miércoles, 18 de febrero de 2009

El cuento del miércoles: La tormenta

El seis de agosto, inesperadamente, comenzó el mal tiempo. El cielo se cubrió de una capa clara y comenzó a brillar fuertemente. Ráfagas de viento nos golpeaban azotando nuestra piel. Nuestros vecinos se refugiaban en sus agujeros, y nosotros trepamos a lo más alto de un edificio, donde encontramos cobijo bajo un alero. Parecía que la situación sería temporal, pero pronto comenzamos a quedar aislados unos de otros. Era imposible arriesgarse a salir. Y, pronto, no tuvimos más remedio que refugiarnos en el interior de las conchas. El implacable sol lo secaba todo.

jueves, 12 de febrero de 2009

Darwin...

Hacia mucho que no me pasaba por la página de Copépodo, y hoy, día en que se celebra el bicentenario del nacimiento de Darwin, era un buen día para hacerlo.
Su artículo conmemorativo sobre Darwin es especialmente interesante porque no sólo traza un recorrido vital del personaje (esto ya lo he encontrado últimamente en diarios y en la National Geographic) sino que explica, detalladamente, los aspectos "revolucionarios" de la teoría de Darwin, tanto los que causaron sensación en su tiempo como los que pasaron más desapercibidos a ojos de los profanos.
Finalmente, como es habitual en Copépodo, el artículo termina con un ataque contra esa mixtificación de ciencia y religión que es el creacionismo. Aunque se agradece el esfuerzo, sospecho que la lucha la ganará el otro bando (el hombre puede ser bípedo implume, pero desde luego, no es animal racional).

miércoles, 11 de febrero de 2009

El cuento del miércoles: Balcón

En esta vieja ciudad, hay pocas personas que disfruten del privilegio que posee Emilia. Cada mañana, al levantarse, puede acercarse al balcón con una taza de café y contemplar el amanecer sobre un amplio parque, tan grande, que las casas que se divisan a lo lejos parecen sombras esbozadas por un pintor con horror al vacío.

Como todas las personas distinguidas por los favores de la fortuna, Emilia suele olvidarse de esa posibilidad, y sólo se preocupa, cada mañana, por salir de la ducha, vestirse, secar y peinar a toda prisa su cabello corto, meter su taza al microondas, beber unos tragos de café soluble acompañados por una magdalena, lavarse los dientes y salir corriendo con la esperanza de que el autobús no tarde en llegar.

Hoy es distinto.

Al salir de la ducha, ha visto una clara luz que procedía del balcón. Su primera reacción ha sido el susto. Tras consultar los relojes —no sólo el despertador o el reloj de muñeca: hay que comprobar el reloj de la cocina y, si se puede, el de la emisión matinal del noticiario televisivo— ha comprobado que no se levantó tarde. Pero el balcón ofrece la luz de un mediodía, el sol al sur, colgado en lo alto, a la derecha del balcón.´

Deja la tele encendida, por ver si dice algo. Pero no la oye. Está secando y peinando su pelo con cuidado, como si fuera a una cita. Después, deja el traje tirado en la cama, como un cuerpo vacío, se prepara un café —un café de verdad, aunque sabe que a esas horas le sentará como un tiro—, abre el balcón, acerca una silla y se sienta con su café a contemplar el espectáculo.

La calle está vacía, pero el parque... el parque ha comenzado a poblarse de viandantes, trabajadores mañaneros, más madrugadores que ella, que han visto el sol de mediodía alzarse cuando salían de las bocas de metro o de la estación de tren.

Trabajadores que si tuvieran un balcón se sentarían, como ella, a contemplar el maravilloso espectáculo.

En el edificio de la televisión no deben de tener ventanas —se dice—. En caso contrario, algo habrían comentado.

Un vecino sale del portal y mira hacia el cielo, extrañado. Emilia lo saluda. Cuando levanta la cara, lo reconoce. Es el chico del primero interior centro, un muchacho de cara pálida que no debe de haberse enterado de nada hasta salir del portal. El muchacho devuelve el saludo, y, de repente, toma la iniciativa:

—¿Quieres que te traiga unos cruasanes?

—No creo que haya nadie en la panadería.

Aun así, el chico lo intenta. Al rato, lo ve entrar de nuevo en el edificio, con una bolsa de papel en la mano. Emilia se da cuenta entonces de que todavía está en bata. No importa: si se ha asomado al balcón con esa indumentaria, bien puede recibir así a su invitado.

En cuanto llama, se levanta y abre la puerta. Le busca un acomodo en el balcón y se dirige a la cocina a preparar más café. Al volver, se da cuenta de que él ha estado observando el tamaño del piso.

—¿Vives tú sola en este piso? Es mucho más grande que el mío, y lo comparto con dos amigos.

