martes, 21 de julio de 2020

El cuento del martes: ¿Fosco?

Cuando yo era pequeño, había muy pocos géneros. Borges era fantástico, como lo era El señor de los anillos, aunque no hubiera relación entre ambos. Ahora, merced a la necesidad de compartimentar los gustos de los lectores, cada género popular se multiplica en decenas de subgéneros. 

Gracias a una convocatoria he descubierto que existe el género fosco. Ellos lo definen como "ambiente y elementos del género de terror sin terror". Parece que se refieren a una ambientación gótica (aunque esa ambientación tampoco requiere terror: véanse Batman o El Cuervo). Pero no me queda claro. Así que aquí va un intento.




La noche había caído hacía un par de horas. Los focos en la estatua del Santo creaban una extraña sombra en la ermita, bajo la cual nos refugiábamos de miradas indiscretas. Sentados en los huecos que a tientas habíamos detectado entre cardos, espinos, piedras afiladas y bostas de vaca removíamos el caldero en que habíamos vertido la vieja receta de vino barato, limonada y azúcar heredada de nuestros hermanos mayores. A falta de melocotón, el viento se había encargado de espolvorear mosquitos que aderezasen aquel mejunje que consumíamos con fruición insana.

En la penumbra de aquel yermo, algunas manos cobraban vida propia. Los ojos se dejaban llevar por las alucinaciones y los oídos, atentos a los extraños sonidos que las aves nocturnas y las ratas producen en su juego de vida y muerte, estaban prestos a escuchar una buena historia.

Ya nos habían contado las andanzas del Profeta al otro lado del océano; ya habíamos sabido de los viajes de los Druidas en su afán recolector de misteriosas hierbas que hacían soñar extraños sueños; no tenía a mano el Bardo su guitarra para recordarnos su viejo repertorio. El hastío, ese terrible fantasma del que nacen el horror del esplín y el demonio de la travesura, estaba comenzando a hacer mella en nosotros. Fue por eso por lo que, recordando tiempos mejores, propuse contar una historia de miedo.

—Recordáis mi colegio, ¿verdad? Allá, junto a los muros de adobe horadados por las balas de los fusilamientos, se alza un edificio neomudéjar con dos altas torres. Para entrar al edificio desde el patio hay que subir una escalinata en cuya cima se apostan los profesores a vigilar alumnos díscolos. Pues un profundo semisótano se extiende bajo la escuela. Allí el oscuro pasillo por el que se accede al comedor y al gimnasio, salpicado de anacrónicos objetos —un podio que nunca se ha empleado, sillas desvencijadas, objetos de laboratorio...— y recorrido por las tuberías de la calefacción. El olor a desinfectante se mezcla con el tufillo del repollo y las judías verdes, que el hambre hace apetecibles. Mientras esperamos, alguien habla sobre el fantasma de la enfermera que murió allí durante la guerra, cuando aquello era un hospital.

»Ortiz y Manada ríen, pero entonces Navarro propone hurtar un vaso del comedor y llevarlo a la capilla. Allí, donde nadie nos buscará, podremos preparar nuestra ouija. Saben que yo siempre llevo un bolígrafo encima, y cuentan con él para dibujar el alfabeto sobre la tarima.

La sesión se programa para comenzar inmediatamente después del postre. Cuando llegamos a la capilla, Ortiz saca de su jersey el vaso de la comida; yo hago entrega del bolígrafo a Navarro, pero ella me pide que dibuje yo el alfabeto. Me niego; tengo mala letra; los otros tres insisten. Acepto a regañadientes. Pero mi mano, de alguna manera, se niega a obedecer la intención y las letras acaban formando extraños y laberínticos caminos que se entrecruzan. Algunos caracteres se repiten. Otros son vecinos de símbolos nunca vistos ni pronunciados por boca humana. Estoy como en trance. Pero mis amigos parecen contentos con el resultado. Colocan el vaso. Posamos los dedos encima. El cristal comienza a vibrar y se dirige rápidamente hasta un símbolo con forma espiral. Al principio creo que es una broma de Ortiz, pero entonces el vaso empuja hacia arriba nuestros dedos. Hay que desembocar. Ninguno tiene muy claro cómo hacerlo. Manada, venciendo su habitual timidez, se ofrece a tapar el vaso, llevarlo al lavabo y vaciarlo allá de lo que sea que esté dentro. Pero entonces vemos la pila de agua bendita en la puerta de la capilla. Ninguno de nosotros se pregunta qué hace llena de agua, diez años después de que el último cura dejase el colegio. Manada cubre con su manaza el vaso hasta llegar a la pileta; entonces, hunde el vaso en el agua bendita, retira su mano y lo inclina para que entre el agua bendita dentro. El vaso comienza a vibrar. Manada sale corriendo, a tiempo de evitar el estallido del vaso. Afortunadamente, a esa hora los profesores están vigilando el patio y el conserje echando una mano con la limpieza, así que nadie ha oído el estruendo. Usamos las cortinas para recoger los cristales sin cortarnos y los escondemos en una bola de folios, para tirarlos en las papeleras del baño. Pero nos olvidamos de tapar el alfabeto de la tarima. Menos mal que nadie entraba en aquella capilla, que al año siguiente fue reformada para construir un salón de actos.

