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jueves, 14 de noviembre de 2013

Todos quieren matar a Indalecio García (1)

Indalecio García era odiado por todos los que en algún momento habían sido sus amigos. No era de extrañar, pues también lo odiaba toda su familia. A veces se rumoreaba que, de pequeñito, la cuidadora de la guardería había soñado con ahogarlo en un barreño de agua, como se aquella época se hacía con los gatillos. Otros decían que don Severo, el profesor de primer curso, había cometido un gran error al contenerse y no lanzarle el borrador a la cabeza cuando le hizo burla en su primer día de colegio. Los testigos no se ponen de acuerdo sobre la dureza y composición del borrador, y también hay interrogantes sobre si el Señor Severo era menos iracundo de lo que los alumnos suponían. El caso es que cuando, años después, le preguntaban sus amistades en el asilo, siempre decía que su mayor error como docente fue no matar al pequeño Indalecio.

Antes de proseguir el  relato, hemos de aclarar una cosa: esta historia se desarrolla en los tiempos anteriores a esa bienamada ley que reconoció, en todo Frestugal, el derecho individual e inalienable al homicidio. En aquellos tiempos no sólo estaba permitido matar a las crías de gatos, perros y otros animalillos inocentes, sino que la ley penaba muy duramente el más pequeño estrangulamiento de personas, aunque fuera en propia defensa y tras haber realizado un par de disparos de advertencia. Nuestros abuelos, tan perspicaces en otras cuestiones, no fueron capaces ni de comprender el dolor animal ni de ser humanitarios a la hora de considerar algo tan arraigado en nuestras costumbres como el cainismo. Hay quien dice que, contra lo que insinúan los libros de historia, fue el caso de Indalecio García el que inspiró la llamada "Reforma Ramires". Pero nos estamos andando por las ramas: volvamos sobre nuestro relato.

(Continuará)

miércoles, 31 de octubre de 2012

Nueva versión de un viejo chiste

Juan injuria gravemente a Miguel. En cualquier otro lugar del mundo habría una pelea, pero en Frestugal son más civilizados. Miguel se encamina a la comisaría más próxima, rellena una instancia por cuadruplicado y a continuación compra una escopeta. Mientras tanto a Juan le llaman de comisaría, avisándole de la licencia concedida a su vecino. Hay que prevenir, se dice, y visita al comisario, que le expide otra licencia. Merece la pena además que Juan invierta algo de sus ahorros en contratar a Pedro, Ernesto y Leopoldo, que a su vez gestionarán sus permisos, no sea que tengan que balacear a alguien.

A Miguel le llegan entonces el aviso de que Juan, Pedro, Ernesto y Leopoldo amenazan su vida: contrata a Mario, Ignacio, Felipe, Venancio y Agustín. Entre llamada y llamada del comisario, la escalada de violencia llega a la contratación de cincuenta o más personas por bando, con sus correspondientes autorizaciones.

Finalmente, los dos rivales se encuentran. Cada cual aferra su escopeta con gesto sañudo y consulta el pequeño calendario de su reloj. Hace ya dos horas que expiraron sus permisos, pero todavía estarán en vigor los de sus acompañantes. Entonces, Pedro indica discretamente a Juan: mi turno termina en diez minutos. Con una mueca de asco, los rivales dejan a un lado las armas y se quitan las chaquetas. Para qué discutir, si al final siempre es mejor arreglarlo a hostias.

domingo, 12 de junio de 2011

Derecho a Matar: El caso Marigault (2)

Güendolín Amigo había intentado en vano averiguar de dónde venía el poeta cuando se estrelló en el coche, camino de su casa.
—No nos consta que hubiera visitado a ninguno de sus amigos; es más, ninguno vive en esa dirección. Parece como si el poeta hubiera estado volviendo de un fin de semana en la sierra de Gredos.
—¿Has comprobado si hizo reserva en algún hotel?
—No se alojó en ningún hotel ni pensión.
—¿Y en una casa particular? ¿Alguno de sus conocidos tiene un chalet por allí?
—No; algunos veranean en Marbella; otros en el Algarve; otros tienen casas en la sierra de Madrid... Pero ninguno en Ávila, ni en Salamanca... Ni siquiera en Cáceres, Toledo o Castelo Branco.
—¿Revisaste también los cámpings?
—La verdad es que no me imagino al sexagenario Marigault durmiendo en un cámping; pero sí, lo he comprobado. Y con todo este follón mediático, seguro que cualquiera que lo hubiera visto, aunque fuera tomándose un café, habría llamado para decírnoslo.

