lunes, 9 de julio de 2018

Voinóvich: Moscú 2042

VOINÓVICH, Vladímir: Moscú 2042. Madrid, Automática, 2014. 462 págs.
ISBN:
978-84-15509-22-6
Descriptores:
Humor. Sátiras políticas. Distopías. Comunismo.
Moscú 2042 es una mezcla de 1984 con El hombre que fue Jueves. Escrita tres años antes de la caída del bloque del Este, imagina un viaje en el tiempo a una Rusia en que el comunismo ha exacerbado todas sus características negativas: la carencia de recursos, la falta de libertad, las desigualdades entre los ciudadanos de a pie y los miembros del aparato.
Frente a este sistema injusto, un grupo disidente infiltrado en la sociedad propone una absurda solución que, sin embargo, se nos antoja profética: la vuelta a la autocracia y al zarismo:
«Su tan cacareada democracia no nos va a los rusos, Un sistema en el que cualquier imbécil puede manifestar su opinión y decirle al Gobierno qué es lo que tiene que hacer o dejar de hacer no es para nosotros. Lo que nos conviene en un gobernante que goce de autoridad ilimitada y sepa exactamente adónde hay que ir y para qué.»

sábado, 9 de junio de 2018

Asimov: Fundación e imperio

ASIMOV, Isaac: Fundación e Imperio. Barcelona, Bruguera, 1984. 252 [+1] págs.
ISBN:
84-02-04783-1
Descriptores:
Ciencia ficción. Ficción política. Imperios galácticos.

Fundación e imperio es el segundo volumen de la Trilogía de Trantor, la trilogía original de la Saga de la Fundación. A diferencia de Fundación, libro del que ya hablé hace unos días, no se compone de varios cuentos largos sino de dos novelas cortas (una unas 80 páginas y otra de 150).

Las novelas de la saga Fundación pueden leerse de forma independiente, así que no es necesario que os hayáis leído el primer volumen. El único problema es que la lectura de volúmenes (o simplemente cuentos) posteriores revela detalles cruciales del argumento de los cuentos anteriores, y a diferencia de lo que ocurría con el primer volumen, mi lectura ha sufrido los efectos del spoiler que suponían tanto la lectura temprana de Los límites de la Fundación como el haber escuchado el especial de "Verne y Wells ciencia Ficción" dedicado a la saga, ya que los acontecimientos relatados en Fundación e Imperio. Así que seré cuidadoso y trataré de no dar demasiadas pistas.

En la primera de las dos novelas cortas, una Fundación ya asentada después del episodio de los "Príncipes comerciantes" con que terminaba el volumen anterior se encuentra finalmente con el gran enemigo exterior: el Imperio. A pesar de que el Imperio Galáctico está dando sus últimos coletazos, ha sucedido una excepcional casualidad: hay un emperador fuerte en el trono, y un general leal, capaz y deseoso de gloria quiere devolver la grandeza perdida. Este general (Bel Riose) se enfrentará a la "mano muerta" del plan Seldon, según el cual, haga lo que haga, la Fundación sobrevivirá. Y hasta ahí puedo contaros el argumento sin estropear la novela. Solo puedo deciros que acabará con esa mezcla de Deus ex machina y lógica aplastante a que Asimov nos ha acostumbrado en el volumen anterior.

En la segunda novela, la Fundación está al borde de la guerra civil por el enfrentamiento entre el autocrático alcalde y los comerciantes libres. En ese momento, comienzan a llegar rumores sobre un enigmático personaje, el Mulo, que ha conseguido conquistar uno de los mundos más poderosos y parece estar pensando cuál será su siguiente paso en una escalada de conquistas sin precedentes. Si habéis leído cualquier material relacionado con la saga, probablemente sabréis quién es este personaje y qué importancia tiene para el plan Seldon... y es una pena, porque averiguarlo es lo más interesante de esta historia. Así que no puedo decir nada más.

En cuanto a su escritura, es un tomito de lectura ágil en que cada capítulo acaba en su clímax, algo lógico si se tiene en cuenta que ambas historias fueron concebidas para su publicación como folletín en una revista pulp (el famoso Astounding Science Fiction). Al leerlo hoy día, chirrían algunos detalles sociales (como la excepcionalidad de las mujeres activas) y tecnológicos (por ejemplo, que el salto hiperespacial deba ser calculado a mano), pero la fuerza de la serie está en la concepción de la estrategia que guía a los oponentes para superar una colisión inevitable en que solo uno de ellos puede vencer.

