domingo, 13 de junio de 2021

Recuerdos de un vejestorio: los manuales

Nos hemos acostumbrado a aprender por intuición. Pero la intuición a veces no es nada intuitiva. Recuerdo la primera vez que usé un Macintosh. A pesar de que la interfase de usuario de Windows se basaba en el famoso GUI de los ordenadores de la manzanita, me sentí completamente perdido.

Y es que si miramos nuestras pantallas veremos símbolos que nos hemos ido acostumbrando a descifrar, pero cuya relación con el referente es tan poco intuitiva como la que hay entre el carácter chino 口 y una boca, o entre la A y una vaca. Una vez sabido el significado es fácil reconocer que el signo es icónico: 口 se parece evidentemente a una boca; la A es una cabeza de vaca invertida; el viejo signo matemático ⋮ recuerda a un menú. Pero el camino inverso, el que va del significante al significado ha de ser aprendido.

No solo necesitamos aprender los símbolos de pantallas, mandos y botones. También la forma física o las posibilidades de la máquina han de aprenderse. A veces eso se olvida. Mi hermano me comenta, por ejemplo, que la nueva videoconsola de sus hijos se distribuye con un mero folleto de recomendaciones de seguridad y características técnicas donde ni siquiera dice dónde está la ranura para tarjetas SD, ni cómo activar el control parental. Toda esa información extra hay que buscarla enla red.

Ni en los años ochenta ni en los primeros noventa se confiaba en la intuición del usuario. Los aparatos se vendían con gruesos manuales, volúmenes que costaba dinero redactar, imprimir y distribuir. Mi primer ordenador, un Spectrum 48K traía la ZX Spectrum Basic Programming, un grueso tomo, encuadernado en espiral, con un tutorial de programación más una referencia sobre aspectos más técnicos, tales como los códigos de instrucción del procesador Z80; eso sí, en inglés. El siguiente ordenador Sinclair traía un bonito cuaderno impreso en papel couché a todo color (¡y en español!) del que se habían eliminado los aspectos más técnicos, asumiendo que el usuario raramente iba a querer programar en aquella máquina dirigida al mercado del videojuego. De explicar los entresijos del ordenador (y de paso algún concepto matemático: ahí tuve mi primer contacto con la trigonometría a los 14 años), prácticamente se pasaba al «LOAD ""⏎» (aunque he visto que en la versión en inglés esto no era así).

Algo parecido ocurrió con mis primeras impresoras. Entre 1990 y 1993, los manuales de mi matricial Olivetti y de su sucesora, una HP de inyección, traían la descripción de todos los códigos de escape, por si acaso el usuario necesitaba programar su propio driver (porque algunos procesadores de texto de la época, como WordPerfect 5, asumían que quizá el usuario se viera en la necesidad de hacerlo). No solo eso: mi HP Deskjet 500C, asumiendo que en la época las impresoras en color eran raras, traía un Manual para uso del color con recomendaciones tales como evitar tonos similares para distinguir valores en los gráficos, o combinar color y signos de manera que los daltónicos pudiéramos reconocerlos. Mi siguiente impresora (comprada no porque la 500C muriese, sino porque era grande, lenta y ruidosa y no permitía imprimir simultáneamente en color y negro) solo traía un manual de instalación y solución de problemas.

Puede pensarse que los manuales desaparecieron porque dejaron de ser necesarios. Tengo por casa el de un ordenador Fujitsu Senda 16 de 1990. Trae las informaciones sobre hardware propias del manual de una placa base (interrupciones del sistema, puertos de entrada salida de la arquitectura ISA, etcétera), más un suplemento enseñando cómo usar el sistema operativo (el farragoso MS-DOS) y otro explicando los rudimentos de GW-Basic. Un montón de información que el usuario de un pc actual o una tablet no necesitaría.

En efecto: a medida que iba simplificándose el manejo de los ordenadores, los manuales se sustituyeron por programas de ayuda en pantalla, que normalmente pasaban de puntillas sobre los aspectos más técnicos. Y a día de hoy, incluso esos manuales en pantalla han desaparecido: Office y Openoffice confían en la "ayuda en red", que está siempre al día... pero que desaparece cuando la versión del programa queda obsoleta. Y además esquiva las cuestiones más técnicas. Recuerdo buscar en tutoriales ajenos a Microsoft cómo usar el formato en campos combinados en Word, porque quienes hicieron la ayuda en línea habían supuesto que los pocos que usaban la combinación de correspondencia lo harían para nombres, apellidos y direcciones, nunca con cifras.

El problema está en que cuando se pierde la conexión a internet o el aparato se queda bloqueado por cualquier problema, nos quedamos sin manual. Por ejemplo, si Windows no arranca tras una actualización, vemos una pantalla con el logo y solo si se nos ocurre buscar en internet con el teléfono móvil (el ordenador, recordemos, está bloqueado) se nos indicará que debemos pulsar el botón de encendido, pero no una ni dos veces, sino tres. Con un manual, podríamos buscar esa información. Pero es cierto que en la mayor parte de oficinas y casas el manual se habría perdido largo tiempo atrás.

Y esa es realmente la razón de que ya no se hagan manuales en papel. No solo que sean caros de producir y que para el día a día sean innecesarios, sino que, a la hora de la verdad, no sabemos dónde los metimos.

viernes, 8 de enero de 2021

Un sueño de navidad

Estoy en casa de mis abuelos, en la salita de atrás, donde solíamos quedarnos los niños y donde nos tocó dormir tantas veces en el sofá plegable. Llega mi hermana y me enseña una carta. Ha escrito M desde México en respuesta a la tarjeta que le mandamos a mediados de diciembre. ¡Qué rápido! No esperaba que llegase la carta allá antes de reyes, ni que contestasen antes de finales de enero.

Vamos a abrir la carta al salón, para mostrársela a nuestro sobrino pequeño. Allí están todos los primos, incluso aquellos que han dejado de hablarse. Dentro del sobre, unos cuellos de tela. Al principio pensamos que son un regalo, pero al ver cuántos hay (una cantidad inverosímil para un sobre que parecía contener solo una tarjeta) nos damos cuenta de que nuestra amiga quiere que se los vendamos acá. La reunión familiar es una buena ocasión para la venta.

Todo es interrumpido por el estruendo de la música a todo volumen. Aparentemente, la ha puesto la abuela. Luego vemos que al lado de ella está mi tío F. Quizá sea él quien ha gastado la broma. Alguno se precipita a apagar el equipo de alta fidelidad. Los vecinos, si escuchan la música, llamarán a la policía. Y verá que estamos ciento y la madre. Huyo a la salita del fondo, cierro la puerta, que tiene una forma de cortina metálica que no recordaba. Me voy también al balcón, cuya persiana cierro. Allí se encierra también mi hermana. Pienso por un momento si no deberíamos cerrar también la segunda puerta de cristal (tiene doble acristalamiento) y quedarnos fuera, pero da cierto vértigo.

Entonces despierto con la conciencia de que todo ha sido un sueño. Hace tiempo que mi abuela no está; mi sobrino no llegó a conocerla. Tampoco está mi tío J, a quien vi en la fiesta. Y, ciertamente, hay detalles inverosímiles, como el sobre lleno de piezas de tela, la extraña puerta de la salita o la posibilidad de cerrar la persiana del balcón desde fuera.

