jueves, 8 de octubre de 2026

Cambio de temporada

Anteanoche, después de haberme despertado el frío durante varios días, sustituí por fin la mantita de sofá y la colcha bouti de algodón, poniendo en su lugar la manta gruesa (de momento, solo una) y el edredón. Por la noche, sudé como un pollo.

Sudé como un pollo anteanoche, pero en cambio anoche no me sobró ni un centímetro de esa manta. Así que por fin viene el otoño, un poco tardío y con una bajada brusca, brusquísima de temperaturas. Ya no hay entretiempo: las máximas de hoy están por debajo de las mínimas de hace dos semanas, y en un par de días nos levantaremos, según Aemet, con sensación térmica de cinco grados.

Llevaba unos pocos días poniéndome camisas de manga larga, las pocas que dejo fuera en verano por si hay que ir elegante o por si vuelven al pueblo las noches gélidas de agosto (hace diez años que no vuelven), así que me he decidido a guardar camisas y camisetas de manga corta para hacer sitio a más prendas de manga larga.

Odio eso de sacar prendas de una bolsa, quitar las prendas de las perchas, doblarlas, meterlas en la bolsa y colgar en las perchas lo que saqué de la bolsa. Odio hacer malabares para vaciar el aire de la bolsa sin usar aspirador (usar el aspirador me da todavía más pereza), meter la bolsa bajo la cama y descubir entonces que olvidé dos prendas que habían quedado tapadas por la propia bolsa. Odio el cambio de temporada, y por eso suelo hacerlo gradualmente.

Pero esta vez lo he hecho prácticamente de una vez, quitando, quizá, que en algún momento tendría que hacer algo para que no me estorben los pantalones largos de verano (suelen dormir todo el año en sus perchas, pero cada vez caben peor).

No tengo pareja. No tengo hijos. Eso simplifica mucho el guardar las cosas. Tengo un ropero entero para mí solo, pero se me queda pequeño porque, con mis subidas y bajadas de peso, nunca me atrevo a tirar ropa que me está pequeña o grande, y por otro lado me da pena tirar camisetas rotas pero con estampados que me gustaban.

También se me queda pequeño porque hasta hace tres años viví a caballo entre dos casas, y eso significaba que tenía dos roperos con ropa no muy buena pero sí abundante.

He tardado solo una hora en hacer mi cambio de temporada. Es cierto que camisas solo he doblado cinco o seis, y que las camisetas ya estaban dobladas. Pero esa hora se me ha hecho eterna. No me imagino el horror que significará este momento para la gente que tenéis hijos.

Feliz otoño.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Bulos electorales, miedo y errores de cálculo.

Comencé este blog la víspera de unas lejanas elecciones y hoy, años después, intentaré retomarlo con la excusa de otras. Podría hablar de lo humano y lo divino, pero el tema que me ocupa hoy es el miedo al pucherazo electoral que se está agitando desde la derecha y la extrema derecha.

No hay mayor necedad que tomar un mensaje ajeno e intentar plantarlo en un contexto diferente. Viene a ser como plantar una diefenbaquia en lo alto de los Pirineos, o un roble en mitad de unas salinas. Pero es cómodo. Es cómodo tomar los mensajes que han funcionado en otra tierra y traerlos aquí. Evita pensar. Viene a ser como pulsar el botón de una inteligencia artificial, o como dejarse rodar cuesta abajo en un coche al que no le queda gasolina, sin pensar que a veces es necesario el motor para tomar las curvas adecuadamente.

Hay que ser un necio para creer que el fraude en el voto por correo es tan fácil. Es cierto que, en las pasadas elecciones, alguien reventó la caja fuerte de una estafeta e hizo volar las papeletas, y aunque parece que lo hizo por dinero, siempre quedará la duda de si quería entorpecer la elección de un edil por parte de censados absentistas. Pero si sabemos que sucedió es porque las garantías funcionaron.

Pero se ha preferido copiar el bulo extendido por Trump para sus propias elecciones. Un bulo que podría funcionar allá, donde la gente lleva generaciones negándose a tener un «pasaporte interno». Le recuerdo a la derecha que, gracias al dictador al que a veces se niegan a despreciar, cada español dispone de una identificación oficial con fotografía, y que esa identificación le es requerida para solicitar el voto por correo, recoger el equipo de voto, y entregar el sobre con la papeleta. ¿Quizá Feijoo nunca votó por correo? ¿Quizá nunca lo hizo ninguno de los diputados y senadores de su grupo? Se me hace extraño.

También es extraño que ni Feijoo ni los miembros de su equipo conozcan el funcionamiento de las mesas electorales. ¿Quizá nunca han sido miembros de una mesa? ¿Tampoco han colaborado con el partido actuando como interventores? ¿Es que nunca han leído el manual de las mesas electorales, donde especifican que los votos por correo llegan en un paquete lacrado a la mesa, que los cuenta al final de la votación?

Dicen que a menudo atribuimos a la maldad humana lo que es mera necedad. Pero en este caso, no pueden ser tan necios. Es mera maldad.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Problemas con Palm y las tarjetas SD

A la vuelta del verano, después de instalarme todo lo necesario para sincronizar Windows 10 con una vieja agenda Palm y otra vieja agenda Ipaq, decidí encargar unas tarjetas SD de baja capacidad para esos aparatos, que normalmente no admiten las más modernas.

Entre tarjetas de 512 megas por 10 euros o dos tarjetas de 2 gigas por 15, me decidí por la segunda opción, pues había visto que una tarjeta de 2Gb procedente de un marco de fotos que ya no funcionaba (pero que iba a reemplazar) iba relativamente bien en la Palm (el más viejo de los dos aparatos).

Llegó la tarjeta SD, llegó un lector para poder leerla con el ordenador viejo (un sobremesa sin lector de tarjetas y con Windows XP, el ecosistema más apropiado para una Palm o un Ipaq) y me dispuse a formatear las tarjetas desde Linux.  

Fracaso absoluto. 

  • Si formateaba la tarjeta con mkfs.msdos, no funcionaba.
  • Si formateaba la tarjeta con mkfs.fat32, no funcionaba.
  • Si formateaba la tarjeta con mkfs.vfat, no funcionaba.
  • Si añadía a vfat o msdos (que usan en realidad el mismo formateador) la opción de crear una partición, tampoco funcionaba.

En todos los casos, la Palm me decía que la tarjeta estaba sin formato, y al formatearla se producía un error y ya no se reconocía ni como formateada ni como sin formatear.

Hoy la he formateado de nuevo desde Windows 10 y... ¡tachan! Ha funcionado. Tampoco tengo muy claro si la magia la habrá hecho Windows 10 o que esta vez he conseguido que la tarjeta (que es una microSD) funcionara en el lector de tarjetas externo, en lugar de metarla en el lector de mi ordenador usando un adaptador.

En cualquier caso, dejo aquí los datos de geometría que funcionan, según los refleja el FDisk de Windows: 

  • Sistema de archivos FAT  (entiendo que FAT16)
  • 2.012.971.008 bytes de espacio total en disco.
  • 32.768 bytes en cada unidad de asignación.
  • 61.431 unidades de asignación en disco en total
  • (De los datos anteriores debería ser capaz de sacar el tamaño de las dos copias de la FAT, pero me da pereza, porque saber cuántos bytes son 2Gb de una tarjeta no es trivial, dado que a menudo se mezclan gigabytes y gibibytes: 2 * 109? 2*10243? 2*1000*10242?

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La tilde y otras rumiaciones

Una de las cosas que desde mis comienzos como profesor me llama la atención es la incapacidad de los alumnos para ver la tilde. No digo para ponerla, no: para ver la tilde. El libro dice medicó o medico y leen médico; dice tácita y leen tacita, y así todo.

Recuerdo que desde los primeros cursos de primaria me enseñaron para qué servían las tildes, aunque tardasen años (debió de ser en cuarto o quinto) en enseñarme a colocarlas. Pero no solo los alumnos adultos mal escolarizados en su día con que brego ahora tienen ese problema. Lo he visto en alumnos de institutos buenos, malos y regulares; en alumnos de compensatoria y de sección bilingüe, en alumnos de primer ciclo de ESO y en alumnos de Bachillerato. 

Durante un tiempo lo atribuí a que a los alumnos se les enseñaba a leer con el método ideográfico que se usa en inglés. Esto es, si la escritura de una palabra no permite predecir su pronunciación, mejor enseñar a detectar las palabras comunes (gato, perro, coca-cola1... ) antes que a pronunciar sílabas. Pero, una vez ese sistema cayó en desuso2, he seguido recibiendo alumnos que ignoraban las tildes al leer.

Jesús Arribas, mi profesor de didáctica de la lengua en el FIPS de la Universidad Autónoma de Madrid, me dijo una vez que las reglas de la tilde eran la única regla ortográfica sin excepciones, y que quizá deberían, por eso, enseñarse a los niños chiquitos. El problema, añadía, era que los niños chiquitos no percibían el rasgo fonético del acento, pues posee un carácter suprasegmental (afecta a un grupo de sonidos, y no a un sonido aislado).

Y es cierto. El acento se enseña en el nivel A1 de español para extranjeros. Yo suelo tratarlo muy de refilón, pero, a menudo, mis alumnos de español me dicen "¡falta el acento!"... Qué pena que no hagan lo mismo mis alumnos de lengua de secundaria.

Pero hay otro problema añadido. La resistencia del español a aceptar ciertos acentos. Ya se sabe, la resistencia a las palabras esdrújulas en las variedades del castellano habladas en el mundo rural (especialmente en Aragón, pero también en otras regiones: gárrulo se pronuncia /garrulo/); la tendencia culta del siglo XVIII a convertir las palabras llanas en agudas por infuencia del francés (que nos dio papá y mamá, sustituyendo a los ahora vulgares o rurales papa y mama); la tendencia actual a pronunciar como llana cualquier palabra que nos parezca anglosajona, aunque no lo sea, que ha convertido en /Nóbel/ el premio instituido por Alfred Nobel (/Nobél/) o a usar cártel para designar una asociación monopolística de empresas (etimológicamente Kartell, /cartél/, en alemán)2. O, al revés, atribuir valor de intensidad a diacríticos que en otras lenguas indican la apertura vocálica, lo que nos ha dado élite /élite/ y Astérix /astérix/ donde debería haber elite /elíte/ o /elít/ y Asterix /asteríx/.

No sé, la cosa es compleja. ¿Os costó a vosotros colocar tildes? ¿Las descartáis al leer, o las tenéis en cuenta? ¿Y la gente de vuestro entorno? Podéis responder abajo o en mi cuenta de mastodon.


1. Un libro para enseñar a leer a niños de un año sugería enseñarles mediante carteles publicitarios, ya que es lo que más ven. Pensé en usar el método para enseñar a leer a peque, pero luego consideré que si con un año no sabía hablar, mejor no intentar enseñarle a leer. ¿De verdad los niños americanos hablan con solo 12 meses de edad, o me estaban vendiendo a niños de 23 meses como "niños de un año"?

2. Sigue en uso en esos cuentos "para enseñar a leer" traducidos del inglés que contienen listas de "palabras fáciles" y "difíciles", donde al final "tigre", "elefante" o "pingüino" acaban teniendo la consideración de palabras fáciles, por virtud de su uso habitual en juguetes y cuentos, a pesar de la combinación de consonantes o diacríticos complicada de pronunciar y descifrar. De hecho, pingüino lleva diéresis y durante años he lidiado con todo tipo de funcionarios que no sabían colocar diéresis en mi apellido.

