sábado, 20 de junio de 2020

Sábado de cuento: Santiago

A 12 horas del cierre de la antología Terror hispano, me puse a teclear esta historia que llevaba tiempo formándose en mi cabeza. Como no es suficientemente extensa para esa convocatoria, he decidido no presentarla y escribirla en el blog.

Después de este largo período de confinamiento, por fin he podido quedar con algunos alumnos (aquellos que no se han quedado sin dinero) y charlar con ellos cara a cara tomando unos refrescos en el Retiro. Casi todos han perdido gran parte del español que habían logrado aprender, tras meses de hablarlo solo ocasionalmente en las videoclases a las que no siempre conseguían conectarse. Por eso he querido que nos juntásemos y empezásemos a hablar cara a cara.

No sé cómo, Sueli cuenta una leyenda de São Paulo, una escabrosa historia de terror. Y entonces, Ibrahim dice que a él le pasó algo extraño hace unos meses, pero que no sabe si será capaz de contarlo. Le pregunto por qué, y él dice algo en árabe a Omar, que lo traduce diciendo que es una historia complicada. Insisto en que lo intente, cambiando de lengua cuando no sepa cómo expresarlo, y que intentaremos traducirlo al español. Queda conmigo en que, cuando no sepa decir algo, lo dirá en inglés para que yo lo traduzca. Él sabe que muchos de los alumnos no saben inglés, pero que Sueli y yo lo chapurreamos suficientemente bien como para traducirlo a la lengua de Cervantes.

No estoy muy seguro de comprender toda la historia. Hay detalles que seguramente se pierden en la traducción, y ahora al verterla en el papel estoy probablemente añadiendo de mi tintero impresiones y recuerdos varios; Ibrahim habla de una zona que me es muy conocida y es fácil adornar las historias cuando se cuentan de memoria.

· · ·

El confinamiento le pilló a Ibrahim en Logroño. Había ido a visitar a un amigo que se dedicaba a dar clases de inglés. Habiendo sido él mismo profesor de inglés antes de huir de El Cairo, le pareció que su amigo podría presentarle a algún contacto. Pero resultó que habían elegido la peor semana. Los colegios cerraron y los padres eran reticentes a que sus hijos fueran a clases particulares. Así que se encontró en una ciudad desconocida y sin trabajo. Pero su amigo Nuraddin le dijo que no se preocupase, que solo serían unos días. Sin embargo, según se alargó la cosa, el dinero se acabó y el amigo le propuso que fueran a trabajar al campo.

A mí, como narrador interesado en detalles antropológicos, me gustaría que Ibrahim se extendiera más en contar la situación del confinamiento, las redes de ayuda mutuas, las costumbres de hospitalidad. Pero Ibrahim pasa de puntillas sobre estos detalles, por lo que no puedo añadir nada sin recurrir a la imaginación.

Sí que se extiende en hablar sobre el campo. Y ahí surge la primera digresión. Varios alumnos coinciden en que ellos también lo pensaron. Siendo alguno de ellos ex-menor no acompañado (lo que en Estados Unidos sería un dreamer), yo mismo estuve a punto de animarlos a probar la experiencia, ya que cumplían los requisitos de los decretos que cada semana salían del cacumen (o más bien, del magín) del gobierno. Finalmente, lo descarté, pues todos vivíamos en Madrid y el decreto priorizaba a los residentes rurales.

Mi alumno (que roza ya la cincuentena) dice que ni él ni su amigo miraron ley alguna: simplemente se fueron a Albelda, se plantaron en la entrada del pueblo y esperaron a que los llamaran.

A mí, que no me atrevía a llevar un pendrive a un alumno de secundaria sin datos móviles por miedo a que me detuviera la policía, me sorprende que mis alumnos hayan viajado entre una ciudad y los pueblos cercanos sin ningún problema. Fátima, que había ido a Salamanca durante la pandemia, me aclara la lo sucedido:

—La policía dice: Son moros, van a trabajar.

Ibrahim y Nuraddin estuvieron doblando el espinazo para coger hortalizas de todo tipo, pero recuerda con especial horror los espárragos. Se levantaban muy temprano, porque había que cogerlos antes de que les diera el sol. Había que sacarlos de la tierra misma. El jornal era mísero, casi solo les daba para la comida y la gasolina, pero por lo menos tenían algo.

—Y entonces alguien nos habló de Clavijo.

Clavijo era un pueblo que no quedaba lejos de donde estaban. Los cristianos de la zona se enorgullecían de un milagro que espantó a los moros durante una batalla; lo tenían como un símbolo patriótico y religioso. Pero, dejando aparte eso, era un estupendo mirador desde el cual se veía todo el llano que rodea a Logroño.

Así que un día, después de trabajar en la huerta, dejaron el coche a la entrada del pueblo y treparon la empinada colina en que se asienta el castillo. Era tarde; el lugar se veía desierto; la gente estaría encerrada en sus casas. Aun así, subieron en silencio para que no les vieran.

Cuando llegaron al arco de piedra que daba acceso al castillo, se quedaron admirados de que aquellas ruinas siguieran en pie. Era una tosca muralla que rodeaba la colina por el lado más largo y los dos más cortos de un angosto rectángulo, dejando al otro el escarpado precipicio como única defensa. La corta pared del lado sur tenía labrada una ventana por la que corría un fuerte viento; quien se atrevía a asomar la cabeza, podía ver una panorámica de la llanura aluvial que se extendía hasta el Ebro.

Desde aquella ventana, Nuraddin observó que la Guardia Civil se acercaba a mirar su furgoneta. Mal asunto. Si los pillaban, podían ponerles una multa. Decidieron quedarse en el castillo, esperar a que anocheciese y, cuando no se vieran luces en el pueblo ni en la carretera, conducir de vuelta.

Ibrahim, para entretener la espera, pidió a Nuraddin que contase lo que supiese de ese castillo. Al parecer, la leyenda de la fantástica batalla era una patraña inventada por los cristianos. La batalla real tuvo lugar en Albelda, y el general musulmán al que derrotaron, un tal Musa ibn Musa, se vio traicionado por un aliado que cambió de bando. Caballos milagrosos apareciendo en los cielos. Vaya fantasías.

El viento, caída ya la tarde, se iba haciendo gélido. Pero todavía se veían lucecitas en las ventanas del pueblo. No podían arriesgarse a salir. Tampoco a encender una luz, aunque fuera la pantalla del móvil.

Pasear para entrar en calor tampoco era una opción con aquel suelo completamente irregular, sembrado de escalones y pozos, con la parte transitable estaba reducida en algunas zonas a unos pocos centímetros, sin pared ni barandilla para separarla del abismo. Así que se juntaron para mantener un poco la temperatura.

—Las ruinas tienen algo misterioso.