Perdí a mi abuela unas navidades, hace veinticuatro o veinticinco años ya. Recuerdo a mis primo A. y su mujer Y., que entonces trabajaban en Madrid y se albergaban en casa de mis padres, comentando cotidianamente las noticias de la familia. Después, el largo fin de semana del entierro, la multitudinaria misa en Carmelitas, los abrazos de mis amigos de Logroño...

Añoro a mi abuela, y añoro también esa época en que éramos una gran familia unida, una especie de clan. Y aquellos tiempos en que las navidades eran como debían ser.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Varia literaria

Cuando salí de la universidad, recién acabada la licenciatura, y decidí ponerme a preparar oposiciones para profesor de instituto, descubrí de repente que existía un siglo entero de la literatura del que apenas sabía nada: el siglo XVIII. Tan grande fue mi conciencia de la ignorancia que el primer curso para profesores que hice por voluntad propia versó sobre el siglo XVIII. Además, en aquella época devoré cuanta obra de aquel siglo cayó en mis manos, desde el delicioso Villarroel hasta el divertido padre Isla.

Quizá por cuestiones de tiempo, al siglo XVIII no se le prestaba atención en la carrera de filología Española de la Autónoma, donde no se impartía una especialidad en literatura. Tampoco se le había prestado atención en las clases que cursé en mi adolescencia. La literatura de segundo curso de BUP fue, ante todo, una introducción a conceptos literarios usando como campo de batalla textos que se extendían hasta el Siglo de Oro; al curso siguiente, en lugar de la aburrida historia de la literatura que prescribían los temarios, mi profesor prefirió concentrarse en analizar obras del realismo hasta la generación del 98, saltándose el Quijote, sí, pero llevando a la práctica el espíritu del currículo según el cual la literatura ha de servir principalmente como modelo para ejercitar la comprensión y expresión.

Pero no puedo decir que nunca hubiera visitado el siglo XVIII en mi recorrido educativo, ya que en la escuela leí fragmentos de «El sí de las niñas» e incluso me obligaron a memorizar (ya lo olvidé) algún fragmento de la «Sátira a Arnesto». Iriarte, Samaniego, Jovellanos, Moratín eran clásicos habituales en los manualitos de la EGB en los primeros años 80.

¿De dónde viene el odio al siglo XVIII, entonces? En mis primeros años de profesor siempre pensé que el Romanticismo había acabado volando por los aires los valores de aquella generación, y más o menos eso es lo que enseño a mis alumnos, pero en realidad los valores de unos y otros no están tan enfrentados. A Larra le gustaba Moratín. El tomo "las cien mejores poesías de la lengua castellana", compilado —creo— a finales del siglo XIX, cede amplio espacio a poetas del neoclásico, entre los que asoman autores de poemas patrióticos que seguramente inflamaban el pecho de nuestros románticos. De hecho, las redes sociales han hecho pasar poemas de aquella generación por poemas de Espronceda. ¡Nuestro dieciocho es tan contradictorio! Por un lado, los tardobarrocos como Villarroel. Por otro, los clérigos reformistas como Feijóo e Isla. Feijóo no cree en vampiros, pero habla de ellos. Isla parodia la escolástica, y al hacerlo recurre con maestría a sus métodos. Samaniego es el modelo de autor preocupado por la moral que escribe fábulas para los alumnos del seminario, pero también cae bajo su pluma el pornográfico Jardín de Venus. Cadalso es neoclásico y prerromántico; no se conforma con lo viejo ni con lo nuevo; pide moderación, pero sus personajes desentierran cadáveres, presa de las pasiones. Me gustaría saber más sobre el heterodoxo Blanco-White y sobre los poetas clérigos de su Sevilla natal.

Quizá el problema está en que ninguna generación literaria es homogénea ni coherente consigo misma. Del mismo modo que los neoclásicos defienden las ideas ilustradas (entre las que están, no lo olvidemos, la libertad y abolición de la nobleza de sangre) pero se aferran como un clavo ardiendo al respeto de las normas, los románticos hacen alarde de la libertad pero se refugian en ese pasado feudal de campesinos atados al terruño y no rechazarán, como Martínez de la Rosa, una cartera de Gobernación, si llega el caso.

martes, 18 de agosto de 2020

El cuento del martes: desde el otro lado

Este texto lo escribí para la convocatoria Space Opera de @Arachne81 . En realidad no encajaba mucho en la convocatoria, pero me apetecía darle la vuelta al género.

Desde el otro lado

Nadie hubiera creído en los últimos años del siglo diecinueve que este mundo estaba siendo vigilado intensamente y de cerca por inteligencias mayores que la del hombre y aun así tan mortales como la suya; que mientras los hombres se ocupaban en sus varios asuntos estaban siendo escudriñados y estudiados, quizá tan de cerca como un hombre con un microscopio podría escudriñar las efímeras criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua.
H. G. Wells, La guerra de los mundos

Día 1

«Doscientos años atrás, el ataque Zirklodiano destruyó nuestro planeta. Los invasores arruinaron la maquinaria que fundía las reservas de agua dulce de los polos y las hacía correr por los canales. Nuestro mundo fue cubierto por la desdicha. Solo después de cincuenta años de conflictos entre los supervivientes se impuso la cordura. Las diversas hordas se unieron bajo la mano férrea del Líder. Bajo su mandato se recuperó poco a poco la tecnología, todos los esfuerzos dirigidos a un único objetivo: defender nuestro planeta de ataques exteriores y prepararnos para la colonización de nuevos mundos. El primer paso será la colonización del planeta Interior, cuyos análisis espectrográficos revelan una gran cantidad de agua. Hoy, ese planeta se encuentra en el punto idóneo. Dentro de unas horas, lanzaremos nuestros proyectiles de exploración. Pero primero, saludemos a los intrépidos exploradores.»

He escuchado el discurso del líder en posición de firmes. Se me ha hecho largo. Me ha extrañado ser capaz de mantener la compostura. Sobre todo porque sé que las cosas no van a ser tan fáciles. Los espectrógrafos revelan la presencia de agua y de oxígeno, sí. Pero junto a ellos, también indican que hay cada vez más carbono. Mal asunto. En ese planeta hay vida… y hay industria. Claro que el proyectil lleva un grueso blindaje, tanto que se ha aumentado la fuerza de impulso necesaria para alcanzar la velocidad de escape. Para evitar el fracaso de la misión, cientos de proyectiles saldremos al unísono, confiando en sobrevivir tanto al despegue como al impacto.

Después de posar para la televisión, nos hemos dirigido con paso firme a los transportes que han llevado a cada cual a su proyectil: Un tosco cilindro hueco en el interior de otro cilindro más amplio que actuará como tubo de lanzamiento. Dentro del cilindro reside el módulo de colonización, una especie de araña plegada cuyas patas amortiguarán el lanzamiento. Ahí está mi habitáculo. No solo sirve de cápsula de soporte vital y de transporte: también está provisto de un emisor de rayos calóricos por si es necesario defenderse de alguna criatura o cavar un escondite.

El habitáculo es estrecho; me ha costado introducirme en él. Tuve que meter primero la cabeza y luego los tentáculos, uno a uno. Después, he esperado a que los operarios rellenen el interior del proyectil con líquido amortiguador y cierren la gran tapa.