La unidad de investigación criminal había perdido la costumbre de analizar los escenarios del crimen. Sin embargo, en los últimos años habían mejorado las técnicas psicológicas de interrogatorio. Así que decidimos llamar a declarar a los sospechosos.

María Martins llegó acompañada de un hombre de mediana edad vestido con un traje barato al que llamó su abogado.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a Marigault?
—Hará seis meses. En una fiesta en casa de la señora Osorio. Me montó una escena y tomé un taxi a casa. No le volví a ver.
—¿Puede ser más explícita? ¿Qué quiere decir cuando dice que «le montó una escena»?
—Decía que me había visto flirteando con uno de sus alumnos. Es muy celoso, ¿sabe?
—¿Y qué hay de cierto en ello?
—¿Importaría algo si les dijese que era verdad?
La mirada que dirigió a Expósito hubiera desarmado al más frío de los hombres. La subinspectora Amigo, reconociendo la perversidad de aquella arpía de clase alta, decidió tomar las riendas de la entrevista.
—Y ese... alumno... ¿Recibió algún tipo de represalia por parte de François? ¿Podría tener algo contra él?
—No lo creo. Lo que tuvimos no fue tan serio como para llegar a eso. Fue... uno de tantos.
—¿Alguno más serio?
—Después de dejarlo con François decidí que no me apetecía tener nada serio, al menos por una temporada. Así que lo siento, pero no puedo darles ningún nombre.

Dos días después, interrogamos al profesor Sulpicio Tostón, un compañero de trabajo del señor Marigault en la universidad Luis XIV de Madrid. El señor Tostón era, al parecer, el último ser humano que había visto a la víctima con vida.

— Así que estuvo tomando café en su casa hasta las cinco del viernes. ¿Le dijo si tenía intención de ir a alguna parte?
— No me dijo que fuera a irse de fin de semana; de hecho, aquel sábado jugaba el Madrid contra el Girondins en el Bernabéu, y él llevaba tiempo diciendo que deseaba ver el partido.
— Así que el equipo de su ciudad natal viene a jugar a Madrid y él se va a otro lugar... Extraño, pero ¿pudo recibir alguna noticia que le hiciera cambiar de opinión?
— Bueno, no lo sé... ¿Una llamada de su hijo?

Hasta aquel momento no teníamos noticia de que Marigault hubiera tenido ningún hijo.

— ¿Su hijo? ¿Tenía un hijo?
— ¿No está en su base de datos? Claro, es de Franglaterra. Franglaterra no forma parte de la Unión Magrebí... Frank White. Tomó el apellido de su madre... Una catedrática de Filosofía Política con la que Marigault tuvo una tormentosa relación. No llegaron a casarse.
— ¿Y Frank le podría haber hecho ir hacia Ávila?
— Él estudia un máster en Antropología Social y Cultural. Está estudiando los rituales de paso en Frestugal, entre las fronteras

Derecho al Homicidio: El caso Marigault (1)

Estaba claro que María Martins se sentía incómoda. Aunque les había recibido amablemente en su casa y les había servido unos cafés, su lenguaje corporal la traicionaba. Había sido capaz de mantener los ojos —aquellos ojos de un azul casi grisáceo— clavados en suyos, sin rehuír su mirada. También había evitado que su clara piel pecosa se ruborizase ante las insinuaciones de los policías. Pero su mano no paraba de acariciar una y otra vez la larga melena roja que caía entre sus hombros.


El inspector Usmaíl Expósito y su ayudante, Güendolín Amigo, se extrañaban de que aquella mujer no quisiese colaborar. Habían comprobado en la base de datos que estaba absolutamente limpia, y que no tenía nada que perder. Pero conocían a esta gente de clase alta: seguro que no hablaría sin que estuviese presente un abogado.