Alrededor del caldero, el aquelarre discutió las bondades de aquella historia. A la Guerrera le parecía una patraña; el Profeta consideraba que la tensión producida por el hecho sobrenatural se diluía ante las consideraciones de tipo disciplinario. La Viajera propuso contar otra historia diferente, pero el frío de la noche estaba calando ya nuestros huesos y el brebaje se estaba terminando. Así que recogimos los vasos, la botella vacía y los cartones de vino y descendimos tambaleantes el sendero, discutiendo si refugiarnos en la Última Taberna o huir prudentemente hacia nuestros catres. 

jueves, 9 de julio de 2020

Pixma TR4500 vs MX535

En ejecución de la garantía extendida de mi vieja Canon MX535 he recibido una Pixma TR4500. Creo que hoy es el primer día que he intentado imprimir con ella algo más largo que un par de páginas, así que aprovecharé la ocasión para hacer una pequeña comparativa.

Sistemas operativos soportados:
Uno de los grandes problemas que supuso la sustitución de mi vieja impresora es que yo todavía realizo algunas tareas en un viejo ordenador con windows XP aislado de la red. Esta impresora ya no acepta windows XP ni Vista. Sin embargo, acepta Linux, aunque no he comprobado que efectivamente funcione. Otras impresoras anteriores, que supuestamente soportaban linux, nunca las conseguí usar desde ese sistema operativo, ya fuera mediante IP o cable.
Entradas:
La impresora acepta conexión USB a un ordenador y también conexión WiFi. Aparentemente, no pueden coexistir ambas (algo que ya me ha sucedido en otras impresoras). La conexión WiFi es más fácil de configurar que en otras impresoras, ya que los datos de conexión se envían por una WiFi punto a punto entre el ordenador y la impresora. Esta WiFi punto a punto también sirve para imprimir desde un móvil sin revelar la contraseña de la red doméstica. En cambio, se echa en falta la conexión para lectura de memorias USB o tarjetas SD. Es cierto que últimamente la lectura de pinchos USB era cada vez más básica y a veces se limitaba a PDF o JPG, pero puede salvarnos la vida si a las siete de la mañana, cuando salimos corriendo al trabajo y recordamos que no hemos impreso un examen, el móvil está sin batería y al ordenador le ha dado por actualizarse.
Velocidad de impresión:
Imprimiendo a doble cara uno de esos PDF que se escanean como imagen, la impresora es terriblemente lenta. 12 páginas en 52 minutos, que viene a ser 0,23 páginas por minuto o 1 página cada 4 minutos y 20 segundos.
Textos posteriores, en modo texto y a dos páginas por hoja, me los ha impreso a una velocidad más aceptable. Como en medio he ido de compras, no sabría decir exactamente la velocidad media. Eso sí, en uno de los trabajos la impresora ha cancelado silenciosamente el trabajo en la página 6 y ha vuelto a comenzarlo desde el principio.
Escaneado:
No se ofrece el escaneado a doble cara manual, pero podemos acceder a una opción parecida si accedemos a la IJ Scan Utility y desde ahí al editor de PDF, donde podemos escanear la primera cara automáticamente y después recolocar las páginas del escaneado de la otra cara. Ese editor de PDF también incorpora la opción de reconocer texto (eso sí, como viene sucediendo con casi todos los OCR desde hace veinte años, se nos priva de la opción de corregir los errores de OCR).
Tinta:
Me ha dado la primera advertencia después de impresas unas 140 páginas (70 folios a doble cara de artículos de la UNED, más unas 20 de dos contratos que imprimí hace varias semanas, más las páginas de alineación, registro en google y configuración de red). Sigue imprimiendo bien 46 páginas (26 x­­ 2 caras) después.