Antes del lanzamiento, los científicos no se pusieron de acuerdo sobre la manera de aminorar la velocidad del choque contra Interior. Según algunos, la gruesa atmósfera de aquel planeta permitiría desarrollar algún sistema de reducción de velocidad a través de resistencia aerodinámica; otros preferían reducir la fuerza del impacto mediante zonas deformables y líquidos amortiguantes. A mí me ha tocado, como al 90% de los colonos, un proyectil del segundo tipo, más fiable. Pero sigo teniendo miedo. Dejo este cuaderno mientras la gran tapa se cierra completamente y se apaga la luz, señal de que el lanzamiento es inminente. Espero sobrevivir para continuarlo.

Día 2

Cientos de exploradores habrán tenido ayer la misma sensación que tuve yo. Mi cuerpo blando aplastado por efecto de la aceleración y estirado de nuevo al alejarse de la gravitación del planeta natal. ¿Se sentirá así la masa de huckla cuando, después de pasarle el rodillo, la metes al horno para que se infle? Y, cuando la nave llegue a su objetivo, ¿será menor el golpe que el de la bola de masa lanzada sobre la mesa?

Día 4

Me siento solo. Me gustaría poder comunicarme con mis compañeros, pero el emisor calórico que sirve como arma y sistema de comunicación es inútil a altas velocidades. Somos un ejército de guerreros solitarios avanzando en mitad de la noche.

Día 7

Dijeron que el camino serían tres o cuatro días. Tengo víveres para un mes. Y luego tengo la hierba roja que plantaré en mi parcela de la colonia. Realmente, no creo que me muera de hambre. Lo que hace que cada día pase la vida ante mis ojos es la incertidumbre sobre mi supervivencia al impacto de la llegada.

Día 10

Acabo de descubrir que la mitad de las cajas de víveres están vacías. Maldito aparato propagandístico. Está claro que era imperativo lanzar la colonización cuanto antes, sin importar que no hubiera terminado el acopio de alimentos. Tendré que racionarlos.

Día 14

Los sensores informan que ya estoy cerca del planeta. Santo Líder, protégeme. Espero sobrevivir al impacto.

Día 15

Creo que he tenido el honor en ser el primero en llegar, o al menos el primero en despertar tras la colisión contra mi objetivo. Los sensores han revelado una multitud de criaturas bípedas que se afanaban por romper o perforar la tapa de proyectil.

Santo Líder, protégeme. He chupado mis tentáculos rezándote y te he dado mi agua. Allá vamos.

Día 15. Continuación

El ruido de la tapa desenroscándose ha hecho que los bípedos se apartaran, pero por poco tiempo. He puesto el rayo calórico a mínima potencia y he trazado en el suelo los signos que en el idioma universal significan «venimos en son de paz». También lo he lanzado hacia los cuatro puntos cardinales y hacia el cielo. Sin embargo, ha habido un resultado inesperado. El trozo de suelo hacia el que había lanzado el rayo ha comenzado a arder. En esta atmósfera rica en oxígeno, el mínimo calor hace que prendan los objetos. Los bípedos han reaccionado violentamente. Uno ha lanzado un haz de destellos hacia mí con un artefacto misterioso. El espectroscopio indica que contenía magnesio. Otros han comenzado a disparar con rudimentarias armas de pequeño calibre. Pero la mayoría han huido. ¿Cómo convencerlos de que venimos en paz?

Día 16

Esta madrugada, un estruendo me despertó. La tierra saltaba a mi alrededor formando cráteres enormes. El telémetro indicó la presencia de armas de gran calibre a unos 5 verstas de mi posición. Colocando el emisor calórico en alta potencia, he destruido la amenaza. Después he hecho señales luminosas con el emisor calórico, tanto hacia los cuatro puntos cardinales como en dirección mi planeta, a la vez que hacía sonar la trompa de alarma.

En esta atmósfera, tiene un timbre extraño. Ese «hula, hula» atronador es más intenso que el agudo sonido que hace en casa.

Día 17

He sembrado la hierba roja. Se supone que en este clima húmedo y rico en carbono crecerá rápidamente. Pero los sensores indican una escasez de radiación solar que quizá nuestros agrónomos no tuvieron en cuenta.

Mientras la estaba sembrando recibí otro ataque artillero, pero pude repelerlo fácilmente. Los mensajes por emisor calórico avisan de otra amenaza: bípedos que salen de debajo de la tierra o que cavan trampas que se abren bajo las patas del módulo colonizador. Oigo continuamente el «hula, hula» de otros colonizadores pidiendo ayuda. No hay que confiarse.

Día 19

Ya ha empezado a brotar la hierba roja. Sus praderas se extienden todo a lo largo de la gran corriente de agua, haciendo que este lugar resulte más familiar. Me he afanado todo el día en aplanar el terreno para facilitar el crecimiento de mi pequeña hacienda. He decidido que el lugar donde impacté sea mi parcela de colono cuando acabemos con los habitantes hostiles.

Este planeta sería bonito si sus criaturas no se afanaran en atacarnos. Es mucho más fértil que nuestro mundo. Me gustan especialmente unos vegetales de gran tamaño y tallo extremadamente duro que crecen acá y allá. Parece que a los habitantes les gustan también, porque muchos acompañan el curso de los caminos, como si los hubieran plantado allí.

Día 20

La hierba roja estará pronto lista para la recolección. Es una gran noticia, porque estoy quedándome sin suministros.

Un bípedo me ha atacado esta noche. Se acercó a mí en la oscuridad, con aviesas intenciones. Corría ocultándose tras las tapias de esas construcciones bajas en que viven los bípedos de esta zona. Después, se arrastró entre las matas de vegetación local, pensando que no lo detectaría. Suerte que los científicos desarrollaron estos sensores tan eficaces. Esperé a que estuviera al alcance de mi brazo mecánico y lo aplasté entre sus garras.

Día 21

El procesador de alimentos indica que la hierba roja, que tan rápido ha crecido, no posee aquí el mismo valor nutritivo que en nuestro planeta natal. He tenido que añadir organismos locales. Comencé con los restos del bípedo que destrocé ayer y con unos cuadrúpedos peludos que se acercaron a alimentarse del cadáver. En general, las criaturas de este lugar son pequeñas. Casi todas caben por el hueco del procesador. Solo unos grandes cuadrúpedos peludos que se alimentan de hierba ofrecen cierta dificultad a la hora de insertarlos enteros, aunque se pueden cortar en pedazos.

El comandante del campo de entrenamiento nos previno contra la tentación de añadir proteínas locales a la dieta, posible fuente de intoxicación, pero la necesidad obliga.

Día 22

He vuelto a sufrir un intento de ataque. Un gran hoyo se abrió bajo una de las patas del módulo de exploración. La máquina quedó desequilibrada y, en ese momento, salieron de sus escondites varios hostiles que empezaron a golpear la pata. Usé el brazo para apoyarme sobre uno de esos vegetales altos que pueblan este planeta y recuperar el equilibrio. Después, barrí con el brazo a esos insensatos.

A través del emisor térmico he recibido señales de compañeros que han seguido la gran corriente de agua hasta su final. Allí, el contenido de electrolitos es demasiado elevado como para llenar los depósitos. Sin embargo, hay gran cantidad de materia orgánica con que cargar el procesador de alimentos. Mañana intentaremos hacer una expedición hacia esa zona.

Día 23

Un grupo de grandes máquinas de metal, mayores que cinco cilindros puestos en fila uno tras otro, nos han emboscado. Se mantienen sobre la superficie del agua, como los innuks de nuestras leyendas, y están erizadas de artillería de gran calibre. Dos de los nuestros han caído heroicamente antes de que eliminásemos la amenaza. Hemos avisado al resto de colonos para que busquen y destruyan esas máquinas de metal en las orillas de la gran isla sobre la que hemos caído.

