viernes, 30 de marzo de 2012

Terror de la A a la Z: Eduardo

Eduardo se separó de Agustín diez metros atrás y ahora, al escuchar los gritos procedentes de aquella dirección, ha comenzado a correr con todas sus fuerzas. El pasillo es insospechadamente largo y se tuerce en una y otra dirección: izquierda, derecha, dos giros más a la izquierda, otro a la derecha, otros dos a la izquierda, otro a la derecha y nuevamente a la izquierda. Eduardo ha debido de recorrer unos cien metros dando quiebros a uno y otro lado y, de repente, se tropieza de frente con el cadáver de Agustín, el cuello desgarrado y las entrañas al aire. Eduardo contiene una arcada mientras observa las huellas de sangre que se alejan por el pasillo.

Después, da la vuelta y, lentamente, comienza a retroceder. Con el índice sobre su mano, recuerda los giros que ha dado y, comprendiendo quizá que ha vuelto al principio, abre una puerta —el marco de madera rodeando cuatro vidrios esmerilados— y con gran sigilo se introduce en el interior, cerrando tras él.

No enciende la luz, pues así puede ver cómo pasa ante él una siniestra y encorvada figura. Espera un rato y vuelve a abrir, saliendo silenciosamente en dirección contraria.

Es entonces cuando se da de manos a boca con el horror.

jueves, 29 de marzo de 2012

Terror de la A a la Z: Dolores

Dolores está sentada en la mecedora del mirador observando los niños que juegan en el jardín, mientras sus manos mueven mecánicamente las agujas de la calceta. Los niños corren y gritan, se esconden y se buscan, pisan los macizos de flores sin darse cuenta. Son niños. Pero lo que es intolerable es que lancen piedrecillas contra los cristales, aunque sean tan pequeñas que no puedan romperlos. Son cristales antiguos, con sus burbujas de aire y sus pequeñas ondas, y no sería lo mismo repararlos con vidrios comunes.
El caso es que los niños siguen tirándole piedrecillas, así que por fin se decide a levantar la pesada ventana de guillotina para preguntar qué quieren, pues es demasiado pronto para que reclamen la merienda, de la que, en cualquier caso, se debería ocupar su madre.
Y es en ese momento cuando nota, a su espalda, el aliento de alguien.
—¿Eres tú, Filomena?

Filomena, o quien sea, no responde; lo que no es óbice para que Dolores siga con su cháchara.

—Te he dicho que no salgas de la habitación. Se van a asustar los niños. Anda, vuélvete a la alcoba.

Filomena, si es que está ahí, permanece inmutable, sin dar signos de asentimiento u oposición. Y Dolores sigue haciendo calceta.

Tres vueltas después, los niños lanzan piedrecitas de nuevo.

—Anda, Filomena, ¿no ves que se asustan mis nietos? Míralos ahí, qué mocitos están hechos. A ti también te gusta verlos, ¿verdad que es eso? A mí también me hubiera gustado, claro que sí...

Pero algo ha debido de sentir Dolores, pues se da la vuelta y, con un grito, clava las agujas de coser en el aire.

—¡Tú no eres Filomena!

Y aunque ahora los niños que juegan en el jardín no han sentido ninguna presencia tras su abuela, la labor se tiñe con la sangre que gotea de las agujas...

Álvaro de la Riva Hengstenberg: Parásitos

Encontré por casualidad en ebay anuncios la oferta de Álvaro de la Riva diciendo que regalaba su novela Parásitos; ni corto ni perezoso, le escribí, y, poco después, ya estaba enganchado a su lectura.

No diré que sea el libro del año ni un clásico; pero es un soplo de aire fresco entre tanto best-seller histórico, tanta novela de vampiros y, sobre todo, entre tanta "lectura recomendada" de adolescentes lectores drogadictos lanzando hechizos mientras se enfrentan al racismo, la marginación social y su primer amor en la España del siglo XII como suelo tener que leer por motivos laborales.

Pero dejemos de hablar de otros libros y hablemos de este. Parásitos trata sobre un hombre fracasado al que se le ofrece la posibilidad de recuperar su vida investigando un caso OVNI. La obra está más cerca de la space opera que del hard sf, y más cerca de Eduardo Mendoza que de Rice Burroughs o Lovecraft, aunque su universo esté lleno de referencias a los mitos de Cthulhu. Y ese es precisamente el gran acierto de esta novela: el componente humorístico que impregna la peripecia, de cualquier otra manera trágica, de unos héroes que el lector sospecha abocados al fracaso desde las primeras páginas. El lenguaje empleado quizá peque de excesiva llaneza, pero rebosa frescura. Los personajes no son muchos, ni la introspección psicológica muy profunda, pero todos actúan motivados por su pasado. Y se agradece que, frente a lo habitual en la narrativa literaria o televisiva actual (estoy pensando en The Walking Dead), no haya diálogos que sobren destinados a dar una impresión de desarrollo de personalidad en personajes planos.