—Sí, era de mi abuelo. Al resto de la familia no le gustaba este barrio, decían que es muy ruidoso. Y que la casa era muy vieja. Pero a mí me encantan las vistas.

—Vaya, es fabuloso. Nunca lo hubiera imaginado. La verdad es que no hacemos mucha vida de vecinos...

—Yo tampoco...; ¡ni siquiera sé tu nombre!

—Teo... —responde, azorado, dándose cuenta de su inexplicable descortesía— me llamo Teo.

—Yo, Emilia. Encantada de conocerte.

La conversación, poco a poco, va tocando todos los temas triviales que el decoro permite entre dos perfectos desconocidos. El sol sigue colgado en lo alto del cielo cuando suena el teléfono.

—Vaya, debe de ser el trabajo —dice Emilia, mirando su reloj— hace media hora que debería estar allí.

—No lo cojas. Si dices que estás enferma, no lo van a creer.

Emilia siente que debería coger el teléfono. Pero no puede. Necesita contemplar el parque, la gente bañada por la magnífica luz del sol.

Con un esfuerzo sobrehumano, intenta alargar la mano, y entonces se da cuenta. El tono del teléfono cambia, el balcón desaparece, la luz se apaga.

Como siempre, va a llegar tarde. Se incorpora y se mete en la ducha. Seguro que no le va a dar tiempo a secarse el pelo. ¡Con el frío que hace fuera!

Deja que el agua fría la termine de despertar, y entonces se frota vigorosamente y sube la temperatura. Sale rápido, muy rápido, para volver a su cuarto secarse el pelo.
Desde el fondo del pasillo, el balcón del salón arroja la claridad meridiana de una siesta de estío.

lunes, 9 de febrero de 2009

Matar a un inocente

Es difícil.
Te mira con sus ojos
de cordero degollado,
trata de engatusarte
con sus súplicas,
dice entre llantos
que él no merece tal pena.
Entonces tú desatas
sus manos engrilladas
y, mirando a otro lado
le dices «marcha»;
pues sabes que no puedes
—tendrás que buscar otro—:
hay demasiados lobos
con piel de cordero,
y no son aptos para el sacrificio.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Roturas




Es duro ver un alma que se rompe,
Ver que la carne grita, que los huesos
no son de la sustancia de la piedra.
Es duro ver que el equilibrio,
la lucidez, la contención, la calma
son sólo escudos de papel de seda.
Es duro ver que la lengua muda tiembla más,
que el ojo seco llora más,
que el cuerpo distante agradece un abrazo,
porque sabes que será tu cuerpo,
que será tu ojo, que será tu lengua;
que algún día ese caparazón tuyo
también será papel pasto del fuego,
que esa inmovilidad de roca
será barro cocido, que tu carne
también recubre un alma.

El cuento del miércoles: Victoria Blanca

Artículo programado (la tarde de hoy tengo un claustro)

Las máquinas del tiempo son estupendas, Vania. Uno se mete dentro y le transportan a lugares maravillosos. Imagínate, Vania: Las nebulosas ondas del báltco salpicando un muelle vikingo; la luna sobre las pirámides en construcción; el sol de Roma iluminando la función del circo; los bucólicos valles de la agreste Arcadia, que los ilotas cultivan para sus amos espartanos.´
Vania, no intentes interrumpirme diciendo que es imposible viajar en el tiempo. ¿Sabes? Aunque estos harapos lo disimulen, en otro tiempo fui doctor en física. Entonces podía llamar camarada al secretario del Obkom, y éste no me corregía llamándome ciudadano. No, Vania: en otro tiempo yo vivía allá, al otro lado de los muros, más allá de la estepa. Hace fío, Vania: déjame volver a la luz de Grecia.
A veces lamento haber quemado aquellos planos, Vania. Porque nadie agradeció que los quemase. No, Vania: bubiera sido lo mismo. Qué más da, ahora estarían con el resto de los planos del instituto, colgados en la pared de alguna letrina. Y, sin embargo, Vania, si hubieran llegado a las manos correctas... Pero tú y yo sabemos que no debo hablar de eso, Vania: ni siquiera aquí puedo hablar sin que mis palabras nos comprometan.
Y eso que sólo mis palabras podrían demostrar el gran servicio que hice a nuestra causa. ¿Qué habría pasado si yo no hubiese fabricado aquello? Todo habría sido distinto. Pero ellos ya no lo recordaban.
Dejemos, Vania de recordar nuestros males. Volvamos a Arcadia. ¿Sabes? No era tan fácil la vida en los valles beocios. No son tan verdes, ni es tan copioso el ganado. El amo es cruel, si te toca ser esclavo. Pero la tierra es blanda, y sólo se hiela unas semanas en invierno. Es cierto que no hay ninfas en los bosques, pero puedes gritar hasta que te responda Eco.
Y no como aquí, que hay que callar... Imagínate, Vania. No callé en 1905, cuando la ojrana nos reprendía a tiros, y callo ahora... Es absurdo, Vania. No sé por qué me silencian. Pues precisamente si no lo hicieran nadie me creería.