De momento, esto es lo que he podido ver sobre las características de mi impresora. Espero que no se me atasque como se atascaba la otra, porque creo que el sistema de desatasco sigue siendo levantar físicamente la impresora (algo que las personas de más edad o con problemas físicos no pueden hacer, y tampoco aquellos que hayan colocado la impresora dentro de un mueble). Hay que destacar que, como medida de seguridad para evitar atascos, esta impresora utiliza un "casete" de papel, es decir, aunque la bandeja de papel no está cerrada como en una impresora láser, sin embargo hay que operar como en una de ellas, extrayendo la bandeja antes de rellenarla de papel.

sábado, 4 de julio de 2020

Alicia PÉREZ GIL: Ojos verdes

PÉREZ GIL, Alicia: Ojos verdes. Cádiz, Cazador, 2019. 180 págs., 15cm
Precio:
5 euros
ISBN:
978-84-17646-23-3
Descriptores:
Fantasía oscura - Terror en lo cotidiano - Relaciones laborales - Pasiones turbulentas - Personajes LGTBIQA+
Rebeca llevaba una vida feliz hasta que esos desalmados del sindicato la demandaron. Se siente traicionada por sus jefes, que no han querido dar la cara y admitir que ella solo cumplía sus instrucciones. Se descubre insatisfecha con su relación, construida sobre la seguridad y el confort. Y entonces irrumpen en su vida tres brujas que alterarán su vida. Ella no cree en esas cosas. Pero hay algo que la atrae magnéticamente a ese consultorio espiritual.
El prólogo de Itzíar Mínguez Arnáiz presenta esta novelette como una «copla de terror futurista». Yo diría que es una actualización de la Canción de Navidad de Dickens que quita lo que le sobra y añade el principal elemento realista que falta: la pasión sexual, la atracción fatídica que rompe matrimonios. Es cierto que este libro es copla, como Canción de Navidad es villancico. Y si en los cuentos de navidad británicos del XIX eran abundantes los espíritus, la copla pide embrujos que arrastren el corazón y despierten los deseos más oscuros. 
Ojos verdes se construye sobre una tríada, como la novela corta de Dickens y tantas obras de la tradición popular. Pero no es exactamente el presente, el pasado y el futuro lo que se le presenta a la protagonista, sino el yo y el ellos (entiéndase: no un ego/id freudiano, sino más bien una dupla autoestima/«otroestima»). A traves de ello descubrimos que nosotros no construimos el egoísmo adulto a partir de la nada, como hizo Scrooge, sino que poco a poco le vamos dando forma, hasta que se adapta a nuestro cuerpo como un traje a medida.
En ese sentido, la profundización en la protagonista está muy lograda, aunque sea a costa de lanzar por ahí cuatro o cinco personajes terciarios (los del pasado) que son meros tipos, figuras creadas desde el propio prejuicio de Rebeca.
El otro gran acierto es la renuncia al final feliz. Porque la autora sabe que, blancos, negros o grises, preferimos ser nosotros mismos. 

sábado, 20 de junio de 2020

Sábado de cuento: Santiago

A 12 horas del cierre de la antología Terror hispano, me puse a teclear esta historia que llevaba tiempo formándose en mi cabeza. Como no es suficientemente extensa para esa convocatoria, he decidido no presentarla y escribirla en el blog.

Después de este largo período de confinamiento, por fin he podido quedar con algunos alumnos (aquellos que no se han quedado sin dinero) y charlar con ellos cara a cara tomando unos refrescos en el Retiro. Casi todos han perdido gran parte del español que habían logrado aprender, tras meses de hablarlo solo ocasionalmente en las videoclases a las que no siempre conseguían conectarse. Por eso he querido que nos juntásemos y empezásemos a hablar cara a cara.

No sé cómo, Sueli cuenta una leyenda de São Paulo, una escabrosa historia de terror. Y entonces, Ibrahim dice que a él le pasó algo extraño hace unos meses, pero que no sabe si será capaz de contarlo. Le pregunto por qué, y él dice algo en árabe a Omar, que lo traduce diciendo que es una historia complicada. Insisto en que lo intente, cambiando de lengua cuando no sepa cómo expresarlo, y que intentaremos traducirlo al español. Queda conmigo en que, cuando no sepa decir algo, lo dirá en inglés para que yo lo traduzca. Él sabe que muchos de los alumnos no saben inglés, pero que Sueli y yo lo chapurreamos suficientemente bien como para traducirlo a la lengua de Cervantes.