—¿Dicen ustedes que ha muerto François Marigault? ¡El bueno de François! ¿Y por qué han creído conveniente comunicármelo?
—Es posible que no se trate de un accidente. Pero nadie ha reclamado su homicidio.
—¿Y creen que yo podría saber quién...?
—Usted fue su amante hasta hace seis meses. Parece que le dedicó a usted su último volumen de poemas.
—En efecto, estuvimos muy unidos. Pero, como usted dice, hacía seis meses que no nos veíamos.
—Tenemos entendido —dijo el inspector Expósito&mdash que su ruptura no fue muy... cordial. De hecho, el último poema de su libro acaba con un verso muy... desagradable.
—«Es tu espalda / el rubicundo lomo de la vulpeja» —terció la subinspectora Amigo— ¿Sabe lo que es una vulpeja?

Aquella pregunta era un mero recurso retórico. María Martins, académica del Instituto de Lexicologia de la Academia das Ciências y correspondiente de la Real Academia Española, sabía perfectamente que una vulpeja era el cánido Vulpes vulpes, llamado en román paladino vulpeja, raposa o zorra, hasta que este último término se desprestigió y se comenzó a utilizar el masculino para denominar a aquel animal. Era bastante probable que María conociera también las connotaciones que habían acabadado por convertir en tabú las formas femeninas del vocablo, así que Expósito llevó la conversación de nuevo a su terreno:

—Escuche: no tenemos intención de acusarla de nada, pero en cuarenta y ocho horas pasará a ser oficialmente un homicidio no declarado, penado con hasta veinte años de cárcel. Así que, si usted tiene alguna idea de quién ha sido, le recomendamos que le diga que hable con un abogado para hacer una declaración antes de que expire el plazo.

Cuando terminaron el café, la señora Martins les acompañó a la puerta con una sonrisa. Nada en sus gestos hacía ver que le hubieran producido impresión alguna las palabras de Martins. De hecho, había dejado de tocarse el pelo.

De vuelta en el coche, Güendolín conducía irritada por la frustración que le había producido la superioridad de aquella mujer.
—¿Ha tenido algún homicidio no declarado antes, jefe?
—Casi todos se reclaman en el plazo previo de setenta y dos horas. Sólo en un par de ocasiones hemos llegado a recurrir a las cuarenta y ocho horas de gracia.
—¿Y qué sucedió?
—Cantaron de plano. Estaban completamente limpios, así que se libraron con la anotación relativa al agotamiento del derecho al homicidio.
—¿Cree que eran los culpables de verdad?
—No me pagan para saber eso. Me da igual si alguien les ofreció un buen trato; lo importante es que triunfó la justicia y las víctimas cobraron su indemnización.
—Pero, ¿y si no eran culpables?
—¡Parece mentira que lleves quince años en esto, Amigo! Ya deberías saber que todo el mundo es culpable.

Dos días después, el departamento de policía era un hervidero de gente. ¡Hacía tanto tiempo que no se había producido un homicidio sin declarar! ¡Y tenía que ser precisamente el de una celebridad pública, el poeta Marigault! Cierto que casi todo el mundo pensaba que sus poemas habían sido escritos por Paco Heredia, el cantaor que los había popularizado a través de videos musicales. Pero seguía siendo una gran pérdida.

Usmaíl Expósito estaba convencido de que María Martins era culpable, pero le parecía inconcebible que se arriesgase a pagar con veinte años de cárcel la muerte del poeta... Especialmente absurdo cuando Marigault no tenía hijos y había muerto sin cambiar su testamento, y por tanto, ella heredaría todo el dinero, sin tener que pagar indemnización alguna.

Aunque el jefe del departamento comenzaba a barajar la hipótesis de que la muerte hubiera sido realmente accidental, había demasiados detalles que parecían desmentirlo. Estaba la rotura en el circuito de freno, demasiado limpia para ser accidental. Estaba el testimonio del camionero, que indicó que el coche había intentado esquivarle sin frenar, como también testimoniaba la falta de rodadas en el asfalto. Y, por último, estaban los cien miligramos de metil- diazepinona encontrados en su sangre.

(Continuará)

martes, 7 de junio de 2011

Derecho a matar: Honrarás...

Incluso para la relajada moral frestuguesa, Eneas Noé quedará siempre en la memoria como un impío maltratador de ancianos. Él siempre afirmó que había actuado dentro de la ley y amparándose en su derecho constitucional al homicidio: triquiñuelas de abogado, claro está. ¡Malditos picapleitos!