No, nadie recuerda ya (es imposible que lo recuerden) la mano criminal que detuvo a Uliánov antes de que llegase ese 3 de abril en Petrogrado. Así que nada tienen que agradecer a quien, 20 años después de la victoria blanca, consiguió volver a 1917 y cambiar la historia.

lunes, 2 de febrero de 2009

Tratamiento de las nuevas tecnologías en el currículo de Lengua: un ejemplo.

NOTA BENE: El título que he decidido dar a este artículo de mi blog puede resultar engañoso, pero es el mejor que se me ha ocurrido. Se trata de un análisis de un caso concreto del tratamiento de las pomposamente denominadas "nuevas tecnologías de la información y la comunicación" («los ordenadores, o sea», que dirían los castizos). Y, además, he de advertir al lector que yo mismo soy el primero que, con su desidia y sus temores al plagio evita, por un lado, llevar a los alumnos al aula de informática (donde serían más difíciles de controlar) y, por otro, permitirles presentar sus trabajos mecanografiados. Quien quiera ver un buen tratamiento de las TIC en el aula puede remitirse a actilingua, y, dentro de este portal, al Blog d'una profe Dim.


He dedicado una tranquila guardia de primera hora a hojear el libro de Texto de la editorial Oxford para 1º de Bachillerato. Hasta el momento, no me había molestado en examinar detenidamente el apartado de técnicas de trabajo (ese apartado que casi todos los profesores solemos sustituir por observaciones puntuales según vamos encargando tareas) y, dentro de él, el dedicado a las tecnologías de la información y comunicación. Sé que éstas están reflejadas en el currículo de la materia, pero me ha parecido decepcionante la manera en que se tratan.

En primer lugar, en un libro nuevo, sacado el año pasado a matacaballo, según las administraciones autonómicas secuenciaban en sus currículos los decretos de mínimos del ministerio (cosa que en Madrid ocurrió en el último momento, pero eso es otro problema), llama la atención que se siga hablando de "las bases de datos en CD-ROM" y no se hable para nada del DVD... cuando ya está el Blue-ray en muchos hogares. Está claro que los decretos (la ley siempre a remolque de la sociedad) hablan del CD-ROM, pero... ¿de verdad es pertinente enseñar a los alumnos qué cosa es un CD-ROM? ¿por motivos arqueológicos, quizá?

En segundo lugar, el afán conceptualizador. El alumno debe saber un vocabulario mínimo sobre las bases de datos: tabla, campo, registro... Pero ¿es necesario enseñar a los alumnos (además, mal) lo que es una base de datos relacional, contraponiéndola a una base de datos documental? ¿No es mejor enseñar al alumno por qué se usan bases de datos relacionales en lugar de modelos más estáticos como las bases de datos "basadas en fichas" (Dbase y todas las adaptaciones de rodolex al ordenador)? ¿O enseñar al alumno a crear una base de datos?

En tercer lugar, el uso de un vocabulario no adecuado. En un libro de lengua, el vocabulario tipográfico debería evitar el calco léxico, y hablar de tipografía, familia o fundición (calco éste, pero semántico) en lugar de fuente. No hay remedio: el vocabulario pseudo-técnico de informáticos, publicistas y diseñadores) ha acabado con la terminología propia de los oficios, de los impresores y tipógrafos, que eran los verdaderos expertos en el tema. 500 años de terminología especializada a la porra sólo porque alguien de una empresa de traducciones informáticas no sabía el nombre en español de un conjunto de tipos. Y luego se quejan de que los portorriqueños "vacunen" la "carpeta".

Por otro lado, se agradecen enlaces a páginas como www.cervantesvirtual.com (el primer enlace que escribí en la pizarra de mi 1º de bachillerato) o www.rae.es (el segundo), pero, dado que se trata de alumnos de bachillerato, habría que enseñarles a usar el dpd, el crea, el corda y la consulta de las ediciones históricas del DRAE (en el apartado dedicado a los distintos tipos de diccionario se habla sólo de aquéllos en papel; en el dedicado a enciclopedias y diccionarios en Cd-ROM se habla sólo del RAE y un par de enciclopedias; en el dedicado a internet, no se habla de diccionarios: el espíritu del currículo sería tratar todos estos a la vez, no separados).

En fin, que un desastre. El único consuelo, como siempre, es pensar que yo lo habría hecho peor...