No estoy muy seguro de comprender toda la historia. Hay detalles que seguramente se pierden en la traducción, y ahora al verterla en el papel estoy probablemente añadiendo de mi tintero impresiones y recuerdos varios; Ibrahim habla de una zona que me es muy conocida y es fácil adornar las historias cuando se cuentan de memoria.

· · ·

El confinamiento le pilló a Ibrahim en Logroño. Había ido a visitar a un amigo que se dedicaba a dar clases de inglés. Habiendo sido él mismo profesor de inglés antes de huir de El Cairo, le pareció que su amigo podría presentarle a algún contacto. Pero resultó que habían elegido la peor semana. Los colegios cerraron y los padres eran reticentes a que sus hijos fueran a clases particulares. Así que se encontró en una ciudad desconocida y sin trabajo. Pero su amigo Nuraddin le dijo que no se preocupase, que solo serían unos días. Sin embargo, según se alargó la cosa, el dinero se acabó y el amigo le propuso que fueran a trabajar al campo.

A mí, como narrador interesado en detalles antropológicos, me gustaría que Ibrahim se extendiera más en contar la situación del confinamiento, las redes de ayuda mutuas, las costumbres de hospitalidad. Pero Ibrahim pasa de puntillas sobre estos detalles, por lo que no puedo añadir nada sin recurrir a la imaginación.

Sí que se extiende en hablar sobre el campo. Y ahí surge la primera digresión. Varios alumnos coinciden en que ellos también lo pensaron. Siendo alguno de ellos ex-menor no acompañado (lo que en Estados Unidos sería un dreamer), yo mismo estuve a punto de animarlos a probar la experiencia, ya que cumplían los requisitos de los decretos que cada semana salían del cacumen (o más bien, del magín) del gobierno. Finalmente, lo descarté, pues todos vivíamos en Madrid y el decreto priorizaba a los residentes rurales.

Mi alumno (que roza ya la cincuentena) dice que ni él ni su amigo miraron ley alguna: simplemente se fueron a Albelda, se plantaron en la entrada del pueblo y esperaron a que los llamaran.

A mí, que no me atrevía a llevar un pendrive a un alumno de secundaria sin datos móviles por miedo a que me detuviera la policía, me sorprende que mis alumnos hayan viajado entre una ciudad y los pueblos cercanos sin ningún problema. Fátima, que había ido a Salamanca durante la pandemia, me aclara la lo sucedido:

—La policía dice: Son moros, van a trabajar.

Ibrahim y Nuraddin estuvieron doblando el espinazo para coger hortalizas de todo tipo, pero recuerda con especial horror los espárragos. Se levantaban muy temprano, porque había que cogerlos antes de que les diera el sol. Había que sacarlos de la tierra misma. El jornal era mísero, casi solo les daba para la comida y la gasolina, pero por lo menos tenían algo.

—Y entonces alguien nos habló de Clavijo.

Clavijo era un pueblo que no quedaba lejos de donde estaban. Los cristianos de la zona se enorgullecían de un milagro que espantó a los moros durante una batalla; lo tenían como un símbolo patriótico y religioso. Pero, dejando aparte eso, era un estupendo mirador desde el cual se veía todo el llano que rodea a Logroño.

Así que un día, después de trabajar en la huerta, dejaron el coche a la entrada del pueblo y treparon la empinada colina en que se asienta el castillo. Era tarde; el lugar se veía desierto; la gente estaría encerrada en sus casas. Aun así, subieron en silencio para que no les vieran.

Cuando llegaron al arco de piedra que daba acceso al castillo, se quedaron admirados de que aquellas ruinas siguieran en pie. Era una tosca muralla que rodeaba la colina por el lado más largo y los dos más cortos de un angosto rectángulo, dejando al otro el escarpado precipicio como única defensa. La corta pared del lado sur tenía labrada una ventana por la que corría un fuerte viento; quien se atrevía a asomar la cabeza, podía ver una panorámica de la llanura aluvial que se extendía hasta el Ebro.

Desde aquella ventana, Nuraddin observó que la Guardia Civil se acercaba a mirar su furgoneta. Mal asunto. Si los pillaban, podían ponerles una multa. Decidieron quedarse en el castillo, esperar a que anocheciese y, cuando no se vieran luces en el pueblo ni en la carretera, conducir de vuelta.

Ibrahim, para entretener la espera, pidió a Nuraddin que contase lo que supiese de ese castillo. Al parecer, la leyenda de la fantástica batalla era una patraña inventada por los cristianos. La batalla real tuvo lugar en Albelda, y el general musulmán al que derrotaron, un tal Musa ibn Musa, se vio traicionado por un aliado que cambió de bando. Caballos milagrosos apareciendo en los cielos. Vaya fantasías.