—Tienes que ver las pirámides. Algún día, cuando vuelva a Egipto, te tengo que llevar.

—Entonces, yo tendría que llevarte a ver Petra.

El viento gemía a través de esa ventana absurda abierta al norte en un muro incompleto. Las luces del lejano Logroño brillaban. Hogares de gente que entretenía sus noches jugando con videoconsolas, viendo películas. Gente que no tenía que levantarse antes del alba para coger espárragos.

—Aquí en el campo hay estrellas. En Madrid no las hay.

Un estrépito lejano, como de cadenas, les sorprendió. Pensaron que quizá era la policía, de vuelta con una grúa, para llevar la furgoneta. O más probablemente un tractor, volviendo con un remolque por las pistas llenas de baches. Pero en el pueblo habían dejado de verse luces.

—Ahora podemos volver.

Manteniendo la mano derecha pegada a la pared, llegaron a la puerta.

—Recuerda que había un escalón.

Ibrahim midió con el pie y bajó al sendero. Habían subido campo a través, pero ahora sería mejor el sinuoso camino asfaltado que llevaba hasta el pie y acababa en mitad de la plaza del pueblo.

Pero entonces Nuraddin vio algo y tocó el brazo de Ibrahim. Ambos se echaron a la cuneta del camino. Ascendían unas luces.

—¡La Guardia Civil!

—No pueden habernos visto.

—Quizá revisan el castillo todas las noches.

Pero las luces no tenían el aspecto de una linterna. Era más bien como si un gato pudiera contagiar la fosforescencia de sus ojos a las matas de alrededor; como si la luz avanzase por sus propios medios.

—Vamos a bajar por ahí.

—Está empinado, nos caeremos.

—Venga, vamos.

Echaron a correr, montículo abajo. Ibrahim tropezó con un saliente de roca. Cayó sobre la rodilla; por el dolor, supo que se había hecho sangre. Fue a levantarse el pantalón pero miró atrás. Entonces, se irguió y saltó de roca en roca, deslizándose por la pendiente, y corrió tras Nuraddin que ya buscaba, nervioso, las llaves de la furgoneta en su bolsillo.

—¿Lo viste?

—¿Fue eso lo que vieron las tropas de Musa ibn Musa?

—No creo. Hubiera espantado también a los cristianos.

—Estaban desesperados. Nada los espantaría.

—Nosotros también lo estamos. Y hemos salido corriendo.

· · ·

Le preguntamos a Ibrahim qué es lo que vio. Un hombre a caballo, las ropas extrañamente luminosas, seguido por otros tres hombres a pie y perros. Los hombres llevaban armadura completa y no se veían sus rostros, pero los perros… ¿podrían esos ojos hundidos, ese hocico descarnado, esas costillas al aire estar en un mastín vivo?

—No era Santiago. Era la hueste.

—¿La hueste? —dice Manuel Almeida, uno de mis alumnos brasileños— ¿Y eso qué es?

—La hueste, el huerco, la santa compaña, las ánimas del purgatorio. ¿No llevaron esa leyenda los portugueses a Brasil? —y en mi francés macarrónico, añado:— En français, hellequin. Vienen a llevarse a los vivos al otro mundo.

Estoy por recomendar a mis alumnos alguna adaptación de “El monte de las Ánimas” cuando Ibrahim me corta:

—Me da igual qué fuese. Os juro que durante dos semanas estuve trabajando hasta el agotamiento pero no aun así no conseguí dormir bien hasta que volví a Madrid. No quiero saber nada de ruinas.

martes, 26 de mayo de 2020

Hoy es martes pero esto no es un cuento: Pido disculpas

Todos sabíamos que en algún momento iba a llegar el día en que alguien nos pidiese responsabilidades por cómo hemos actuado ante casos de fuerza mayor. Había que elegir entre dos males. Parece que no elegí el adecuado. Por ello, he enviado un mensaje a mis alumnos pidiendo disculpas. Este es el contenido de dicho mensaje, con alguna corrección de estilo posterior. Si desea conocer el mensaje original, puede pedírmelo en la dirección de correo electrónico que está disimulada al final del mensaje pero aparece claramente al final del mismo.

Estimados alumnos:

Desde el principio he sido consciente de que recibir vuestros mensajes en mi dirección de correo personal era lesivo contra vuestra intimidad, justo del mismo modo en que lo era contra la mía. Pero si he usado el correo personal ha sido por las siguientes razones:

1) En primer lugar, porque el correo de educamadrid no funcionaba. Varios de vosotros lo habéis comprobado: mensajes que se pierden, que rebotan sin avisar al remitente ni al destinatrario, etcétera.

2) En segundo lugar, porque, como muchos de vosotros no tenéis ordenador en casa, solo móviles, e incluso compartís vuestro terminal con otros miembros de la familia, la manera de optimizar recursos en vuestras casas era permitiros hacer las tareas en el cuaderno y mandar las fotos por correo.

¿Por qué por correo y no a la nube de educamadrid o al servidor de moodle? Porque carecíais de usuario de educamadrid, ya que para activar vuestro usuario se tendría que haber autorizado en un formulario impreso ANTES de que se cerrase el centro (algún técnico me habló de la posibilidad de pediros fotos de ese formulario, pero si cualquiera puede falsificar la foto de un famoso, está claro que falsificar la foto de una firma no debe de ser mucho más difícil).

Y bien, ¿qué problema hay con las fotos? El correo electrónico es compatible con un estándar de 1982, y por ello no está pensado para enviar imágenes. Estas son empaquetadas en un formato especial en el que abultan un 50% más en el servidor. Una foto "pequeña" de 4 megas hecha con un Samsung abulta 6 megas en mi ordenador.

Y educamadrid no solo tiene una cuota de espacio muy baja, sino que además para los profesores es imposible conocer cuánto espacio de cuota nos queda en el servidor.

3) La tercera razón de que emplease mi cuenta personal de gmail era la necesidad de mantener archivados todos vuestros mensajes, puesto que constituyen material evaluable. Desde el correo web de educamadrid no se puede solicitar la descarga de un archivo de los mensajes; se puede hacer en algunos clientes de correo electrónico, si se acierta con el adecuado. En cambio, en gmail se puede pedir una copia de todo el buzón cada dos meses.

4) Además, hasta que el 16 de abril, un mes después del cierre del centro, la consejería de educación me otorgó una licencia de office, los recordatorios de webex usaban mi cuenta PERSONAL de office, puesto que webex se integra con el calendario de outlook, pero no con el calendario DAVx usado por educamadrid.