3. Ojo, que estos cambios de acentuación a menudo tienen una funcionalidad dentro de la lengua. Por ejemplo, distinguir si hablamos del premio o de un novato, o diferenciar entre la organización empresarial y el mensaje pegado en la pared.

miércoles, 8 de julio de 2026

Textos rescatados de es.humanidades.literatura

El otro día descubrí en una copia de seguridad un poema que había escrito en el grupo de usenet es.humanidades.literatura y que, por alguna razón, había grabado también en un fichero en mi disco duro. A partir de ahí decidí buscar otros textos escritos en ese grupo de Usenet... y comprobé que Google Groups tenía el grupo bloqueado, lo que suponía que no solo no se podía acceder a mensajes nuevos del grupo, sino tampoco al archivo histórico de DejaNews que compró en su día Google.

Afortunadamente, he podido rescatar algunos de esos textos desde mis copias de seguridad de outlook de 2000-2001.

Aquí van.

From: "José G Moya" <JGMOYAYnospam@teleline.es>
Newsgroups: es.humanidades.literatura
Subject: Poema cabreado
Date: Sat, 27 May 2000 10:14:50 +0200
Organization: Telefonica Transmision de Datos
Lines: 24
Message-ID: <8go17d$h1m$10@talia.mad.ttd.net>
NNTP-Posting-Host: 193.153.110.245
X-Priority: 3
X-MSMail-Priority: Normal
X-Newsreader: Microsoft Outlook Express 5.00.2615.200
X-MimeOLE: Produced By Microsoft MimeOLE V5.00.2615.200
Xref: news.mad.ttd.net es.humanidades.literatura:1062082

Tengo tal cabreo que desearía
darle un par de hostias al que inventö los miércoles
y zurrarle bien la badana
a quien se olvidara de castrar al abuelo
Adán, porque tiene la culpa
de que esté yo aquí, solo, odiando a los hombres
no menos de lo que odio a las mujeres,
no menos de lo que odio a los animales,
o a las plantas que fingimos insensibles,
o a las rocas.

Tengo tal cabreo que desearía
no haberme levantado de la cama,
pero soy tan idiota que, resfriado y todo
he tomado el autobús, me he dirigido al trabajo.

Tengo tal cabreo, pues comprendo
que han sido inútiles mis gritos,
que he frustrado todo intento de silencio,
que es inútil
cualquier grito
si nadie quiere oírlo.



From: "Jos<E9> G Moya" <JGMOYAYnospam@teleline.es> Newsgroups: es.humanidades.literatura Subject: Haiku? Date: Sat, 27 May 2000 10:31:36 +0200 Organization: Telefonica Transmision de Datos Lines: 5 Message-ID: <8go17h$h1m$12@talia.mad.ttd.net> NNTP-Posting-Host: 193.153.110.245 X-Priority: 3 X-MSMail-Priority: Normal X-Newsreader: Microsoft Outlook Express 5.00.2615.200 X-MimeOLE: Produced By Microsoft MimeOLE V5.00.2615.200 Xref: news.mad.ttd.net es.humanidades.literatura:1062084 Las aves lujuriosas revuelan por el parque mientras trabajo 

From: "José G Moya" <JGMOYAYnospam@teleline.es> Newsgroups: es.humanidades.literatura Subject: RE: Haiku? Date: Sun, 28 May 2000 21:00:25 +0200 Organization: Telefonica Transmision de Datos Lines: 25 Message-ID: <8grq47$gnk$1@talia.mad.ttd.net> References: <8go17h$h1m$12@talia.mad.ttd.net> <8gpivd$pj0$1@news.hccnet.nl> NNTP-Posting-Host: 193.153.111.101 X-Priority: 3 X-MSMail-Priority: Normal X-Newsreader: Microsoft Outlook Express 5.00.2615.200 X-MimeOLE: Produced By Microsoft MimeOLE V5.00.2615.200 Xref: news.mad.ttd.net es.humanidades.literatura:1062123 Lentamente oscurece sobre los árboles en la ciudad. --- Los jardines botánicos apresan la úlltima vida --- Álzase el cedro pero hunde sus raíces sobre estiércol. --- Sueñaa un hombre paisajes de abiertos campos desde la calle Huertas  

Path: news.ya.com!yacom!not-for-mail From: "jgmoyay" <jgmoyayQUITAESTO@ya.com> Newsgroups: es.humanidades.literatura Subject: Pasó el odio... Date: Tue, 9 Dec 2003 20:15:01 +0100 Organization: ya.com internet factory Lines: 24 Message-ID: <br56ve$432$1@news.ya.com> NNTP-Posting-Host: 80-28-129-90.adsl.ya.com X-Trace: news.ya.com 1070997294 4194 80.28.129.90 (9 Dec 2003 19:14:54 GMT) X-Complaints-To: newsmaster@ya.com NNTP-Posting-Date: Tue, 9 Dec 2003 19:14:54 +0000 (UTC) X-Priority: 3 X-MSMail-Priority: Normal X-Newsreader: Microsoft Outlook Express 6.00.2800.1158 X-MimeOLE: Produced By Microsoft MimeOLE V6.00.2800.1165 Xref: news.ya.com es.humanidades.literatura:21346 Pasó el odio. Es inexplicable, pero pasó el odio. Y se llevó tras de sí toda la furia de la ira y apenas queda ya el rescoldo de ese rencor que se enfría lentamente. Pasó el odio, hermano. La tormenta se alejó, y no quedan ni las gotas h ú m e d a s que el bochorno seca en el verano. Sólo algunas cenizas recuerdan que aquí golpeó el rayo. JGMY 2003 

domingo, 8 de marzo de 2026

Becky Chambers: Monje y Robot

Becky Chambers: Monje y robot, Sevilla: Crononauta,, 2023. 193 páginas.
ISBN:
978-84-126617-1-2
Precio
Desconocido. Leído en https://madrid.ebiblio.es.
Descriptores:
Ciencia-Ficción. Solarpunk. Hopepunk. Naturaleza.

«Sin construcciones, pocos misterios desvelaréis. Sin conocimiento de los misterios, vuestras construcciones fracasarán. Estas búsquedas son lo que nos hace ser como somos, pero, sin bienestar, os faltará la fuerza para llevarlas a cabo.»

Monje y robot es un volumen que contiene una bilogía de novelas cortas de Becky Chambers: Salmo por quienes se construyeron en la naturaleza y Plegaria por la timidez de los árboles. Los protagonistas de ambas historias son Dex, une monje al que siempre se alude usando el género no binario, y Onfalina, un robot al que en el original se dirigen con género neutro, porque reivindica su estatus de "objeto".

Se trata de un libro cozy, es decir, cómodo, blandito, que te abraza. De hecho, la dedicatoria de la primera novelette es, precisamente, «Para todas aquellas personas que necesiten un respiro». El conflicto desarrollado es la búsqueda de propósito por parte de Dex, que no se encuentra cómodo en ninguno de los trabajos que desarrolla, a pesar de que se le den bien. Y ese es uno de los puntos principales del libro, que permea ambas historias:

—Tu religión pone mucho énfasis en el propósito, ¿verdad? [...] ¿En que cada persona encuentre la mejor forma de contribuir al conjunto? [...]

—Enseñamos que el propósito no procede de los dioses, sino de nosotres mismes [...] Decidir tu propósito es una de las cosas más valiosas que existen.

[...]

—Así pues, ¿cómo explicas esta paradoja?

—¿Qué paradoja?

—Que vosotres [...], les creadores de los robots, nos hiciérais con un propósito claro en mente. Pero cuando despertamos y dijimos «Nos hemos enterado de cuál es nuestro propósito y no lo queremos» lo respetarais. [...] Así pues, ¿Por qué insistes en tener un propósito para ti, uno que estás desesperade por encontrar y por el que te sientes tan desgraciade? Si entiendes que la ausencia de propósito de los robots, nuestra negativa a tenerlo, fue el punto culminante de nuestra madurez intelectual, ¿por qué dedicas tanta energía a buscar lo contrario?

[...]

No tengo un propósito, igual que un ratón o una babosa o un espino no lo tienen. ¿Por qué tú debes tener un propósito con tal de sentirte satisfecho?

[...]

—[...] Porque somos diferentes.

—Conque lo sois. Y yo aquí pensando que las cosas habían cambiado.

[...]

— Eres un animal, hermane Dex. No sois distintes u otra cosa. Y los animales no tienen un propósito. Nada lo tiene. El mundo existe sin más.

—Becky Chambers, (2023): Monje y Robot, páginas 96-97 de la ed. electrónica.

Dex romperá el tabú que impide a las personas de su mundo acercarse a las reservas de naturaleza virgen y hará un viaje de autoconocimiento, durante el cuál encontrará a Onfalina. El objetivo del viaje serán unas ruinas a las que la bicicleta eléctrica de Dex no puede llegar, y el tesón necesario para lograr alcanzar el objetivo enseñará a Onfalina una de las muchas peculiaridades humanas. Del mismo modo que un robot puede pasar años contemplando la formación de una estalactita, los hombres pueden romper sus propios límites cegados por la obsesión de llegar a una meta protegida por obstáculos aparentemente insalvables.

En su viaje, Onfalina aprenderá tanto sobre Dex como Dex sobre Onfalina, y el final de la primera novelette es un cierre de círculo en que los personajes han intercambiado sus papeles.

La segunda novelette es una novela de camino. También lo era en cierto modo la primera, pero esta segunda lo deja más claro. Dex ha cambiado su trabajo de preparador de té por el de guia de Onfalina. Aunque no se acaba de sentir cómodo por su falta de propósito social —por el hecho de que, aparentemente, ya no está aportando nada a quienes le reciben en cada pueblo con una fiesta—, acepta ese papel mientras, en cambio, vamos descubriendo con Onfalina como funciona la economía de la sociedad de Dex: un sistema de crédito social en que servicios prestados son intercambiados por crédito virtual, con el que se recompensa a aquellos de quienes se reciben servicios. Si no tienes crédito, sigues pudiendo recibir servicios, pero acabarás pasando por gorrón. Mientras Dex va planificando al detalle por dónde pasará el robot (ya que desde varios pueblos les están enviando mensajes pidiendo su presencia), diversos accidentes irán alterando el camino. Y al final descubrimos que el problema es que ni Dex ni Onfalina quieren que ese camino termine, temiendo que quizá el final del camino implique la separación de sus vidas.

Es muy interesante la elección de los títulos de ambas partes. «Salmo por quienes se construyeron en la naturaleza» alude a la vida de los robots, de quienes nos hablan brevemente en la introducción y luego, ya por extenso, desde el capítulo 3. Los robots, diseñados por el hombre, abandonaron las ciudades y huyeron a la naturaleza. Allí, cada generación de robots ha construido a la siguiente mezclando piezas de los robots muertos precedentes. De forma que quienes se han construido en la naturaleza son los robots que, sin embargo, reivindican (tanto en esta novelette como en la siguiente) su cualidad de objeto, de productos ajenos a la naturaleza, aunque fascinados por ella. «Plegaria por la timidez de los árboles» alude a un comentario de Onfalina: muchas especies de árboles manifiestan un comportamiento tímido: sus hojas se extienden hasta casi rozar al árbol adyacente, pero nunca lo tocan, quizá para evitar la propagación de plagas. Del mismo modo, hay una especie de barrera entre Dex y la gente, una paradójica imposibilidad para abrirse, cuando su profesión consiste, precisamente, en lograr que los demás se abran a elle.

