jueves, 5 de febrero de 2026

Lo de las redes

Siempre me ha parecido una tontería el término 'nativos digitales', no solo por que lo inventara una persona sin aparente autoridad académica y fuera inmediatamente aplicado a toda una generación sin distinción de lugar de nacimiento o clase social, sino porque yo mismo, aunque no nací en una "sociedad digital", tuve mi primer libro sobre ordenadores antes de los siete años, jugué con maquinitas antes de los diez, tuve mi primer ordenador antes de los trece y programé desde ese momento. Cuando estaba en segundo de carrera uno de cada cinco alumnos entregaba trabajos mecanografiados con máquina dactilográfica (es decir, con la Olivetti); el resto usaban ordenador. Mi profesor de ese año me decía que prefería que pusiera cursiva y dibujara las tildes sobre el papel a que usara una tipografía con tildes y sustituyera la cursiva con subrayado. Cuando salí de la universidad, cuatro años después, y me postulé a mi primer trabajo, se esperaba que tuviera Word 6.0 y correo electrónico.

Para llevar tanto tiempo con ordenadores, tardé bastante en tener conexión a internet, y fue cosa más de mis hermanos que mía misma, aunque acabé pagando yo la conexión cuando por fin pasamos, un par de años después, al ADSL para no tener la línea ocupada. Mi primera red social fueron las news, que, como me enseñaron en un curso de internet, eran fundamentalmente para el porno. Tengo que reconocer que navegué los índices de alt.binaries.*, pero no lo de los de esa categoría de alt.binaries.

En las news se insistía mucho en la netiqueta. Quizá fue el primer sitio donde vi el concepto de netiqueta, antes de verlo en los foros. Y también se insistía en la precaución. En es.comp.virus evité, por poco, caer en la ingeniería social del "Gran Oscarín". Después de las news, con la "web 2.0", llegaron los foros (los primeros que visité fueron de ayuda informática y de mascotas) y finalmente, hacia 2004, los blogs.

Y después, de repente, todo el mundo fue migrando de MSN Spaces y myspace a facebook, los periodistas comenzaron a darle a twitter tanta importancia o más que al mundo real, y empezaron a usar Whatsapp los conocidos que antes te mandaban mensajes de móvil (que como parte del estándar GSM también son digitales, aunque a veces haga falta recordarlo).

Y como culmen, las empresas que antes proporcionaban una cuenta de correo electrónico y alojamiento web con la tarifa de conexión dejaron de proporcionarlo a sus clientes, con lo que estos migraron sus correos a gmail y hotmail,y abandonaron sus páginas web o las metieron en google.

Los adolescentes de hoy han crecido en un mundo en que las redes sociales han reemplazado a la web. Si quiere saber cuándo hay un curso gratuito en tu centro juvenil, mira su perfil de instagram. Si quieres saber cuándo son las fiestas de tu pueblo, únete a su grupo de Whatsapp. Si quieres saber lo que dice el presidente del gobierno sobre las redes sociales, hazte una cuenta en X, y verás que X es malo, pero Sánchez no se ha migrado aún a Mastodon ni a Pleroma.

Los adolescentes de hoy no solo se exponen a sí mismos en redes sociales, sino que a menudo han crecido ya expuestos por sus propios padres y por sus colegios. Dedican mucho tiempo a las pantallas, pero es que los adultos también dedicamos mucho tiempo a las pantallas. Es cierto que como adultos somos responsables de nuestros actos, mientras que los menores requieren protección (por eso no se les permite beber alcohol ni fumar). Pero, ¿realmente es posible restringir el uso de redes por los adolescentes?

Se plantean, a mi juicio, dos problemas.

El primero es que las redes sociales tienen como una de sus utilidades permitir la comunicación entre personas conocidas. Mi hermano, por ejemplo, se comunica con su hijo por whatsapp desde que este tuvo su primer móvil, aunque el niño no tenía edad para usar Whatsapp. La cosa hubiera sido diferente, quizá, si los SMS no hubieran sido desde el principio una mierda disfuncional y extremadamente cara (en 1999 valía lo mismo enviar un SMS que una postal; la tecnología MMS solo consiguió encarecerlos aún más). El nuevo protocolo de mensajes telefónicos, si de verdad es gratuito, podría ser una solución en este caso.

El segundo es: ¿qué redes sociales? ¿Todo son redes sociales? Téngase en cuenta que en la época actual el software distribuido físicamente está en vías de desaparición, y casi todas las tiendas de software virtual incluyen una parte "social" dedicada a pedir ayuda, comentar, encontrar amigos con que jugar, etcétera. Además, los propios programas (incluso los educativos) suelen tener características sociales. Del mismo modo que antes de Hotel Habbo estaba Second Life, antes del metaverso estaba Minecraft. La gracia de muchos juegos a los que juegan los adolescentes está en que permite la interacción no solo en forma de acciones del juego, sino también verbal. Y precisamente por eso la vida de muchas profesionales de los e-sports es un infierno. Finalmente, la propia educación usa redes sociales de uno u otro tipo, por ejemplo el Teams escolar de un aula es una red social, aunque sea una red social moderada y segura. O educaMadrid, plataforma educativa de mi comunidad autónoma, que permite el envío de mensajes entre iguales (aunque se pueden bloquear), y donde sabiendo el handle de un alumno se le pueden enviar mensajes a su correo.