5) Lo mismo sucedía grosso modo con los mailings. Hasta que tuve la cuenta corporativa de office (recordad: un mes después) tuve que programar una macro de mailing para poder enviar los mensajes con vuestras notas desde excel con el correo de educamadrid (word los envía usando outlook, es decir, una cuenta de hotmail/outook/microsoft). Mi primer mensaje sin usar esa complicada macro fue un auténtico fracaso, porque aunque estaba usando word con mi cuenta de educamadrid, outlook os envió el mensaje desde mi cuenta personal, exponiendo otra de mis direcciones de correo. Muchos compañeros emplearon hojas de cálculo de google. Yo no las usé para no darle a google vuestras notas. Claro que al usar una cuenta corporativa de Microsoft y guardar vuestras notas en la nube estoy dándole vuestros datos a Microsoft. LOS TÉRMINOS DE LICENCIA DE MICROSOFT DICEN CLARAMENTE QUE MICROSOFT SE RESERVA EL DERECHO DE HACER USO DE CUALQUIER DATO EN SUS SERVIDORES, Y NO APARECE NINGUNA EXCLUSIÓN EXPLÍCITA PARA CUENTAS CORPORATIVAS.

6) Por todo ello, consideré que, en lugar de usar una cuenta de correo de educamadrid que fallaba más que una escopeta de feria, era más razonable

7) Durante todo este tiempo, he tenido cuidado de usar copia oculta (CCO:/BCC:) para enviar cualquier correo que fuera dirigido a más de una persona. Podría haber creado un grupo de correo. Es más, podría hasta haberos dado una cuenta de correo en mi propio servidor, donde tengo un Moodle más fácil de utilizar (al menos para los profesores) que el de educamadrid. Pero no lo hice, porque sabía que ello era lesivo para vuestra intimidad. De hecho, tengo mi servidor cerrado hasta que tenga dinero para contratar un gestor de datos.

8) En conversación con un técnico de informática de la Comunidad de Madrid les expuse los problemas 1, 2 y 3. Básicamente, se lavaron las manos. Hoy nos han llegado instrucciones de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid prohibiéndonos el uso de direcciones personales de correo electrónico.

Por tanto, a partir de ahora dejaré de enviar y recibir mensajes en ⋔∅∁·liαmg☺ἀΥ⊙m∋∫oj. Usad solo este correo. Os pido perdón por haber estado usando mi correo personal y los vuestros. Un abrazo a todos. Os deseo salud para vosotros y los vuestros.

Atentamente,

José Gabriel Moya Yangüela



P.D. Consecuentemente con la decisión del delegado de datos de la Comunidad de Madrid, dejaré de usar mi teléfono personal para contactar con los alumnos. Cerraré asimismo los grupos de telegram y de whatsapp (aunque en estos los alumnos han entrado libremente y por su propia voluntad, como diría el conde Drácula). Pensaré también si cerrar el Padlet donde recuerdo las tareas a los alumnos y dejaré de usar formularios de google para solventar el problema de que el módulo "lección" de moodle mezcla las sesiones de los usuarios anónimos. Vaya, ¡vacaciones!

martes, 12 de mayo de 2020

El cuento del martes: Ático Zeta

(Este relato no es sino la transcripción de un sueño. Pensé en emplearlo como comienzo de algo más largo, pero sería difícil mantener el tono. Juraría que ya se publicó en este blog, pero he tenido que buscarlo en mi facebook, donde lo publiqué de modo restringido el 24 de agosto de 2014. Me gusta especialmente la frase final, derivada de los aullidos que me despertaron a las cuatro o cinco de la madrugada, cuando los perros pastores barruntan el amanecer).

Es tarde pero aún quedan algunos comercios abiertos. He bajado a la calle por alguna razón que no recuerdo y me doy cuenta de que mis pies van calzados con zapatillas de bayeta. Quizá quería haber ido a mi casa, a mi casa de verdad, que está en otro barrio —y quizá en otra ciudad, porque los detalles que se van revelando muestran que esto no es Madrid; no, al menos, el Madrid que conozco— pero me avergüenza entrar con esta facha al metro.

Así que decido volverme al ático. Buscándolo entro a un bar de copas donde me conocen; evito la conversación con la parroquia de solteras y divorciadas y me escabullo por una salida lateral; bajo los escalones que conducen a la siguiente puerta de la manzana, donde el portero no pone objeciones a que entre en mi estado a una sala de fiestas; en un momento de lucidez, salgo, atravesando toda la cola de clientes y sigo avanzando por la calle.

Un mendigo joven, armado de una muleta cubierta de cinta aislante blanca, golpea a otro mayor que lleva un bastón del mismo color. Es, obviamente, una cuestión de competencia comercial; sin embargo, me asusta la fiereza con que el primero golpea al segundo. Corro a la siguiente puerta, una puerta metálica de acabado mate decorada con siglas que se repiten una y otra vez. Es una iglesia —una de esas iglesias modernas con apariencia de sala de cine— y considero por un momento sentarme en una de las butacas corridas de plástico y pedir ayuda al cielo para mí o para el mendigo anciano. Prefiero, sin embargo, salir corriendo.

Encuentro, por fin, la entrada al vestíbulo de mi edificio; en ese instante, algo hace que no corra hacia el ascensor, sino que me meta en uno de los apartamentos del bajo, cuya puerta está entreabierta. Se celebra algún tipo de fiesta y los asistentes —muchos de los cuales hablan en inglés y tienen aspecto extranjero— miran divertidos mi ridículo aspecto. Corro intentando evitar que me tomen una foto. No sé cómo consigo atraer la atención de la anfitriona; el caso es que la persuado para que me lleve a la puerta de atrás, para atravesar por ella hacia el ascensor de servicio. Hay un problema, me dice. Cuando me lleva hacia allá, comprendo de qué me habla. Lo que debería ser la cocina es una pequeña habitación y la puerta de servicio está cubierta de estanterías con libros. Me llama la atención que los libros sean infantiles; no libros para niños chicos, sino El pequeño Vampiro, Crónicas de Idhún y cosas por el estilo. Están agrupados por sagas o colecciones y algunos tienen la portada hacia el exterior, como en una librería, formando una especie de mural.

Sacamos los libros y movemos un poco la estantería, lo suficiente para retirar a su vez una fina chapa de madera que cubre la puerta. Esta está atascada; solo tras luchar un rato contra ella conseguimos abrirla. Pero tras la puerta se observa un panorama de horror: la madriguera de un vagabundo, llena de basura acumulada. Recuerdo entonces que el mendigo anciano vive en los bajos de ese mismo edificio. La basura obstruye la puerta y nos cuesta un esfuerzo ímprobo cerrarla y colocar de nuevo la estantería, los libros.