El viento, caída ya la tarde, se iba haciendo gélido. Pero todavía se veían lucecitas en las ventanas del pueblo. No podían arriesgarse a salir. Tampoco a encender una luz, aunque fuera la pantalla del móvil.

Pasear para entrar en calor tampoco era una opción con aquel suelo completamente irregular, sembrado de escalones y pozos, con la parte transitable estaba reducida en algunas zonas a unos pocos centímetros, sin pared ni barandilla para separarla del abismo. Así que se juntaron para mantener un poco la temperatura.

—Las ruinas tienen algo misterioso.

—Tienes que ver las pirámides. Algún día, cuando vuelva a Egipto, te tengo que llevar.

—Entonces, yo tendría que llevarte a ver Petra.

El viento gemía a través de esa ventana absurda abierta al norte en un muro incompleto. Las luces del lejano Logroño brillaban. Hogares de gente que entretenía sus noches jugando con videoconsolas, viendo películas. Gente que no tenía que levantarse antes del alba para coger espárragos.

—Aquí en el campo hay estrellas. En Madrid no las hay.

Un estrépito lejano, como de cadenas, les sorprendió. Pensaron que quizá era la policía, de vuelta con una grúa, para llevar la furgoneta. O más probablemente un tractor, volviendo con un remolque por las pistas llenas de baches. Pero en el pueblo habían dejado de verse luces.

—Ahora podemos volver.

Manteniendo la mano derecha pegada a la pared, llegaron a la puerta.

—Recuerda que había un escalón.

Ibrahim midió con el pie y bajó al sendero. Habían subido campo a través, pero ahora sería mejor el sinuoso camino asfaltado que llevaba hasta el pie y acababa en mitad de la plaza del pueblo.

Pero entonces Nuraddin vio algo y tocó el brazo de Ibrahim. Ambos se echaron a la cuneta del camino. Ascendían unas luces.

—¡La Guardia Civil!

—No pueden habernos visto.

—Quizá revisan el castillo todas las noches.

Pero las luces no tenían el aspecto de una linterna. Era más bien como si un gato pudiera contagiar la fosforescencia de sus ojos a las matas de alrededor; como si la luz avanzase por sus propios medios.

—Vamos a bajar por ahí.

—Está empinado, nos caeremos.

—Venga, vamos.

Echaron a correr, montículo abajo. Ibrahim tropezó con un saliente de roca. Cayó sobre la rodilla; por el dolor, supo que se había hecho sangre. Fue a levantarse el pantalón pero miró atrás. Entonces, se irguió y saltó de roca en roca, deslizándose por la pendiente, y corrió tras Nuraddin que ya buscaba, nervioso, las llaves de la furgoneta en su bolsillo.

—¿Lo viste?

—¿Fue eso lo que vieron las tropas de Musa ibn Musa?

—No creo. Hubiera espantado también a los cristianos.

—Estaban desesperados. Nada los espantaría.

—Nosotros también lo estamos. Y hemos salido corriendo.

· · ·

Le preguntamos a Ibrahim qué es lo que vio. Un hombre a caballo, las ropas extrañamente luminosas, seguido por otros tres hombres a pie y perros. Los hombres llevaban armadura completa y no se veían sus rostros, pero los perros… ¿podrían esos ojos hundidos, ese hocico descarnado, esas costillas al aire estar en un mastín vivo?

—No era Santiago. Era la hueste.

—¿La hueste? —dice Manuel Almeida, uno de mis alumnos brasileños— ¿Y eso qué es?

—La hueste, el huerco, la santa compaña, las ánimas del purgatorio. ¿No llevaron esa leyenda los portugueses a Brasil? —y en mi francés macarrónico, añado:— En français, hellequin. Vienen a llevarse a los vivos al otro mundo.

Estoy por recomendar a mis alumnos alguna adaptación de “El monte de las Ánimas” cuando Ibrahim me corta:

—Me da igual qué fuese. Os juro que durante dos semanas estuve trabajando hasta el agotamiento pero no aun así no conseguí dormir bien hasta que volví a Madrid. No quiero saber nada de ruinas.

martes, 26 de mayo de 2020

Hoy es martes pero esto no es un cuento: Pido disculpas

Todos sabíamos que en algún momento iba a llegar el día en que alguien nos pidiese responsabilidades por cómo hemos actuado ante casos de fuerza mayor. Había que elegir entre dos males. Parece que no elegí el adecuado. Por ello, he enviado un mensaje a mis alumnos pidiendo disculpas. Este es el contenido de dicho mensaje, con alguna corrección de estilo posterior. Si desea conocer el mensaje original, puede pedírmelo en la dirección de correo electrónico que está disimulada al final del mensaje pero aparece claramente al final del mismo.