miércoles, 6 de junio de 2018

Asimov: Fundación

ASIMOV, Isaac: Fundación. Barcelona, Bruguera, 1984. 253 págs.
ISBN:
84-02-04719-X
Descriptores:
Ciencia ficción. Ficción política. Imperios galácticos.
Hace muchos años leí Los límites de la fundación. Era yo adolescente y mi padre me comentó que ese libro estaba relacionado con una vieja saga de Asimov que seguro que estaba por algún lugar de la casa. El caso es que no me molesté demasiado en buscar, porque Los límites... era un librote complicado de leer por su gran cantidad de referencias a episodios de una saga que tenía pinta de no ser nada ligera. Todo lo contrario de lo que yo mismo estaba acostumbrado a leer en Asimov, del que había leído varias novelitas de la saga de space opera sobre Lucky Starr y varios volúmenes de cuentos (además de alguna novela) sobre robots.
Por eso, cuando encontré en la biblioteca del centro educativo en que trabajo los tres tomos de la saga original (la "trilogía de Trantor") no tuve demasiado interés en leerlos. Y allí siguieron, cogiendo polvo, durante años. Hasta que el otro día Alberto García dedicó un especial de su podcast "Verne y Wells" a Isaac Asimov, y volvió a insistir en que la saga de Trantor era una obra maestra. Así que me decidí a tomar el volumen en préstamo.
Fundación es una recopilación de cuentos que retratan diferentes momentos críticos de una organización, la Fundación, instituida por el psicohistoriador Hari Seldon en el año 12067, dos años antes de su muerte. La psicohistoria había predicho la caída del Imperio Galáctico, seguida por treinta mil años de barbarie; pero en sus predicciones entraba también la posibilidad de reducir la etapa de barbarie a solo un milenio si se llevaba a un grupo de expertos en todas las áreas del conocimiento (excepto en la propia psicohistoria) a un planeta ubicado en la periferia del propio imperio.
Los cuentecillos, siguiendo un esquema familiar a todos los que han leído otros cuentos de Asimov, se centran en un conflicto que se resuelve de manera sorpresiva aplicando por un lado la lógica y por el otro el famoso axioma "la violencia es el último recurso del incompetente". Hay que reconocer, sin embargo, que hay algún "deus ex machina" y que la solución al segundo cuento ("Los enciclopedistas") no se explica hasta el cuento siguiente.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Dos planetas

Los planetas Plasmodia y Flatonia tenían exactamente los mismos períodos de rotación y traslación. Tanto era así, que cuando la reina del caduco imperio de Laterra tomaba su té de las cinco mirando las primeras rosas de mayo, podía estar segura de que allende la galaxia, en su palacio de Ralate, el príncipe Henry estaría tomando su infusión de las cinco mientras brotaban las primeras rosas de mayo.

Los sabios plasmodianos, congregados en el observatorio de Sándwich (a unos pasos de donde la reina toma su té) aseguraban que, cuando Flatonia era solo un mundo informe y estéril, unos ingenieros Laterranos --punto este demostrado por la importancia que concedían a la puntualidad-- desplazaron el planeta al punto necesario para hacer coincidir sus movimientos con los de la Plasmodia natal.

Los sabios de Flatonia, reunidos en Greenway, a un golpe de remo del palacio principesco, refutaban la teoría anterior. Sostenian, en cambio, que había sido Plasmodia la trasladada de órbita por unos Flatonitas tan eficientes que no podían ser sino Ralatienses.

Viendo los aspavientos de unos y otros a través de su microscopio, el Creador se divertía.

jueves, 24 de mayo de 2018

Trajes

Una muchacha en traje sastre —la llamo muchacha por costumbre, pero será solo diez años más joven que yo— espera, sentada sobre un bolardo, a que abra el comercio donde trabaja. No frecuento ni la tienda de moda femenina ni la óptica —voy todavía a la del barrio de mis padres—, pero sospecho que atenderá en la segunda.

Verla me hace pensar en la paradoja de vestirse de chaqueta para trabajar en un barrio deprimido como el mío, donde cierran las tiendas, los bares y hasta las inmobiliarias —¿qué inmobiliaria alquila los locales vacíos de las inmobiliarias?—. Una indumentaria que es a la vez cortesía con el cliente y ostentación de rango social que a menudo no se tiene. Distancia y superioridad, aunque las formas del traje sean a menudo traicionadas por la propia conducta: a mi memoria acuden esos muchachos trajeados de veintitantos años que por pegan carteles por las calles, el rollo de cinta de precinto en la mano. Son delgados y tratan de ser elegantes a pesar de lo poco digno de su actividad y de la chaqueta demasiado ancha, pero son poco menos cutres que aquellos jovencitos de Kiron que trataron de venderme un piso en Lavapiés.

Tenía yo treinta y cinco años y una cuenta vivienda; decidí darle una oportunidad al barrio pobre, cercano al de mis padres; sin embargo, me quedé en el tópico que conocía: solamente me mostraron un piso destartalado —el espejo en el techo del dormitorio hablaba de la profesión de su anterior ocupante— y otro nuevo, oscuro, las inútiles ventanas a centímetros de un paredón vertical. A pesar de tanta mugre y de mis prisas por llegar al instituto —mi clase vespertina comenzaba a las seis— me acorralaron en una mesa para que firmase en el acto una hipoteca por alguno de aquellos zulos. Aproveché mi excusa y salí corriendo. Aprendí que podía llegar de la parroquia de San Millán al cerrillo de San Blas, a pie, en diez minutos.