Es entonces cuando comprendo mi error. Los cerrojos quedaron abiertos; el lugar es ahora inseguro. Ellos pueden entrar. Temo haber sido poseído por algún tipo de fuerza que me llevó a hacer todo esto para dejar franca su entrada. Es horrendo tener que retirar de nuevo la estantería, que a duras penas hemos logrado encajar en el hueco. Podría usar el poder, y esta vez estaría justificado. Además, si he convencido a la dueña del piso es que ella también está enterada. Pero no puedo mover las cerraduras, está claro: si yo pudiera cerrar desde aquí la puerta, ellos también podrían abrirla.

Comienzo, por tanto, a sacar volúmenes de nuevo, a mover la librería, a disponerme a retirar la placa de madera, aunque conozca la dificultad que supondrá arreglar todo después. Entonces, me despierta un coro de ladridos. Es la hora a la que cantan los perros.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Este miércoles, el relato del martes: Los ladrones ciegos

—El día que definitivamente pierda la vista —dijo Enrique—, me uniré a los ladrones ciegos.

—¿Qué dices?

—¿Acaso no crees que sea posible? Es improbable que me libre del glaucoma y de las cataratas. Estoy condenado genéticamente.

—No lo digo por eso. No creo que seas capaz de sisar un céntimo en una compra. Y mucho menos, de robar.

—¿Pues qué iba a hacer? Nunca tuve arte para cantar. No me lanzarían monedas, sino piedras para que callara. Y en cuanto a aprender braille y seguir trabajando de oficinista... No se me daría bien. No tengo memoria para esas cosas.

—¿Y qué clase de ladrón ciego serías? ¿Del que se tropieza en el metro, fingiendo no saber dónde está, y te roba la cartera sin que te enteres, o del que te pide ayuda para que le cruces el paso de cebra y es entonces cuando hace una seña a un compañero para que, cruzándose contigo, la haga desaparecer?

—Yo no considero esa taxonomía de ladrones ciegos. Los que nombras, son solo aficionados; trabajan a tiempo parcial, normalmente comisionados por videntes. Gente con familia a la que mantener y sin ambiciones. No, no sería de esos. En mi opinión, hay fundamentalmente dos clases de ladrones ciegos.

»Están los que se deleitan en la oscuridad. Pasean sus días y sus noches por los laberintos del alcantarillado, por las galerías amplias del metro, por los estrechos callejones en sombra. Allí se deleitan en sentir unos pasos asustados, la vacilación ante la luna callada, el jadeo nervioso de quien sabe que no se pueden visitar las tinieblas sin pagar un precio. Yo no tengo paciencia para ser de esos.

»Por otro lado, los que viven al sol. Los que no tienen miedo de ser vistos. Por la mañana vienen del oriente, y por las tardes llegan en dirección contraria. No dudan en acompañarse de un espectáculo de luces e incluso de músicas estridentes que confundan a su público. Es difícil reconocer su rostro, aunque muchos han descrito un obeso perfil eclipsando una corona de luz brillante. Son crueles. Devuelven a la humanidad el ruido que la humanidad produjo. Cada atraco les duele más a ellos que a su víctima. No necesitan el dinero; pero, ya que sería inmoral desprenderse de él en caridades hipócritas, han de consumirlo en una bacanal, extáticos de goces carnales, alcohol y música, lamentando que esos focos hipnóticos que llevan como anzuelo de incautos sean incapaces de sumergirlos a ellos mismos en trance. De vez en cuando, una de sus víctimas se arranca los ojos y los sigue.»

—¿Preferirías pertenecer, entonces, a esta segunda especia de ladrones?

—Me gustaría. Aunque hay un tercer grupo. Esos que no cantan ni escriben, pero se encargan de que otros canten y escriban por ellos. Que no tienen memoria, pero conocen secretamente lo que sucedió eras antes de que sus antepasados llegaran al mundo, pues lo han visto en sus ensueños. Aquellos que roban las voces de las comadres, de los historiadores, de los filósofos, y las hacen pasar por la suya. Quizá preferiría ser uno de estos. Lo seré algún día, si tengo suficiente talento.

lunes, 20 de abril de 2020

Relato del martes: Despertar de la sangre

Escribí este texto para la convocatoria de la antología Insomnes hasta el amanecer convocada conjuntamente por Insomnia Ediciones y Grupo Amanecer. No pasó la criba. A continuación, lo pulí para enviarlo a otra convocatoria en que también encajaba, Orgullo Zombie. Pero tampoco ha pasado la criba. Así que he programado que se publique el 20 de abril de 2020, una semana y un día después del fallo de la última convocatoria a la que fue presentado. Antes de que leáis el texto, vaya por delante mi enhorabuena a los seleccionados en ambas antologías.


El despertar de la sangre

Despierto con dolor en las sienes y un zumbido en mi cabeza; seguiría durmiendo, pero el frío se me clava en los pies, en los brazos, en el pecho. Algo más agudo y sólido me muerde un lateral de la pierna, en la parte alta del muslo. Apoyo mi mano para incorporarme y siento cómo se hunde en la tierra. ¿Dónde estoy? Papeles, hierbas, latas. Tres altas tapias rodean el lugar por sendos lados; por el cuarto, una malla metálica completa el cierre. Esto parece un descampado. ¿Cómo llegué aquí? Vagos, confusos recuerdos de anoche. Recuerdo que no había planeado salir, pero llamó Marta. Que bebí tres o cuatro copas, no más de lo habitual. Salí un poco tambaleante, es cierto... Pero creo que conseguí subir a un taxi. Después, todo se nubla. Palpo los bolsillos del pantalón y no encuentro el móvil ni la cartera. Las llaves sí están: comienzo a comprender el dolor agudo en mi pierna. Me pongo en pie con torpeza. Aunque está oscuro, distingo bien los contornos. Hay como una sutil claridad que envuelve las cosas. Será cosa de la dilatación de las pupilas; dicen que el alcohol la provoca. Hallo, tirado en el suelo, mi abrigo. Me lo pongo. Está sucio, tiene una mancha de color oscuro en su cuello. Palpo el de mi camisa. Siento una costra rígida en él. Pienso qué hacer a continuación. Debería ir a comisaría, denunciar el robo de la documentación, el móvil, las tarjetas. Pero... ¿dónde habrá una comisaría? Quizá sea mejor ir a casa. Ir a casa y dormir.

No reconozco esta calle, pero decido caminar cuesta abajo. Quizá así encuentre el río. Tomo tres o cuatro calles, dando giros sinuosos siempre cuesta abajo y, si bien no encuentro el río, llego finalmente a una ancha avenida que reconozco como el paseo de Extremadura. Desde aquí tendría que ser capaz de alcanzar mi barrio. Cruzo el paseo y sigo una línea más o menos recta hasta que empiezo a reconocer algunos edificios, allá en la distancia, que me ayudan a orientarme. El tramo más duro son los quinientos metros que separan el parque de Aluche de mi piso: según me acerco, parece que van abandonándome las fuerzas.

