con suave voz pregunta
y sirve las medicinas
fingiendo fragilidad en su mirada.
El otro día le compré cicuta:
Sonreía al dármela.
Bajo desde mi barrio hacia el río. Elijo como siempre el lado del cementerio. Al otro lado de la carretera, la acera del parque, barrida diariamente por los barrenderos o quizá cuidada por los viandantes. A este lado, tierra y gravilla sembrada de bolsas de plástico, botellas de agua, latas de cerveza y octavillas. Animalillos que no llego a ver corren bajo la hojarasca ocultándose de mí, sabandijas temerosas del depredador más peligroso. De repente ante mis pies aparece una rosa amarillenta marchita y fúnebre caída de algún ramo o traída por el aire desde un jardín silencioso y definitivo.
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Perdon por las posibles faltas, escribo desde un móvil...
Después de un febrerillo loco
voy por el paseo,
entre los árboles en flor,
en este marzo
que no se sabe si mayea
o marcea,
o hace ambas cosas
en periodos alternos.
Voy tomándome un helado
por el paseo,
frente a las palmeras del Hospital Militar,
y me pregunto
qué estampa tan absurda he de tener
con mi bufanda al cuello,
mi abrigo bien cerrado,
tomándome un helado bajo el sol
entre los arbolillos en flor
de la calle.
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Perdon por las posibles faltas, escribo desde un móvil...