Se podría comentar también alguna incoherencia que puede que se deba a la traducción (por ejemplo: si en el capítulo 5 de la segunda parte se dice que Dex tiene un padre y una madre, ¿por qué se les ha llamado adres en la primera parte? Y si el padre es padre y no adre, ¿por qué hablan de él en género no binario?). Pero, en general, el libro me ha parecido muy agradable de leer y agradezco a #lecturascasaárbol de Mastodon que lo propusiera. Me ha parecido todo un descubirmiento y, de hecho, ahora mismo, me estoy leyendo otro libro de Chambers, Ya os contaré.

jueves, 5 de febrero de 2026

Lo de las redes

Siempre me ha parecido una tontería el término 'nativos digitales', no solo por que lo inventara una persona sin aparente autoridad académica y fuera inmediatamente aplicado a toda una generación sin distinción de lugar de nacimiento o clase social, sino porque yo mismo, aunque no nací en una "sociedad digital", tuve mi primer libro sobre ordenadores antes de los siete años, jugué con maquinitas antes de los diez, tuve mi primer ordenador antes de los trece y programé desde ese momento. Cuando estaba en segundo de carrera uno de cada cinco alumnos entregaba trabajos mecanografiados con máquina dactilográfica (es decir, con la Olivetti); el resto usaban ordenador. Mi profesor de ese año me decía que prefería que pusiera cursiva y dibujara las tildes sobre el papel a que usara una tipografía con tildes y sustituyera la cursiva con subrayado. Cuando salí de la universidad, cuatro años después, y me postulé a mi primer trabajo, se esperaba que tuviera Word 6.0 y correo electrónico.

Para llevar tanto tiempo con ordenadores, tardé bastante en tener conexión a internet, y fue cosa más de mis hermanos que mía misma, aunque acabé pagando yo la conexión cuando por fin pasamos, un par de años después, al ADSL para no tener la línea ocupada. Mi primera red social fueron las news, que, como me enseñaron en un curso de internet, eran fundamentalmente para el porno. Tengo que reconocer que navegué los índices de alt.binaries.*, pero no lo de los de esa categoría de alt.binaries.

En las news se insistía mucho en la netiqueta. Quizá fue el primer sitio donde vi el concepto de netiqueta, antes de verlo en los foros. Y también se insistía en la precaución. En es.comp.virus evité, por poco, caer en la ingeniería social del "Gran Oscarín". Después de las news, con la "web 2.0", llegaron los foros (los primeros que visité fueron de ayuda informática y de mascotas) y finalmente, hacia 2004, los blogs.

Y después, de repente, todo el mundo fue migrando de MSN Spaces y myspace a facebook, los periodistas comenzaron a darle a twitter tanta importancia o más que al mundo real, y empezaron a usar Whatsapp los conocidos que antes te mandaban mensajes de móvil (que como parte del estándar GSM también son digitales, aunque a veces haga falta recordarlo).

Y como culmen, las empresas que antes proporcionaban una cuenta de correo electrónico y alojamiento web con la tarifa de conexión dejaron de proporcionarlo a sus clientes, con lo que estos migraron sus correos a gmail y hotmail,y abandonaron sus páginas web o las metieron en google.

Los adolescentes de hoy han crecido en un mundo en que las redes sociales han reemplazado a la web. Si quiere saber cuándo hay un curso gratuito en tu centro juvenil, mira su perfil de instagram. Si quieres saber cuándo son las fiestas de tu pueblo, únete a su grupo de Whatsapp. Si quieres saber lo que dice el presidente del gobierno sobre las redes sociales, hazte una cuenta en X, y verás que X es malo, pero Sánchez no se ha migrado aún a Mastodon ni a Pleroma.

Los adolescentes de hoy no solo se exponen a sí mismos en redes sociales, sino que a menudo han crecido ya expuestos por sus propios padres y por sus colegios. Dedican mucho tiempo a las pantallas, pero es que los adultos también dedicamos mucho tiempo a las pantallas. Es cierto que como adultos somos responsables de nuestros actos, mientras que los menores requieren protección (por eso no se les permite beber alcohol ni fumar). Pero, ¿realmente es posible restringir el uso de redes por los adolescentes?

Se plantean, a mi juicio, dos problemas.

El primero es que las redes sociales tienen como una de sus utilidades permitir la comunicación entre personas conocidas. Mi hermano, por ejemplo, se comunica con su hijo por whatsapp desde que este tuvo su primer móvil, aunque el niño no tenía edad para usar Whatsapp. La cosa hubiera sido diferente, quizá, si los SMS no hubieran sido desde el principio una mierda disfuncional y extremadamente cara (en 1999 valía lo mismo enviar un SMS que una postal; la tecnología MMS solo consiguió encarecerlos aún más). El nuevo protocolo de mensajes telefónicos, si de verdad es gratuito, podría ser una solución en este caso.

El segundo es: ¿qué redes sociales? ¿Todo son redes sociales? Téngase en cuenta que en la época actual el software distribuido físicamente está en vías de desaparición, y casi todas las tiendas de software virtual incluyen una parte "social" dedicada a pedir ayuda, comentar, encontrar amigos con que jugar, etcétera. Además, los propios programas (incluso los educativos) suelen tener características sociales. Del mismo modo que antes de Hotel Habbo estaba Second Life, antes del metaverso estaba Minecraft. La gracia de muchos juegos a los que juegan los adolescentes está en que permite la interacción no solo en forma de acciones del juego, sino también verbal. Y precisamente por eso la vida de muchas profesionales de los e-sports es un infierno. Finalmente, la propia educación usa redes sociales de uno u otro tipo, por ejemplo el Teams escolar de un aula es una red social, aunque sea una red social moderada y segura. O educaMadrid, plataforma educativa de mi comunidad autónoma, que permite el envío de mensajes entre iguales (aunque se pueden bloquear), y donde sabiendo el handle de un alumno se le pueden enviar mensajes a su correo.

Por todo ello, soy poco optimista con las medidas del gobierno. Especialmente porque Sánchez ha demostrado que legisla mucho pero no consigue que su legislación surta efecto (que es lo que debería evaluarse en el ejecutivo). Mientras tanto, espero que la ultraderecha no aproveche la ocasión para azuzar las hordas de adolescentes y veinteañeros cobijados bajo pabellón de OnePiece que en otros lugares del mundo han defendido la libertad de la red y la democracia. Pero me temo que lo harán, porque son capaces de hacerles creer que libertad es lo que venden ellos.

lunes, 2 de febrero de 2026

Tim Powers: Las puertas de Anubis

Tim Powers: Las Puertas de Anubis, (lugar a completar) : Círculo de Lectores, 1990. (a completar) páginas.
ISBN:
8422632217
Precio
Comprado de segunda mano, tres libros por 5 euros. Ignoro el precio original.
Descriptores:
Fantasía. Steampunk. Antiguo egipto. Romanticismo inglés. Viajes en el tiempo.

Sabía que Las Puertas de Anubis era, junto con Homúnculo de James Blaylock, uno de los libros iniciadores del SteamPunk en los años 80. Sin embargo, no lo había leído nunca. Al verlo en un puesto del Rastro de Madrid me abalancé sobre él (lo que supuso la ominosa obligación de hacerme con dos libros más para aprovechar la oferta).

En realidad, sería muy exagerado llamar Steampunk a Las puertas de Anubis, porque en él apenas aparece la sociedad industrial del siglo XIX. Hay alguna referencia a los hospicios-taller donde los pobres realizaban trabajos forzados, hay referencias a la bolsa, pero poco más. En cambio, quienes disfrutasen con El secreto de la pirámide (Young Sherlock) seguramente apreciarán la aparición de cultos egipcios más o menos nigrománticos.

El argumento es el siguiente: un experto en literatura romántica inglesa es enviado a principios del siglo XIX con un grupo de turistas temporales que desean presenciar una improvisada charla que Coleridge impartió en una taberna londinense. Por razones que no voy a contar aquí, el profesor de literatura se queda varado en el pasado y debe encontrar una puerta temporal que permita su regreso. Pero, mientras tanto, desposeído de dinero, se verá obligado a conocer los bajos fondos londinenses, sobre los que impera un misterioso personaje que camina sobre zancos. A la vez, una criatura monstruosa que se convierte en hombre-lobo aterrorizará la ciudad.

Hasta ahí, el argumento más o menos sin spoilers.

La obra permite a Powers desplegar su erudición sobre literatura romántica inglesa (por ejemplo, saber dónde estaba Byron cada día de 1806) y, de paso, engañar al lector para que crea en la autenticidad de un poema apócrifo llamado "las doce horas de la noche" cuyas estrofas forman el esqueleto de la narración. En ese sentido, me ha dado ganas de intentar leer a los románticos ingleses, de quienes tan poco he leído (los españoles, por lo menos, suelen ser un peñazo). Aunque la erudición histórico-literaria del protagonista hace aguas cuando resulta que desconoce el destino de los mamelucos, tantas veces descrito en documentales televisivos.

Los personajes son entrañables, aunque quizá hubiera sido deseable que se diera más espacio a Jacky, coprotagonista del libro. Sería deseable que se le diera un papel relevante al final del libro, y no fuera mera comparsa. Los antagonistas, esa dualidad de hechicero y su copia (o quizá copias ambos) son también de carne y hueso, y a veces el lector desearía que no fracasaran tan estrepitosamente.

Y hasta ahí puedo leer. Pensé en su momento (es decir, una semana atrás) haber incluido algunas observaciones con spoilers en esta pequeña reseña, pero, la verdad, ya se me han olvidado.

sábado, 17 de enero de 2026

Redes sociales

A Facebook llegué porque muchos de mis amigos habían ido dejando los blogs o MSN Spaces y mudándose allí. Fui feliz una temporada: allí me reencontré con O (que había dejado ICQ) y hallé una comunidad para compartir apuntes e inquietudes con otros alumnos de la Uned (hoy esa comunidad se ha mudado a Telegram). Quisiera dejar Meta, pero numerosas entidades se obstinan en informar de las cosas solo a través de Facebook e Instagram, y a mis amigos no hay quien se los lleve de Whatsapp, así que mi cuenta de Facebook sigue existiendo, durmiente, para volver de vez en cuando. 

¿Por qué llegué a Twitter?  A Twitter llegué para ejercer el derecho a la pataleta en una época en que los servicios técnicos ya se estaban enmarronando y la administración comenzaba a ignorar los cauces habituales de comunicación (noticias en webs oficiales, respuesta a instancias, etcétera). Esperaba el sitio casposo y vociferante al que iban los periodistas a pescar cotilleos con que llenar esas columnas de "lo que pasa en Twitter" con que, como antropólogos de sillón leyendo cómodamente las notas de sus informantes, nos daban la lata en el periódico. Pero me quedé porque el primer día encontré por un lado un grupo de escritores muy animados que me invitaron a unirme a una convocatoria, y por otro, varias cuentas que proponían retos literarios. Hubo un momento, no tan lejano (2017 o 2018 quizás), en que fui feliz en Twitter.

Hui a Mastodon sin saber que estaba huyendo. Seguía a un profe de historia que escribía una columna semanal en Twitter, y cuando huyó a Paquita (nodo hoy desaparecido), me quedé con la referencia. Poco a poco, más y más gente de Twitter se iba yendo hacia el Fediverso. Así que emigré a Paquita, pero solo con la idea de echar un vistazo.