Llego a casa. Tengo una sed tremenda y siento un hambre terrible, pero lo primero es lo primero. Busco en el ordenador el teléfono del banco para cancelar las tarjetas. Apunto el número. Lleno un vaso y, mientras bebo buchecitos de agua, pregunto si ha habido algún movimiento. Me dicen que sí. ¿De cuánto? Varios cientos de euros, el límite diario. Mientras llamo al segundo banco a cancelar las otras tarjetas, abro alarmado la banca online en el ordenador y cambio mi clave, que —«por motivos de seguridad»— el año pasado fue reducida por el banco a un corto pin de cuatro dígitos fácil de obtener si, como sospecho, alguien me ha drogado. Pero, cuando voy a pulsar el botón «continuar», me dicen que debo aceptar la operación desde mi móvil. El móvil. He olvidado bloquearlo. Marco el número de la compañía telefónica y solicito que bloqueen mi móvil. No les basta con pedir mi DNI: exigen también el IMEI del teléfono y otros datos de la tarjeta SIM. Afortunadamente, guardo todos esos datos en el ordenador, lo que me evita un andar buscando cajas de cartón por toda la casa. Finalmente, hago una última llamada al banco y solicito que bloqueen mi acceso a la banca online, ya que me han robado las contraseñas y el móvil.

Asalto la nevera. Está casi vacía, como de costumbre. No me apetece nada cocinar, pero me ha obliga a ello mi manía de evitar embutidos y aperitivos para mantener las tentaciones a raya. Casco cuatro huevos sobre la sartén. Mientras se hacen, bebo varios vasos de agua, acompañando el primero de un paracetamol, y me como tres mandarinas. Después de los huevos sigo con hambre. En el congelador tengo unas rodajas de salmón. Las devoro sin apenas descongelarlas, y después recuerdo la existencia, en un estante sobre el del desayuno, de unos botes de paté que compré antes de que mis prejuicios expulsaran los embutidos de casa. Los engullo a cucharadas. No me siento saciado aún, pero no me atrevo a comer más. Finalmente, me acuesto.

Me despierta el pitido del detector de humo. Me dejé la sartén al fuego; ya sabía yo que en mi estado no era buena idea cocinar. Apago el fuego; la sartén está para tirarla, pero, fuera de ello, no hay más daños. Una tenue luz se va filtrando por detrás de los estores opacos. Debe de ser de día. Convendría que fuera a comisaría a hacer la denuncia, así que me ducho, dejando que el agua se lleve un poco de mi resaca.

Cuando salgo de la ducha, siento la arcada en el vientre. Abro la tapa del inodoro y vomito. Arrojo toda la recena y, después, el estómago sigue contrayéndose en espasmos improductivos mientras mis ojos lagrimean. Me lavo la cara con agua fría y después lavo y enjuago concienzudamente mis dientes. Los noto un poco extraños. Ese incisivo en segunda fila... diría yo que era el más alto de todos. Pero ahora los caninos parecen ser ligeramente más largos.

Me peino y me visto. Meto mi ropa de anoche en la lavadora. La mancha parece... ¿sangre? No sé; por si acaso, lavaré en frío con quitamanchas. Entonces, recuerdo la mancha del abrigo. Con una toallita, la elimino antes de salir de casa. No es cosa de presentarse en comisaría con una mancha de sangre.

Sé donde está la policía porque un par de años atrás tuve que hacer ese largo camino para renovar mi pasaporte. Tengo que llegar a General Ricardos, cruzar la calle y hacer otro tanto de la distancia, hasta llegar a la pared opuesta de la gigantesca finca de Vista Alegre. Y no estoy para paseos.

En comisaría, el policía muestra una actitud francamente hostil. Su voz es dura, como si no creyera que me han robado. Como si pensara que voy simplemente para ahorrarme la multa de la pérdida del carnet.

—Al llamar para cancelar las tarjetas me dijeron que había cargos importantes. No sé, puede que me drogaran para que les diera el PIN.

—¿Fue a un hospital para que le hicieran un análisis de tóxicos?

—No… No se me ocurrió. Solo quería volver a casa. Además, no soy de la seguridad social, así que no sé qué centro de urgencias me corresponde. Todas esas cosas las llevo en el móvil, y también me lo robaron, ¿recuerda?

Con gesto cansino, me alarga el escrito de la denuncia.

—Bueno, firme aquí. Pero recuerde que una denuncia falsa es un delito.

—Oiga, ¿no será usted de Muface o Isfas? Es porque me diga qué hospital me corresponde...

—Ande, camine. Más le vale dormirla.

Cuando salgo de comisaría el sol está muy alto. Me molesta intensamente en los ojos. Quisiera entrar a un todo a cien para conseguir unas gafas de sol, pero recuerdo que no llevo un duro. Tendré que acercarme al banco. Pero primero, al hospital.

Paso por casa para buscar en el ordenador qué centro de urgencias me corresponde. Al lado de la dirección, un teléfono de cita previa. Nunca antes había visto que hubiera que pedir cita previa para urgencias, pero llamo, por si acaso. Así me dirán si ahí me pueden hacer la prueba.

—¿Oiga? Miren, me pasó una cosa rara anoche y... en la policía me han dicho que debería hacerme una prueba de tóxicos. ¿La hacen ahí?

Después de cuatro o cinco llamadas consigo una dirección. Está lejos, muy lejos. Y hace demasiado sol para ser diciembre. Cojo mis gafas de sol y un sombrero. Al salir a la calle me pongo también —de manera instintiva— los guantes, aunque no haga demasiado frío. Decido dirigir mis pasos primero al banco, pues, aunque está a tres kilómetros de casa, me pilla de camino al hospital. Es posible que ahí pueda obtener dinero para un taxi.

Tengo que bajar hasta el río, cruzar el puente de Toledo y después subir por la calle Acacias. Es un paseo estupendo si no se tiene mejor cosa que hacer y se cuenta con volver en autobús o metro. Pero sin un euro en el bolsillo ni tarjeta de transportes, la longitud del paseo se hace terrible. Además, hay tanto ruido... General Ricardos está lleno de gente; todos parecen hablar a la vez. De vez en cuando captas una o dos conversaciones estúpidas. ¿De verdad no podrían callarse con quién estuvieron anoche y qué hicieron en la cama? Y sigo con un hambre terrible, pero no me atrevo a comer nada porque el estómago me sigue doliendo y porque, al fin y al cabo, no tengo con qué pagar. Por fin llego a la oficina del banco y me planteo que, estando tan lejos, debería cambiar de entidad. Claro que estaba mucho más cerca antes de la crisis, cuando compré la casa, y estoy amarrado por una hipoteca cuyas condiciones no podrían mejorarse hoy.