Indignado por una nueva ley que según él discriminaba a los trabajadores jóvenes frente aquellos que llevaban más años en el ejercicio de sus profesiones, su maledicencia le llevó a afirmar que los sindicalistas, maduros y próximos a la edad de jubilación, habían cedido ante las reivindicaciones de patronal y gobierno a cambio de que se salvasen los privilegios de su propia generación. ¡Injurias propias de un demente!

Ofuscada su mente con estos pensamientos, irrumpió en el Colegio de Abogados acompañado de un centenar de personas que compartían las mismas creencias. Pidió el carnet a todos y cada uno de los presentes e hizo dos grupos: los menores de cuarenta años, a la izquierda. Los mayores, a la derecha.

El anciano Jublot, el antiguo ministro de trabajo que continuaba trabajando en el sindicato a sus setenta años, se olió lo peor e intentó rebelarse. Eneas hizo un gesto a cuatro de sus secuaces, que lo inmovilizaron, le cortaron las piernas y lo lanzaron por la ventana luego de una fenomenal paliza. Todos los que secundaron a Jublot fueron asimismo torturados hasta la muerte: a Jerónimo Gamasa, el abogado de los pobres, le amputaron la última falange de cada dedo con la guillotina de cortar las octavillas; a Koldo Martínez, el secretario del sindicato, le arrancaron uno a uno todos los dientes empleando un pisapapeles; incluso a la joven Eva Branco, una secretaria que trató de parar la masacre, le cubrieron de grapas toda la espalda. Al resto, hasta llegar a cien, los mataron a tiros.

El impío Eneas Noé adujo en su juicio que tanto él como cada uno de sus socios se habían limitado a matar a una persona por cabeza, de forma que la ley sobre el homicidio les amparaba. Así que el fiscal tuvo que conformarse con los cargos de tortura por el trato dado a Jublot. El juicio no llegó a celebrarse; a pesar de ello, la justicia triunfó.

Un grupo de honrados ciudadanos asaltó los calabozos de los tribunales y se llevó a rastras al criminal hasta la plaza mayor, donde ya estaba preparada la pira. Eneas, al conocer su final, lloró, pataleó, pidió clemencia. No se sabe quién prendió la llama, aunque posteriormente el fiscal quiso arrogarse todo el mérito.

La hoguera ardió durante la primera media hora con un fuego débil que permitió al reo reflexionar sobre su crimen. Murió, según la autopsia, sofocado por el humo antes de que su carne mortal prendiera. Sin embargo, el público esperó hasta que su cuerpo se redujo a cenizas.

miércoles, 5 de agosto de 2009

El cuento del miércoles: Justificado (Derecho a Matar, IV)