Encontré una comunidad muy acogedora. Y aunque echaba de menos los juegos literarios de Twitter (seguro que en Mastodon hay una comunidad de juegos literarios, aunque no la he encontrado, a pesar de seguir a varios escritores), comenzó a gustarme estar en un lugar donde veía lo que yo quería ver, en vez de que un algoritmo me obligara a perderme las actualizaciones de gente a la que seguía.

La deriva de X hizo que en diciembre de 2023 descargase mis datos y borrase muchos de mis tuits. Dos años después, acabaría borrando todo y cerrando mis cuentas. Porque llegué a tener tres cuentas en Twitter: una pensada para ser más reflexiva y menos personal, otra pensada para ser personal (aunque por pereza al final no la usaba y ponía lo personal en la primera) y otra para publicar una serie de ficción. ¡Cuánto tiempo había dedicado a recopilar "stories" con lo mejor de cada mes!  Ahora, los tuits duermen juntos y revueltos en mi disco duro.

Mastodon ha sido un lugar bastante seguro, desde que me incorporé (alrededor de 2023). Llegué poco antes que una bandada de aficionados al K-Pop —los "patitos"— protagonizaran una migración en masa que los llevó primero a Mastodon y luego —creo— a Bluesky. Venían huyendo de amenazas sufridas en X (antes Twitter). Después de ellos, he visto llegar muchos grupos en busca de una paz que no encuentran allí. 

En los recientes días ha habido una turbulencia en el Fediverso en español centrada en la disputa entre varios nodos de Mastodon. Esa turbulencia ha llevado a bloqueos mutuos entre servidores. Puede parecer una medida extrema, y al principio me lo pareció. Pero hay que tener en cuenta que casi todos los usuarios de Mastodon han llegado huyendo del clima agresivo que vivieron en X. No es que tengan la piel fina: tienen heridas. Y si tienes heridas, es normal que no aguantes una avispa en el culo. He tardado en comprenderlo, y pido perdón a quienes yo mismo pudiera haber herido con mis comentarios (gracias a la magia de las feed RSS, esta entrada de blog se republicará en Mastodon). Estamos aquí para querernos. Estamos aquí para cuidarnos.

martes, 30 de diciembre de 2025

Textos rescatados de Twitter


Unos cuantos poemas y microcuentos rescatados de Twitter. Hoy borré la cuenta de la que los he rescatado, @jgmoyay, por lo que sería inútil incluir los enlaces a los tweets originales, cuya fecha indico.

Desperté nervioso, pensando: "me ha dejado"\. Y al comprobar que era un sueño supe que, en realidad, nunca estuviste a mi lado. (@jgmoyay, martes 16 jun 18:39:11 2016)

viernes, 19 de diciembre de 2025

Sugerencias navideñas

Llega navidad. Otros años me doy más prisa en publicar sugerencias navideñas, pero este año he estado realmente perezoso: ¡Ni siquiera he montado el belén!

  • Como otros años, os sugiero que escuchéis el Cuento de Navidad de Dickens locutado por Alberto García. Su voz, en lo que a cuentos infantiles se refiere, es una de mis preferidas.
  • Por supuesto que también podéis encontrar en páginas de podcast otros relatos más o menos navideños, pero la verdad es que no me suelo molestar en escuchar ni los clásicos infantiles ("El Cascanueves" de Hoffman, "La cerillera" de Andersen...) ni los otros clásicos de fantasmas navideños: ("Maese Pérez el organista" de Bécquer, "Otra vuelta de Tuerca" de Henry James...).
  • Respecto de juegos navideños, a mí me suele valer con descargar un paquete de Midis Navideños e instalarlos en el simulador de transportes Simutrans.  Creo que el último año cogí los Midi directamente de los dos primeros resultados de Google, que son los que he enlazado. El proceso es simple: hacéis una copia de la carpeta Music, metéis en la carpeta antigua los Midis y después editáis el archivo Music.tab metiendo dentro el nombre de los archivos originales. Os compartiría mi setup, pero, como no tengo garantías de que los Midi que he metido sean realmente libres, no me atrevo.
  • Otros años he sugerido jugar a un viejo juego de plataformas para Ms-Dos o Windows XP, en que manejas a San Nicolás: "Sint Nicolaas". No sé si funcionará en ordenadores actuales.
  • En cuanto a manualidades, en mi artículo navideño de 2017 tenéis las instrucciones para hacer un árbol de navidad de papiroflexia.  
  • Otra opción es decorar la casa con "neules", por ejemplo este ratoncito publicado por @minumus en archaeo.social:  (enlace directo).
  • Si vais a dejar el ordenador encendido para poner villancicos de fondo, quizá queráis ponerle un fondo navideño. Hace años hice una animación de pantalla en que caen regalitos del cielo y otra en que hay una marionete con forma de elfo bajo la nieve, aunque comprendo que son mucho más bonitos esos fondos que son un vídeo de una chimenea.
  • Otros de mis proyectos navideños fueron Haikoumatic,  Reloj de Péndulo, Caleidoscopio y Copos de Colores para ProgramaLaPlaza (Navidad 2015) (El que más me gustó, sin embargo, no lo encuentro en esa web).
Y con esto me despido, que si no no me da tiempo a ducharme...¡Feliz Navidad a toda la gente!

martes, 14 de octubre de 2025

Espinas

Recuerdo aquella vez caminando entre las espinas. Me habían llevado mis pasos al fondo de un collado y debía alcanzar la cresta si no quería que la noche se abalanzase sobre mí. Oscuras nubes de tormenta se estaban formando en lo alto del cielo. En la soledad, el ruido de mis pasos era acompañado por las lejanas esquilas de las ovejas y los cencerros de las vacas.

Un sendero penetraba bajo un arco de matojos. Era el único camino que parecía llevar hacia arriba, fuera de aquella vaguada seca que amenazaba volverse un torrente en cuanto comenzase la lluvia. Agaché la cabeza y me dispuse a atravesarla. Mis ropas y mi piel se engancharon en las zarzas, en los escaramujos, en los espinos. Tiré con dolor. Avancé agachándome. Pero el túnel, que yo esperaba conectase los sabrosos pastos de la cumbre con la promesa de agua del fondo del valle, se cerraba más y más a mi alrededor. Finalmente, repté para salir de allí, pero a continuación perdí el sendero.

No quedó otro remedio que subir en línea recta resbalando en las torrenteras llenas de grijos, lacerando mis carnes entre los arbustos, acariciando las telarañas y pisando los excrementos de vaca que anunciaban la cercanía de un sendero. Ignoro cuánto duró la agonía, pero llegué a una terraza, sobre la vaguada pero aún bajo la cuerda del monte, justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas. 

Pronto se esparció por la montaña el eco de los truenos. Yo recordaba que en la ladera, quinientos o seiscientos metros más allá, una pequeña caverna ofrecía refugio a quienes no tuvieran reparo en atravesar su baja entrada arrastrándose sobe los excrementos de varias generaciones de ovejas. Pero me era absolutamente imposible llegar hacia allí, sin camino practicable que me permitiera rodear por la ladera sin subir a la cresta del monte y volver a bajar, o sin bajar al peligroso fondo de la vaguada y volver a subir.

  Así que me limité a hacerme un ovillo, la espalda contra un terraplén, encogido bajo mi impermeable, dispuesto a sobrevivir a una noche aciaga.

Llevaba al menos una hora así encogido, soportando los embates del viento y la lluvia, cuando pareció amainar. Yo estaba tratando de reunir fuerzas para continuar mi camino, pero aún tenía la cabeza apretada contra el pecho y los ojos cerrados cuando me pareció escuchar unos pasos.

Levanté la cabeza. Una extraña muchacha venía hacia mi. El viento agitaba su largo cabello rubio, pero no parecía mover la piel con que estaba cubierta. Según se acercaba a mi, vi que lo que la cubría no era una piel de animal: era su propia piel, velluda como la de un mastín y de color leonado. Tuve un instante de pavor, pero cuando me miró con sus ojos verdes, una sensación antinatural de calma se apoderó de mi.

La mujer me cargó a hombros como si fuera una oveja, y me subió la cresta, por un sendero apenas marcado. Anduvo un buen rato por la pradera que crece en lo alto del monte hasta llegar a un círculo de matojos y árboles, una pequeña isla de bosque en ese lugar pelado. Allí me depositó en el suelo y me arrastró por un pequeño túnel de espinos en el que entró gateando. El lugar olía a humo y a carroña, pero estaba caliente, y ella se echó sobre mí y lamió la sangre de mis arañazos mientras una agradable sensación se apoderaba de mi cuerpo. Me quedé dormido, agotado. 

Desperté lejos de allí, todavía en la falda del monte, pero cerca del camino que lleva al pueblo. No tuve valor de decir lo que me había pasado. Quizá fuera solo una pesadilla febril causada por la angustia, el frío, la tormenta, el cansancio. Solo hoy, años después, al ver el extraño trofeo que traen los cazadores, he comprendido que aquello no fue un sueño.

jueves, 2 de octubre de 2025

Estampado de Gatos

(Este relato se escribió el 23 de junio de 2019 para la convocatoria De matar también se sale, y no resultó elegido).

Hay noches en que me despierta el canto de los mirlos horas antes del amanecer y vienen a mi cabeza escenas de los asesinatos aún no cometidos de los que alguien debería ocuparse. En tales ocasiones me levanto, remojo la cabeza en la pila del lavabo, bebo un vaso de agua bien fría y aun así no puedo evitar pensar en los compañeros de aquel patético grupo de autoayuda en que malgasté tantas horas:

—Hola, soy Christopher y soy un homicida.

—Todos te queremos, Christopher.

—Llevo diez días sin matar. Pero esta noche no paro de pensar en un encargo fácil y tentador que he visto en la red. Y necesito que me deis razones para no aceptarlo. Porque si no, volveré a matar.

Sueno patético, ¿verdad? Hay que ser idiota para decirle a la competencia que hay un caramelito en su puerta. Porque, aunque diga «la red», así, en genérico, todos los del gremio saben de qué página hablo. Estará en la cara oculta de la red profunda, pero es auténtica pornografía para nosotros.

«Nieto con problemas económicos necesita liberar a su abuela de este valle de lágrimas». «Moroso a la espera de castigo». «Autor de novelas de misterio debe comprender las ventajas de un crimen bien planificado».

Son las cinco de la mañana y no he podido resistirme a encender el portátil para ver si las ofertas siguen en pie.

—¿Qué haces, cariño?

—Nada... No podía dormir.

—La bolsa no abre todavía. Vamos, vuelve a la cama.

El idiota de Pedro todavía cree que mi dinero proviene de inversiones en bolsa. No sé cuánto tiempo podré mantener la mascarada: cuando empiece a sospechar, tendré que matarlo y buscar un novio nuevo. Me da pereza volver a los bares, a Grindr, a las oscuras y tristes primeras citas, al sexo sin amor. En cuanto al asesinato de Pedro, hace mucho tiempo que lo llevo planificando. He pensado tres o cuatro variantes y no acabo de decidirme por ninguna. La del calentador con fuga de monóxido es indolora, pero la he usado ya demasiadas veces como para no despertar sospechas. El accidente en la sauna es demasiado cruel. Creo que optaré por un tiro de gracia, algo sincero y personal, sin rencor: creo que se lo debo. ¡Es tan buena persona!