—Me han robado la documentación y las tarjetas. He cancelado las tarjetas y la banca online. Tiene aquí la denuncia. Quisiera saber si puedo sacar dinero con mi firma.

—Lo siento, su cuenta está vacía. Hicieron una transferencia esta mañana.

—Pero, ¡si cancelé la banca online anoche!

—Fue desde la oficina diecisiete. A primera hora de la mañana.

—Y ¿cómo se identificaron?

—Con el carnet, supongo.

—¿Dónde está la comisaría más próxima?

Afortunadamente, la oficina bancaria está cerca de la comisaría de Embajadores. Solo hay que enfilar por el final de Ribera de Curtidores hasta la calle Embajadores y caminar un par de manzanas. Me acerco allí para ampliar la denuncia. Con una sonrisa, me dicen que no puedo ampliarla en esa comisaría, que tengo que ir a la original. Les digo que estoy sin dinero a causa del robo de mis tarjetas, y que solo puedo moverme a pie. El oficial se encoge de hombros, con cara de «¿a mí qué me importa?». Decido no seguir luchando. Continúo mi camino hacia el hospital, una larga cuesta arriba de otros dos kilómetros por la ronda de Atocha hacia Alfonso XII, donde me meteré al Retiro para atajar.

El tramo junto al Reina Sofía vuelve a ser molesto. ¿Por qué tanta gente? ¿Qué hay en este lugar que tanto les atraiga? ¿De verdad son capaces de distinguir el Guernica de una burda imitación? Y todos hablando a la vez. Las terrazas llenas, la gente desayunando en esos bares casposos donde se pagan los refrescos a precio de cubata. Un bloody Mary. Eso es lo que debería tomarme, sí. Pero no llevo un clavel. Joder cuánto ruido. Y qué descarados, diciendo en voz alta que le van a robar al guiri rubio. Ojalá sepa español, mira.

—Eh, tú. Si le vas a robar, hazlo. Pero deja de hablar sobre ello, cabronazo.

El chaval sale corriendo, diciendo algo que no comprendo. Antes de desaparecer a lo lejos, se detiene un momento para santiguarse.

Cruzo la calle Atocha y el Prado para enfilar Moyano. Joder, y yo sin un duro para comprar libros. A pesar de ello, no puedo evitar pararme en la caseta del señor Ríus para  ver si hay algo que merezca la pena comprar. Aspiro el olor del papel antiguo como un elixir que me da fuerzas para seguir mi camino. En el parque, noto algo curioso. La mayor parte de la gente tiene la piel extremadamente sonrosada, con un brillo rojizo. No me había dado cuenta hasta ahora porque soy daltónico, por lo que solo percibo tenuemente el rojo en condiciones de mucha luz. Es normal que vea colorearse las mejillas de las muchachas que corren y de la gente que hace taichí, pero también veo brillos rosados en un abuelito que pasea al perro. Dos corredores pasan muy cerca de mi; están subiendo la cuesta a toda velocidad, tanta, que mis oídos imaginan sus pulsaciones de su corazón como un tamborileo. Qué extraños efectos causa la resaca. Junto al Ángel caído veo una persona solitaria con gafas de sol cuya piel —los escasos centímetros que no van cubiertos— parece pálida como la mía. Aunque los cristales oscuros tapan sus ojos, da la impresión de que me está mirando.

En el estanque, el gentío vuelve a ser tan insoportable como en la glorieta de Atocha. Todos gritan en un babel de voces que se hace insoportable. He de retirarme hacia los caminos más escondidos y menos transitados para buscar un poco de silencio. Me siento un momento en un banco. El hombre de las gafas se acerca a mí. Se ve que me ha seguido. Bajo la sombra de los castaños se quita el sombrero y las gafas de sol para acercarse, de modo que compruebo que, efectivamente, su piel carece del brillo rojizo que he percibido en casi toda la gente. Resulta extraño, porque bajo ese abrigo grueso, con la bufanda al cuello y las manos cubiertas de guantes, debería estar sudando como un pollo. Entonces me doy cuenta de que ahora yo tampoco sudo. Hace un rato que he dejado de sudar.

—Disculpe, ¿nos conocemos? —digo, con un tono que pretende afearle su conducta y mostrarle que deseo estar solo.

—Creo que lo he confundido con otra persona —responde. Se gira y desaparece entre los senderos del parque.

Por fin llego a la puerta de O'Donnell. Desde la Puerta del Ángel Caído hasta aquí habré hecho kilómetro y medio; me quedará otro tanto, más o menos, hasta el hospital. Pero ya será por Príncipe de Vergara, una calle en línea recta y casi llana. Y si vuelve a molestarme el ruido de la gente, puedo meterme a una de las calles laterales, pues este barrio tiene un trazado ortogonal perfecto.

No tardo demasiado en llegar al hospital, una de esas clínicas centenarias ubicadas en la esquina de Juan Bravo con Príncipe de Vergara. En recepción, le explico a la enfermera que no tengo tarjeta sanitaria ni móvil, porque me los han robado. Ella acepta a regañadientes darme un turno. Me dirijo a la sala de espera, que está llena de gente.

Observo a la gente que espera a mi alrededor. Unas cuantas lesiones traumáticas; un niño con fiebre —es curioso: él no se ve pálido ni sonrosado, sino de un color malsano que no sabría nombrar—; un hombre que tapa su dedo —sin duda se ha cortado; se huele la sangre desde aquí—; un anciano al que más le valdría no haber venido, pues, a juzgar por su cara, no tiene ya remedio.

Van entrando uno tras otro, se marchan y nuevos pacientes van llegando y entran a consulta antes que yo. Tendrán problemas más graves que el mío. Supongo que el triaje me habrá colocado como última prioridad; al fin y al cabo, no voy a morir porque no me hagan la maldita prueba. Aunque es cierto que me está entrando curiosidad por saber el resultado. Pero al fin me canso de esperar y me dirijo a la ventanilla.

—Oiga, no me han llamado aún. ¿Se han olvidado de mí?

—¿Qué número era usted?

—El M153.

—Pues en el ordenador dice que le hemos mandado un SMS hace una hora y no ha ido a la consulta.

—Es que no tengo móvil, ¿sabe? Me lo han robado.

—Le daremos un nuevo número.

Otro buen rato en la sala de espera. Ni siquiera ahí se calla la gente. Niña, ¿no te podías callar el detalle de que temes que tu novio te haya dejado embarazada? Ya se lo contarás a tu amiga después. Aunque claro que tampoco está bien que ella diga que se lo ha montado con tu novio a tus espaldas. Vamos, que no es este el lugar para hacer una escenita. A deciros mierda, a la calle.

Llaman por fin a mi número. La enfermera es una chica joven y —no sé cómo—sé en ese momento que es la primera vez que tiene que buscar una vena. Está casi más nerviosa que yo. Cuando por fin acierta, no sale apenas sangre.