Día 24

A orillas de la gran corriente de agua hay una ciudad. Sus edificios son altos; los sensores de larga vista mostraban multitudes de bípedos saliendo de ella, así como tosca maquinaria movida por los cuadrúpedos grandes. Nos hemos acercado lentamente a ella mientras contemplábamos con regocijo la muchedumbre asustada que cubría los senderos. También vimos una extraña máquina alargada que se arrastraba sobre un camino de metal. Se movía a mucha velocidad y no se detuvo hasta que lanzamos el rayo calórico sobre su primer segmento. Con todos los seres que vamos recogiendo, hay comida para una buena temporada.

Día 25

Hemos instalado un gran procesador de alimentos en el centro de la ciudad. Después hemos recorrido el lugar para recolectar distintos organismos de dos y cuatro patas que intentan esquivar nuestros brazos mecánicos. Pero más importante que procesar alimentos sería investigar una manera de conservarlos sin que pierdan sus propiedades. No sabemos si es por la atmósfera de este planeta, pero los glúcidos se van convirtiendo en ácido a las pocas horas. Es algo para lo que no estábamos preparados.

Día 26

La ciudad ha revelado ser una trampa. Sus calles están huecas; en cualquier lugar aparecen seres hostiles que atacan y corren para desaparecer después en el interior de los edificios o en las entrañas de la tierra. Nuestro comandante nos ha autorizado a destruirla.

Día 27

Ayer incendiamos todos los edificios de madera y los vimos arder durante toda la noche. Fue un bonito espectáculo. Varias bóvedas construidas en metal se derritieron bajo el calor de las llamas. También nos ocupamos en derribar esas estructuras que cruzan la gran corriente de agua, así como los objetos que se mantenían sobre su superficie.

Algunos edificios están construidos en material cerámico y han resistido al calor. Al principio los hemos estado derribando golpeando entre dos o tres colonizadores con el brazo mecánico, mientras otro vigilaba en busca de esos bípedos que continúan hostigándonos de manera suicida.

Uno de mis compañeros ha descubierto un juego. Levanta con el brazo mecánico un gran trozo de escombro y lo lanza hacia el tejado un edificio lejano, rompiéndolo en mil pedazos. Es divertido competir por ser quien más lejos lo lanza. A veces, al levantar el bloque de escombro salen criaturas que se escondían debajo. Otras veces, es el edificio el que revela seres hostiles que se creían lejos de nuestro alcance.

Día 28

No había tenido tiempo de fijarme antes, pero en esta gruesa atmósfera permite que algunos organismos floten y se deslicen por el aire. La ciudad está llena de ellos, así como de unas pequeñas criaturas —tan pequeñas que apenas las vemos— que se desplazan corriendo cuando derribamos una pared o hacemos un agujero en el suelo en busca de hostiles. Parecen comer otros seres muertos, así como de restos orgánicos diversos. En cualquier caso, son demasiado escurridizas para echarlas en el procesador de alimentos.

Día 29

Hoy ha ocurrido algo extraño. El colonizador que me acompañaba en la demolición de un edificio ha hecho la señal de «problema» y ha parado. Después, cuando ha vuelto al trabajo, le he hecho una señal interrogativa, pero no ha sabido responderme nada concreto. Solo ha mantenido la señal de «problema indefinido». Tras un par de horas, ha vuelto a hacer la señal de «ocupado». Ahora no responde a mis señales. ¡Santo líder! ¿Será un arma invisible?

Día 30

Esta noche, mi compañero ha hecho sonar su trompa de alarma y todavía sigue sonando. Sin embargo, su emisor térmico sigue sin hacer señal alguna, a pesar de que nuestro otro compañero, el que hace de guardián, está también tratando de comunicarse con él. No sé qué puede sucederle. El sonido de la trompa de alarma se va haciendo más lento y grave. Debe de estar agotándose su energía.

Día 30. Continuación

Me siento raro. No sé qué me ocurre. Criaturas aladas se han acercado hacia mi compañero. Parece que están intentando romper los vidrios del módulo colonizador, pero él no hace nada por evitarlo. Debería defenderlo con mi emisor de rayos. Sin embargo, me cuesta centrar la vista.

Día 31

Apenas puedo moverme. Siento un intenso dolor en mis vísceras. No puedo comer. Cada vez que lo intento, de mi tubo digestivo sale una sustancia de extraño color. Hay algo maléfico en este planeta; quizá en los alimentos, quizá en el aire. Santo líder, ¡tengo que avisar a mis compañeros! Lanzaré mi mensaje hacia las estrellas. La próxima vez, debemos prepararnos mejor.

Epílogo

En la academia militar, el comandante Hurkon examinaba el manuscrito. Le había sido remitido por un guerrero mecánico del regimiento avanzado, que lo encontró en el interior de un antiguo módulo de colonización cuidadosamente preservado desde cien años atrás por las criaturas bípedas. «Es una pena», se dijo, «que esta información no nos llegase antes. Hubiera salvado a las tropas de la segunda y tercera oleadas, también desaparecidas inexplicablemente. Ahora bien, el botín que han traído las tropas mecánicas en nuestra reciente victoria, ¿no habrá esparcido ese mal invisible por nuestro planeta?»

martes, 11 de agosto de 2020

El cuento del martes: El Dr Jones contra el Imperio Cobra

Este cuento desquiciado se preparó para la malograda convocatoria «ochentena» de @nicolet_eclipse. Es por ello que aparecen personajes míticos de los 80 como el doctor Jones (no lo cito por su apodo, que seguramente sea marca registrada), Marion Ravenwood, o ese mogwai tierno que se disfraza de Rambo cada vez que se ve obligado a salvar al mundo.

Quizá menos conocidos sean Jake Cutter, su perro Jack y su aeronave, protagonistas de la efímera serie Cuentos del Mono de Oro.

Las nuevas generaciones, finalmente, desconocen el placer que a los niños españoles de los 80 les producía el mítico juego Imperio Cobra, que realmente es un diseño de los 70. Dedico este cuento al autor de aquel juego, José Pineda García, y también a su ilustrador, cuyo nombre desconozco.



El doctor Jones contra el Imperio Cobra


El aeroplano cabeceaba peligrosamente. En el exterior, los vientos helados azotaban la planicie helada de Hyrga. Marion asentaba su estómago revuelto con tragos de arag. Jake Cutter trataba de estabilizar el Cutter's Goose mientras interrogaba al doctor Jones sobre el rumbo:

—¿Está seguro de que ese mapa es fiable? La escala está distorsionada. Y en la estepa apenas hay puntos de referencia. El punto que busca podría estar a un kilómetro de la cordillera o a cien millas. 

—El tipo que me lo vendió en El mono de oro me dijo que no tenía pérdida. A mediodía, la ciudad reluce como si estuviera construida en cristal.

—Entonces, rece porque lleguemos a mediodía.

Un petardazo en el motor sacó de su estupor a Marion.

—Oiga, ¿ese ruido es normal?

—Un atasco en el carburador. Ya les dije que no debíamos repostar en aquel aeródromo.

—Mis libras no eran del todo… auténticas. Por eso preferí repostar en el Celeste Imperio.

