miércoles, 10 de abril de 2019

El cuento del miércoles: Diana

A Diana le gustaba jugar. Te agarraba la mano fuerte, sentada frente a ti en la cafetería, y te decía que vagaba desnuda por los bosques, o que el perro del vecino se alimentaba de carne humana. Todo con aquellos ojos azules clavados en los tuyos y aquellos labios carnosos hablando en susurros, solo para tu oído. Y claro, no podías sino creerla por unos momentos, con absoluta confianza, sin sorpresa ni horror. Luego, esbozaba esa sonrisilla en que mostraba sus dientecillos ligeramente desalineados y se iba a la barra a pedir otro smoothie, libre de culpa o remordimientos.

Yo soñaba con ella (oh, sí, soñaba tórridamente con ella aunque no tuviera ninguna esperanza) y me hubiera gustado ser la protagonista en alguno de sus aquelarres. Pero mi amiga no podía compartir su vida con nadie, a pesar de tantos que se le arrimaban como moscones en la discoteca y de tantas que suspirábamos al verla. Pasaba largas temporadas aislada del mundo, sin ver a las amigas ni coger el teléfono; cuando decidía dejarse ver, siempre era ella la que llamaba y, por alguna razón, resultaba inevitable acudir a las citas: las estudiantes olvidaban sus exámenes, los enfermos sanaban, las casadas colocaban a sus maridos y a sus hijos. Se hacía tan escasa, tan necesaria, que llegué a plantar a Sandra el día de nuestro aniversario por un solo cuarto de hora con Diana en un local infecto. Pero mi novia es tan despistada, que no creo que se apercibiera.

A pesar de que en ocasiones Diana se comportaba de manera huraña, hay que reconocer que era extremadamente generosa en los intervalos en que se le hacía grata la compañía de los seres humanos. A veces, nos invitaba a la cabaña del bosque. Amaba la caza. Yo tengo muy mal pulso, pero a Sandra se le daba muy bien. Se había criado en un pueblo donde cazar era el único entretenimiento en el largo invierno. A mí me hacía sentir orgullosa. A otras amigas (Leonor, que dejaba a su marido en Madrid; Alba, que se traía a su hija de trece años) les daba reparo acabar con la vida de los animales. Pero yo hubiera participado en la cacería, de tener puntería. Diana nos enseñaba a respetar las piezas, a matar con el menor dolor, a aprovechar toda la carne, pero dejando siempre su parte a los buitres y los lobos. Sandra siempre dijo que era una tontería, que al hacerlo propagábamos enfermedades, pero para nosotras dos era importantísimo mantener el ritual, presentar nuestros respetos al animal y ofrecer sus entrañas en sacrificio antes de desollarlo. Diana, supongo que lo ya dije, se creía un poco bruja.

Tampoco penséis que cazásemos de manera compulsiva: un venado, como mucho dos si nos quedábamos quince días de vacaciones y se juntaba un grupo más grande —siempre sin hombres; ella decía que eran demasiado haraganes y que invitarlos era condenarse a pasar horas recogiendo colillas y latas de cerveza del suelo—. La diversión estaba en rastrear, en acechar, en elegir la presa más débil para asegurar la continuidad de la manada. Elsa, la hija de Alba, decía que estábamos enfermas: ella prefería practicar con el arco (un arco tradicional, sin resortes ni contrapesos) y disparar sobre animalitos de poliestireno expandido, bajo la atenta mirada de su madre. Solo salía con nosotras si le prometíamos que aquel día no cazaríamos ni una simple paloma.

En realidad, nos encantaba seguir los rastros de los animales aunque no llevásemos ni escopeta ni cámara. Sandra rastreaba muy bien, pero Diana conocía criaturas que las demás ni siquiera sospechábamos las demás: pequeñas orugas, insectos que anidaban en los troncos de las hayas, pequeños tritones en la cabecera de los arroyos… Y, por supuesto, numerosas especies de aves y de mamíferos.

Una vez vimos una escena terrible. Uno de los venados, un magnífico macho de doce puntas, era perseguido por una jauría de mastines. Nos mantuvimos a distancia, pensando que habría un cazador cerca; pero cuando el ciervo quedó atrapado en el cañón del río, no se oyó ninguna escopeta: los perros se lanzaron sobre él y lo devoraron. La escena siguió en mi cabeza por días y me produjo pesadillas durante semanas. Diana lo sabía (Diana siempre sabía esas cosas) y hurgaba en la herida con la malevolencia de un dentista de película de terror.

El caso es que no hace mucho he pensado en algo que sucedió antes de aquello, algo que el horror de los hocicos hurgando en las entrañas del venado —ese animal que todavía palpitaba de dolor bajo sus fauces— había conseguido hacerme olvidar hasta hace poco. Fue un suceso de esa misma mañana, quizá. Por lo menos, no más lejano que el día anterior, pues aquella vez nuestro viaje había durado un simple fin de semana, y no un puente entero.