(Este relato es parte de una serie. Pulsen en la etiqueta Frestugal al final del relato para ver otros en la misma serie.)
—Me dijo que tenía todo solucionado. ¿Quiere explicarme qué hacemos los dos aquí?
—Se trata de una reclasificación de los hechos. Según el fiscal, no se trata de un ejercicio del Derecho al Homicidio, sino de un Homicidio Justificado.
—¿Homicidio Justificado? ¿Eso es un delito?
—Se trata de una figura nueva, recogida en el Código Penal desde la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos Generales del Estado de hace dos años. Al investigar el trasfondo de la persona a la que usted dio muerte, no encontramos nada sospechoso. Sí, le intentó matar, pero créame, eso aquí no tiene nada de particular. Sin embargo, el fiscal aduce que el difunto era un conocido traficante de drogas. Nuestro detective no ha podido encontrar ninguna prueba concluyente, pero la palabra del fiscal permite a la policía presentar cargos contra usted.
—¿Contra mí? ¡Pero si yo maté a ese hijo de puta!
—Ese es el problema: hasta ahora, hemos basado nuestra defensa en el hecho de que usted lo mató, ejerciendo su derecho fundamental. Pero si el fiscal demuestra que se trata de un Homicidio Justificado, podrían caerle varios meses de internamiento en un Campo de Reeducación... Suficientes como para que no regrese con vida.
—Aquí hay algo que no entiendo... Matar a alguien por azar o diversión es un derecho, pero matar a alguien que realmente se lo merece... ¿es un delito? ¿No me comentó usted que había organizaciones dedicadas a matar a grandes criminales?
—Sí, pero hay que hacerlo todo por orden... Verá: para que lo entienda mejor, he de explicarle por encima la estructura de nuestro código penal. El homicidio (no el homicidio ejercido como derecho, sino el homicidio abusivo que comete quien mata por segunda vez o ejerce su actividad a escondidas) está recogido en el título primero del código penal, con el resto de delitos contra los derechos humanos: delitos contra la vida, contra la propiedad, contra la salud, etcétera. En cambio, el Homicidio Justificado es una figura que entra dentro del cuarto título, el de los delitos fiscales.
« El problema reside en la Convención de Oporto, por la que Frestugal se comprometió, para no ser sometido a injustificables sanciones económicas por parte de terceros países, a proporcionar una indemnización económica a cónyuge e hijos de las personas que muriesen como consecuencia del ejercicio del Derecho al Homicidio. La ayuda del cónyuge no es demasiado importante, pero a los hijos se les ha de proporcionar una pensión alimenticia hasta que lleguen a la edad legal para experimentar un homicidio. A lo largo de los años, esta indemnización se ha ido volviendo cada vez más onerosa, y por ello el gobierno decidió establecer, como pena para una serie de delitos, la Privación de la Subvención en Caso de Muerte causada por Persona. Pero, como muchos ciudadanos se ahorraban la molestia de rellenar el impreso 33-bis para solicitar la Privación de la Subvención para sus víctimas (algunos alegaban, y no les faltaba razón, que una mano negra avisaba a los posibles candidatos), se tuvo que instituir el delito de Homicidio Justificado.
—¿Y qué solución me recomienda?
—Tenemos dos posibles vías... ¿está usted casado?
—No, soy divorciado.
—Estupendo. La primera vía es el matrimonio con el cónyuge vivo y la adopción de sus posibles descendientes.
—Pero eso sería un matrimonio de conveniencia. ¿No están prohibidos?
—No, siempre que en las estipulaciones matrimoniales aparezca la pensión alimenticia para el cónyuge y sus descendientes (incluso los habidos de matrimonios anteriores) en caso de divorcio. Lo habitual es celebrar dicho divorcio a continuación de la boda. Eso le ahorra al gobierno la necesidad de pagar una indemnización... Sólo funciona en el caso de que el homicida esté soltero, porque en Frestugal todavía es delito la bigamia.
—¿En serio? Sólo por curiosidad, ¿cuál es la pena por bigamia? ¿es mayor que la del homicidio?
—Donación forzosa de gónadas, sin anestesia. Hay una gran necesidad, para las operaciones transgenéricas.
—¡Aquí no se andan con bromas! Y, dígame: en caso de que no me quiera casar, ¿qué opción me queda?
— Comprendo que la opción de la boda es onerosa. Podríamos intentar demostrar que el homicidio no es justificado: presentar al muerto como un padre ejemplar, un ciudadano modélico, un motor de nuestra sociedad. De hecho, es posible que lo sea.
—¿Usted cree? No olvide que trató de matarme.
—El fiscal desconoce ese dato... A menos que usted se lo haya dicho, claro.
—No, no comenté nada. ¿En qué se basan, entonces?
—Quizá encontrasen drogas en su cadáver, o quizá lo estuviesen vigilando... Lo más probable es que no tengan nada. Se han dado casos.
—¿De verdad?
—Al fin y al cabo, hay que equilibrar el presupuesto. Debí decírselo en nuestra reunión anterior, pero entonces no lo sabía: El difunto tenía diez hijos, y pasaba pensión alimenticia a otros cinco.

miércoles, 24 de junio de 2009

El cuento del miércoles. La espera (Derecho a Matar III)

(Ir a: Derecho a matar 1 / Derecho a matar 2)



