domingo, 17 de diciembre de 2006

Maldición bíblica.

«El trabajo os hace libres», decían los nazis, y algo parecido es dogma de fe entre los capitalistas, según los cuales el trabajo (y no el sucio dinero) contribuye a la realización de las personas. Pero hay quienes, como Galbraith, insinúan que es una falacia predicar la dignidad del trabajo cuando aquellos con trabajos más cómodos son quienes la exaltan. Los hebreos lo tenían más claro: «te mantendrás con el sudor de tu frente».
Cuando cursaba primero de carrera, uno de mis profesores, quizá con ánimo de epatar, insinuaba, de vez en cuando, que la búsqueda del pleno empleo era uno de los grandes fiascos del comunismo: «Lo que hay que buscar es que nadie trabaje». Y medios, la verdad, parece que los hay: Esos grandes hombres de negocios a quienes he mencionado perifrásticamente en el primer párrafo suelen decir, cuando se encarnan en economistas, que la sociedad actual va abandonando las labores «musculares» y centrándose el "trabajo cerebral" (que los romanos llamaban "ocio"), representado por las empresas de servicios. Algunos servicios, convendría decirles, son también «musculares», como el ídem doméstico, pero eso no viene al caso. La gran tacha de su argumentación es que, a continuación, se quejan de los salarios poco competitivos y el encarecimiento de la mano (sí, he dicho bien, mano, no cerebro) de obra.
¿Por qué no sustituirla por máquinas?, entonces.

Un (neo) ludita nos diría que las máquinas generan paro. Cierto. También llevarse las empresas a otras tierras, alegando la baratura de la mano de obra ajena. Las máquinas... ¿no son sólo para reemplazar el trabajo manual? Imposible convencerles. La maldición bíblica viene muy bien explicar la diferencia económica. ¿Qué inventaremos cuando consigamos desterrarla?

1 comentario:

Edryas dijo...

Yo, desde luego, nunca me creí eso de que el trabajo dignifica a la persona. Al menos no algunos trabajos.
Está clar que el ser humano no está hehco para trabajar y la prueba es que... ¡se cansa!