Estimados alumnos:

Desde el principio he sido consciente de que recibir vuestros mensajes en mi dirección de correo personal era lesivo contra vuestra intimidad, justo del mismo modo en que lo era contra la mía. Pero si he usado el correo personal ha sido por las siguientes razones:

1) En primer lugar, porque el correo de educamadrid no funcionaba. Varios de vosotros lo habéis comprobado: mensajes que se pierden, que rebotan sin avisar al remitente ni al destinatrario, etcétera.

2) En segundo lugar, porque, como muchos de vosotros no tenéis ordenador en casa, solo móviles, e incluso compartís vuestro terminal con otros miembros de la familia, la manera de optimizar recursos en vuestras casas era permitiros hacer las tareas en el cuaderno y mandar las fotos por correo.

¿Por qué por correo y no a la nube de educamadrid o al servidor de moodle? Porque carecíais de usuario de educamadrid, ya que para activar vuestro usuario se tendría que haber autorizado en un formulario impreso ANTES de que se cerrase el centro (algún técnico me habló de la posibilidad de pediros fotos de ese formulario, pero si cualquiera puede falsificar la foto de un famoso, está claro que falsificar la foto de una firma no debe de ser mucho más difícil).

Y bien, ¿qué problema hay con las fotos? El correo electrónico es compatible con un estándar de 1982, y por ello no está pensado para enviar imágenes. Estas son empaquetadas en un formato especial en el que abultan un 50% más en el servidor. Una foto "pequeña" de 4 megas hecha con un Samsung abulta 6 megas en mi ordenador.

Y educamadrid no solo tiene una cuota de espacio muy baja, sino que además para los profesores es imposible conocer cuánto espacio de cuota nos queda en el servidor.

3) La tercera razón de que emplease mi cuenta personal de gmail era la necesidad de mantener archivados todos vuestros mensajes, puesto que constituyen material evaluable. Desde el correo web de educamadrid no se puede solicitar la descarga de un archivo de los mensajes; se puede hacer en algunos clientes de correo electrónico, si se acierta con el adecuado. En cambio, en gmail se puede pedir una copia de todo el buzón cada dos meses.

4) Además, hasta que el 16 de abril, un mes después del cierre del centro, la consejería de educación me otorgó una licencia de office, los recordatorios de webex usaban mi cuenta PERSONAL de office, puesto que webex se integra con el calendario de outlook, pero no con el calendario DAVx usado por educamadrid.

5) Lo mismo sucedía grosso modo con los mailings. Hasta que tuve la cuenta corporativa de office (recordad: un mes después) tuve que programar una macro de mailing para poder enviar los mensajes con vuestras notas desde excel con el correo de educamadrid (word los envía usando outlook, es decir, una cuenta de hotmail/outook/microsoft). Mi primer mensaje sin usar esa complicada macro fue un auténtico fracaso, porque aunque estaba usando word con mi cuenta de educamadrid, outlook os envió el mensaje desde mi cuenta personal, exponiendo otra de mis direcciones de correo. Muchos compañeros emplearon hojas de cálculo de google. Yo no las usé para no darle a google vuestras notas. Claro que al usar una cuenta corporativa de Microsoft y guardar vuestras notas en la nube estoy dándole vuestros datos a Microsoft. LOS TÉRMINOS DE LICENCIA DE MICROSOFT DICEN CLARAMENTE QUE MICROSOFT SE RESERVA EL DERECHO DE HACER USO DE CUALQUIER DATO EN SUS SERVIDORES, Y NO APARECE NINGUNA EXCLUSIÓN EXPLÍCITA PARA CUENTAS CORPORATIVAS.

6) Por todo ello, consideré que, en lugar de usar una cuenta de correo de educamadrid que fallaba más que una escopeta de feria, era más razonable

7) Durante todo este tiempo, he tenido cuidado de usar copia oculta (CCO:/BCC:) para enviar cualquier correo que fuera dirigido a más de una persona. Podría haber creado un grupo de correo. Es más, podría hasta haberos dado una cuenta de correo en mi propio servidor, donde tengo un Moodle más fácil de utilizar (al menos para los profesores) que el de educamadrid. Pero no lo hice, porque sabía que ello era lesivo para vuestra intimidad. De hecho, tengo mi servidor cerrado hasta que tenga dinero para contratar un gestor de datos.