En aquellos comerciales pensaba, adolescentes crecidos en saco azul y corbata a juego, tiburones acostumbrados a comer carroña, cuando escuché que caía el mercado inmobiliario. Me alegré por ellos, contra ellos; pero lamento que mucha gente honrada fuera arrastrada en su caída.


Primer borrador (23-5-18) y primeras correcciones:

miércoles, 16 de mayo de 2018

Siempre de menos

«A mí qué carajo me importa que la máquina a veces suelte de menos y a veces suelte de más —dice Ricardo Darín en "Un cuento chino—. A mí siempre me suelta de menos.» 

Lo mismo me ha pasado a mi con las grapas Office Line del Tedi: en un blister de tres mil grapas, ninguna de las cajas contenía las mil grapas correspondientes (veinte tiras de cincuenta grapas), sino unas 960 (veinte tiras de 48 grapas o menos). Probablemente por eso el blister de 3000 grapas valía menos que las cajas de 1000 grapas de las dos marcas competidoras que se vendían en el mismo establecimiento.

Ya sé que el margen de error es pequeño, de un 4% (y solo me di cuenta porque la caja estaba extrañamente sobredimensionada respecto de las tiras de grapas), y que os parecerá de una extraña cicatería mi queja. Pero, como sugiere el ahorrativo personaje de Darín, la tacañería comienza en la máquina del fabricante, que siempre suelta de menos.

martes, 8 de mayo de 2018

Cuán fascinado está el mundo con los cohes autónomos...

Cuán fascinado está todo el mundo con los coches autónomos... Sin embargo, entre tanto elogio no ven peligros o avisos.

El coche autónomo depende del 5G, cuyas transmisiones de alta velocidad en pruebas han abarcado un único cliente conectado a un único host. Pero cuando el 50% del parque automovilístico sean coches autónomos, ¿no se formarán grandes atascos debido al colapso de datos generado por millones de automóviles tratando de enviar gigas y más gigas de datos en el mismo momento, por más "cinco ge" que haya?

Se apoya esta tecnología, como la de los drones, por la enorme creación de empleo gracias a la cual se eliminarán miles de puestos de trabajo actuales. Serán innecesarios taxistas y camioneros, y nuestros fracasados escolares trabajarán, a cambio, como asociados con contrato mercantil, programando drones o supervisando decenas de vehículos a la vez en un cubículo inmundo y barato. El cielo económico unido a la seguridad que proporciona el buen hermano mayor que vigila las carreteras. Pero, ¿no tiene miedo el gobierno de que se aproveche esa misma tecnología para hacer bombas autónomas que circulen por carretera?

Del mismo modo que la tecnología de drones ha puesto las "bombas inteligentes" y los "atentados quirúrgicos" (afortunadamente, esto es un fake, pero seguro que ya se puede fabricar) no solo en manos de gobiernos como el estadounidense, sino en las de cualquier mindundi con dinero (y los narcoterroristas tienen mucho), ¿no corremos el mismo riesgo con la tecnología del vehículo autónomo?

Muchos hablan de aplicar las "tres leyes de la robótica" a los vehículos autónomos. Pero, de una parte, ya hay compañías que comercializan robots diseñados para matar (a los que no creo que deseen implantar sino, en cualquier caso, la "ley cero") y, de otra, aplicar las tres leyes requiere de un análisis de intencionalidad y consecuencias por parte del robot que está muy alejado de las posibilidades de la inteligencia artificial a día de hoy.

No olvidemos, además, que la IA no es imparcial ni objetiva. Está desequilibrada a favor de la cosmovisión de un sector de la población mundial: el sector de ingenieros estadounidenses. Podemos verlo fácilmente en las imágenes de recaptcha, donde se obliga al usuario a elegir "señales de tráfico" en imágenes en que no hay señales sino carteles, y donde las señales horizontales no son consideradas "señales" (pues estas se nombran con distinto sustantivo que aquellas en inglés). Llevando esto al mundo del automóvil, ¿se ha tenido en cuenta los patrones reales de circulación de cada país? (por ejemplo, las vías urbanas sin acera, o las manzanas sin paso de peatones tan frecuentes en España).

Personalmente, creo que la sociedad es muy optimista e incorporará esta tecnología antes de que estemos preparados para ella, y que, como ha sucedido con patinetes y otros vehículos autopropulsados de baja velocidad, lo hará por las bravas, sin tomar medidas para paliar su impacto negativo. Ya estoy pensando en ejércitos de nengs y chonis tripulando ostentosos vehículos autónomos pirateados para alterar sus límites de velocidad: aparte dos o tres ricachos, son quienes antes adoptan las nuevas tecnologías... ¡Que nos pille confesados!