—Ya no existe el Celeste Imperio, señor Jones. Actualícese. Ahora es una república, y pronto será una provincia de Japón.

Translatio Imperii.

—¿Qué dice?

—Es lo que diría mi padre, un medievalista maniático del latín. Persia, Grecia, Roma, el Sacro Imperio, España, el imperio Británico, América… El poder va siempre hacia el oeste. Si sigue girando, quizá continúe por Japón. Es ley de vida… si no hacemos nada. Y FDR asegura que no quiere guerra.

—¿Lo cree usted?

—Lo que yo crea no tiene importancia. Pero me han contratado para buscar algo que quieren los japs.

Sonó otro petardazo en el motor. Después, la hélice detuvo sus giros.

—Espero que estemos cerca, porque vamos a tener que planear.

—Pero… ¡si queda otro motor! Estoy seguro de que este viejo clipper puede volar con un solo motor, Cutter.

En aquel momento, un ominoso silencio sustituyó al estruendo de los pistones. La otra hélice había dejado de girar.

—¿Decía algo?

—¡Maldita sea mi estampa! Trate de mantener el rumbo. No puede quedar mucho.

La cabeza de Marion asomó por la portezuela de la cabina.

—Hay algo que deberíais saber…

—¿Que los motores no funcionan? Eso ya lo sabemos.

—No, guapetón —dijo Marion—. Que el Palacio de Cristal está ahí, a tu derecha.

Efectivamente. A la derecha se divisaba un resplandor numinoso que no podía deberse a la simple refracción de los rayos solares. Un extraño verdor en torno de él sugería que la sola presencia de aquel palacio bastaba para derretir la nieve de la estepa.

—Tendremos que posarnos a cierta distancia. La panza del clipper puede arrastrarse por la nieve, pero no por la hierba.

El clipper cabeceó un momento y pareció saltar hacia abajo en el aire. Después, elevó el morro para reducir la velocidad mientras descendía entre fuertes vibraciones. Finalmente, su panza golpeó la gruesa capa de nieve y se deslizó a lo largo de varios cientos de metros botando con un ruido de tambores.

Marion se agarró a la portezuela y vomitó todo el alcohol que había bebido.

—Espero que los monjes nos reciban con un buen trago de arag para sentar el estómago.

Un grupo de pastores se acercó hacia el avión. Su olor a yak y a leche agria era suficiente para disimular el hedor del aliento de Marion.

Willkommen —saludaron los campesinos en un perfecto alemán.

—¡Maldita sea! Ya nos ha adelantado la expedición de Aufschnaiter. Tenemos que darnos prisa antes de que la Sociedad Thule visite el oráculo. Cuttler, ¿se queda aquí reparando los motores?

—¡Qué remedio! Podría ayudarme la señorita Ravenwood. Creo que se da maña con la mecánica.

—Me encantaría echarte una mano, querido Jake. —Marion guiñó un ojo mientras mordía su carnoso labio inferior—. Sin embargo, creo que el doctor Jones tiene un poco oxidada la familia de lenguas bodish, ¿no es cierto?

—No he tenido ocasión, como tú, de practicar mis artes conversatorias en tugurios infectos.

—Eres un amor, Henry. Recuérdame por qué te dejé.

Marion se dirigió a los campesinos, les compró unas cuantas baratijas para turistas británicos fabricadas en la metrópoli y revendidas en las colonias a alto precio y finalmente les pidió que la guiaran hacia el palacio de Cristal.

No tardaron en encontrarse caminando por una superficie verde ligeramente encharcada al final de la cual se elevaba una ciudad colgada de la roca. Las formas macizas y los tejados de aleros curvados recordaban a los que Marion había encontrado en Lhasa cuando se acercaba a comprar hierbas para aromatizar el arag que vendía en su taberna. Sin embargo, la superficie de los edificios no tenía los colores de la madera pintada, sino que relucía como si estuviera hecha de una mezcla de hielo, nieve y cristal de roca.

—Bienvenidos a mi humilde morada, extranjeros —les saludó un anciano monje de cráneo afeitado—. ¿Qué les trae por aquí?

—Deseamos consultar el oráculo. Acerca de esto —respondió Marion y, señalando al doctor Jones, añadió—: Enséñaselo, Henry.

—¡Un hombre-cobra! Hacía tiempo que no veía uno. Son un amuleto de gran poder. Hay quien dice que, si se depositan en el suelo y se recita la plegaria adecuada, el hombre-cobra adquiere vida propia.

—Bueno, no será peligroso, tan pequeñito.

—No lo crea, bella extranjera. Las serpientes pequeñas son tan venenosas o más como las grandes. Además, la leyenda dice que el hombre-cobra toma el tamaño de un hombre normal. Pero pasen y discutiremos el asunto bebiendo un poco de chai.

—¿No tendría un vasito de arag para pasarlo?

—Me sorprende usted. Había oído que los británicos no beben antes de las siete de la tarde.

—No soy británica. Y aunque lo fuera, no vaya creyendo todo lo que lee en las novelas.

Un par de botellas después, aquel lama les indicó que el monje normalmente ocupado del oráculo había tomado unas vacaciones, pero se ofreció a interpretar el I-Ching por ellos.

Mmmm… Una línea entera, dos partidas y tres enteras. Es el hexagrama 26, ta chu. Indica peligro y la necesidad de contener algo grande.

—¿No podría ser más específico?

—Claro. Los hombres blancos que vinieron antes que ustedes me enseñaron otro sistema de adivinación. Esperen que coja el vaso y lo coloque boca abajo… Los símbolos de esta mesa son antiguas runas utilizadas en el lejano occidente.

—¡Pero si es una ouija!

—¿Una qué?

—Una ouija. La he visto en mi país.

—Entonces, no le importará hacer los honores. Coloque el dedo sobre el vaso, así… Muy bien.

El vaso de licor se deslizó sobre la mesa. Marion fue anotando las letras en las que se detenía brevemente. El lama sonreía y aplaudía.

—Vamos a ver… «R Tape loading error». ¿Puede significar que alguien se ha equivocado con un cargamento de cintas de seda?

—Bueno, la verdad es que… creo que yo estaba pensando en la última vez que visité París contigo. Ya sabes, aquella vez que me ataste a la cama.

—¡Serás puerco! Anda, vuelve a intentarlo.

Antes de que el vaso se volviera a mover, salió del lama una voz cavernosa que decía, en perfecto inglés:

—Ve a la isla de Rhytya. Allí encontrarás al gigante Polifemo. Derrótalo y conseguirás que el ave fénix te lleve a la isla de Cobra. —Después, el lama se aclaró la garganta, aunque sonó más bien como un eructo—. Creo que me ha sentado mal la bebida. 

—¡Fantástico! —aplaudió Marion—. ¡Vuélvalo a repetir!

—Creo que no podría. Necesitaréis un aliado. Tomad esta caja. La pequeña criatura que vive en ella es un mogwai. Parece inofensivo, pero tened cuidado de no mojarlo ni darle de comer después de medianoche.

—Qué cuqui —dijo el doctor Jones—. Me recuerda a mi perro. Pero acabo de ver que es tarde. Lo siento, tenemos prisa.

Así que agarraron la caja de madera y salieron con ella corriendo hacia el clipper, que los esperaba con los motores al ralentí.

—¿Cargaste combustible?

—Sí, se lo cambié a unos expedicionarios alemanes por un cartón de cigarrillos y nuestras reservas de licor. Creo que hice un buen trato.