Por todo ello, soy poco optimista con las medidas del gobierno. Especialmente porque Sánchez ha demostrado que legisla mucho pero no consigue que su legislación surta efecto (que es lo que debería evaluarse en el ejecutivo). Mientras tanto, espero que la ultraderecha no aproveche la ocasión para azuzar las hordas de adolescentes y veinteañeros cobijados bajo pabellón de OnePiece que en otros lugares del mundo han defendido la libertad de la red y la democracia. Pero me temo que lo harán, porque son capaces de hacerles creer que libertad es lo que venden ellos.

lunes, 2 de febrero de 2026

Tim Powers: Las puertas de Anubis

Tim Powers: Las Puertas de Anubis, (lugar a completar) : Círculo de Lectores, 1990. (a completar) páginas.
ISBN:
8422632217
Precio
Comprado de segunda mano, tres libros por 5 euros. Ignoro el precio original.
Descriptores:
Fantasía. Steampunk. Antiguo egipto. Romanticismo inglés. Viajes en el tiempo.

Sabía que Las Puertas de Anubis era, junto con Homúnculo de James Blaylock, uno de los libros iniciadores del SteamPunk en los años 80. Sin embargo, no lo había leído nunca. Al verlo en un puesto del Rastro de Madrid me abalancé sobre él (lo que supuso la ominosa obligación de hacerme con dos libros más para aprovechar la oferta).

En realidad, sería muy exagerado llamar Steampunk a Las puertas de Anubis, porque en él apenas aparece la sociedad industrial del siglo XIX. Hay alguna referencia a los hospicios-taller donde los pobres realizaban trabajos forzados, hay referencias a la bolsa, pero poco más. En cambio, quienes disfrutasen con El secreto de la pirámide (Young Sherlock) seguramente apreciarán la aparición de cultos egipcios más o menos nigrománticos.

El argumento es el siguiente: un experto en literatura romántica inglesa es enviado a principios del siglo XIX con un grupo de turistas temporales que desean presenciar una improvisada charla que Coleridge impartió en una taberna londinense. Por razones que no voy a contar aquí, el profesor de literatura se queda varado en el pasado y debe encontrar una puerta temporal que permita su regreso. Pero, mientras tanto, desposeído de dinero, se verá obligado a conocer los bajos fondos londinenses, sobre los que impera un misterioso personaje que camina sobre zancos. A la vez, una criatura monstruosa que se convierte en hombre-lobo aterrorizará la ciudad.

Hasta ahí, el argumento más o menos sin spoilers.

La obra permite a Powers desplegar su erudición sobre literatura romántica inglesa (por ejemplo, saber dónde estaba Byron cada día de 1806) y, de paso, engañar al lector para que crea en la autenticidad de un poema apócrifo llamado "las doce horas de la noche" cuyas estrofas forman el esqueleto de la narración. En ese sentido, me ha dado ganas de intentar leer a los románticos ingleses, de quienes tan poco he leído (los españoles, por lo menos, suelen ser un peñazo). Aunque la erudición histórico-literaria del protagonista hace aguas cuando resulta que desconoce el destino de los mamelucos, tantas veces descrito en documentales televisivos.

Los personajes son entrañables, aunque quizá hubiera sido deseable que se diera más espacio a Jacky, coprotagonista del libro. Sería deseable que se le diera un papel relevante al final del libro, y no fuera mera comparsa. Los antagonistas, esa dualidad de hechicero y su copia (o quizá copias ambos) son también de carne y hueso, y a veces el lector desearía que no fracasaran tan estrepitosamente.

Y hasta ahí puedo leer. Pensé en su momento (es decir, una semana atrás) haber incluido algunas observaciones con spoilers en esta pequeña reseña, pero, la verdad, ya se me han olvidado.

sábado, 17 de enero de 2026

Redes sociales

A Facebook llegué porque muchos de mis amigos habían ido dejando los blogs o MSN Spaces y mudándose allí. Fui feliz una temporada: allí me reencontré con O (que había dejado ICQ) y hallé una comunidad para compartir apuntes e inquietudes con otros alumnos de la Uned (hoy esa comunidad se ha mudado a Telegram). Quisiera dejar Meta, pero numerosas entidades se obstinan en informar de las cosas solo a través de Facebook e Instagram, y a mis amigos no hay quien se los lleve de Whatsapp, así que mi cuenta de Facebook sigue existiendo, durmiente, para volver de vez en cuando. 

¿Por qué llegué a Twitter?  A Twitter llegué para ejercer el derecho a la pataleta en una época en que los servicios técnicos ya se estaban enmarronando y la administración comenzaba a ignorar los cauces habituales de comunicación (noticias en webs oficiales, respuesta a instancias, etcétera). Esperaba el sitio casposo y vociferante al que iban los periodistas a pescar cotilleos con que llenar esas columnas de "lo que pasa en Twitter" con que, como antropólogos de sillón leyendo cómodamente las notas de sus informantes, nos daban la lata en el periódico. Pero me quedé porque el primer día encontré por un lado un grupo de escritores muy animados que me invitaron a unirme a una convocatoria, y por otro, varias cuentas que proponían retos literarios. Hubo un momento, no tan lejano (2017 o 2018 quizás), en que fui feliz en Twitter.

Hui a Mastodon sin saber que estaba huyendo. Seguía a un profe de historia que escribía una columna semanal en Twitter, y cuando huyó a Paquita (nodo hoy desaparecido), me quedé con la referencia. Poco a poco, más y más gente de Twitter se iba yendo hacia el Fediverso. Así que emigré a Paquita, pero solo con la idea de echar un vistazo.