—¿Puede ser porque estoy deshidratado?

Ella lo niega y dice que tendrá que volver a pincharme. Acepto, resignado. Por fin llena los dos tubos de ensayo que necesita. Después me da un bote para una prueba de orina.

—Tendrían que habérselo dado antes, ¿sabe? Para que lo llenase en la sala de espera. Y... sabe que la prueba tenía que hacerla en ayunas, ¿verdad? ¿Ha comido usted?

—Comí a las seis de la madrugada. Pero lo vomité todo. Si quiere que llene esto, tendré que beber agua.

—Tiene vasos de plástico en los baños.

Voy al baño, cojo un vasito de plástico y lo lleno con el agua amarillenta que sale de los grifos. Después me meto en uno de los cubículos del retrete para ocuparme del bote de orina. Aguardo a que salga el siguiente paciente del despacho de la enfermera para dárselo. Afortunadamente, ella me ha dado también la pegatina correspondiente, porque en caso contrario seguro que habría olvidado ya el código del resto de mis muestras. Me despido y salgo del hospital, mareado por el hambre y la espera, confundido por el laberinto de pasillos y escaleras.

Descubro que ya está atardeciendo. Me quito las gafas de sol. Está refrescando, así que me dejaré puesto el sombrero.

Joder, qué día. No sé si es el hambre, la caminata, la larga espera o el hecho de que me  haya tocado una enfermera novata, pero estoy poseído por un odio horrible. No sé qué más podría ocurrirme ya.

Emprendo el camino de vuelta, despacio, pensando en cómo hubiera subido mi estadística de pasos en el móvil si no me lo hubieran robado. La avenida es larga, y pensar que me quedan ocho kilómetros de calles oscuras por recorrer me pone más nervioso aún.

Oigo un tenue zumbido a mi espalda. Un chico con un patinete pasa a mi lado, a toda velocidad, sin luces, sin mirar. Podría haberme atropellado. Eso hubiera sido el colmo. Menos mal que he tenido buenos reflejos. Al pasar, lo he agarrado del cuello. Para darle un mordisco.

martes, 14 de abril de 2020

Relato del martes: Ante la pantalla

Leopoldo adolecía, sin embargo, de un defecto: no le gustaba escribir.
—Augusto Monterroso

De nuevo sentado ante la pantalla, Pedro quería escribir.

Recordó aquel momento, hace ya más de diez años, en que compró un ordenador para mejorar la redacción de sus escritos, hasta entonces plagados de tachones (ya lo dice Lope:"Ríete tú de poeta que no borra”). La máquina hizo su servicio, pero ofrecía múltiples posibilidades de distracción ajenas al uso del bic o la olivetti.

En primer lugar, la tipografía. Hasta entonces, había escritos sus textos sin ninguna floritura, aparte las dos rayas que solía trazar bajo el título. Pero ahora, para éste, dudaba si sería más conveniente usar las VERSALES, la versalita o la negrilla. ¿Y qué me dicen del cuerpo del texto? Dejando aparte la elección (no del todo intrascendente) del sangrado, el espaciado entre párrafos o la justificación (cuya existencia tardó más de un mes en descubrir), quedaba la cuestión de decidir si la redonda camparía por sus respetos en la selva alfabética o, por el contrario, se vería invadida (invadida —se dijo—: esa es exactamente la palabra) por eventuales incursiones de la bastardilla, ya sea como marca de los tecnicismos (pues su género favorito era la anticipación) o revelando los pensamientos íntimos de los personajes.

Pero, ¡ay!, si hubieran quedado allí sus distracciones... Igual que aquel personaje de Monterroso, encontraba mil asuntos que descentraban su atención. Por ejemplo, la búsqueda de sinónimos. El diccionario electrónico permitía un millar de pesquisas y un millón de averiguaciones. Un registro sistemático hallaba términos insospechados; y si fatigaba el enorme volumen (virtual, se sobreentiende), descubría en aquel tesoro palabras que nunca habrían acudido a su mente.

Y aún peor: los escasos (pero evidentes) fallos del corrector ortográfico podían enmendarse utilizando un programa diseñado específicamente para ello, lo que convertía la búsqueda de tales errores (evidentes cuando proponía palabras extrañas como eció) en una obligación, un alto deber moral.

Por otra parte, la posibilidad de utilizar varias aplicaciones a la vez (que no vino de inmediato, sino según fue actualizando sus medios) contribuyó a aumentar las distracciones. No estaba mal que mantuviera una lista de personajes en una base de datos, para no perderse. Ni que, en una hoja de cálculo, mantuviera un pequeño esquema de los capítulos y las relaciones entre los mismos, incluyendo el controlado desorden en que debían quedar en la versión final, y unas cuantas posibilidades alternativas. No, no estaba mal, a pesar de que al final esos dos esqueletos no se materializaran en un texto. Pero, ¿para qué necesitaba ese buscaminas que estaba abierto continuamente —y continuamente en primer plano? ¿No era absolutamente inútil buscar la inspiración en la baraja francesa, o entre las filas de los defensores de la Tierra?

Cuando decidió conectarse a las redes telemáticas, el problema se agudizó; y eso que era difícil empeorar la situación; pues para entonces ya contaba con un equipo modernísimo equipado con los juegos más adictivos.

Se agravó el problema, decimos, porque, a pesar de que no se desvió del propósito inicial (comunicarse con otros escritores aficionados; publicar, ocasionalmente, alguna obra —publicar, sí: ¿acaso Vario, al publicar la Eneida de Virgilio, había utilizado en algún momento la imprenta?—; recibir aliento y, principalmente, criticar benévolamente la obra de sus compañeros de fatigas); a pesar, decimos, de su rectitud en el cumplimiento de su Deber de escritor, perdía el tiempo leyendo horas y horas los comentarios literarios del resto de contertulios.

¡Y qué maravillosas eran algunas! «Esto hay que pulirlo un poco», decía uno, «pero, entretanto, he concebido un argumento magnífico, fabuloso, del que ofreceré mañana el argumento y los cinco primeros párrafos. He de añadir que observo en el trabajo de Aqueronte una tacha insufrible: carece absolutamente de referencias al uso de la telefonía móvil en el mundo del porvenir.»

Así y todo, podría haberle quedado tiempo para escribir.

En un momento dado, encontró en un contenedor (pues era de esos escritores que pasean mirando al suelo, y son más dados al hallazgo de objetos que a la invención de personajes) un aparato antiquísimo. Obsoleto, sin duda. ¡Qué maravilla! Seguro que carecería de cualquier programa capacitado para distraerle.