Sigo mirando la pantalla. Me fijo en algo fácil, demasiado fácil, y entonces recito para mis adentros ese absurdo mantra: «Deja que vivan otro día. Deja que vivan otro día.» Y en realidad lo que quiero es escuchar unos pasos silenciosos a mi espalda y un «¡cari!» ahogado por el horror que me proporcione una excusa para matar. Porque Pedro es muy buen tío, me quiere mucho y lo paso muy bien con él, pero mi deseo de matar es superior a todas las cosas. Así que busco desesperado algún encargo que pueda mitigar ese deseo. Es eso o volver al grupo de autoayuda.

—Cari, ¡vuelve ya! ¡Tengo frío...!

Anoto rápidamente una dirección y vuelvo a la cama. Me recibe como merezco: castigándome como al chico malo que soy. Es lo que necesito para relajarme, para dejar de pensar en lo único que realmente me da placer. Pero dejo que mi cuerpo disfrute mientras mi mente va olvidando, poco a poco, que llevo noventa días sin matar.

A la mañana siguiente me paso, como quien no quiere la cosa, por el Boulevard. Estoy contento. He preparado tortitas para el desayuno (Pedro se ha enfadado y ha dicho que son malísimas para la línea, pero aun así ha engullido media docena). He esperado a que Pedro saliera corriendo hacia el trabajo para poder darme un baño de espuma. Después de afeitarme me he puesto mi loción preferida. He sacado del armario mi mejor traje y he completado mi atuendo con un Stetson auténtico. Hoy voy a hacer un trabajo, después de noventa días en el dique seco.

Mi contacto es una joven pelirroja. Vestirá una camisa con estampado de gatos y cuello postizo. Una combinación original si no fuera porque esto es Malasaña. También —ha dicho— llevará un folleto de coches en la mano. Esa es la excusa para que diga mi frase.

—¿Viene de un concesionario? Estaba pensando en comprar un coche —dice una voz a la derecha a una pelirroja a la que no he visto entrar.

Maldita sea mi estampa. Es Carmen, la Viuda Negra. En el grupo, todos la conocemos por ese apodo desde que contó su historia. Tras matar a su familia política en un accidente —‍siempre dijo que fue un accidente, y no soy quién para negarlo— le cogió el gustillo. Su especialidad son los venenos, algo que no cuadra con el trabajo violento que se solicitaba. Si no recuerdo mal, querían dejar un mensaje...

—Qué casualidad —digo, interrumpiendo la ocasión—. Precisamente trabajo en el que hay en Alberto Aguilera. ¿Le interesan los híbridos? Ahora tenemos muy buenas condiciones.

Si hay algo que se me da mejor que matar es cortarle el rollo a la gente. Aprendí de joven, cuando todavía era un mocete desgarbado que no se comía un colín. La Viuda Negra me reconoce, pero calla, tragándose su ira. Después de que la cliente, nerviosa, se vaya, la invitaré a un café. O a una copa, qué diablos. Pero ahora voy a disfrutar del espectáculo.

—Yo estaba pensando en esta marca en concreto... Es la que trabaja mi taller de toda la vida...

—Ah, la fidelidad. Sin duda está sobrevalorada. Pero hay gente a quien le hace feliz...

—No se preocupe, señorita. El caballero y yo nos conocemos. Tuvimos un affaire hace unos años y anda un poco resentido.

En eso lleva parte de razón. Suelo ser fiel mientras mi pareja está viva, pero entre chico y chico no me importa meter en mi vida una mujer guapa. No es lo mismo que sentirse abrazado por los fuertes brazos de un tío musculado o dormir envuelto por el acre aroma de un hombre; pero también proporciona sus pequeñas recompensas. Sin embargo, no la dejé con resentimiento: yo sabía que ella necesitaba alguien a quien matar, y prefería no ser la víctima.

Las palabras de mi rival no impidieron que la joven de la camisa estampada huyera como un cervatillo asustado.

—Me has quitado un cliente —digo.

—O tú a mí.

—Al menos me invitarás a una copa.

—Estoy chapada a la antigua. Prefiero que el hombre invite.

—Esto no es una cita.

—Puede que para ti no lo fuese. Para mí, un trabajo en ciernes es lo más sexy del mundo.

—En eso te doy la razón. ¿Cuánto llevabas?

—Treinta días. ¿Y tú?

—Noventa.

—Mírate. ¡El viejo y honrado Christopher! A este paso, cualquier día te dedicas a dar charlas en los colegios. ¿Sigues diciéndoles a tus novios que eres corredor de bolsa?

—Inversionista.

—¿Y se lo creen?

Echa a reír mientras pido un par de caipiroskas —en este barrio cualquier cafetín dobla como coctelería por las noches— y después me pide así, a bocajarro, que le enseñe la foto de mi novio.

—No te va a gustar. Es un oso.

Siempre he visto a Carmen con dos tipos de hombre: por un lado, maduritos de buena planta y mejor cuenta corriente; por otro, jovencitos bohemios pero musculados. Pedro es, por el contrario, un tirillas ligeramente regordete que suele vestir con camisas holgadas y vaqueros, y que ya llevaba barba antes de que se pusiera de moda.

—Venga, déjame que la vea... —Ágilmente, me saca la cartera del bolsillo y la abre, examinando todo su contenido—. El chico es guapo... Y esto ¿qué es? ¿El teléfono de tu padrino? ¡No me lo puedo creer! El mío lo tiré a la basura nada más recibirlo. Me dejas que lo rompa, ¿verdad? Total, ya estás aquí....

En ese momento, a pesar de nuestra vieja amistad, me entran ganas de matar a Carmen. Pero sé que intentarlo será darle una alegría, mostrarle que tiene razón. Así que le arranco la cartera de las manos, pago la cuenta y me voy, dejando que su risa me acompañe hasta la puerta.

Me encamino a la calle Fuencarral. Muchachas con pelo corto y gafas de pasta charlan sobre sus celosos novios; turistas pelirrojos y pecosos gritan «fuck off» al cruzarse con una bicicleta. El ciclista, una enorme bolsa de reparto a la espalda, levanta un dedo. Un adolescente sale de un bazar corriendo, y en la puerta el dueño comienza a gritar en mandarín. La gente tiene problemas. Alguien tendrá que resolverlos. Alguien tendrá que decidir quién debe vivir otro día.

Bajo hacia Chueca para tomar la línea cinco. Por el camino, los locales donde salía a bailar cuando todavía bailaba. Qué triste es hacerse mayor.

A estas horas, el metro va casi vacío, a excepción de algunos turistas. No es la lata de sardinas de las nueve de la noche. Y casi se vacía en Callao. Dejo que pase una estación tras otra hasta llegar allí, salgo por Marqués de Vadillo, comienzo a subir la cuesta por la acera de los pares y, enfrente de la iglesia, me desvío ligeramente a la derecha por una calle que va serpenteando hasta desembocar en una piruleta propia de urbanización americana donde aparcan furgonetas y coches astrosos. A ese culo de saco, que a ningún alcalde se le ha ocurrido conectar con el parque contiguo —al que llevan furtivas sendas trazadas por los vecinos— se abre la biblioteca Ana María Matute.

Subo al segundo piso (es decir, al cuarto, pues se entra por el segundo sótano) y busco en la sección de historia un grueso volumen, recopilación de crónicas de viajes a China en el Siglo de Oro. En la página 217, un papel de arroz parece contener algún encargo. Usando la función lupa de mi móvil, lo leo: «De matar también se sale».

Debajo, una dirección del dominio onion, uno de los más populares en la red profunda. Apunto a lápiz en mi agenda la complicada dirección y meto el papelillo en mi bolsillo. Salgo al cercano parque y lío un cigarrillo con el papel, que fumo lentamente. No me gusta el tabaco, pero el protocolo es el protocolo.  La dirección de mi agenda, privada de su descripción, parecerá inocente.

Subo después hacia el jardín del tanatorio por una de esas sendas trazadas por paseantes anónimos, me siento en el paseo de cipreses ante la sacramental de Santa María y considero mis opciones mientras veo pasar los coches fúnebres.

Puedo intentar visitar la dirección que he encontrado. Pero podría ser una trampa o, peor aún, otro grupo de autoayuda.

Puedo buscar un nuevo trabajo en la red profunda. Y que me lo haya pisado algún buen amigo.

O puedo visitar a algún antiguo cliente satisfecho.

Por el paseo viene una pareja joven. Me distraigo mirándolos. Él es pelirrojo y según se acerca voy percibiendo las pecas que salpican su piel clara. Sus ojos azules miran al infinito con expresión soñadora mientras su brazo aprieta el talle de una muchacha algo más baja que él, la piel cobriza y una larga melena negra perfectamente alisada cayendo tras sus hombros. Me recuerdan a alguien, pero no sé a quién. Se sientan en el banco que tengo enfrente —¿no podrían elegir otro?— y comienzan a besarse apasionadamente.

Decido levantarme y buscar otro lugar para mis meditaciones. Entonces siento a mi espalda un chasquido familiar.

—Levántate despacio y gírate hacia mí.

Me giro y encuentro la cara de Paquito, un maleante de tres al cuarto para el que he realizado algún trabajillo.

—Ya podéis iros, gracias. Es él —grita a la pareja. Después, se dirige a mí—. ¿Qué pensabas? ¿que iba a pudrirme en el talego para siempre? Tengo un trabajo para ti.

—Precisamente estaba pensando en dejarlo.

—¿Por eso has entrado en la biblioteca? No me engañas. Sé que desde hace un par de años ese es vuestro buzón. Además, me lo debes. Si hubiera largado por esta boquita...

—Está bien, pero que sea algo fácil, rápido y limpio.

—Si fuera algo fácil, rápido y limpio no te hubiera buscado, Christopher.

—No irás a decirme que... ¿Oscarín?

—¡Chist...! Las paredes hablan. Esos dos no saben nada,

Echo una mirada. «Esos dos» ya están bastante lejos.

Voy con Paquito a un lugar más discreto. Nos sentamos alrededor de la ría echando migas de pan a los patos. Algunas migas son personas o lugares. Mi memoria ha de retenerlo todo.

—Dentro de un par de días daremos un palo en un centro comercial del sur. Oscarín ya está mayor, no creo que venga. Podría ser el momento para pillarle solo. Quizá haya un guardia aquí... Y ya sabes que la puerta está blindada, pero seguro que te las apañas para entrar o para pillarle cuando esté fuera.

—¿Un par de días? Entonces no tengo tiempo de conocer sus rutinas...

—Ese día juega el Atleti. Seguro que no se resiste a ir a verlo al bar de Chelo. ¿Recuerdas cuál es?

—El bar estará lleno de gente. ¿Qué camino toma habitualmente?

—Ese es el problema. Ya sabes que es un desconfiado. Ve por todas partes topos y gente disfrazada. Le pegó un tiro a Ismael porque, borracho, no recordó de qué color era la camisa que llevaba en no sé qué fiesta, hace doce años. Dijo que no era él. Como ves, está paranoico. Desde que he vuelto de la cárcel, no lo he visto seguir dos veces la misma ruta.

—¿Qué bebe? Podría probar con un veneno.

—Lo mismo un calimocho que un Citadelle.  Es imprevisible. Depende de cómo se dé el día.

—Por eso decías que no puede ser limpio...

