Anteanoche, después de haberme despertado el frío durante varios días, sustituí por fin la mantita de sofá y la colcha bouti de algodón, poniendo en su lugar la manta gruesa (de momento, solo una) y el edredón. Por la noche, sudé como un pollo.
Sudé como un pollo anteanoche, pero en cambio anoche no me sobró ni un centímetro de esa manta. Así que por fin viene el otoño, un poco tardío y con una bajada brusca, brusquísima de temperaturas. Ya no hay entretiempo: las máximas de hoy están por debajo de las mínimas de hace dos semanas, y en un par de días nos levantaremos, según Aemet, con sensación térmica de cinco grados.
Llevaba unos pocos días poniéndome camisas de manga larga, las pocas que dejo fuera en verano por si hay que ir elegante o por si vuelven al pueblo las noches gélidas de agosto (hace diez años que no vuelven), así que me he decidido a guardar camisas y camisetas de manga corta para hacer sitio a más prendas de manga larga.
Odio eso de sacar prendas de una bolsa, quitar las prendas de las perchas, doblarlas, meterlas en la bolsa y colgar en las perchas lo que saqué de la bolsa. Odio hacer malabares para vaciar el aire de la bolsa sin usar aspirador (usar el aspirador me da todavía más pereza), meter la bolsa bajo la cama y descubir entonces que olvidé dos prendas que habían quedado tapadas por la propia bolsa. Odio el cambio de temporada, y por eso suelo hacerlo gradualmente.
Pero esta vez lo he hecho prácticamente de una vez, quitando, quizá, que en algún momento tendría que hacer algo para que no me estorben los pantalones largos de verano (suelen dormir todo el año en sus perchas, pero cada vez caben peor).
No tengo pareja. No tengo hijos. Eso simplifica mucho el guardar las cosas. Tengo un ropero entero para mí solo, pero se me queda pequeño porque, con mis subidas y bajadas de peso, nunca me atrevo a tirar ropa que me está pequeña o grande, y por otro lado me da pena tirar camisetas rotas pero con estampados que me gustaban.
También se me queda pequeño porque hasta hace tres años viví a caballo entre dos casas, y eso significaba que tenía dos roperos con ropa no muy buena pero sí abundante.
He tardado solo una hora en hacer mi cambio de temporada. Es cierto que camisas solo he doblado cinco o seis, y que las camisetas ya estaban dobladas. Pero esa hora se me ha hecho eterna. No me imagino el horror que significará este momento para la gente que tenéis hijos.
Feliz otoño.
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