Encontré una comunidad muy acogedora. Y aunque echaba de menos los juegos literarios de Twitter (seguro que en Mastodon hay una comunidad de juegos literarios, aunque no la he encontrado, a pesar de seguir a varios escritores), comenzó a gustarme estar en un lugar donde veía lo que yo quería ver, en vez de que un algoritmo me obligara a perderme las actualizaciones de gente a la que seguía.

La deriva de X hizo que en diciembre de 2023 descargase mis datos y borrase muchos de mis tuits. Dos años después, acabaría borrando todo y cerrando mis cuentas. Porque llegué a tener tres cuentas en Twitter: una pensada para ser más reflexiva y menos personal, otra pensada para ser personal (aunque por pereza al final no la usaba y ponía lo personal en la primera) y otra para publicar una serie de ficción. ¡Cuánto tiempo había dedicado a recopilar "stories" con lo mejor de cada mes!  Ahora, los tuits duermen juntos y revueltos en mi disco duro.

Mastodon ha sido un lugar bastante seguro, desde que me incorporé (alrededor de 2023). Llegué poco antes que una bandada de aficionados al K-Pop —los "patitos"— protagonizaran una migración en masa que los llevó primero a Mastodon y luego —creo— a Bluesky. Venían huyendo de amenazas sufridas en X (antes Twitter). Después de ellos, he visto llegar muchos grupos en busca de una paz que no encuentran allí. 

En los recientes días ha habido una turbulencia en el Fediverso en español centrada en la disputa entre varios nodos de Mastodon. Esa turbulencia ha llevado a bloqueos mutuos entre servidores. Puede parecer una medida extrema, y al principio me lo pareció. Pero hay que tener en cuenta que casi todos los usuarios de Mastodon han llegado huyendo del clima agresivo que vivieron en X. No es que tengan la piel fina: tienen heridas. Y si tienes heridas, es normal que no aguantes una avispa en el culo. He tardado en comprenderlo, y pido perdón a quienes yo mismo pudiera haber herido con mis comentarios (gracias a la magia de las feed RSS, esta entrada de blog se republicará en Mastodon). Estamos aquí para querernos. Estamos aquí para cuidarnos.

martes, 30 de diciembre de 2025

Textos rescatados de Twitter


Unos cuantos poemas y microcuentos rescatados de Twitter. Hoy borré la cuenta de la que los he rescatado, @jgmoyay, por lo que sería inútil incluir los enlaces a los tweets originales, cuya fecha indico.

Desperté nervioso, pensando: "me ha dejado"\. Y al comprobar que era un sueño supe que, en realidad, nunca estuviste a mi lado. (@jgmoyay, martes 16 jun 18:39:11 2016)

viernes, 19 de diciembre de 2025

Sugerencias navideñas

Llega navidad. Otros años me doy más prisa en publicar sugerencias navideñas, pero este año he estado realmente perezoso: ¡Ni siquiera he montado el belén!

  • Como otros años, os sugiero que escuchéis el Cuento de Navidad de Dickens locutado por Alberto García. Su voz, en lo que a cuentos infantiles se refiere, es una de mis preferidas.
  • Por supuesto que también podéis encontrar en páginas de podcast otros relatos más o menos navideños, pero la verdad es que no me suelo molestar en escuchar ni los clásicos infantiles ("El Cascanueves" de Hoffman, "La cerillera" de Andersen...) ni los otros clásicos de fantasmas navideños: ("Maese Pérez el organista" de Bécquer, "Otra vuelta de Tuerca" de Henry James...).
  • Respecto de juegos navideños, a mí me suele valer con descargar un paquete de Midis Navideños e instalarlos en el simulador de transportes Simutrans.  Creo que el último año cogí los Midi directamente de los dos primeros resultados de Google, que son los que he enlazado. El proceso es simple: hacéis una copia de la carpeta Music, metéis en la carpeta antigua los Midis y después editáis el archivo Music.tab metiendo dentro el nombre de los archivos originales. Os compartiría mi setup, pero, como no tengo garantías de que los Midi que he metido sean realmente libres, no me atrevo.
  • Otros años he sugerido jugar a un viejo juego de plataformas para Ms-Dos o Windows XP, en que manejas a San Nicolás: "Sint Nicolaas". No sé si funcionará en ordenadores actuales.
  • En cuanto a manualidades, en mi artículo navideño de 2017 tenéis las instrucciones para hacer un árbol de navidad de papiroflexia.  
  • Otra opción es decorar la casa con "neules", por ejemplo este ratoncito publicado por @minumus en archaeo.social:  (enlace directo).
  • Si vais a dejar el ordenador encendido para poner villancicos de fondo, quizá queráis ponerle un fondo navideño. Hace años hice una animación de pantalla en que caen regalitos del cielo y otra en que hay una marionete con forma de elfo bajo la nieve, aunque comprendo que son mucho más bonitos esos fondos que son un vídeo de una chimenea.
  • Otros de mis proyectos navideños fueron Haikoumatic,  Reloj de Péndulo, Caleidoscopio y Copos de Colores para ProgramaLaPlaza (Navidad 2015) (El que más me gustó, sin embargo, no lo encuentro en esa web).
Y con esto me despido, que si no no me da tiempo a ducharme...¡Feliz Navidad a toda la gente!

martes, 14 de octubre de 2025

Espinas

Recuerdo aquella vez caminando entre las espinas. Me habían llevado mis pasos al fondo de un collado y debía alcanzar la cresta si no quería que la noche se abalanzase sobre mí. Oscuras nubes de tormenta se estaban formando en lo alto del cielo. En la soledad, el ruido de mis pasos era acompañado por las lejanas esquilas de las ovejas y los cencerros de las vacas.