—Bueno, eso es lo que hay. Toma este móvil de prepago. Si al final Oscarín viene a dar el palo, te haré un llama y cuelga para que abortes el plan. Si no has recibido noticias antes de las cinco, deshazte del móvil y la tarjeta antes de actuar.

Guardo el teléfono en el bolsillo del abrigo. Después, nos vamos cada uno por nuestro camino.

 Vuelvo a General Ricardos y tomo el metro hacia mi casa. El vagón va lleno de oficinistas en traje o con minifalda y tacones, obreros con botas de protección asomando de los vaqueros, profesores con la cartera a cuestas, universitarias con sus camisas de flamencos o de gatos, adolescentes en chándal… En el cristal se refleja mi cara cansada, una más entre las que pueblan este convoy que se dirige del centro hacia la periferia. Al fin y al cabo, soy un trabajador más, aunque mi trabajo no esté legalmente reconocido.

 Cuando abro la puerta del apartamento me recibe el aroma embriagador de la mejorana. Pedro ha preparado su sopa de remolacha. Es mi plato favorito, y lo sabe. En el pequeño salón-cocina del apartamento ha cubierto la mesa con un mantel limpio y ha puesto la mesa.

 —¿Celebramos algo?

—Es nuestro aniversario, cari. ¿Lo habías olvidado? Pensaba que las tortitas eran por eso...

—Pero si sólo llevamos seis meses juntos...

—Pues eso, nuestros primeros seis meses.

 Yo no soy de celebrar las cosas, pero trato de corresponder a su efusividad romántica con un beso rápido tras el cual sirvo ceremoniosamente la sopa en que el blanco de la nata agria sobrenada el morado de la remolacha.

—¿No has abierto una botella de vino?

—No sabía cuál abrir.

—Tampoco hay tantas de donde elegir. Además, en esta casa hace mucho calor en verano: hay que beberse los vinos antes de que acabe la primavera...

Extraigo del mueble del salón un Protos que le dieron a Pedro en la cesta de navidad de la fábrica. Espero que no se haya picado.

—Lástima que las copas buenas estén en el trastero. Pero el vino sabe igual bebido en vaso...

Tras la sopa de remolacha viene un brownie de chocolate con helado de vainilla. No me puedo creer que mi novio, obsesionado con bajar de peso, haya cometido ese exceso. Pero hay más. Para finalizar la cena, extrae del congelador dos vasos de chupito y nos servimos un licor casero de manzanitas silvestres que no sé de dónde ha sacado.

Yo contaba con la noche para darle vueltas al plan en mi cabeza, pero después de la opípara cena me voy a la cama con una sensación de pesadez y mareo, tanta que me ha costado recoger los platos y meterlos al lavavajillas.

Aunque debería ser una noche para recordar, mi cabeza se nubla y ya no me doy cuenta de nada hasta que, a la mañana siguiente, una intensa luz en los ojos me despierta.

Siento un fuerte dolor en los hombros. Tengo los brazos levantados, colgando de las muñecas, que están atadas al cabecero. ¿Se nos fue de las manos el bondage? No consigo hacer memoria. Parpadeo varias veces abriendo y cerrando los ojos con fuerza para despejarme. Ante mí está Pedro.

—A mí no puedes engañarme. Lo sé todo.

—Ay, Pedro, no seas pesado... No estoy para juegos esta mañana. ¿No tienes que ir al trabajo?

—No soy Pedro.

—Ya lo sé: «No soy Pedro, soy Terminator». Venga, que no tengo buen cuerpo... Estoy de resaca.

—No lo entiendes. No soy Pedro, al menos no el que crees que soy. Defiendo los intereses de una antigua organización y conozco tus planes para liquidar a Oscarín.

—¿Una antigua organización? ¿Mafia? ¿'Ndrangheta? ¿Camorra?

—Más antigua aún. Ya existía cuando en Babel se construyó el primer Zigurat. Llevamos siguiéndote un tiempo.

Con una mueca, las orejas de Pedro parecen agrandarse. Abre la boca y, cuando la cierra, sus mejillas regordetas han sido sustituidas por unos pómulos salientes y sus labios se han adelgazado en un rostro que ahora tiene la palidez gris de la ceniza calcinada. Después frunce el ceño y sus ojos se achican hasta convertirse en dos pequeños pozos de un color rubí profundo. Doy patadas a la cama intentando espantar esa abominación, la cual esboza una sonrisa al darse cuenta de mi horror. Tras la transformación, continúa su relato con un tono imperativo.

—Te encontramos mediante el grupo de terapia. Nos acercamos a ti conscientes de tu potencial. Hace tres meses parecía que te retirabas del negocio. Pero nos alegró comprobar que has continuado con tus rutinas. El otro día te vimos salir de la biblioteca; tras ti iba Paquito. Disimuló muy bien. Pero después os vimos sentados en el parque. Estabais tramando algo. Solo hay una persona cuya muerte desee Paquito: Oscarín. Se hizo de oro mientras él se comía diez años a la sombra.

—¿Y qué interés tenéis vosotros en todo esto?

—No matarás a Oscarín. Nos lo entregarás a nosotros. Nos debe algunos favores y deseamos cobrárselos. Después, podrás liquidarlo junto con Paquito.

—¿Y cómo sabéis que no os mataré a vosotros primero?

—¿Cómo me encontrarías? ¿Cómo nos encontrarías? No soy nadie. Soy todos. Aunque soy prescindible, el clan tomará su venganza si desaparezco. Ahora te dejaré ahí, confiando en que seas capaz de desatarte tú mismo.

 El que antes fue Pedro sale de la habitación. Escucho primero el sonido de los pasadores abriéndose y luego el portazo. Entonces hago fuerza con los pies para levantar mi torso y comienzo a roer mis ligaduras, desesperado por salir de ahí.

Cuarenta y ocho horas antes no tenía ningún objetivo. Ahora tengo tres. O quizá más. Debo pensar un plan para hacer mi situación más soportable. Lo primero es cambiar de aspecto, de hábitos y de vivienda para dar esquinazo a quienes me siguen. Me da pena dejar mi cómodo apartamento, que tanto me costó encontrar. Lástima que tenga que arder.

Monto en metro hasta Oporto; allí, salgo del vagón en el último momento, subo a la superficie y ando unos metros hasta el camino viejo de Leganés, donde aguardo al bus 118 en una parada desierta. Después, en Pirámides tomo el tren hasta Atocha. Sé que, tras la misión que me han encargado, esperarán que pase por Atocha. Por tanto, he de hacer lo menos previsible: bajo del tren, subo al autobús 37 y me apeo en Pacífico, donde monto en el 10. Es inusual que alguien coja el 37 en Atocha para cambiar al 10 en Pacífico, y aún más que luego baje en Puente de Vallecas y tome la línea 1 de metro, que pasa también por Atocha. Pero un jubilado de aspecto inocente ha recorrido todo aquel camino conmigo. Así que, cuando las puertas del vagón comienzan a cerrarse, salgo a la carrera subiendo las escaleras de dos en dos y saltando el torniquete, sin esperar a que se abra. Me meto por la avenida del monte Igueldo. Corro, esquivando los puestos callejeros de bolsos de imitación, para subir al autobús 111, que acaba de llegar a la parada. A medio camino del cercanías, me bajo. Entro en una peluquería desierta.

—Hola, tengo una entrevista de trabajo y buscan alguien más... formal., así que quiero parecer un poco mayor. ¿Podría teñirme... como si empezase a tener canas?

—Tendré que decolorarle el pelo. Será un ratito.

—No importa. Y luego me hace un corte... como de cuarentón, ¿sabe? Que les haga pensar que soy alguien tradicional.

—Veré lo que puedo hacer.

Visito una tienda de ropa de trabajo y una ferretería. De la primera salgo vestido con un mono azul; en la segunda adquiero guantes de protección, disolvente, brocha, papel burbuja y una pequeña escalera telescópica de esas que caben en una moto.  Continúo mi paseo hacia la estación de Asamblea de Madrid, donde monto en el cercanías.

Salgo del tren en Sierra de Guadalupe y camino por calles con nombres de cadenas montañosas hasta encontrar la casa de Oscarín. Tres caminos se abren ante mí: por un lado, acceder a las exigencias de los cambiacuerpos y secuestrarlo. Por otro lado, matarlo, como me ha encargado Paquito. O puedo irme de la lengua, contarle a Oscarín la historia y darle el teléfono de prepago para que compruebe en persona cómo le llegan las llamadas perdidas de su socio cuando le diga que participa en el golpe.

Pero no sería elegante. Así que me calzo unos guantes de faena, saco el móvil de mi bolsillo y limpio las huellas con disolvente. Después, tomo la escalera telescópica, la apoyo en el muro, abro el tubo de respiración de la caldera de Oscarín y meto dentro una bola de papel burbuja con el móvil en su interior, dejando en manos de la justicia divina elegir cuál de los miembros de la banda morirá intoxicado por el monóxido. Estoy volviendo a plegar la escalera cuando percibo movimiento tras un visillo. Toco el cristal, que se entreabre sin que se vea a la persona del interior, y lanzo por el resquicio un billete de cincuenta euros.

—Usted no ha visto nada. No he estado aquí.

Para que el mensaje sea más efectivo, me toco el cuello como por casualidad. A continuación, pliego parsimoniosamente la escalera y vuelvo hacia la estación de tren. Un cercanías de dos pisos me lleva a Guadalajara; en los servicios de la estación me quito el mono de faena. El largo camino hasta la estación de autobuses me concede muchas oportunidades para encontrar un contenedor en que abandonar la escalera.

Compro un billete del coche de línea a Soria, donde pasaré un par de días lamiendo mis heridas antes de partir hacia El Burgo de Osma como peregrino en ruta a Santiago… Lo tengo todo bien calculado.

Estoy dando sorbos a un amaretto en un café junto al hostal soriano cuando se me acerca una chica pelirroja. Su camisa de estampado de gatos y su cuello postizo me resultan ligeramente familiares. Lanza sobre la barra un catálogo de autos y me mira con sus profundos ojos azules mientras dice:

—De matar también se sale, Christopher. Pero solo de esta manera.

Sobre la barra deja una ampolla vacía. Huele a almendras, como la copa que acabo de beberme.

©2019,2025 José Gabriel Moya Yangüela. Registrado en Safe Creative (registro 1906241270181).

domingo, 21 de septiembre de 2025

Noches con María

(Escrito en un verano o semana santa, hace muchos años, probablemente antes de 2010. Transcrito desde el original, escrito en un papel continuo tamaño A3).

Arrastrada desde no se sabe dónde, María llegaba cada noche a mi habitación y se sentaba junto a mí para susurrar a mi oído secretas palabras que yo, a la mañana siguiente, podía recordar solo entremezcladas con sueños. Después, según se iba abriendo paso la vigilia, se iba desfigurando ante mis ojos su rostro, hasta tal punto que hoy solo recuerdo de ella el nombre.

Durante una temporada, traté de retenerla mediante el conocido método de anotar los sueños antes de que se desvanezcan; sin embargo, cuando llegaba al punto en que debía describirla, olvidaba los términos con que se describe a las gentes normales. De lo que he podido recuperar de aquellas notas, quedan solo palabras sin sentido y metáforas inexplicables. Sé que era alta como es alto el piar del rhyndon cuando contempla el segundo amanecer del día, pero menuda como los regalos que entregan a sus visitantes los vientos que habitan los planetas desiertos. Era rubia, rubia como el sonido del mercurio cuando cae, gota a gota, en las entrañas de la tierra; pero su cabello era oscuro como los días que les ha tocado vivir a los últimos elfos. Y, si atendemos a las notas, sus uñas de rubí se matizaban de un inesperado zafiro cuando tañía, laúd inesperado, un delfín que se ahogaba fuera del agua.