—Dígame: ¿ha oído usted hablar de la hermandad negra?
—¿La hermandad negra? ¿Ese grupo terrorista? Vagamente. Decían que se dedicaban a asesinar cruelmente a la gente respetable. Pero no recuerdo que hayan reivindicado ningún atentado en los últimos años.
—Eso es porque ya no se dedican a cometer atentados. Ahora, realizan sus acciones en la más perfecta legalidad.
—¡Dios mío! ¿No estará usted tratando de asustarme?
—No, claro que no. Verá: usted tiene ya unos setenta años, ¿verdad?
—Setenta y dos, para ser exactos.
—Y a lo largo de estos años no ha necesitado hacer uso de su derecho constitucional a utilizar las armas.
—Digamos que estaba reservándome para una ocasión especial.
—¿Quizá para ajustarle las cuentas a Mario, que le robó su novia en el instituto?
—Mario... El pobre murió hace quince años, en un accidente de tráfico.
—¿O a su rival, el señor Mauro?
—Ya sabe que hace cinco años compré la mayor parte de sus empresas.
—¿Quizá a Julio, su yerno, que nunca le ha caído simpático?
—Se llevó a mi hija, es cierto... Pero ha sufrido lo suyo. Y ha terminado siendo un ejecutivo valioso. Cualquier día de estos le haré un hueco en el consejo de administración.
—Se habrá dado cuenta, entonces, de que es probable que ya nunca tenga ocasión de ejercer un derecho que miles de ciudadanos invocan a diario. Ahí es donde entra en juego la hermandad, es decir, yo.
—¡Cielo santo! ¿Pertenece a la hermandad, Bonilla? Nunca lo hubiera esperado de usted.
—No es ningún desdoro. La hermandad ya no está constituida por cuatro desharrapados vengativos, como en el momento en que se fundó. Hoy en día es una organización filantrópica. Se sorprendería si supiera los nombres de nuestra cúpula. Está representada la flor y nata de nuestra nación y, a título honorífico, algunos miembros extranjeros.
—¿Cómo es eso posible?
—A la entrada en vigor de la ley reguladora del derecho al homicidio, una serie de personajes creyeron oportuno establecer una organización que asistiera a las personas en la práctica de éste. No aprovechar la infraestructura creada por la Hermandad Negra hubiera sido un desperdicio de medios humanos y materiales. Así que dieron un nuevo sentido al personal de la organización.
—¿Me quiere decir que los convencieron así, sin más?
—Un generoso donativo ayudó, por supuesto. Pero ello no viene al caso. Nuestra organización no concibe el derecho al homicidio como una simple oportunidad, sino como una responsabilidad e incluso un deber. Fíjese en su caso: espera durante años, evitando vengarse de sus enemigos, para, llegado el caso, poder defenderse de ellos, y ¿qué pasa al final? que se ha quedado sin enemigos. Si los acontecimientos siguieran su curso, usted fallecería sin haber aprovechado la ocasión de mejorar el mundo que nuestro legislador —en su sabiduría— le ofrece.
—Y, concretamente, ¿cómo ha de asistirme su organización?
—Es muy sencillo. Someteremos a su consideración una serie de fichas de personajes que están amparados por la ley pero, objetivamente, deberían morir: pederastas, violadores, usureros, guardias de tráfico, cantantes de ópera. Hemos estudiado previamente sus gustos y sabemos que no sentiría ningún remordimiento en matar a las personas que componen nuestra selección, pero preferimos que sea usted quien elija el objetivo concreto.
—¿Sólo eso? ¿Me dan una lista de personas por si no sé a quien matar? No tiene mucho sentido: para eso, puedo disparar a alguien al azar.
—Se trata de una lista de calidad. Contiene direcciones, teléfonos, horarios, planos de sus barrios y sus domicilios... Todos los candidatos han desperdiciado ya su derecho; por tanto, no ha de esperar que opongan demasiada resistencia. Además, con el equipo que le proporcionaremos, usted se asegura de matarlos bien muertos. No quiere usted enfrentarse a demandas por lesiones, ¿verdad?
—Entiendo... me parece muy interesante. Dígame, ¿no tendrá usted algo de ese equipo, para que pueda examinarlo?
—Claro que sí. Mire esta Santa Bárbara Electro Especial. Pequeña, ligera... —¿a que no ha notado que la llevaba en mi bolsillo?— y, sin embargo, mortífera. 400 Kilovoltios recorriendo el cuerpo de su víctima. Diseño ergonómico. Ya sabemos que comienza a tener temblores en la mano...
—Dicen que, aunque son muy pequeñas, resultan incómodas... ¿Me permite que compruebe el peso?
—Claro, tómela. La traía para usted. Pero si prefiere algo más grande, tengo un MK5 en el coche. ¿Quiere que vaya por él?