Un sendero penetraba bajo un arco de matojos. Era el único camino que parecía llevar hacia arriba, fuera de aquella vaguada seca que amenazaba volverse un torrente en cuanto comenzase la lluvia. Agaché la cabeza y me dispuse a atravesarla. Mis ropas y mi piel se engancharon en las zarzas, en los escaramujos, en los espinos. Tiré con dolor. Avancé agachándome. Pero el túnel, que yo esperaba conectase los sabrosos pastos de la cumbre con la promesa de agua del fondo del valle, se cerraba más y más a mi alrededor. Finalmente, repté para salir de allí, pero a continuación perdí el sendero.

No quedó otro remedio que subir en línea recta resbalando en las torrenteras llenas de grijos, lacerando mis carnes entre los arbustos, acariciando las telarañas y pisando los excrementos de vaca que anunciaban la cercanía de un sendero. Ignoro cuánto duró la agonía, pero llegué a una terraza, sobre la vaguada pero aún bajo la cuerda del monte, justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas. 

Pronto se esparció por la montaña el eco de los truenos. Yo recordaba que en la ladera, quinientos o seiscientos metros más allá, una pequeña caverna ofrecía refugio a quienes no tuvieran reparo en atravesar su baja entrada arrastrándose sobe los excrementos de varias generaciones de ovejas. Pero me era absolutamente imposible llegar hacia allí, sin camino practicable que me permitiera rodear por la ladera sin subir a la cresta del monte y volver a bajar, o sin bajar al peligroso fondo de la vaguada y volver a subir.

  Así que me limité a hacerme un ovillo, la espalda contra un terraplén, encogido bajo mi impermeable, dispuesto a sobrevivir a una noche aciaga.

Llevaba al menos una hora así encogido, soportando los embates del viento y la lluvia, cuando pareció amainar. Yo estaba tratando de reunir fuerzas para continuar mi camino, pero aún tenía la cabeza apretada contra el pecho y los ojos cerrados cuando me pareció escuchar unos pasos.

Levanté la cabeza. Una extraña muchacha venía hacia mi. El viento agitaba su largo cabello rubio, pero no parecía mover la piel con que estaba cubierta. Según se acercaba a mi, vi que lo que la cubría no era una piel de animal: era su propia piel, velluda como la de un mastín y de color leonado. Tuve un instante de pavor, pero cuando me miró con sus ojos verdes, una sensación antinatural de calma se apoderó de mi.

La mujer me cargó a hombros como si fuera una oveja, y me subió la cresta, por un sendero apenas marcado. Anduvo un buen rato por la pradera que crece en lo alto del monte hasta llegar a un círculo de matojos y árboles, una pequeña isla de bosque en ese lugar pelado. Allí me depositó en el suelo y me arrastró por un pequeño túnel de espinos en el que entró gateando. El lugar olía a humo y a carroña, pero estaba caliente, y ella se echó sobre mí y lamió la sangre de mis arañazos mientras una agradable sensación se apoderaba de mi cuerpo. Me quedé dormido, agotado. 

Desperté lejos de allí, todavía en la falda del monte, pero cerca del camino que lleva al pueblo. No tuve valor de decir lo que me había pasado. Quizá fuera solo una pesadilla febril causada por la angustia, el frío, la tormenta, el cansancio. Solo hoy, años después, al ver el extraño trofeo que traen los cazadores, he comprendido que aquello no fue un sueño.

jueves, 2 de octubre de 2025

Estampado de Gatos

(Este relato se escribió el 23 de junio de 2019 para la convocatoria De matar también se sale, y no resultó elegido).

Hay noches en que me despierta el canto de los mirlos horas antes del amanecer y vienen a mi cabeza escenas de los asesinatos aún no cometidos de los que alguien debería ocuparse. En tales ocasiones me levanto, remojo la cabeza en la pila del lavabo, bebo un vaso de agua bien fría y aun así no puedo evitar pensar en los compañeros de aquel patético grupo de autoayuda en que malgasté tantas horas:

—Hola, soy Christopher y soy un homicida.

—Todos te queremos, Christopher.

—Llevo diez días sin matar. Pero esta noche no paro de pensar en un encargo fácil y tentador que he visto en la red. Y necesito que me deis razones para no aceptarlo. Porque si no, volveré a matar.

Sueno patético, ¿verdad? Hay que ser idiota para decirle a la competencia que hay un caramelito en su puerta. Porque, aunque diga «la red», así, en genérico, todos los del gremio saben de qué página hablo. Estará en la cara oculta de la red profunda, pero es auténtica pornografía para nosotros.

«Nieto con problemas económicos necesita liberar a su abuela de este valle de lágrimas». «Moroso a la espera de castigo». «Autor de novelas de misterio debe comprender las ventajas de un crimen bien planificado».

Son las cinco de la mañana y no he podido resistirme a encender el portátil para ver si las ofertas siguen en pie.

—¿Qué haces, cariño?

—Nada... No podía dormir.

—La bolsa no abre todavía. Vamos, vuelve a la cama.

El idiota de Pedro todavía cree que mi dinero proviene de inversiones en bolsa. No sé cuánto tiempo podré mantener la mascarada: cuando empiece a sospechar, tendré que matarlo y buscar un novio nuevo. Me da pereza volver a los bares, a Grindr, a las oscuras y tristes primeras citas, al sexo sin amor. En cuanto al asesinato de Pedro, hace mucho tiempo que lo llevo planificando. He pensado tres o cuatro variantes y no acabo de decidirme por ninguna. La del calentador con fuga de monóxido es indolora, pero la he usado ya demasiadas veces como para no despertar sospechas. El accidente en la sauna es demasiado cruel. Creo que optaré por un tiro de gracia, algo sincero y personal, sin rencor: creo que se lo debo. ¡Es tan buena persona!