Léanla. Merece la pena.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Terror de la A a la Z: Camilo

Camilo está escondido en la despensa, encerrado entre latas de tomate y conservas de pescado, y ha erigido entre su cuerpo y la puerta una muralla de bricks de leche y botes de coca-cola.
A su espalda está la pared, desnuda y fría, y a izquierda y derecha las baldas cargadas de paquetes de arroz, cajas de galletas, tarros de mermelada, salsas, sardinas, mejillones y berberechos. Un jamón cuelga del techo ante su cabeza, y en sus manos sujeta una ristra de chorizos que devora con nerviosismo.
Camilo respira agitadamente, y su mirada se dirige acá y allá, diríase que buscando algo. De repente, se escucha un golpe lejano, como de una puerta que se cierra. Otro portazo más cercano provoca en Camilo cierta agitación delatada por el movimiento de su pierna. Los estantes comienzan a oscilar y Camilo sujeta su pierna, que deja de moverse. Pero la balda sigue moviéndose cada vez más rápido y el resonar del cristal contra el cristal y el metal contra el metal va in crescendo, hasta que algunas latas comienzan a caer sobre Camilo, que se aparta en el último minuto antes de que un gran frasco de vidrio se estrelle sobre el suelo. A pesar de ello, algunos cristales se clavan en su piel y producen heridas de las que brota la sangre, que comienza a formar un charco que fluye bajo las deshecha montaña de víveres hacia la puerta.
Se oye un arañar y un golpear, y gañidos al otro lado de la puerta.

martes, 27 de marzo de 2012

Terror de la A a la Z: Benito

Benito apoya su oído sobre la puerta cerrada. No se escucha nada. Apoya la mano sobre el pomo y, con cuidado para evitar hacer ruido, la abre ligeramente. Mira por la rendija. De repente, aparta la cabeza, cierra la puerta y apoya su peso sobre ella.
Suenan golpes contra la puerta. El pomo gira a pesar de la mano de Benito. Más golpes. Repentinamente, todo cesa. Benito mira su mano, con la palma despellejada; pero sigue sujetando la puerta. Un golpe la abre de par en par, catapultándolo contra la pared de enfrente. Aunque no se ve nada en el pasillo, Benito, tirado en el suelo, abre los ojos de par en par y grita.

lunes, 26 de marzo de 2012

Terror de la A a la Z: Agustín

Agustín mira a izquierda y derecha. No ve ningún zombi. Entonces avanza unos 10 metros hasta la siguiente intersección. Por el corredor de la izquierda aparece una zarpa. La zarpa agarra la cabeza de Agustín. Rugidos y estertores. Agustín yace en el suelo.

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miércoles, 15 de febrero de 2012

Trucos tontos: crear un autorun.inf para detectar virus en pendrives.

Un método tonto para detectar virus que atacan unidades USB:

Si tienes que utilizar a menudo ordenadores compartidos por mucha gente y que no están actualizados, supongo que te preocupará el hecho de llevarte un virus de regalo a casa cada vez que usas un pendrive. Este es un pequeño truco para detectar fácilmente si tienes un virus, y por tanto poder tomar medidas antes de que tu ordenador de casa se contagie. (De todas formas, es muy aconsejable que deshabilites la opción autorun en las unidades USB de tu ordenador de casa... )

1) Crea en la raíz del usb una carpeta llamada Autorun

2) Con un programa de dibujo que sea capaz de grabar en formato ico, crea un icono personalizado a partir de una foto y guárdalo en formato ICO en una carpeta llamada \autorun en tu lápiz usb. En caso de necesidad, puedes ponerle la extensión ICO a un BMP de 32x32 puntos.

3) Activa en tu explorador de archivos la opción de ver archivos ocultos y de sistema (dependiendo de la versión, los pasos serán diferentes. En XP es algo así como Herramientas => Opciones de Carpeta => Marcar "Mostrar todos los archivos y carpetas ocultos" y desmarcar "Ocultar archivos protegidos del sistema operativo").

4) En la raíz del USB, crea o edita el archivo de texto autorun.inf (si ese archivo contiene alguna línea que haga referencia a un archivo .EXE, puede que tengas un problema).

5) Inserta la siguiente línea:
[AUTORUN]
ICON=\autorun\nombredetuicono.ico

(sustituye nombredetuicono por el nombre que le hayas dado a tu icono).

6) Graba el archivo (no olvides que si lo editaste con Notepad tienes que seleccionar "Todos los archivos" como "Tipo de archivo" para poder ponerle la extensión inf).

7) Dale los atributos "Oculto", "Sólo Lectura" y "Sistema" a la carpeta autorun y a los archivos que has guardado (clic derecho en tus archivos => Propiedades => marca "Oculto" y "Sólo Lectura"; para dar el atributo de sistema, es posible que tengas que emplear la consola de MS-DOS (CMD.EXE): el comando es attrib +HRS letra_unidad:autorun.inf).

A partir de ese momento, cada vez que introduzcas la unidad usb en un ordenador con windows, aparecerá tu icono personalizado. En caso de que no exista, es muy posible que hayas sido infectado por un virus.

Ten en cuenta que el hecho de que siga apareciendo tu icono personalizado no garantiza que no haya un virus en el ordenador; simplemente, indica que el virus no afecta a los usb, o que es suficientemente inteligente como para no eliminar tu icono personalizado.