Así fue. En su diminuto disco duro albergaba un anticuado procesador de textos, que manejaba un formato que podía ser reconocido por aquel otro que había utilizado hasta entonces. El resto del software era completamente incompatible. Nada de juegos, ni de internet; ni siquiera nada de calculadoras o gestores de datos. Estupendo.

Por aquel entonces aumentó su producción casera de documentos para el trabajo —pues de escribir, como bien se sabe, casi nadie vive—. Fichas técnicas, esquemas, resúmenes, formularios. Y, claro, vio que la velocidad obtenida por la falta de distracciones se veía lesionada por el esfuerzo que suponía crear textos sin apenas formato.

Y entonces descubrió, en su oficina, otro computador absolutamente idéntico a aquel que había rescatado de las garras del triturador. ¡Era maravilloso! ¡Podría imprimir, directamente en su trabajo, con aquel obsoleto artilugio! ¡Podría utilizar, incluso, los mismos tipos, la misma maqueta!

Aquel ordenador estaba —a pesar de su ancianidad— conectado a la red, y vio en él las direcciones de dos o tres lugares en que se podía obtener software gratuito con que mejorar las conversiones. A éste siguieron, de nuevo, los juegos.

Y ahí tienes ahora a Pedro, de nuevo frente a la pantalla. Parece ser que quiere escribir

(Rescatado de un documento Wordpefect/Mac, de fecha original 7/2/2002)


He decidido buscar entre cuentos antiguos por si encontraba las maravillosamente optimistas descripciones de los paisajes madrileños que escribía en mi juventud y he encontrado este relato. Lo escribí en una época en que había comenzado a usar un viejo Macintosh de principios de los años 90, conseguido en una oficina desalojada, para escribir. Durante un tiempo, como dice el relato anterior, me sirvió para ser mucho más productivo, aun con la contrapartida de necesitar WordPerfect 8 para leer los documentos escritos con Word para Macintosh, pues Word 97, que es lo que había en mi trabajo de entonces, no los leía. El problema es que, como dice también el relato anterior, en aquella época todavía funcionaba una página descarga de productos para Macintosh que permitía, incluso, descargar las versiones oficiales de MacOs 6 y MacOs 7, y todos sus driver, con lo que pude dedicar las horas muertas a insertar nuevos discos duros en este aparato, conectarle un lector de CD-ROM... en fin, que yo era a ese ordenador lo que el chaval del R5 (una de las primeras leyendas urbanas de esa red social hispana que es forocoches) a su automóvil.

Añoro aquel ordenador, aquel Mac en que yo ejecutaba emuladores de linux para poder jugar a juegos de consola, aquel Mac que me tuvo años intentando hacer una red coaxial appletalk entre él y un 486 que ejecutaba Slackware (probablemente, el problema estaba en ambas tarjetas de red). Ahora duerme el sueño de los justos en mi trastero. Alguna vez lo he encendido allí y ha funcionado, pero, desde que lo traje de casa de mis padres, no he conseguido nunca que se encienda en mi piso, solo en el trastero. Algún componente eléctrico está mal en mi casa, o estaba mal en la de mis padres y el trastero, y el delicado transformador del mac se resentía de ello.

jueves, 9 de abril de 2020

Pennac: El hada carabina

PENNAC, Daniel: El hada carabina. Barcelona, Mondadori, 2000. 277 págs., 23cm
Precio:
11.42 euros (precio entre 2000 y 2012)
ISBN:
84-397-0458-5
Descriptores:
Novela Negra - Humor - Literatura Francesa - Interculturalidad.

Compré en 2012 El hada carabina, que ya era entonces un libro viejo —veo que el ejemplar fue editado en el 2000—, con la intención de hacer un regalo de cumpleaños. Todavía recuerdo mi recorrido arriba y abajo de los estrechos pasillos de La Central de Callao, que me llevó a una estantería sobre la se había destacado este libro. Vi que su autor era Pennac, del que había leído Como una novela y El dictador y la hamaca, así que, por una vez, fue decisión fácil. El cumpleaños se pospuso; guardé el libro para otra ocasión en que pudiera regalárselo a la misma persona y, al final, estas navidades lo encontré en casa de mis padres y decidí sacarlo de la bolsa de plástico en que había permanecido ocho años. Pero como en las fechas navideñas es fácil juntarse con dos o tres libros atrasados más unos cuantos regalados por la familia, no pasé del primer capítulo.

Lo traje de casa de mis padres a la mía, pero acá también tenía libros empezados, así que lo eché a la estantería (error: debería haberlo puesto en "la pila") y allá volvió a dormir el sueño de los justos hasta que se me ocurrió hacer un muro de libros, ocasión que me permitió reencontrar varias obras que había comprado compulsivamente y seguía sin haber leído. Y aunque por entonces tenía empezado Los lanzallamas de Roberto Arlt, decidí que una pandemia era una buena razón para abandonar un libro pesimista y deprimente y lanzarse a la lectura de algo optimista o, al menos, alegre.

Pues esa es una de las principales características de esta novela. Nos muestra a unos personajes de mierda que viven una vida de mierda en un barrio de mierda, perseguidos por unos policías no menos corruptos y sinvergüenzas que los propios protagonistas. Y, sin embargo, todos ellos (trileros, buscavidas, mendigos, policías) son extrañamente felices.

La otra característica es el deslumbrante uso del lenguaje que hace Pennac. Obviamente, lo tenemos que intuir a través de la virtuosista traducción de Manuel Serrat Presto, en que podemos calcular el tour de force que ha debido de ser traducir este tour de force en el uso del lenguaje, que salta del argot al vocablo pedantesco, que maneja decenas de referencias a la historia francesa de los sesenta, pero también a la de la Gran Guerra y ambas posguerras, que introduce con genialidad el neologismo a la vez que recupera términos tradicionales.

El argumento es tan complicado (y tan divertido!) como el lenguaje usado. En el barrio de Bellvue, crisol cultural de la región parisina, un policía de la secreta muere asesinado mientras investiga los homicidios de viudas. A la vez, una periodista está indagando qué intereses puede haber tras la excesiva medicación que mantiene drogados a los ancianos del barrio. Todos estos crímenes (y alguno más) serán resueltos en un hábil juego de manos.

Tras la obra laten varios temas. El fin último, nos reconoce su autor, es acabar con los estereotipos. Así, se ponen en evidencia mediante un fino humor los prejuicios contra los diversos "otros": el descendiente de inmigrantes, el anciano, el niño. Planean también en el fondo los temas de la descolonización, la memoria amarga de las diversas traiciones que Francia arrojó sucesivamente sobre la generación nacida hacia 1900, pero con ellas el glorioso recuerdo del papel de nación de asilo que el país transpirenaico jugó después de la segunda guerra mundial.

El resultado de todo ello es una novela que se lee de un tirón y que podría salvaros de la tristeza en una época como la actual.