8) En conversación con un técnico de informática de la Comunidad de Madrid les expuse los problemas 1, 2 y 3. Básicamente, se lavaron las manos. Hoy nos han llegado instrucciones de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid prohibiéndonos el uso de direcciones personales de correo electrónico.

Por tanto, a partir de ahora dejaré de enviar y recibir mensajes en ⋔∅∁·liαmg☺ἀΥ⊙m∋∫oj. Usad solo este correo. Os pido perdón por haber estado usando mi correo personal y los vuestros. Un abrazo a todos. Os deseo salud para vosotros y los vuestros.

Atentamente,

José Gabriel Moya Yangüela



P.D. Consecuentemente con la decisión del delegado de datos de la Comunidad de Madrid, dejaré de usar mi teléfono personal para contactar con los alumnos. Cerraré asimismo los grupos de telegram y de whatsapp (aunque en estos los alumnos han entrado libremente y por su propia voluntad, como diría el conde Drácula). Pensaré también si cerrar el Padlet donde recuerdo las tareas a los alumnos y dejaré de usar formularios de google para solventar el problema de que el módulo "lección" de moodle mezcla las sesiones de los usuarios anónimos. Vaya, ¡vacaciones!

martes, 12 de mayo de 2020

El cuento del martes: Ático Zeta

(Este relato no es sino la transcripción de un sueño. Pensé en emplearlo como comienzo de algo más largo, pero sería difícil mantener el tono. Juraría que ya se publicó en este blog, pero he tenido que buscarlo en mi facebook, donde lo publiqué de modo restringido el 24 de agosto de 2014. Me gusta especialmente la frase final, derivada de los aullidos que me despertaron a las cuatro o cinco de la madrugada, cuando los perros pastores barruntan el amanecer).

Es tarde pero aún quedan algunos comercios abiertos. He bajado a la calle por alguna razón que no recuerdo y me doy cuenta de que mis pies van calzados con zapatillas de bayeta. Quizá quería haber ido a mi casa, a mi casa de verdad, que está en otro barrio —y quizá en otra ciudad, porque los detalles que se van revelando muestran que esto no es Madrid; no, al menos, el Madrid que conozco— pero me avergüenza entrar con esta facha al metro.

Así que decido volverme al ático. Buscándolo entro a un bar de copas donde me conocen; evito la conversación con la parroquia de solteras y divorciadas y me escabullo por una salida lateral; bajo los escalones que conducen a la siguiente puerta de la manzana, donde el portero no pone objeciones a que entre en mi estado a una sala de fiestas; en un momento de lucidez, salgo, atravesando toda la cola de clientes y sigo avanzando por la calle.

Un mendigo joven, armado de una muleta cubierta de cinta aislante blanca, golpea a otro mayor que lleva un bastón del mismo color. Es, obviamente, una cuestión de competencia comercial; sin embargo, me asusta la fiereza con que el primero golpea al segundo. Corro a la siguiente puerta, una puerta metálica de acabado mate decorada con siglas que se repiten una y otra vez. Es una iglesia —una de esas iglesias modernas con apariencia de sala de cine— y considero por un momento sentarme en una de las butacas corridas de plástico y pedir ayuda al cielo para mí o para el mendigo anciano. Prefiero, sin embargo, salir corriendo.

Encuentro, por fin, la entrada al vestíbulo de mi edificio; en ese instante, algo hace que no corra hacia el ascensor, sino que me meta en uno de los apartamentos del bajo, cuya puerta está entreabierta. Se celebra algún tipo de fiesta y los asistentes —muchos de los cuales hablan en inglés y tienen aspecto extranjero— miran divertidos mi ridículo aspecto. Corro intentando evitar que me tomen una foto. No sé cómo consigo atraer la atención de la anfitriona; el caso es que la persuado para que me lleve a la puerta de atrás, para atravesar por ella hacia el ascensor de servicio. Hay un problema, me dice. Cuando me lleva hacia allá, comprendo de qué me habla. Lo que debería ser la cocina es una pequeña habitación y la puerta de servicio está cubierta de estanterías con libros. Me llama la atención que los libros sean infantiles; no libros para niños chicos, sino El pequeño Vampiro, Crónicas de Idhún y cosas por el estilo. Están agrupados por sagas o colecciones y algunos tienen la portada hacia el exterior, como en una librería, formando una especie de mural.

