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martes, 12 de abril de 2016

Ángel exterminador

Tarde de abulia. Un mensaje recibido esta tarde me ha quitado las pocas ganas de leer artículos científicos que tenía y, unido a lo desordenado de la comida, me ha postrado en el sofá, no sin antes echar una catastrófica partida de nethack mientras escuchaba el último capítulo del Quijote para un examen próximo.

Pongo la tele. La bazofia de siempre. Lo único salvable, una de esas películas predecibles y tristes que se hacían en la España de los cincuenta. Y eso me recuerda que la semana pasada, en parecidas circunstancias, acabé grabando El Ángel Exterminador, de Buñuel.

Confieso que lo miro al principio con poca atención y que me obligo a rebobinar (es un decir) para averiguar por qué los personajes, atrapados en uma casa, no pueden salir de ella.

Y ahí está la gracia del asunto: que nadie, ni ellos mismos, lo sabe. Les falta la voluntad necesaria para salir de ahí, igual que les faltó la noche anterior para abandonar la fiesta donde estaban. Pero una vez desesperados por salir, tampoco pueden..

Y es ahí donde esta película funciona como una fábula, aunque no creo que esa fuera la intención de su autor. ¿Cuántas veces no nos hemos visto atrapados en una situación en la que sabemos que nosotros mismos nos hemos tapiado la puerta, pero nos falta la capacidad, la voluntad fuerte, para salir de ahí? Luchar contra uno mismo. ¡Lucha terrible en la que sabes que o tú o tú saldrás perdiendo!
Y yo, como sigo el consejo de Sun Tzu de no librar batallas perdidas, me rindo a mi propia abulia, me meto en la cama, escribo estas pocas líneas y me pongo a escuchar un podcast. Aunque no sean ni siquiera las 21.30.

martes, 8 de marzo de 2011

De nuevo sobre mujer y trabajo

Decir que a finales del siglo XIX (otros dicen que a mediados del siglo XX) comienza el trabajo femenino, es simplemente decir que comienza el trabajo femenino del grupo dominante, pues hasta entonces la mujer había trabajado —y muy duro— en la agricultura, el comercio y la industria. Y es más, decir que el trabajo de las mujeres de clase dominante comienza hacia el final del siglo XIX significa, simplemente, que en la clase dominante la mujer comienza a trabajar sólo cien años después de que el hombre hubiera comenzado a hacerlo. El ideal del trabajo, no lo olvidemos, es un ideal fundamentalmente moderno; «los que viven de sus manos», que dijo Manrique, siempre han estado debajo de los «ricos», nobles primero y burgueses después.

Edición 30/1/11:La única liberación que ha traído el trabajo a las mujeres es su capacidad para medirse de igual a igual con los hombres en una época en que el trabajo ha sido profundamente exaltado (especialmente, como dice Gilbraith,
entre aquellos que menos trabajan). Más importante es la remuneración de ese trabajo, que es lo realmente nuevo.



Este artículo programado fue compuesto originalmente el 28 de enero de 2011.

lunes, 8 de marzo de 2010

Día de la mujer trabajadora - Trabajo femenino (y masculino)

Que este día se dedique a la mujer trabajadora tiene algo de engaño. Lo que ha conquistado la mujer (donde ha conquistado algo, y sabiendo que todavía hay que dudar si entre ese territorio se encuentra España) es otra cosa. Trabajar, lo que se dice trabajar (es decir: sufrir —la palabra española es fiel a la biblia en equiparar labor y tripalium) siempre ha trabajado. Como muestran los datos de países del tercer mundo en que sigue el esquema social del siglo XIX, la mujer es y ha sido mano de obra barata en el campo, en la fábrica, en el mercado y en casa: otra cosa es que alguna vez se le haya pagado por ello.

No celebramos el trabajo femenino, sino la liberación de la mujer. El trabajo es una pequeña esclavitud; pero el salario (ese salario que tradicionalmente ingresó el padre o el marido) permite una cierta independencia: la sensación de que en caso de ruptura se poseerán medios para iniciar una nueva vida.

Supongo que las feministas me apalearán por lo que voy a decir, pero la idea occidental del trabajo femenino es una idea burguesa (y, como bien dijo Marx, son las ideas del grupo dominante las que quedan para el recuerdo). Pongamos, por ejemplo, un personaje galdosiano: Tristana. Muchos hacen una lectura feminista de la novela homónima y consideran que en ella se defiende la independencia de la mujer. Pero ¿qué independencia?

Las profesiones que se propone desempeñar la protagonista son empleos burgueses, como el de maestra. En ningún momento se le ocurre servir, o vender en la plaza (profesiones ambas que aparecen en esta y otras novelas del mismo autor). ¿Trabajar en la tabacalera, como los personajes de la Pardo Bazán? Ni pensarlo. El problema es que se busca un oficio decente.

Valiente problema el de la decencia, pues hay trabajos que parecen decentes pero no lo son tanto: ¿Es decente atender llamadas? ¿Es decente conducir un taxi? ¿Es decente ser periodista? ¿Es decente trabajar en la banca? Tripalium, todo tripalium. Lo decente, lo verdaderamente decente, es —sigue siendo— tener un capital y ponerlo a trabajar, mientras se nos llena la boca con grandes palabras sobre el mal estado de la economía y la pereza de los asalariados. Pero eso, lamentablemente, queda demasiado lejos de nuestro alcance. Del de los hombres, y del de las mujeres.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Flexibilidad

Flexibilidad suele asociarse con libertad. Pero cuando alguien pide flexibilidad para que le permitan construir un monopolio es que no se está refiriendo a la libertad. O sí, porque todas las palabras, como estas que recogen una petición de un conocido editor al Presidente, llevan en sí su propia trampa. A mí, particularmente, me molesta bastante el doublespeak, pero mucho más el doblepensar inherente a actos comunicativos como el anterior. Está claro que para L., si la libertad no es esclavitud, la guerra paz, y el conocimiento ignorancia, es por poco.

Pero lo peor de todo es que luego, los demás, traguemos con ello.

jueves, 19 de julio de 2007

El rápido ritmo de vida...

Es habitual, en los anuncios a la moda, hablar del acelerado ritmo de vida del hombre contemporáneo. Y es que tenemos la sensación de que nuestra vida es rápida, mucho más rápida que la de nuestros abuelos.

Pues bien, ahí va esa cita:

Por otra parte, juzgue usted mismo hasta qué punto es agradable, después de una tarde de carreras, tener un alto de media hora antes de vestirse para la comida. El número de ocupaciones que en la vida contemporánea nos agobian necesitan imperiosamente este reposo. Cuando un «cock-tail» se acaba a las nueve, es imposible estar a las nueve en punto en la casa de los anfitriones «viejo estilo» para obligarse a esta hora y trastornar el fin del día de sus invitados con el designio de permanecer fiel a una práctica desechada.

J. Sarrau: Nuestra cocina, al uso de familias. Madrid, 1935



(Al igual que en muchos otros casos, la "fatiga" del "ritmo acelerado" se reserva para quienes se dedican al dolce far niente. Lean La economía del fraude inocente, de Galbraith, quienes tengan alguna duda al respecto.)

Sobre el mismo tema, Tiempos Modernos y, quizá, La Deshumanización del Arte.