Sigo mirando la pantalla. Me fijo en algo fácil, demasiado fácil, y entonces recito para mis adentros ese absurdo mantra: «Deja que vivan otro día. Deja que vivan otro día.» Y en realidad lo que quiero es escuchar unos pasos silenciosos a mi espalda y un «¡cari!» ahogado por el horror que me proporcione una excusa para matar. Porque Pedro es muy buen tío, me quiere mucho y lo paso muy bien con él, pero mi deseo de matar es superior a todas las cosas. Así que busco desesperado algún encargo que pueda mitigar ese deseo. Es eso o volver al grupo de autoayuda.

—Cari, ¡vuelve ya! ¡Tengo frío...!

Anoto rápidamente una dirección y vuelvo a la cama. Me recibe como merezco: castigándome como al chico malo que soy. Es lo que necesito para relajarme, para dejar de pensar en lo único que realmente me da placer. Pero dejo que mi cuerpo disfrute mientras mi mente va olvidando, poco a poco, que llevo noventa días sin matar.

A la mañana siguiente me paso, como quien no quiere la cosa, por el Boulevard. Estoy contento. He preparado tortitas para el desayuno (Pedro se ha enfadado y ha dicho que son malísimas para la línea, pero aun así ha engullido media docena). He esperado a que Pedro saliera corriendo hacia el trabajo para poder darme un baño de espuma. Después de afeitarme me he puesto mi loción preferida. He sacado del armario mi mejor traje y he completado mi atuendo con un Stetson auténtico. Hoy voy a hacer un trabajo, después de noventa días en el dique seco.

Mi contacto es una joven pelirroja. Vestirá una camisa con estampado de gatos y cuello postizo. Una combinación original si no fuera porque esto es Malasaña. También —ha dicho— llevará un folleto de coches en la mano. Esa es la excusa para que diga mi frase.

—¿Viene de un concesionario? Estaba pensando en comprar un coche —dice una voz a la derecha a una pelirroja a la que no he visto entrar.

Maldita sea mi estampa. Es Carmen, la Viuda Negra. En el grupo, todos la conocemos por ese apodo desde que contó su historia. Tras matar a su familia política en un accidente —‍siempre dijo que fue un accidente, y no soy quién para negarlo— le cogió el gustillo. Su especialidad son los venenos, algo que no cuadra con el trabajo violento que se solicitaba. Si no recuerdo mal, querían dejar un mensaje...

—Qué casualidad —digo, interrumpiendo la ocasión—. Precisamente trabajo en el que hay en Alberto Aguilera. ¿Le interesan los híbridos? Ahora tenemos muy buenas condiciones.

Si hay algo que se me da mejor que matar es cortarle el rollo a la gente. Aprendí de joven, cuando todavía era un mocete desgarbado que no se comía un colín. La Viuda Negra me reconoce, pero calla, tragándose su ira. Después de que la cliente, nerviosa, se vaya, la invitaré a un café. O a una copa, qué diablos. Pero ahora voy a disfrutar del espectáculo.

—Yo estaba pensando en esta marca en concreto... Es la que trabaja mi taller de toda la vida...

—Ah, la fidelidad. Sin duda está sobrevalorada. Pero hay gente a quien le hace feliz...

—No se preocupe, señorita. El caballero y yo nos conocemos. Tuvimos un affaire hace unos años y anda un poco resentido.

En eso lleva parte de razón. Suelo ser fiel mientras mi pareja está viva, pero entre chico y chico no me importa meter en mi vida una mujer guapa. No es lo mismo que sentirse abrazado por los fuertes brazos de un tío musculado o dormir envuelto por el acre aroma de un hombre; pero también proporciona sus pequeñas recompensas. Sin embargo, no la dejé con resentimiento: yo sabía que ella necesitaba alguien a quien matar, y prefería no ser la víctima.

Las palabras de mi rival no impidieron que la joven de la camisa estampada huyera como un cervatillo asustado.

—Me has quitado un cliente —digo.

—O tú a mí.

—Al menos me invitarás a una copa.

—Estoy chapada a la antigua. Prefiero que el hombre invite.

—Esto no es una cita.

—Puede que para ti no lo fuese. Para mí, un trabajo en ciernes es lo más sexy del mundo.

—En eso te doy la razón. ¿Cuánto llevabas?

—Treinta días. ¿Y tú?

—Noventa.

—Mírate. ¡El viejo y honrado Christopher! A este paso, cualquier día te dedicas a dar charlas en los colegios. ¿Sigues diciéndoles a tus novios que eres corredor de bolsa?

—Inversionista.

—¿Y se lo creen?

Echa a reír mientras pido un par de caipiroskas —en este barrio cualquier cafetín dobla como coctelería por las noches— y después me pide así, a bocajarro, que le enseñe la foto de mi novio.

—No te va a gustar. Es un oso.

Siempre he visto a Carmen con dos tipos de hombre: por un lado, maduritos de buena planta y mejor cuenta corriente; por otro, jovencitos bohemios pero musculados. Pedro es, por el contrario, un tirillas ligeramente regordete que suele vestir con camisas holgadas y vaqueros, y que ya llevaba barba antes de que se pusiera de moda.