Sacamos los libros y movemos un poco la estantería, lo suficiente para retirar a su vez una fina chapa de madera que cubre la puerta. Esta está atascada; solo tras luchar un rato contra ella conseguimos abrirla. Pero tras la puerta se observa un panorama de horror: la madriguera de un vagabundo, llena de basura acumulada. Recuerdo entonces que el mendigo anciano vive en los bajos de ese mismo edificio. La basura obstruye la puerta y nos cuesta un esfuerzo ímprobo cerrarla y colocar de nuevo la estantería, los libros.

Es entonces cuando comprendo mi error. Los cerrojos quedaron abiertos; el lugar es ahora inseguro. Ellos pueden entrar. Temo haber sido poseído por algún tipo de fuerza que me llevó a hacer todo esto para dejar franca su entrada. Es horrendo tener que retirar de nuevo la estantería, que a duras penas hemos logrado encajar en el hueco. Podría usar el poder, y esta vez estaría justificado. Además, si he convencido a la dueña del piso es que ella también está enterada. Pero no puedo mover las cerraduras, está claro: si yo pudiera cerrar desde aquí la puerta, ellos también podrían abrirla.

Comienzo, por tanto, a sacar volúmenes de nuevo, a mover la librería, a disponerme a retirar la placa de madera, aunque conozca la dificultad que supondrá arreglar todo después. Entonces, me despierta un coro de ladridos. Es la hora a la que cantan los perros.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Este miércoles, el relato del martes: Los ladrones ciegos

—El día que definitivamente pierda la vista —dijo Enrique—, me uniré a los ladrones ciegos.

—¿Qué dices?

—¿Acaso no crees que sea posible? Es improbable que me libre del glaucoma y de las cataratas. Estoy condenado genéticamente.

—No lo digo por eso. No creo que seas capaz de sisar un céntimo en una compra. Y mucho menos, de robar.

—¿Pues qué iba a hacer? Nunca tuve arte para cantar. No me lanzarían monedas, sino piedras para que callara. Y en cuanto a aprender braille y seguir trabajando de oficinista... No se me daría bien. No tengo memoria para esas cosas.

—¿Y qué clase de ladrón ciego serías? ¿Del que se tropieza en el metro, fingiendo no saber dónde está, y te roba la cartera sin que te enteres, o del que te pide ayuda para que le cruces el paso de cebra y es entonces cuando hace una seña a un compañero para que, cruzándose contigo, la haga desaparecer?

—Yo no considero esa taxonomía de ladrones ciegos. Los que nombras, son solo aficionados; trabajan a tiempo parcial, normalmente comisionados por videntes. Gente con familia a la que mantener y sin ambiciones. No, no sería de esos. En mi opinión, hay fundamentalmente dos clases de ladrones ciegos.

»Están los que se deleitan en la oscuridad. Pasean sus días y sus noches por los laberintos del alcantarillado, por las galerías amplias del metro, por los estrechos callejones en sombra. Allí se deleitan en sentir unos pasos asustados, la vacilación ante la luna callada, el jadeo nervioso de quien sabe que no se pueden visitar las tinieblas sin pagar un precio. Yo no tengo paciencia para ser de esos.

»Por otro lado, los que viven al sol. Los que no tienen miedo de ser vistos. Por la mañana vienen del oriente, y por las tardes llegan en dirección contraria. No dudan en acompañarse de un espectáculo de luces e incluso de músicas estridentes que confundan a su público. Es difícil reconocer su rostro, aunque muchos han descrito un obeso perfil eclipsando una corona de luz brillante. Son crueles. Devuelven a la humanidad el ruido que la humanidad produjo. Cada atraco les duele más a ellos que a su víctima. No necesitan el dinero; pero, ya que sería inmoral desprenderse de él en caridades hipócritas, han de consumirlo en una bacanal, extáticos de goces carnales, alcohol y música, lamentando que esos focos hipnóticos que llevan como anzuelo de incautos sean incapaces de sumergirlos a ellos mismos en trance. De vez en cuando, una de sus víctimas se arranca los ojos y los sigue.»

—¿Preferirías pertenecer, entonces, a esta segunda especia de ladrones?

—Me gustaría. Aunque hay un tercer grupo. Esos que no cantan ni escriben, pero se encargan de que otros canten y escriban por ellos. Que no tienen memoria, pero conocen secretamente lo que sucedió eras antes de que sus antepasados llegaran al mundo, pues lo han visto en sus ensueños. Aquellos que roban las voces de las comadres, de los historiadores, de los filósofos, y las hacen pasar por la suya. Quizá preferiría ser uno de estos. Lo seré algún día, si tengo suficiente talento.