Bonilla se levanta de la mesa y se dirige hacia la puerta. Entonces, repentinamente, se queda rígido. Después, su cuerpo cae, el cabello erizado y cubierto de humo, al suelo de la cafetería. En su silla de siempre, el Presidente juguetea con la pistola. Gracias a Dios, ya no tendrá más dudas. La espera valió la pena.

(Primero en la serie - Anterior)

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miércoles, 10 de junio de 2009

El cuento del miércoles: Derecho a matar (II)

(Lo prometido es deuda: el cuento Derecho a matar tiene una continuación...)



—Hemos de reconocer que el principal recurso de Frestugal es el turismo, especialmente el de playa. Muchos de los extranjeros que nos visitan conocen solamente la costa mediterránea: Marsella, Ibiza, Marbella. Y quienes optan por el Atlántico suelen hacerlo en el soleado Algarve. Pero a mí me gusta recorrer el soleado norte y gozar de un día de lluvia mientras degusto ostras en un restaurante costero, por ejemplo en Arcachon. Mucho mejor, está claro, que una paella.

Dirán ustedes que soy muy raro. Es cierto que no todo el mundo puede trabajar de probador de hoteles para la guía Bridgestolín, pero tampoco hace falta ser el hombre escrupuloso y relamido que todos imaginan. Admito que me siento feliz degustando una Espuma de Chapapote al Vil Metal en Can Polònia, o una Salade d'Huître à la Vapeur de Vin Blanc en Chez Larry; sin embargo, en mi tiempo libre puedo comer perfectamente un pa amb tomàquet en cualquier bar de carretera, o encargar una pizza al telechino.

Cuando visito un hotel, lo primero que hago es examinar la servicialidad del portero, el recepcionista y el botones. ¿Quizá piensan que un botones es algo trasnochado? Créanme: una plataforma levitante quita todo el glamour al mejor de los hoteles. Lo mismo ocurre con el servicio de habitaciones: es absurdo hacer que las persianas se levanten automáticamente a las seis de la mañana, cuando puede aparecer Marta con su uniforme perfectamente planchado y despertarme con el aroma de la bollería recién horneada. Lamentablemente, la gente no sabe gastar su dinero en lo que realmente merece la pena.

Una vez en mi habitación, paso minuciosamente un paño limpio por todos los muebles, y hago lo mismo con un algodón en el baño, donde, además, me aseguro de que haya artículos de aseo y la grifería funcione correctamente. Seguidamente, compruebo la pulcritud de la cama y después la deshago para asegurarme de que las sábanas tengan una blancura inmaculada. Por último, pruebo el colchón.

Fue precisamente durante la evaluación de la Pousada de Calahorra cuando encontré, en el desagüe de la bañera, una pequeña mancha. Además, aunque el WC parecía funcionar perfectamente, había un desagradable olor a corrupción en el ambiente. Aquella dejadez en las funciones del personal me alarmó, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando, al levantar el colchón para el examen rutinario, encontré el cadáver en descomposición de lo que parecía una camarera. Anoté mis observaciones en mi libreta y después les llamé a ustedes, por si resultara que se trataba de un homicido sin declarar. Les he traído una copia de mi libreta, por si la necesitan.

—¿Eso es todo?

—No, por supuesto que no. El director de la Pousada insiste en que pague la habitación. ¿No cree que es indignante?



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jueves, 21 de mayo de 2009

Este jueves, el cuento del miércoles: Derecho a matar (I)

(Escribo mi cuento del miércoles a última hora de un jueves, y encima con un engaño. Porque realmente esto no es un cuento, sino una verbalización de una idea a la que voy dando vueltas en la cabeza desde hace unas semanas, y que seguramente continúe en otro relato o trate de convertir en novela...)

John Black se quedó a vivir en Frestugal porque mató a un hombre. Fue un caso turbio, y su abogado no creyó que pudiera alegar defensa propia. Por eso le sugirió que no saliera del país en que habían sucedido los hechos. Frestugal es la única nación del mundo cuya constitución no recoge el derecho a la vida, y desde la reforma Ramires del 2035, una ley especial regula el derecho al homicidio.