—Venga, déjame que la vea... —Ágilmente, me saca la cartera del bolsillo y la abre, examinando todo su contenido—. El chico es guapo... Y esto ¿qué es? ¿El teléfono de tu padrino? ¡No me lo puedo creer! El mío lo tiré a la basura nada más recibirlo. Me dejas que lo rompa, ¿verdad? Total, ya estás aquí....

En ese momento, a pesar de nuestra vieja amistad, me entran ganas de matar a Carmen. Pero sé que intentarlo será darle una alegría, mostrarle que tiene razón. Así que le arranco la cartera de las manos, pago la cuenta y me voy, dejando que su risa me acompañe hasta la puerta.

Me encamino a la calle Fuencarral. Muchachas con pelo corto y gafas de pasta charlan sobre sus celosos novios; turistas pelirrojos y pecosos gritan «fuck off» al cruzarse con una bicicleta. El ciclista, una enorme bolsa de reparto a la espalda, levanta un dedo. Un adolescente sale de un bazar corriendo, y en la puerta el dueño comienza a gritar en mandarín. La gente tiene problemas. Alguien tendrá que resolverlos. Alguien tendrá que decidir quién debe vivir otro día.

Bajo hacia Chueca para tomar la línea cinco. Por el camino, los locales donde salía a bailar cuando todavía bailaba. Qué triste es hacerse mayor.

A estas horas, el metro va casi vacío, a excepción de algunos turistas. No es la lata de sardinas de las nueve de la noche. Y casi se vacía en Callao. Dejo que pase una estación tras otra hasta llegar allí, salgo por Marqués de Vadillo, comienzo a subir la cuesta por la acera de los pares y, enfrente de la iglesia, me desvío ligeramente a la derecha por una calle que va serpenteando hasta desembocar en una piruleta propia de urbanización americana donde aparcan furgonetas y coches astrosos. A ese culo de saco, que a ningún alcalde se le ha ocurrido conectar con el parque contiguo —al que llevan furtivas sendas trazadas por los vecinos— se abre la biblioteca Ana María Matute.

Subo al segundo piso (es decir, al cuarto, pues se entra por el segundo sótano) y busco en la sección de historia un grueso volumen, recopilación de crónicas de viajes a China en el Siglo de Oro. En la página 217, un papel de arroz parece contener algún encargo. Usando la función lupa de mi móvil, lo leo: «De matar también se sale».

Debajo, una dirección del dominio onion, uno de los más populares en la red profunda. Apunto a lápiz en mi agenda la complicada dirección y meto el papelillo en mi bolsillo. Salgo al cercano parque y lío un cigarrillo con el papel, que fumo lentamente. No me gusta el tabaco, pero el protocolo es el protocolo.  La dirección de mi agenda, privada de su descripción, parecerá inocente.

Subo después hacia el jardín del tanatorio por una de esas sendas trazadas por paseantes anónimos, me siento en el paseo de cipreses ante la sacramental de Santa María y considero mis opciones mientras veo pasar los coches fúnebres.

Puedo intentar visitar la dirección que he encontrado. Pero podría ser una trampa o, peor aún, otro grupo de autoayuda.

Puedo buscar un nuevo trabajo en la red profunda. Y que me lo haya pisado algún buen amigo.

O puedo visitar a algún antiguo cliente satisfecho.

Por el paseo viene una pareja joven. Me distraigo mirándolos. Él es pelirrojo y según se acerca voy percibiendo las pecas que salpican su piel clara. Sus ojos azules miran al infinito con expresión soñadora mientras su brazo aprieta el talle de una muchacha algo más baja que él, la piel cobriza y una larga melena negra perfectamente alisada cayendo tras sus hombros. Me recuerdan a alguien, pero no sé a quién. Se sientan en el banco que tengo enfrente —¿no podrían elegir otro?— y comienzan a besarse apasionadamente.

Decido levantarme y buscar otro lugar para mis meditaciones. Entonces siento a mi espalda un chasquido familiar.

—Levántate despacio y gírate hacia mí.

Me giro y encuentro la cara de Paquito, un maleante de tres al cuarto para el que he realizado algún trabajillo.

—Ya podéis iros, gracias. Es él —grita a la pareja. Después, se dirige a mí—. ¿Qué pensabas? ¿que iba a pudrirme en el talego para siempre? Tengo un trabajo para ti.

—Precisamente estaba pensando en dejarlo.

—¿Por eso has entrado en la biblioteca? No me engañas. Sé que desde hace un par de años ese es vuestro buzón. Además, me lo debes. Si hubiera largado por esta boquita...

—Está bien, pero que sea algo fácil, rápido y limpio.

—Si fuera algo fácil, rápido y limpio no te hubiera buscado, Christopher.

—No irás a decirme que... ¿Oscarín?

—¡Chist...! Las paredes hablan. Esos dos no saben nada,

Echo una mirada. «Esos dos» ya están bastante lejos.

Voy con Paquito a un lugar más discreto. Nos sentamos alrededor de la ría echando migas de pan a los patos. Algunas migas son personas o lugares. Mi memoria ha de retenerlo todo.

—Dentro de un par de días daremos un palo en un centro comercial del sur. Oscarín ya está mayor, no creo que venga. Podría ser el momento para pillarle solo. Quizá haya un guardia aquí... Y ya sabes que la puerta está blindada, pero seguro que te las apañas para entrar o para pillarle cuando esté fuera.

—¿Un par de días? Entonces no tengo tiempo de conocer sus rutinas...

—Ese día juega el Atleti. Seguro que no se resiste a ir a verlo al bar de Chelo. ¿Recuerdas cuál es?

—El bar estará lleno de gente. ¿Qué camino toma habitualmente?

