del bulevar, colocando sobre él su muñeco de trapo, dejándolo caer lentamente por una rampa de libros. Pero se hizo mayor, sí, y realmente supo que si no se lo hubiera quitado su padre, hubiera concitado las risas de sus compañeros de colegio. Y, sin embargo, si hubiera sabido que estaba en el trastero, si lo hubiera sabido unos años antes, quizá se lo hubiera dado a Pedro. Ahora su hijo era mayor y vivía con la madre, a cientos de kilómetros, y en realidad, en fin, esas cosas ya no se llevaban. Tenía nostalgia, pero había que vaciar la casa. También Emilio, como su primo, había ido aprendiendo con los años que ser adulto es sustituir lo deseable por lo necesario. Lo llevó con otros trastos a un trapero y se olvidó del asunto.

Toda esta historia me la contaron los ojos del caballo aquel día que lo vi en la ribera de curtidores. Claro es que el caballo estaba tratando de encontrar un hogar, de conseguir un nuevo dueño. Pero entonces vi un crío que arrastraba del brazo a su padre hacia el puesto, y me aparté de su camino

lunes, 6 de enero de 2020

52 Retos de escritura: El baile.

Este relato corresponde a la propuesta «52 retos de escritura para 2020» del blog de Literup.com. Concretamente, este relato desarrolla la propuesta «1. Haz una historia sobre un baile multitudinario».

No le acaba de gustar ir al Black and White, pero es uno de esos sitios donde puede bailar desenfrenadamente, así que deja que sus amigas lo arrastren hasta allá después de la cena en el mercado de san Antón. Como tantos locales de Madrid, es un semisótano alargado y estrecho. Al bajar las escaleras, no se puede quitar de la cabeza los sucesos de Alcalá 20 en los 80 ni la catástrofe del Madrid Arena hace pocos años. Pero, por otro lado, le excita venir a este lugar acompañado de varias chicas —la mayoría, heterosexuales— que le atraen. Todavía no hay mucha gente en el garito y no tienen que luchar demasiado para pedir el primer cubata. Beatriz toma ron, como él; Marga y Tere, que le llevan diez años, se decantan por el gin tonic; Cristina es más exquisita y pide un spritz; Luisa bebe whisky y Nerea vodka.

Mientras les sirven la copa va llenándose el local. Poco a poco, va siendo ocupado por más personas el rincón donde se mueven al ritmo de una vieja canción de Madonna. También los contoneos iniciales se sustituyen por movimientos más exagerados, teatrales, cuando suena aquel éxito de Gloria Gaynor. ¿Son esas sonrisas producto del alcohol, de la música, de la danza o de la combinación de las tres? Luisa lo anima a bailar con ella. Le encanta esa sensación de mirar a la cara a otra persona, anticipar sus movimientos, acercarse y alejarse insinuantemente aunque no pueda haber nada más allá, porque ella está casada. No se le da del todo bien, pero tampoco se le da mal. Todo es perfecto hasta que algún idiota pide al pincha una de esas canciones que tienen un bailecito prediseñado, algo que él odia porque si está rescatando de su memoria el orden de los movimientos, estos pierden su naturalidad.

Así que va a la barra. Allí, un chico bajo de pelo moreno le pregunta si puede invitarle a una copa. Mira su tipo atlético, sus zapatillas impolutas, su barbita recortada.

—No me importaría bailar contigo —le dice—. Pero no puede haber nada más, lo siento. Así que no te aceptaré la copa.

—¿Hetero?

—Algo peor. Grisexual. Me da igual bailar contigo o con mis amigas, pero realmente, lo que me gusta es bailar.

—Qué extraño. No lo había escuchado nunca.

El morenito le cuenta que a él, por el contrario, realmente no le gusta bailar. Que lo ve como una herramienta de seducción que hay que dominar, pero que realmente le cansa.

—En cambio, ahí tienes a mi amiga Lourdes. Creo que sois tal para cual. Ninguna pareja le dura; pero le encanta revolotear acá y allá y, sobre todo, venir a bailar.

—¿Ah, sí? ¿Quién es, aquella de allí?

No sabe cómo no la ha visto antes. En la parte más alta de las escaleras, una chica con el pelo teñido de morado gira su cadera en imposibles sinuosidades y sus brazos fluyen en movimientos acuáticos.

—Si quieres, te la presento.

Avanzan aplastados entre el resto de la gente que llena el local, hasta llegar a la escalera que sirve a la vez de entrada, de salida y de podio para bailarines.

—¿Quién es este?

—La verdad es que acabamos de conocernos... Ni nos hemos presentado. Soy Carlos.

—Pablo.

—Oye, que he visto a este tío bailar y me ha parecido que haríais buena pareja.

—¿Sólo eso?

—Bueno, primero le he echado los tejos..., pero sin éxito.

Antes de que acabe la conversación comienzan a sonar los golpes iniciales de sintetizador de esa canción de Gala.

—Oye, luego hablamos más. Tengo que bailar esto.

—A mí también me encanta.

De nuevo esa sensación. Dejarse arrastrar por la música. Olvidarlo todo. Llegar al éxtasis a través del ritmo, como los viejos chamanes siberianos. Y tener enfrente de él, en todo momento, unos ojos clavados en los suyos que escrutan sus intenciones y se anticipan a ellas, de forma que ambos cuerpos se muevan al unísono. Solo un par de ocasiones la elección de canciones propician una huida a la barra en busca de dos copas y una charla a gritos, en esa intimidad que proporciona el ruido discotequero.

Antes de que se den cuenta, están anunciando el cierre. Cuando finalmente recuperan sus abrigos pasan bajo la persiana a medio echar, es ella quien le pregunta.

—¿Oye, quieres que te de mi teléfono?

Quizá penséis que él es idiota cuanto escuchéis su respuesta:

—Sólo para bailar.