El abogado le explicó los enrevesados detalles al señor Black:
—A diferencia de la Unión Americana, Frestugal no contempla la legítima defensa, pues es difícil de probar. Piense en su caso. Un arma robada, un tiro por la espalda, ningún signo de violencia. Ningún jurado de la Unión creería que usted se vio obligado a matar a su compatriota. Pero se dan casos, y uno de ellos podría ser (quiero creer que sea) el suyo. Por eso el legislador consideró oportuno que los ciudadanos tuvieran derecho a llevar el uso de armas hasta sus últimas consecuencias. Pero sólo una vez en la vida.

El letrado insistió en aquello, y, ante la mirada de asombro del Unionita, hizo un esfuerzo por aclarárselo.
—Analice la disyuntiva. Si se autorizase el homicidio libre, el país se convertiría en una réplica de su... ¿Far West? ¿Es así como se dice? El límite lo cambia todo. Nadie usará su prerrogativa salvo que tenga verdadera necesidad de ello, pues, en caso contrario, no podría defenderse el ataque de otra persona.

—¿Algo así como la guerra fría del siglo XX?

—Bueno, no soy catedrático de historia, como usted, y no conozco los detalles de la Guerra Fría. Pero sí, es una política de disuasión. El arma está en manos de todo el mundo, pero nadie quiere ser la primera persona que la use.

—Y, entonces, ¿si me quedo aquí no me pueden extraditar?

—Aunque nuestra nación tiene un tratado de extradición con casi todos los estados de la Unión Americana (excepto con Texas, pero eso a usted no le afecta, pues veo que el difunto provenía de la costa Oeste), las cláusulas del acuerdo son claras: sólo se podrá extraditar por hechos que en nuestro propio país sean delito. Si invoca la Ley Reguladora del Derecho al Homicidio, nadie podrá extraditarle.

—¿Y si no lo hiciera?

—La ley es clara. En un plazo de 72 horas desde la comisión del homicidio, usted debe reivindicarlo presentándose en comisaría y rellenando los formularios al respecto. En caso de que no lo haga, se investigará como un caso normal. Actualmente, sólo se pueden reivindicar homicidios cometidos en nuestro propio territorio; una simple medida contra la inmigración.

—¿Como un caso normal?

—Eso es, sujeto a las leyes penales locales. Puesto que ha matado a uno de sus compatriotas, podría también entregarse en un consulado de su propio país. La pena del homicidio voluntario no regulado, con atenuante de defensa propia, serían 10 años de esclavitud en las centrales eléctricas. Créame: su silla eléctrica es una solución más clemente.

—Entonces, cree que debería rellenar el formulario...

—Claro está. Pero no lo olvide: haciéndolo se obliga a permanecer en el país... y a no cometer más homicidios.

John Black desconocía entonces —su estudio de la historia frestuguesa se lo enseñaría más tarde— que en las facultades de Derecho no se enseñaba el auténtico origen de la ley. Nadie quería recordar aquel caso (un trágico accidente, dijeron los medios) en que se vio envuelto Jacques Ramires, el primogénito de Françoise Ramires, un mes antes de las elecciones generales; ni cómo, acallados los testigos con generosos estipendios, fue el Partido Madridista quien descubrió poco después unas fotos comprometedoras —el cadáver de la joven María Vendrell desigurado por puñaladas rituales, sobre un círculo trazado con su propia sangre— que la presidenta esquivó aceptando una propuesta de ley del Partido Radical que hasta entonces habían considerado una broma de mal gusto. Las grandes ideas se forjaban en los momentos de crisis: el número de crímenes había descendido espectacularmente en los últimos veinte años, aun en los barrios de favelas, e incluso había descendido la venta de estupefacientes desde que la necesidad de obreros para la generación humana de energía había impulsado una nueva ley que permitía culpar al camello de homicidio involuntario, cinco años galopando en las ruedas.

Lo que sí percibió en aquel momento fue la maliciosa sonrisa del abogado cuando mencionó las condiciones. Si él se defendía era porque algo, alguien, le perseguía. Y nunca se estaba seguro con una sola muerte. A partir de ahora viviría huyendo, pues había malgastado con un peón menor su derecho a la disuasión.

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