—¿Buen trato? Durante la próxima semana vas a beber solo agua.

—Ya lo hacía antes. No soy como el doctor Jones, que puede pilotar borracho.

Poco a poco, las hélices fueron tomando su velocidad máxima. El avión, sin molestarse en girar en redondo para aprovechar las rodadas del aterrizaje, despegó en línea recta deslizándose por la inmensa llanura helada.

—Y ahora, ¿adónde?

—A Rythya.

—¡Pero si eso es un nido de mosquitos!

—Lo será. Pero parece que allí es donde vive el gigante Polifemo. Y resulta que tenemos que enfrentarnos a él.

Molifemo —dijo una vocecilla agua y nasal que salía de la cajita de madera.

—Caray, ¡si habla!

—¿Qué es eso? —dijo Jake girando la cabeza hacia Marion.

—¡Mira hacia delante! ¡Que te estrellas con las montañas del Alud!

—¡Montañitas a mí...!

Con un hábil movimiento de alabeo, Jake hizo pasar el avión por entre las cumbres que aislaban Hyrga del resto del mundo. Enseguida vieron bajo sus pies el anchuroso mar que se extendía en todas direcciones, menos a su espalda.

—Ojalá el aeródromo más cercano no quede lejos. Os he mentido. No canjeé el licor por combustible. Lo eché en el depósito. El cartón de cigarrillos me lo fumé mientras os esperaba.

— : —

Días después la aeronave se encontraba de nuevo surcando los aires, bien aprovisionada de gasolina de alto octanaje y víveres. Añadieron también dinamita en abundancia. Nunca se sabía cuánto era suficiente para un gigante.

El sol lucía sobre las playas de Rhytia, pero en su interior, bajo los mangles y los árboles del pan, pocos rayos de luz llegaban hasta el suelo embarrado. A pesar de lo umbrío del lugar, el calor era asfixiante, a lo que contribuía la humedad del ambiente.

Marion sintió deslizarse algo sobre su pierna y saltó sobre el doctor Jones, que a su vez reaccionó diciendo:

—¡Quitadme eso de ahí!

Afortunadamente, en este viaje el piloto se había traído a su perro Jack, un terrier de pelo liso blanco y canela que se lanzó a acabar con la culebrilla que había a asustado a Marion.

—Una culebra café. No es venenosa para los seres humanos. Deberían temer más a los mosquitos. Esos sí que les pueden dejar tiesos. Se han tomado su dosis de quinina, ¿verdad?

—Por supuesto —respondió Marion—. Aunque fue una pena aguar así la ginebra. Tuve que beber otro vaso a palo seco, para quitar el mal sabor de boca.

Mientras continuaban su alegre cháchara intrascendente, un latido regular iba superponiéndose a los gritos de los monos, los silbidos de las aves del paraíso y el pwiop, pwiop, palabra de la lengua umeda que bien pudieran haber utilizado los lugareños para describir el sonido del agua goteando sobre charcos en la oscuridad.

—¿Qué es eso?

—Serán los tambores de los aborígenes.

—No creo. Escuchad.

El sordo golpeteo iba acompañado de un estrépito que, según se hacía más y más cercano, permitía distinguir el chasquido de las ramas partidas, el chirrido de los árboles derribados, el crujido de las raíces arrancadas. Aunque la cúpula arbórea no les permitía ver, supieron de qué se trataba.

—Creo que estamos llegando, Henry.

—El gigante Polifemo. En la tradición clásica es un hijo de Neptuno, pastor de cabras en la isla de Sicilia y enamorado locamente de la ninfa Galatea, una pelandusca cuyo nombre significa «leche» y que según Ovidio tiene, efectivamente, la piel más clara que la flor del aligustre. Esta, sin embargo, prefiere a Acis. Pero, si creemos a Homero, el Polifemo siciliano fue eliminado de una forma un tanto salvaje por Ulises…

—Le clavó un tronco ardiendo en el ojo —resume Marion—. Así que este es otro Polifemo, ¿no? ¿Crees que podremos usar el mismo truco con él?

—¡Claro! Es un ser primitivo y salvaje —asintió Jake.

—Primitivo y salvaje, pero con dos mil años de experiencia. No nos valen truquitos infantiles. Además, tampoco podemos ver dónde está su ojo.

—¿Cómo actuaremos entonces?

—He estado leyendo todo lo que se sabe de estos seres y he descubierto por qué nos han prestado el mogwai. Se dice que un paladín mogwai de alineamiento legal atacará implacable toda manifestación del mal.

—¿Qué dices? ¿Vas a usar como luchador al mogwai? Pero mira esa cosita qué mona… ¡Sería como usar a Jake para luchar! ¿Verdad que tú no quieres luchar, Jack?

—¡Guau, Guau!

—Ha dicho sí.

—Disculpe, señorita. Dos guaus significa no.

—¿Estás seguro?

—Claro.

—Y en el contexto semántico de la pregunta, ¿qué respuesta esperábamos? ¿Sí o no?

—Lo tendría que pensar.

—¿Queda ginebra?

—Claro.

Mientras tanto, el doctor Henry Jones había sacado al mogwai de su jaula. La pequeña bestia (una especie de osito de peluche con orejas peladas) caminaba esquivando cuidadosamente los charcos. Había cogido una rama puntiaguda y la blandía como lanza en su mano derecha (no quedan mogwais zurdos, pues los caritativos lamas los venden a un doctor alemán que paga buena plata para poder viviseccionarlos). De repente, el mogwai se llevó un dedo a la boca.

—¡Silencio...!

En mitad del camino había un gran charco ominosamente ovalado y cinco pequeños charcos más pequeños. Pero no era eso lo que había llamado la atención de su pequeña mascota. Era algo que estaba tras los árboles y que Jack estaba ahora señalando, el cuerpo en tensión, hocico y cola formando una línea recta, la pata anterior izquierda doblada.

—Ese árbol más grueso…

—¡Dios mío. no puede ser…!

Lo que habían tomado por un grueso y velludo tronco era una de las piernas del cíclope.

—¡A por él!

Mientras el mogwai trepaba por la peluda extremidad, el resto de los aventureros enroscaron una gruesa cuerda alrededor del tobillo de Polifemo. Luego buscaron el otro tobillo y, después de atar ambas piernas, comenzaron a meter ramitas de madera entre las uñas de los pies de aquella bestia, con un doble objetivo: de una parte, que el dolor ocultara los movimientos del animalillo; de otra, que el cíclope se viera animado a levantar las piernas, perdiendo el equilibrio. En efecto, no tardó en derrumbarse, arrastrando consigo los árboles y dejando en aquella selva un claro que fue llamado «claro de Polifemo» hasta que la vegetación volvió a adueñarse de él unos meses más tarde.

Una vez derribado y cegado Polifemo, les bastó con un par de cargas dinamita para rematar al monstruo, tras lo cual se dirigieron de nuevo a la costa con la esperanza de encontrar el Ave Fénix, ese maravilloso vehículo que les habían prometido las leyendas. Sin embargo, resultó que se trataba de un pájaro, apenas mayor que un grajo, aunque de colores más brillantes.

—Yo creía que eso de «ave fénix» era una metáfora. Pensaba en… naves espaciales precolombinas, carros de fuego profetizados en la biblia…

—Pues ya ves, Jake. Era solo un pájarillo. Así que ya puedes ir calentando motores para seguirlo allá donde vaya.