Ordenando aquellos sueños, sin embargo, he llegado a la conclusión de que, a pesar de su aparente incoherencia, trazan una descripción bastante aproximada de otro lugar, quizá no tan lejano, en que he vivido todas las noches de una vida. Y estoy seguro de que, si ha desaparecido de mis noches ese aliento que insuflaba sueños, es solamente porque aquella existencia también se ha marchado. Y aunque sería necedad organizar un funeral para mí mismo, no quisiera despedir al que fui sin relatar las andanzas que hubieran de valerle un panegírico. 

El cruce del portal

Este lugar tan oscuro, atravesado permanentemente por el ulular de los vientos, ha de ser sin duda aquella Arkonia de la que me hablarán en noches posteriores. Pues sería triste que en el universo existiera otro lugar en que tampoco se arrastraran siquiera los gusanos, ni los escorpiones osaran enterrarse en la arena. La noche de Arkonia debería ser clara, pues, a pesar de Eolo, las tormentas de arena son inusuales. Sin embargo, es difícil ver las estrellas. Alguien me ha dicho que, a varios kilómetros de altura, un manto impenetrable de nubes impide que llegue su resplandor. Entonces, ¿cómo es posible que no llueva? No recuerdo que nadie me respondiera a dicha pregunta.

La única luz que se ve, incluso a cientos de leguas —si es que es posible estimar las distancias cuando cuesta ver poco más allá de las propias narices— es el globo azulado del Portal. Se halla este sobre un promontorio rocoso que destaca sobre la planicie de arena; no es difícil llegar a él, azuzado por la necesidad, y estoy seguro de que, si algún otro ser viviente hubiera en todo aquel país, sería allí, sin duda, donde lo encontraría: pues es el único punto en que el aire, frío y seco, parece castigar un poco menos la garganta. Y solo al otro lado del Portal suele haber vida.

El portal, sin embargo, es peligroso. Muchos, dicen, lo atravesaron para caer, inmediatamente, en el centro del desierto de Arkonia, donde su deseada luz adquiere el brillo lejano de las estrellas. Estos tuvieron suerte. Pues hubo quien surgió en las profundidades de los océanos amoniacales de Uberia, y alimentó con su cadáver a un kraken solitario. Hubo quien salió a través de la cancela del Anfiteatro Imperial, desnudo y sin armas que le permitieran hacer frente a los tigrones. Quien apareció rodeado de sedas, los brazos enjoyados y el torque en el cuello, sentado en el trono en el momento en que se urdía un regicidio.

Pero la carne es débil y el hombre sucumbe al fin a la tentación y penetra en el portal. Debería ser sensato, alejarse de su luz, buscar el fin del desierto, esperar las horas suficientes —dicen que unas ochenta— para ver cómo un sol apagado filtra algunos rayos entre el manto de nubes. No hemos oído de nadie, sin embargo, que lo haya conseguido, y por eso corremos hacia la luz, como corre el pez abisal hacia las mandíbulas de su resplandeciente verdugo.

Por eso ahora me encamino hacia la luz. No sé cuánto tiempo llevo caminando, ni cómo llegué aquí. La canción de los vientos, que en otros momentos me parece triste, acompaña cada jadeo con su voz de ánimo: sigue, sigue. Apenas veo el suelo, pero estoy acostumbrado a guardar el equilibrio, y también a descubrir los caederos por las sombras que se alargan en su contorno. Alguna vez he estado a punto de torcerme un tobillo, es cierto: aun así, avanzo sin pausa hacia mi meta.

No sé qué es eso que se ha movido allá, a la izquierda. Debe de haber sido el viento. En todo caso, es improbable que se trate de un ser vivo. Son muchos los viajeros que caen aquí, pero nunca coinciden. Es la ley del lugar: frío, soledad, muerte. Pero mira, se sigue moviendo. Será mejor que me ande con cuidado.

El portal está cerca. Ya se perciben los matices de su esfera, el rielar de su brillo. Está allá, en lo alto del pico. Si no fuera por este suelo pedregoso, aceleraría el paso. Me gustaría saber por qué se clavan con tanta fuerza en mi pie, siendo lisas y redondas como guijarros. La gruesa suela de mis botas se resiente, y mis tobillos están hinchados por el esfuerzo constante en busca del equilibrio. Voy a parar un rato; necesito un momento de descanso.

Ese rumor... diría yo que he oído los pasos de alguien deteniéndose. Vuelvo a caminar y me detengo, y de nuevo el rumor cesa poco después de que yo pare.


©2025 José G. Moya Y. para josemoya.blogspot.com) — Todos los derechos reservados. Los textos de josemoya.blogspot.com se registran automáticamente en SafeCreative.

domingo, 31 de agosto de 2025

Adiós al largo verano.

Ha sido un verano largo. Últimamente, mis largas vacaciones de profesor no comenzaban hasta que el 25 de julio dejaba atrás la calurosa ciudad de Madrid y me subía a un coche o autobús con destino a la Rioja. Pero este año una conjunción de casualidades hizo que pudiera irme antes, si bien con parada técnica de cuatro días en Castilla-León, donde vive mi hermano.

Y, sin embargo, siento que ha sido un verano corto porque muchas de mis "tareas" de verano no las he llegado a completar. 

Hay algunas que sí. He visitado el pueblo de mi hermano, el de mi familia paterna y el de mi familia materna; he visto a casi todos mis primos riojanos de la familia materna (no todos los veranos lo he conseguido) y a varios primos aragoneses de la familia paterna. Hasta he visto a mi tía sevillana, que llevaba dos años sin venir al pueblo (lamentablemente, la causa de que viniera este año es que su marido ya había muerto) y a mis familiares de Aranjuez, que parece mentira que, estando tan cerca de Madrid, no vea nunca. Eso en el apartado familiar.

En el apartado de "cosas que quiero hacer todos los veranos", he ido a la ermita del pueblo paterno y a las las cinco ermitas del pueblo materno, he caminado desde el pueblo paterno a dos de los pueblos vecinos (en un caso son dos kilómetros y en otro cuatro). Pero no he ido del pueblo materno al más cercano, a pesar de la fabulosa excursión nocturna organizada por el pueblo (quería haber convencido a mis sobrinos a que se apuntaran, pero al final no me apunté ni yo mismo, porque estaba agotado). Y me hubiera gustado hacer alguna excursioncilla con mi futuro cuñado, pero al final estábamos muy agobiados por los horarios de la ludoteca. Tampoco fui capaz de subir al Serradero (la cresta que separa el Najerilla del Iregua), a pesar de que mi hermano quería hacerlo para entrenar para un viaje de senderismo que tenía programado. Tres días fui al estanque del pueblo. Los tres días sin bañador, porque hacía frío. Los tres días salió el sol cuando llegaba, agotado, hasta él (es una caminata de 20 minutos cuesta arriba que mis amigos hacen en coche).

En el apartado de "Cosas que quería hacer con Peque", he mirado con Peque las campanas de ambas iglesias en el momento en que tocaban, he visto con Peque las estrellas en un cielo nocturno de los que ya no quedan en Madrid (pero había cuarto creciente, así que tampoco se veían tantas), le he intentado enseñar a andar en bici de pedales, he jugado con él en toda clase de columpios, pero me hubiera gustado haberle podido llevar a los columpios de Ci..., que son casi como los que más le gustan de Cu..., pero con un par de bares al lado para que los mayores nos tomemos un refresco a la sombra.

Me llevé la cámara de fotos, pero la usé muy poco; uno de los últimos días la saqué, pero me llamaron a toda prisa porque venía una familiar en visita relámpago. Me llevé el ordenador para adelantar trabajo pero me dio pereza encenderlo. Solo lo saqué un día para ir mecanografiando el recetario de mi abuela, y ni siquiera completé esa tarea.

Y como dice mi amigo Pancho, debemos ser conscientes de que nos quedan uno, dos veranos buenos antes de tener que dedicarlos a los cuidados. Quizá a mí me queden menos, porque no sé conducir y confío en mi anciana madre o en mi hermana para que me lleven de aquí para allá. Quizá debería haber aprovechado más el verano. Pero quizá la mejor manera de aprovecharlo haya sido despilfarrar el tiempo, como lo despilfarraba cuando era niño.

Cuídense todos.

martes, 27 de mayo de 2025

Fiebre

Nunca había visto subir tan veloces los números en un termómetro digital. Estoy acostumbrado a usar esos artilugios infernales sobre mí mismo y no hay manera de ver la pantalla cuando uno tiene el termómetro en la axila. Además, normalmente me pitan antes de haber llegado a la temperatura máxima (se supone que son termómetros de máximo; por tanto, no deberían pitar si la temperatura registrada todavía sigue creciendo). Por eso prefiero usar los de galio, que son como los de toda la vida.

Pero el otro día, en el peque, vi como la pantalla marcaba al momento treinta y siete y enseguida treinta y ocho, treinta y nueve, treinta y nueve y medio. Desconecté el termómetro cuando pitó; quién sabe si hubiera llegado a cuarenta.

Había leído pocos días antes un poema dedicado a un bebé enfermo, y la cara de este peque me lo recordó. También sus llantos a la hora de tomar la medicina (vomita cuando la toma) y su respiración dificultosa, sus ronquidos cuando consigue quedarse dormido.

Pero qué activo cuando, bajo los efectos del jarabe, exige jugar o ir a los columpios.

Ayer fui con mascarilla al trabajo por si peque me había contagiado (comí de su comida y también me dio manotazos con su mano chupada). Espero que no, que sea un catarrillo de nada. Una prueba de covid aguarda sobre la mesa, dispuesta a que me haga la prueba mañana después del desayuno.

Si fuera covid, sería mi segundo covid en seis meses.


lunes, 10 de febrero de 2025

Merchner: Replay

MERCHNER
, Jordan Enzensberger: Replay, Barcelona: Garabuix, 2024. 318 páginas. ISBN: 978-84-19393-43-2. 28,95 euros.

Descriptores: Comic, Holocausto, Videojuegos, Emigración, Refugiados.

Llevaba unos meses pensando en comprar Replay (mi idea inicial fue haberlo hecho a tiempo para ir a la visita que Merchner hizo a España), pero al final no me decidí hasta que el otro día entré a curiosear en la nueva tienda de Elektra.

¿Qué conocía de Replay hasta aquel momento? Que era un cómic sobre la saga familiar de Jordan Merchner, autor del videojuego Prince of Persia (un hit de 1989 que supuso el inicio de la aplicación de la rotoscopia para mejorar la fluidez de las animaciones en videojuegos).

El hilo conductor es el esfuerzo del autor por volcar a un blog de wordpress su historia familiar, durante el cual van aflorando recuerdos familiares o surge la necesidad de consultar a su padre octogenario sobre los sucesos que vivieron este y su abuelo. A la vez, Merchner trata de rescatar su pareja y sus hijos, lo que no resulta fácil cuando se es un nómada digital estadounidense embarcado en un gran proyecto en Francia.