—Ese es el problema. Ya sabes que es un desconfiado. Ve por todas partes topos y gente disfrazada. Le pegó un tiro a Ismael porque, borracho, no recordó de qué color era la camisa que llevaba en no sé qué fiesta, hace doce años. Dijo que no era él. Como ves, está paranoico. Desde que he vuelto de la cárcel, no lo he visto seguir dos veces la misma ruta.

—¿Qué bebe? Podría probar con un veneno.

—Lo mismo un calimocho que un Citadelle.  Es imprevisible. Depende de cómo se dé el día.

—Por eso decías que no puede ser limpio...

—Bueno, eso es lo que hay. Toma este móvil de prepago. Si al final Oscarín viene a dar el palo, te haré un llama y cuelga para que abortes el plan. Si no has recibido noticias antes de las cinco, deshazte del móvil y la tarjeta antes de actuar.

Guardo el teléfono en el bolsillo del abrigo. Después, nos vamos cada uno por nuestro camino.

 Vuelvo a General Ricardos y tomo el metro hacia mi casa. El vagón va lleno de oficinistas en traje o con minifalda y tacones, obreros con botas de protección asomando de los vaqueros, profesores con la cartera a cuestas, universitarias con sus camisas de flamencos o de gatos, adolescentes en chándal… En el cristal se refleja mi cara cansada, una más entre las que pueblan este convoy que se dirige del centro hacia la periferia. Al fin y al cabo, soy un trabajador más, aunque mi trabajo no esté legalmente reconocido.

 Cuando abro la puerta del apartamento me recibe el aroma embriagador de la mejorana. Pedro ha preparado su sopa de remolacha. Es mi plato favorito, y lo sabe. En el pequeño salón-cocina del apartamento ha cubierto la mesa con un mantel limpio y ha puesto la mesa.

 —¿Celebramos algo?

—Es nuestro aniversario, cari. ¿Lo habías olvidado? Pensaba que las tortitas eran por eso...

—Pero si sólo llevamos seis meses juntos...

—Pues eso, nuestros primeros seis meses.

 Yo no soy de celebrar las cosas, pero trato de corresponder a su efusividad romántica con un beso rápido tras el cual sirvo ceremoniosamente la sopa en que el blanco de la nata agria sobrenada el morado de la remolacha.

—¿No has abierto una botella de vino?

—No sabía cuál abrir.

—Tampoco hay tantas de donde elegir. Además, en esta casa hace mucho calor en verano: hay que beberse los vinos antes de que acabe la primavera...

Extraigo del mueble del salón un Protos que le dieron a Pedro en la cesta de navidad de la fábrica. Espero que no se haya picado.

—Lástima que las copas buenas estén en el trastero. Pero el vino sabe igual bebido en vaso...

Tras la sopa de remolacha viene un brownie de chocolate con helado de vainilla. No me puedo creer que mi novio, obsesionado con bajar de peso, haya cometido ese exceso. Pero hay más. Para finalizar la cena, extrae del congelador dos vasos de chupito y nos servimos un licor casero de manzanitas silvestres que no sé de dónde ha sacado.

Yo contaba con la noche para darle vueltas al plan en mi cabeza, pero después de la opípara cena me voy a la cama con una sensación de pesadez y mareo, tanta que me ha costado recoger los platos y meterlos al lavavajillas.

Aunque debería ser una noche para recordar, mi cabeza se nubla y ya no me doy cuenta de nada hasta que, a la mañana siguiente, una intensa luz en los ojos me despierta.

Siento un fuerte dolor en los hombros. Tengo los brazos levantados, colgando de las muñecas, que están atadas al cabecero. ¿Se nos fue de las manos el bondage? No consigo hacer memoria. Parpadeo varias veces abriendo y cerrando los ojos con fuerza para despejarme. Ante mí está Pedro.

—A mí no puedes engañarme. Lo sé todo.

—Ay, Pedro, no seas pesado... No estoy para juegos esta mañana. ¿No tienes que ir al trabajo?

—No soy Pedro.

—Ya lo sé: «No soy Pedro, soy Terminator». Venga, que no tengo buen cuerpo... Estoy de resaca.

—No lo entiendes. No soy Pedro, al menos no el que crees que soy. Defiendo los intereses de una antigua organización y conozco tus planes para liquidar a Oscarín.

—¿Una antigua organización? ¿Mafia? ¿'Ndrangheta? ¿Camorra?

—Más antigua aún. Ya existía cuando en Babel se construyó el primer Zigurat. Llevamos siguiéndote un tiempo.

Con una mueca, las orejas de Pedro parecen agrandarse. Abre la boca y, cuando la cierra, sus mejillas regordetas han sido sustituidas por unos pómulos salientes y sus labios se han adelgazado en un rostro que ahora tiene la palidez gris de la ceniza calcinada. Después frunce el ceño y sus ojos se achican hasta convertirse en dos pequeños pozos de un color rubí profundo. Doy patadas a la cama intentando espantar esa abominación, la cual esboza una sonrisa al darse cuenta de mi horror. Tras la transformación, continúa su relato con un tono imperativo.

—Te encontramos mediante el grupo de terapia. Nos acercamos a ti conscientes de tu potencial. Hace tres meses parecía que te retirabas del negocio. Pero nos alegró comprobar que has continuado con tus rutinas. El otro día te vimos salir de la biblioteca; tras ti iba Paquito. Disimuló muy bien. Pero después os vimos sentados en el parque. Estabais tramando algo. Solo hay una persona cuya muerte desee Paquito: Oscarín. Se hizo de oro mientras él se comía diez años a la sombra.