Algo debía de tener de mágico aquella ave, pues se colocó justo en el morro del Cutter's Goose y fue señalando cuidadosamente cada maniobra que tuvo que hacer el comandante. Gracias a ello encontraron la legendaria isla Cobra, una roca pentagonal sobre el océano que recordaba lejanamente la cabeza de un ofidio.

—La leyenda dice que unos hombres-cobra guardan la isla. Pero, en realidad, es una mala traducción. Estoy seguro de que el original dice «Hombre Okra».

—¿Está seguro, doctor Jones? El quingombó no se cultiva por estas tierras...

—¡Claro! ¿Cree que me hubiera embarcado en esta aventura si hubiera habido ofidios de por medio? Les tengo pánico.

—No hace falta que me lo jure.

— : —

El clipper amerizó suavemente y después se acercó al acantilado. 

—Tendrán que arreglárselas solos ustedes dos. Yo tengo que quedarme aquí controlando que las olas no lancen el avión contra los acantilados. Utilicen la balsa neumática. ¿Se llevarán los animales?

—El mogwai no puede mojarse. Y, en cuanto a Jack… ¡es su perro! Cuídelo usted.

—Podrían, al menos, pasearlo para que hiciera sus necesidades… Ha sido un vuelo largo.

Al cabo de un rato, Marion y Henry se encontraban examinando la roca de la isla Cobra. A sus pies, Jack babeaba y movía alegremente el rabo. 

—¿Por dónde subiremos? Esta pared parece lisa como un espejo.

—¿Qué tal si rodeamos la isla? Quizá en algún punto sea más fácil escalar…

Efectivamente, en la esquina opuesta de la isla una gran cueva se abría en mitad de la pared. Al fondo parecían verse dos llamitas rojas, como dos ojos.

—Oye, Henry. Eso que se ve al fondo, ¿no será una deidad arcana ávida de sangre?

—Pamplinas. Además, si te fijas bien, está mirando más a la derecha. Así que no hay de qué preocuparse.

—Y esos señores que hacen guardia en la galería de la izquierda, ¿no tienen una cara un poco extraña?

—Debe de ser un peinado tribal, 

—Espera, se acerca una luz. Agáchate.

Se acercó una figura vestida con taparrabos. Era humana hasta el torso, pero su cuello y su cabeza eran los de una cobra india. El resplandor de la linterna dejó a la vista seres semejantes haciendo guardia en las cuatro esquinas de la sala.

—¿Conque hombres okra, eh…?

—Menos mal que nos hemos traído a Jack.

—¿Qué?

—Menos mal que nos hemos traído a Jack.

—Pues no se está dando por enterado,

En lugar de repetir la frase por tercera vez, el doctor Jones agarró al terrier y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia uno de los hombres-cobra. Antes de que el guardián pudiera comérselo, el perrillo se revolvió y clavó sus colmillos en el cuello, sin soltar su presa. Aprovechando la confusión, el arqueólogo y su intrépida acompañante corrieron hacia el sanctasanctórum del templo.

—¡Me cisco en lo más barrido! —dijo el doctor Jones.

Pa' mear y no echar gota —confirmó Marion.

Ante ellos se erguía una colosal cobra que se retorcía y silbaba indiferente al hecho de que sus escamas estuvieran hechas de piedra.

—¡Ataca, Henry!

—Lo mío son las piedras, no las serpientes.

—Pues hazte a la idea: esa serpiente es una piedra.

—Lo siento. Me ha mirado con sus ojos llameantes y he quedado petrificado.

—¡Hombres! Nunca están ahí cuando los necesitas —bufó Marion. Y, tras darse fuerzas con un trago largo de agua de colonia (la ginebra se había terminado), se lanzó a los ojos de la bicha— ¡Ven aquí, lagarta, que vas a ver lo que es bueno!

Mientras Marion se debatía a tiros con el monstruoso ofidio, Jack se acercó al doctor Jones moviendo el rabo y comenzó a tirar de la mochila. El doctor tardó un rato en recordar que en el interior de la mochila les quedaban todavía las cargas de dinamita que habían sobrado del combate con el gigante.

—Muy listo. Anda, coge el palito y llévaselo a la serpiente mala… ¡Marion, cuando diga tres, apártate de la serpiente!

Fue pura casualidad que Marion pudiera desenredarse del dios cobra a tiempo de evitar la explosión del cartucho.

—¡Estoy bien, gracias! —gritó irritada. Y luego recordó— ¿y Jack?

—¿Ese chucho? Más nos valía que se hubiera quedado en el avión. No sirve para nada. No creo que haya sobrevivido.

Pero decirlo y que el terrier asomara su cabecita entre los restos de la cobra fue todo uno.

—¿Qué lleva en la boca?

—El ojo de la cobra. Es lo que querían los japs, aunque desconozco su poder. Espero que el gobierno pague un buen dinero por él.

— : —

Unos días después, en una taberna perdida de la polinesia, Jake Cutler empeñaba por enésima vez su perro para sostener sus envites de poker. 

—Jake, no voy a aceptar a Jack a cambio de mi reloj. ¿No fuiste hace un mes a buscar un tesoro?

—Eso, Jake. ¿Dónde está el tesoro? Venga, cuéntanos otro cuento de lamas, gigantes y hombres-cobra.

—Vale. Me habéis pillado. Voy de farol.

—Como siempre...

martes, 21 de julio de 2020

El cuento del martes: ¿Fosco?

Cuando yo era pequeño, había muy pocos géneros. Borges era fantástico, como lo era El señor de los anillos, aunque no hubiera relación entre ambos. Ahora, merced a la necesidad de compartimentar los gustos de los lectores, cada género popular se multiplica en decenas de subgéneros. 

Gracias a una convocatoria he descubierto que existe el género fosco. Ellos lo definen como "ambiente y elementos del género de terror sin terror". Parece que se refieren a una ambientación gótica (aunque esa ambientación tampoco requiere terror: véanse Batman o El Cuervo). Pero no me queda claro. Así que aquí va un intento.




La noche había caído hacía un par de horas. Los focos en la estatua del Santo creaban una extraña sombra en la ermita, bajo la cual nos refugiábamos de miradas indiscretas. Sentados en los huecos que a tientas habíamos detectado entre cardos, espinos, piedras afiladas y bostas de vaca removíamos el caldero en que habíamos vertido la vieja receta de vino barato, limonada y azúcar heredada de nuestros hermanos mayores. A falta de melocotón, el viento se había encargado de espolvorear mosquitos que aderezasen aquel mejunje que consumíamos con fruición insana.

En la penumbra de aquel yermo, algunas manos cobraban vida propia. Los ojos se dejaban llevar por las alucinaciones y los oídos, atentos a los extraños sonidos que las aves nocturnas y las ratas producen en su juego de vida y muerte, estaban prestos a escuchar una buena historia.

Ya nos habían contado las andanzas del Profeta al otro lado del océano; ya habíamos sabido de los viajes de los Druidas en su afán recolector de misteriosas hierbas que hacían soñar extraños sueños; no tenía a mano el Bardo su guitarra para recordarnos su viejo repertorio. El hastío, ese terrible fantasma del que nacen el horror del esplín y el demonio de la travesura, estaba comenzando a hacer mella en nosotros. Fue por eso por lo que, recordando tiempos mejores, propuse contar una historia de miedo.