Desde el punto de vista de un español, el libro tiene algunas red flags correspondientes a la distancia social (como siempre, el protagonista procede de una familia burguesa americana y vive Europa como un extraño parque de atracciones), pero es fácil arrinconarlas y disfrutar de la obra.

Personalmente, el capítulo que más me ha emocionado es "Pesaj", donde, a partir del Éxodo, se habla del sentido de ser refugiado. El pan ácimo del "pesaj" representaría que hay que estar siempre preparado para que el mundo se derrumbe, para tomar decisiones rápidas, aunque luego nos arrepintamos de ellas. Hasta ese capítulo, el holocausto ha sido solo algo que flotaba en el trasfondo de la obra. Ahí, por fin, se nos dice lo que ocurrió con quienes se quedaron en la Francia de Pétain una vez su control pasó a Alemania.

Es significativo que, en ese capítulo, el protagonista celebre el Pésaj con sus hijos, que se consideran "no-judíos" (pues no cumplen el precepto rabínico de haber nacido de mujer judía"), pero él les recuerda "Hitler os hubiera considerado judíos". Es un consejo que se puede aplicar a gentes de lugares y etnias muy parecidos.

martes, 17 de diciembre de 2024

Regalos

El otro día, en el programa de los ancianos que ponen en Radio Nacional los domingos a las siete de la mañana, una mujer decía que a ella, de pequeña, los reyes le traían como mucho «unos caramelos». Algo es algo: recordemos que Miguel Hernández hablaba de «mis abarcas vacías / mis abarcas desiertas».

Yo tuve una niñez regalada, en una familia burguesa que, sin embargo, hacía sus economías. Mi padre siempre fue muy aficionado al Rastro y a los anticuarios y recuerdo juguetes muy simples que me hicieron muy feliz: unos alfanjes de plástico comprados en un puesto de chucherías del Rastro (creo que en Tirso de Molina) con los que mi hermano y yo jugamos mucho hasta romperlos completamente; un "avión cohete" salido de un sobre sorpresa o de un puesto de chuches (que supongo que tendría la misma calidad que el autobús amarillo de máquina de bolas que es uno de los juguetes preferidos del pequeño Q); mi primer lego (un jefe de bomberos que me trajeron mis tíos al volver de su estancia en el MIT, aunque he de reconocer que me hicieron más ilusión el libro de colorear por números y las ceras que lo acompañaban); las pistolitas de pistones (jugábamos con ellas a los 6 años, supongo que ahora estaría prohibidísimo); los sobres sorpresa de monta-man de monta-plex... Y, claro, estando entre los menores de veintitantos nietos, también caían juguetes heredados.

Uno de mis juguetes favoritos había sido el tren eléctrico y el meccano, ambos, claro, por influencia de mi padre, quien sin duda había deseado esos juguetes cuando él mismo fue pequeño, y que los iba comprando cuando los veía en el rastro. Pero en realidad, hasta que tuvimos 7 u 8 años era él quien jugaba con ellos, y nosotros solo le "ayudábamos". El meccano siguió siendo mi juguete preferido hasta que los ordenadores lo fueron desplazando, y recuerdo con dolor cómo nunca me devolvieron un coche hecho con una máquina de reloj Morez y un número enorme de piezas de Trix, una imitación de meccano que es hoy cosa de coleccionistas.

Además de los meccanos, otro juguete que me vino de tiendas de anticuarios fueron pistolitas varias. En la época no estaba mal visto regalar juguetes bélicos (los niños mirábamos con extrañeza a los adultos que en la mañana del 5 de enero se manifestaban contra ellos), y gracias a los anticuarios descubrí juguetes ingeniosísimos, como unas escopetas de madera cuyo gatillo era una carraca para que sonase un "disparo" sin necesidad de pistones. También tuvimos un escopetón enorme de pistones que "daba el pego" de ser una escopeta de verdad, con su cerrojo y todo. No sé dónde acabaría tras las sucesivas mudanzas de mis padres.

Pensándolo bien, tuve muchos juguetes, pero no me lo parecía porque otros padres burgueses a mi alrededor tenían niños con más juguetes aún. O quizá es que tenían menos variedad, porque, claro, recuerdo legos mucho más completos, o colecciones de clicks mucho más numerosas, pero nosotros distribuíamos, teníamos algunos legos, algunos clicks (que al final de mi infancia llenaban una caja de 50x50x50), recortables, muñecas de mi hermana...

Mis sobrinos mayores (diré S y H, por ejemplo) han tenido muchos juguetes, pero no los han apreciado, ya que pronto han sido capturados por las tablet. Intentamos mucho que H jugase con legos o con cualquier otra cosa que le obligase a usar las manos, pero al final siempre fue su padre quien le montaba todo. Y, con Q, aunque estamos intentando que no sea un "consentido", sin embargo estamos dándole muchos juguetes, aunque sean casi todos de mercadillo.

Existen en Madrid muchos lugares donde comprar juguetes baratos de segunda mano. En primer lugar, las aplicaciones Wallapop y Vinted. Respecto de mercadillos, solía haber gran variedad de juguetes en el Betel de calle Pilarica (Usera), aunque muy desordenados, y en el de la calle Delicias (también muy desordenados). La madre de Q suele acudir a Ningún Niño sin Sonrisa, una asociación que hace mercadillos mensuales en el barrio de Salamanca (y donde los juguetes suelen estar en un estado de conservación excepcional), y en navidades recorre, experta, los diversos mercadillos de segunda mano (como el del Hospital San Juan de Dios) y de caridad (como el de Aladina).

A veces, cuando compra un juguete realmente bonito y realmente barato le digo (pensando en las abarcas de Miguel Hernández) que debería haberlo dejado para alguien que realmente lo necesitara. Pero ella cree que en Madrid, los pobres no compran juguetes de segunda mano. Solo los burgueses venidos a menos, lo que descendemos de clase media y apenas llegamos a fin de mes, nos rebajamos a hacerlo.

¿Qué pensáis vosotros? 


miércoles, 13 de noviembre de 2024

Cuatro textos y un esbozo escritos durante el examen final (aproximadamente 8 de junio 2024).

1- [Se siente un siseo...]

Se siente un siseo. Te sacudes, estremecido. En la cocina el gas se escapa. Cierras la llave, abres la ventana.

Es un peligro ese quemador que se apaga antes de cerrarse del todo. Esta vez fuiste capaz de escucharlo desde la habitación (al otro extremo de un largo pasillo), pero ¿tendrás siempre tan buen oído?

2- [Cada vez son más los que mueren....]

Cada vez son más los que mueren. Tratas de olvidar tu propia fragilidad mirando al pequeño que corretea, pero eso solo despierta en ti recuerdos de otro pequeño que corretea, pero eso solo despierta en ti recuerdos de otro pequeño, años atrás, que eras tú mismo, y una sensación mezclada de nostalgia y miedo. Porque realmente no es tu propia muerte la que te asusta, sino la de quienes tienes alrededor y ¡se exponen a tantos peligros los niños! Y así, triplemente asustado (por ti mismo, por los que son mayores que tú y por la generación que viene), continúas la partida. Aún podemos aguantar otra mano.

3- Un palmo de narices

La factura no tenía ni pies ni cabeza. Y encima, costaba un ojo de la cara. Estaba hasta las narices de que le tomaran el pelo. Aquella gente, que tenía más cara que espalda, se le había subido a las barbas. Estaba en su mano plantarles cara, enseñar los dientes y dejarles con un palmo de narices.

[[Borrador 1 del anterior:] Estaba hasta las narices de que le tomaran el pelo. Es que les dabas la mano y te tomaban el brazo. Se le habían subido a la barba.]

[[Borrador 2 del anterior:] Estaba hasta las narices de que le tomaran el pelo. Aquella gente, que tenía más cara que espalda, se le había subido a las barbas. Estaba en su mano plantar cara y dejarles con un palmo de narices.]

4- [Marta ya no está]

De vez en cuando pienso en gente y de repente me doy cuenta de que ya no están, que no volverán nunca. Como el otro día, que pensé en quedar con Jorge y me dije, vamos a avisar también a Marta y luego recordé a que marta la habíamos visitado en el cementerio a principios de primavera. De vez en cuando pienso en gente y me preocupa que puedan irse tan silenciosamente como Marta, sin que apenas confiesen que están gravemente enfermos.

5- [Esbozo de un inicio]

Cuando era pequeño tenía una tía moderna que trabajaba y conducía y nos llevaba a preescolar en su coche.

sábado, 9 de noviembre de 2024

No volveré a ser joven (reflexiones de un boomer)

"Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante"

—Jaime Gil de Biedma, Palabras póstumas 1968.

Los miembros más jóvenes del "baby boom" ya rozamos (en mi caso, superamos) los cincuenta años, y eso supone la llegada a las puertas de la jubilación, antesala de la vejez y la muerte, de una generación que tuvo como una de sus principales señas de identidad el culto absoluto a la juventud. No es la primera vez que sucede, diréis. Evidentemente.

Ya hubo un culto absoluto a la juventud en la época de las vanguardias y los fascistas, en que vivieron su juventud mis abuelos (aquel aprendiz de maestro republicano que paseaba por el Madrid de preguerra, ¿sería futurista?). También lo hubo en los sesenta, en que vivieron la suya mis padres. Pero padres y abuelos supieron madurar, mientras que muchos miembros de mi generación parecemos no haberlo hecho: vestimos camiseta y vaqueros, tenemos un miedo absoluto a quedarnos atrás en la tecnología (el famoso FOMO) y, sobre todo, ayudados por la generación anterior, hemos ido inventando términos que atribuyen cualidades positivas a las generaciones siguientes (de ahí los "nativos digitales"), aunque luego, cuando alguna de esas generaciones creció, acabásemos diciendo que era "de cristal" porque no le gustaba el mundo que le habíamos legado.

La culpa, claro, siempre es de los padres. Fue su generación, quizá, la primera que quiso seguir siendo joven a través de sus hijos, aniquilando con el fin de la dictadura la autoridad del anciano (aunque no en todos los casos), imponiendo en España el tú que sustituyó al usted, soñando regalar a los hijos el futuro que ellos no habían tenido. La publicidad vio un nicho de negocio en dirigirse a los menores de 18 y, ahora que en algunos países los ancianos comienzan a ser más numerosos que los niños, no sabe cambiar el mensaje, quizá porque los estudios se realizan en Estados Unidos, una nación donde la gente sigue casándose joven y teniendo niños, aunque menos que antes, según acabo de ver en la pirámide de población.

¿Cómo enfrentarnos a la definitiva madurez? ¿Cómo enfrentarme a ella? Hace unos años que me di cuenta de que bailar house empezaba a ser inapropiado, dada mi decrépita edad, pero sigo teniendo muchos comportamientos juveniles, infantiles o, más bien, de viejo que quiere recuperar su juventud perdida, como añorar aquel ordenador hoy obsoleto que usaba a los catorce años, o aquel otro también obsoleto que manejaba a los veinte; hacer jueguecitos o distraerme con jueguecitos banales; comportarme como un auténtico "cuñao" yo, que creía haber atenuado la sabihondez de mi adolescencia con la dosis de realidad y empatía que aportan los años.

No volveré a ser joven, y aquí estoy, escribiendo en el mismo blog que comencé a escribir hará veintitantos años, cuando, apenas rebasados los treinta, todavía tenía la esperanza de seguir siéndolo. Disfruten de su juventud, si aún la retienen. Y, si no, no la añoren: mándenla al carajo, y vivan el presente con alegría.