—¿Y qué interés tenéis vosotros en todo esto?

—No matarás a Oscarín. Nos lo entregarás a nosotros. Nos debe algunos favores y deseamos cobrárselos. Después, podrás liquidarlo junto con Paquito.

—¿Y cómo sabéis que no os mataré a vosotros primero?

—¿Cómo me encontrarías? ¿Cómo nos encontrarías? No soy nadie. Soy todos. Aunque soy prescindible, el clan tomará su venganza si desaparezco. Ahora te dejaré ahí, confiando en que seas capaz de desatarte tú mismo.

 El que antes fue Pedro sale de la habitación. Escucho primero el sonido de los pasadores abriéndose y luego el portazo. Entonces hago fuerza con los pies para levantar mi torso y comienzo a roer mis ligaduras, desesperado por salir de ahí.

Cuarenta y ocho horas antes no tenía ningún objetivo. Ahora tengo tres. O quizá más. Debo pensar un plan para hacer mi situación más soportable. Lo primero es cambiar de aspecto, de hábitos y de vivienda para dar esquinazo a quienes me siguen. Me da pena dejar mi cómodo apartamento, que tanto me costó encontrar. Lástima que tenga que arder.

Monto en metro hasta Oporto; allí, salgo del vagón en el último momento, subo a la superficie y ando unos metros hasta el camino viejo de Leganés, donde aguardo al bus 118 en una parada desierta. Después, en Pirámides tomo el tren hasta Atocha. Sé que, tras la misión que me han encargado, esperarán que pase por Atocha. Por tanto, he de hacer lo menos previsible: bajo del tren, subo al autobús 37 y me apeo en Pacífico, donde monto en el 10. Es inusual que alguien coja el 37 en Atocha para cambiar al 10 en Pacífico, y aún más que luego baje en Puente de Vallecas y tome la línea 1 de metro, que pasa también por Atocha. Pero un jubilado de aspecto inocente ha recorrido todo aquel camino conmigo. Así que, cuando las puertas del vagón comienzan a cerrarse, salgo a la carrera subiendo las escaleras de dos en dos y saltando el torniquete, sin esperar a que se abra. Me meto por la avenida del monte Igueldo. Corro, esquivando los puestos callejeros de bolsos de imitación, para subir al autobús 111, que acaba de llegar a la parada. A medio camino del cercanías, me bajo. Entro en una peluquería desierta.

—Hola, tengo una entrevista de trabajo y buscan alguien más... formal., así que quiero parecer un poco mayor. ¿Podría teñirme... como si empezase a tener canas?

—Tendré que decolorarle el pelo. Será un ratito.

—No importa. Y luego me hace un corte... como de cuarentón, ¿sabe? Que les haga pensar que soy alguien tradicional.

—Veré lo que puedo hacer.

Visito una tienda de ropa de trabajo y una ferretería. De la primera salgo vestido con un mono azul; en la segunda adquiero guantes de protección, disolvente, brocha, papel burbuja y una pequeña escalera telescópica de esas que caben en una moto.  Continúo mi paseo hacia la estación de Asamblea de Madrid, donde monto en el cercanías.

Salgo del tren en Sierra de Guadalupe y camino por calles con nombres de cadenas montañosas hasta encontrar la casa de Oscarín. Tres caminos se abren ante mí: por un lado, acceder a las exigencias de los cambiacuerpos y secuestrarlo. Por otro lado, matarlo, como me ha encargado Paquito. O puedo irme de la lengua, contarle a Oscarín la historia y darle el teléfono de prepago para que compruebe en persona cómo le llegan las llamadas perdidas de su socio cuando le diga que participa en el golpe.

Pero no sería elegante. Así que me calzo unos guantes de faena, saco el móvil de mi bolsillo y limpio las huellas con disolvente. Después, tomo la escalera telescópica, la apoyo en el muro, abro el tubo de respiración de la caldera de Oscarín y meto dentro una bola de papel burbuja con el móvil en su interior, dejando en manos de la justicia divina elegir cuál de los miembros de la banda morirá intoxicado por el monóxido. Estoy volviendo a plegar la escalera cuando percibo movimiento tras un visillo. Toco el cristal, que se entreabre sin que se vea a la persona del interior, y lanzo por el resquicio un billete de cincuenta euros.

—Usted no ha visto nada. No he estado aquí.

Para que el mensaje sea más efectivo, me toco el cuello como por casualidad. A continuación, pliego parsimoniosamente la escalera y vuelvo hacia la estación de tren. Un cercanías de dos pisos me lleva a Guadalajara; en los servicios de la estación me quito el mono de faena. El largo camino hasta la estación de autobuses me concede muchas oportunidades para encontrar un contenedor en que abandonar la escalera.

Compro un billete del coche de línea a Soria, donde pasaré un par de días lamiendo mis heridas antes de partir hacia El Burgo de Osma como peregrino en ruta a Santiago… Lo tengo todo bien calculado.

Estoy dando sorbos a un amaretto en un café junto al hostal soriano cuando se me acerca una chica pelirroja. Su camisa de estampado de gatos y su cuello postizo me resultan ligeramente familiares. Lanza sobre la barra un catálogo de autos y me mira con sus profundos ojos azules mientras dice:

—De matar también se sale, Christopher. Pero solo de esta manera.

Sobre la barra deja una ampolla vacía. Huele a almendras, como la copa que acabo de beberme.

©2019,2025 José Gabriel Moya Yangüela. Registrado en Safe Creative (registro 1906241270181).