—Recordáis mi colegio, ¿verdad? Allá, junto a los muros de adobe horadados por las balas de los fusilamientos, se alza un edificio neomudéjar con dos altas torres. Para entrar al edificio desde el patio hay que subir una escalinata en cuya cima se apostan los profesores a vigilar alumnos díscolos. Pues un profundo semisótano se extiende bajo la escuela. Allí el oscuro pasillo por el que se accede al comedor y al gimnasio, salpicado de anacrónicos objetos —un podio que nunca se ha empleado, sillas desvencijadas, objetos de laboratorio...— y recorrido por las tuberías de la calefacción. El olor a desinfectante se mezcla con el tufillo del repollo y las judías verdes, que el hambre hace apetecibles. Mientras esperamos, alguien habla sobre el fantasma de la enfermera que murió allí durante la guerra, cuando aquello era un hospital.

»Ortiz y Manada ríen, pero entonces Navarro propone hurtar un vaso del comedor y llevarlo a la capilla. Allí, donde nadie nos buscará, podremos preparar nuestra ouija. Saben que yo siempre llevo un bolígrafo encima, y cuentan con él para dibujar el alfabeto sobre la tarima.

La sesión se programa para comenzar inmediatamente después del postre. Cuando llegamos a la capilla, Ortiz saca de su jersey el vaso de la comida; yo hago entrega del bolígrafo a Navarro, pero ella me pide que dibuje yo el alfabeto. Me niego; tengo mala letra; los otros tres insisten. Acepto a regañadientes. Pero mi mano, de alguna manera, se niega a obedecer la intención y las letras acaban formando extraños y laberínticos caminos que se entrecruzan. Algunos caracteres se repiten. Otros son vecinos de símbolos nunca vistos ni pronunciados por boca humana. Estoy como en trance. Pero mis amigos parecen contentos con el resultado. Colocan el vaso. Posamos los dedos encima. El cristal comienza a vibrar y se dirige rápidamente hasta un símbolo con forma espiral. Al principio creo que es una broma de Ortiz, pero entonces el vaso empuja hacia arriba nuestros dedos. Hay que desembocar. Ninguno tiene muy claro cómo hacerlo. Manada, venciendo su habitual timidez, se ofrece a tapar el vaso, llevarlo al lavabo y vaciarlo allá de lo que sea que esté dentro. Pero entonces vemos la pila de agua bendita en la puerta de la capilla. Ninguno de nosotros se pregunta qué hace llena de agua, diez años después de que el último cura dejase el colegio. Manada cubre con su manaza el vaso hasta llegar a la pileta; entonces, hunde el vaso en el agua bendita, retira su mano y lo inclina para que entre el agua bendita dentro. El vaso comienza a vibrar. Manada sale corriendo, a tiempo de evitar el estallido del vaso. Afortunadamente, a esa hora los profesores están vigilando el patio y el conserje echando una mano con la limpieza, así que nadie ha oído el estruendo. Usamos las cortinas para recoger los cristales sin cortarnos y los escondemos en una bola de folios, para tirarlos en las papeleras del baño. Pero nos olvidamos de tapar el alfabeto de la tarima. Menos mal que nadie entraba en aquella capilla, que al año siguiente fue reformada para construir un salón de actos.

Alrededor del caldero, el aquelarre discutió las bondades de aquella historia. A la Guerrera le parecía una patraña; el Profeta consideraba que la tensión producida por el hecho sobrenatural se diluía ante las consideraciones de tipo disciplinario. La Viajera propuso contar otra historia diferente, pero el frío de la noche estaba calando ya nuestros huesos y el brebaje se estaba terminando. Así que recogimos los vasos, la botella vacía y los cartones de vino y descendimos tambaleantes el sendero, discutiendo si refugiarnos en la Última Taberna o huir prudentemente hacia nuestros catres. 

jueves, 9 de julio de 2020

Pixma TR4500 vs MX535

En ejecución de la garantía extendida de mi vieja Canon MX535 he recibido una Pixma TR4500. Creo que hoy es el primer día que he intentado imprimir con ella algo más largo que un par de páginas, así que aprovecharé la ocasión para hacer una pequeña comparativa.

Sistemas operativos soportados:
Uno de los grandes problemas que supuso la sustitución de mi vieja impresora es que yo todavía realizo algunas tareas en un viejo ordenador con windows XP aislado de la red. Esta impresora ya no acepta windows XP ni Vista. Sin embargo, acepta Linux, aunque no he comprobado que efectivamente funcione. Otras impresoras anteriores, que supuestamente soportaban linux, nunca las conseguí usar desde ese sistema operativo, ya fuera mediante IP o cable.
Entradas:
La impresora acepta conexión USB a un ordenador y también conexión WiFi. Aparentemente, no pueden coexistir ambas (algo que ya me ha sucedido en otras impresoras). La conexión WiFi es más fácil de configurar que en otras impresoras, ya que los datos de conexión se envían por una WiFi punto a punto entre el ordenador y la impresora. Esta WiFi punto a punto también sirve para imprimir desde un móvil sin revelar la contraseña de la red doméstica. En cambio, se echa en falta la conexión para lectura de memorias USB o tarjetas SD. Es cierto que últimamente la lectura de pinchos USB era cada vez más básica y a veces se limitaba a PDF o JPG, pero puede salvarnos la vida si a las siete de la mañana, cuando salimos corriendo al trabajo y recordamos que no hemos impreso un examen, el móvil está sin batería y al ordenador le ha dado por actualizarse.
Velocidad de impresión:
Imprimiendo a doble cara uno de esos PDF que se escanean como imagen, la impresora es terriblemente lenta. 12 páginas en 52 minutos, que viene a ser 0,23 páginas por minuto o 1 página cada 4 minutos y 20 segundos.
Textos posteriores, en modo texto y a dos páginas por hoja, me los ha impreso a una velocidad más aceptable. Como en medio he ido de compras, no sabría decir exactamente la velocidad media. Eso sí, en uno de los trabajos la impresora ha cancelado silenciosamente el trabajo en la página 6 y ha vuelto a comenzarlo desde el principio.
Escaneado:
No se ofrece el escaneado a doble cara manual, pero podemos acceder a una opción parecida si accedemos a la IJ Scan Utility y desde ahí al editor de PDF, donde podemos escanear la primera cara automáticamente y después recolocar las páginas del escaneado de la otra cara. Ese editor de PDF también incorpora la opción de reconocer texto (eso sí, como viene sucediendo con casi todos los OCR desde hace veinte años, se nos priva de la opción de corregir los errores de OCR).
Tinta:
Me ha dado la primera advertencia después de impresas unas 140 páginas (70 folios a doble cara de artículos de la UNED, más unas 20 de dos contratos que imprimí hace varias semanas, más las páginas de alineación, registro en google y configuración de red). Sigue imprimiendo bien 46 páginas (26 x­­ 2 caras) después.

De momento, esto es lo que he podido ver sobre las características de mi impresora. Espero que no se me atasque como se atascaba la otra, porque creo que el sistema de desatasco sigue siendo levantar físicamente la impresora (algo que las personas de más edad o con problemas físicos no pueden hacer, y tampoco aquellos que hayan colocado la impresora dentro de un mueble). Hay que destacar que, como medida de seguridad para evitar atascos, esta impresora utiliza un "casete" de papel, es decir, aunque la bandeja de papel no está cerrada como en una impresora láser, sin embargo hay que operar como en una de ellas, extrayendo la bandeja antes de rellenarla de papel.