Hacía un calor poco habitual para la época. Habíamos estado practicando con el arco, pues Elsa había leído en alguna parte que las flechas silenciosas y afiladísimas producían el desangramiento del animal sin sufrimiento alguno. Como solamente la niña, que se negaba a matar animales, sabía tensar el arco, le pedimos que nos diera unas clases. La verdad es que aquella arma me dio miedo; no tanto por la posibilidad de disparar involuntariamente a alguien (mi miopía es notoria; la gente que me conoce huye cuando me ve disparar cualquier arma), como por la fuerza con que disparaba la flecha. Algo asombroso, pues no disponía de resortes de ningún tipo; era un arco largo de tejo que podrían haber disparado los normandos en Crécy, o Ulises en Troya. Nuestros tríceps braquiales y deltoides trabajaban sin descanso y acabamos empapadas en sudor. Cerca corría un arroyo que formaba pozas con toboganes y cascadas; un lugar que solíamos visitar en verano. Bajamos hacia allá y nos remojamos la cabeza.

Entonces, a Leonor se le ocurrió salpicarnos con agua. ¿Quién se atrevía a darse un chapuzón rápido? Al final, nos animamos todas; para no pasar tanto frío al salir, alguien propuso que nos quitásemos toda la ropa: al fin y al cabo, no había ningún hombre en el grupo. Fue entrar y salir; el agua, que corría desde las montañas, estaba helada. Estábamos vistiéndonos cuando vimos algo a lo lejos. Era el brillo de unos prismáticos. Algún degenerado se había dedicado a mirarnos. A pesar de su habitual pacifismo, la hija de Alba tomó el pesado arco y lanzó hacia el mirón una flecha que quedó corta. Sandra comenzó a gritar. Diana, en cambio, se limitó a coger una de las afiladas saetas de punta cerámica y, haciendo un pequeño corte en su dedo, dibujó en el suelo la figura de un ciervo.

—¿Qué haces? —preguntamos, mientras.

—Una vieja maldición. El macho astado. Estoy segura de que quien nos ha estado mirando es el ex de Alba. Lo he visto rondar alguna otra vez que habéis venido, acechando desde lejos. Pero nunca creí que nos fuera a espiar mientras nos bañábamos…

—El muy cerdo…

—No os preocupéis. No volverá a mirarnos aquí —se rio Diana—. Y aunque lo hiciera, ya no hablará con nadie.

—¿Y si nos ha grabado? —dijo Elsa.

—No creo que lo haya hecho, cariño. Al fin y al cabo, es tu padre.

Después subimos hacia el lugar donde habíamos visto el brillo de los binoculares. Allí había huellas de zapatillas deportivas que seguimos hasta llegar a la entrada de una caverna. Sobre el suelo rocoso se amontonaba ropa entre la que Alba reconoció una horrible camisa de flores perteneciente a su ex. También estaban las zapatillas. Manolo debía estar dentro de la cueva, pues un venado había borrado ya algunas de las huellas que entraban.

—¡Manolo! ¡Si tienes lo que hay que tener, sal, cobarde!

Manolo no salía de la cueva. Diana no recordaba si se trataba de una oquedad pequeña o de una gruta profunda, así que preferimos no pasar a su interior.

Nos acercamos al arroyo para recoger arco y flechas; Elsa vio el dibujo del ciervo que había trazado Diana y añadió, pintándolos con unas gotas de su sangre, unos depredadores que acorralaban al animal. Por alguna, extraña razón, Diana se enfadó y gritó:

—¡No!

Borró los trazos y murmuró unas palabras sobre chiquillas que juegan con fuego. De verdad creía que su hechizo era efectivo. Cuando se tranquilizó, propuso que regresáramos a la casa. Eran casi las tres, convenía comer y por la tarde podríamos dar una vuelta por el bosque, para fotografiar los animales. Pero nuestro plan, como ya he dicho, se torció cuando, siguiendo las huellas de los ciervos, nos dimos de bruces con el venado atacado por los perros, lo que hizo que olvidásemos todas las peripecias que habían sucedido antes. De hecho, Alba y Elsa no volvieron a mencionar a Manolo, ni siquiera para quejarse.

Ahora que Diana no está, ha venido esa vieja historia a mi memoria. ¿Qué suceso haría que me acordase de ella? Esta mañana me puse a ordenar los recuerdos de aquella época en que Sandra y yo, a pesar de haber cumplido los treinta, nos sentíamos aún jóvenes y alocadas. En mis manos, la última postal que aquella amiga nos envió desde Nápoles, En el reverso una despedida anunciándonos que ella, que siempre quiso hacerse misionera, ha decidido abandonar el siglo e ingresar como novicia en un convento de la Campania. En el anverso, un paisaje del palacio de Caserta. Bajo una cascada, unas ninfas de mármol se acicalan, ligeras de ropa. A su izquierda, acorralado por sus perros, el cazador Acteón es víctima de su curiosidad y su osadía.

Relato escrito originalmente para la Antología Mitológica de Hela Ediciones y no seleccionado en la convocatoria.

No hay comentarios: