martes, 14 de noviembre de 2006

¿Otro capítulo?

Benito Adolfo José Antonio Francisco Ramírez de Alenzano y Gutiérrez de Enciso debía su recargado nombre a un abuelo falangista y a un padre demasiado pusilánime como para contrariar a un suegro que había participado en la campaña de Alhucemas y todavía tenía el valor de jactarse de ello. La obsesión de su infancia fue cambiar aquel ridículo antropónimo, que los profesores pronunciaban con delectación enfermiza al pasar la lista diaria, por algo más discreto y corriente: Pepe, Miguel, Kevin, Usmaíl. Sin embargo, al llegar a su decimoctavo aniversario, no sólo estaba suficientemente integrado en la hinchada de un equipo blanco y capitalino como para enorgullecerse de las evocaciones fascistoides de su nombre, sino que se había acostumbrado a que lo llamaran mediante el acrónimo Bajaf. Y así vivió feliz muchos años.

Pues, señor: Estaba una vez Bajaf en la grada de tribuna del Bernabéu cuando, en medio de una jugada que Raúl estaba a punto de estropear, sonó su teléfono móvil. Héte aquí que quien lo llamaba no era otro que Agustín Fernández, el ínclito Agustín Fernández, que necesitaba un presentador para su nuevo reality show. Al señor Fernández le había causado buena impresión su currículum y su actuación en el cásting, y creía que satisfacía todos los requisitos necesarios para el puesto. A saber: buena presencia, don de gentes, la voz plana y carente de influencias geográficas (pronunciaba el español con una impersonal entonación yanqui que resaltaba todos los sustantivos) y lo más importante: estaba dispuesto a cobrar un salario de mierda, más extras. ¡Si vieran ustedes la cara del pobre Bajaf al responder al teléfono...! Cualquiera hubiera dicho que era un raulista asombrado de las pifias de su héroe, tal la mirada de estupefacción que se advertía en su rostro. Hasta tal punto, que la mujer gorda que ocupaba habitualmente el asiento vecino se olvidó, por una vez, de reclamar al árbitro un penalty inexistente.

Cuando Bajaf salió del estadio, tenía la expresión hierática y ausente; en ello no se diferenciaba del resto de los madrileños, excepto aquellos pocos que tenían alguna extraña razón para preferir al Levante. En su mente, la derrota de los merengues se convertía en un extraño augurio acerca de su nuevo puesto. Quizá ambos hechos estuvieran entrelazados: quién sabe si la goleada encajada por Casillas se debía, precisamente, a ese extraño equilibrio de la fortuna mediante el cual la herencia de un tío millonario va seguida, infaliblemente, por la muerte del perro del vecino.

Bajaf se metió en la primera taberna que encontró (si esto no fuera un cuento os diría el nombre y dirección, pues sin duda figura en las páginas amarillas) y se bebió una cerveza, mientras buscaba entre la multitud algún conocido a quien contarle sus cuitas. Como no aparecía nadie (los amigos, ya se sabe, siempre llegan tarde) decidió tomarse otro trago para hacer tiempo. Diez cervezas más tarde, había reunido ya los arrestos suficientes para mantener una conversación con una muchacha de mirada lánguida que, apoyada en la pared junto a la máquina de tabaco, parecía esperar a alguien.

—¿A quién buscas, hermosa princesa, en este oscuro tugurio?
—A alguien que me quite de encima a un pesado que lleva ya dos horas hablando conmigo.
—No te preocupes, yo te lo quitaré de encima. Pero primero me tendrás que dar sus señas personales.
—Es bajito, le apesta el aliento a cerveza, y está hablando conmigo en este momento.

Tras mirar a un lado y a otro, y ver que ni a izquierda ni a derecha había persona alguna, Bajaf comprendió que lo estaban rechazando. Así que, discretamente, comenzó a silbar la melodía de «El puente sobre el río Kwai» y recogió velas, no sin antes realizar un último intento para conseguir el teléfono de la gentil damisela.

Una vez en la calle, miró su reloj. Era una mala hora, esa hora a la que cierran los bares de copas pero todavía abren las discotecas. Así que dirigió sus pasos hacia la parte baja de Torre Europa, con la intención de penetrar (y nunca mejor dicho) en alguna de las discotecas de la zona.

Al momento le hizo frente un gigante. Sus grandes manos revelaban un carácter muscular y agresivo, mientras que frente despejada parecía mostrar una extraña inteligencia, indudablemente puesta al servicio del mal. Sobre sus pequeñas orejas —oscuras, como el resto de su piel— un pequeño auricular indicaba su condición de Portero.
—Completo. —dijo el Portero.

Bajaf, consciente de su debilidad, imaginó que sin duda necesitaría envolver al gigante en extraños circunloquios, de forma que se viera obligado a permitirle el paso. Así que comenzó rogando:
—Por favor, déjeme pasar. No suelo venir por aquí, pero acabo de ver que ha entrado un colega al que no veo desde hace cinco años, y me gustaría saludarle.

Siguió prometiendo:
—Venga, te doy veinte euros si me dejas pasar.

Y terminó amenazando:
—¡Pero si he visto que entraban cinco tías buenorras mientras me hacías esperar aquí! Esto es discriminación. ¿Qué pasa, soy negro? ¡Te voy a denunciar, moro de mierda!

Pero el gigante no atendió ni a ruegos, ni a promesas, ni a amenazas. Ni se movió siquiera. Así que Bajaf decidió montar en un taxi y volverse a su casa.

Al igual que había hecho al acercarse a la puerta de la discoteca, Bajaf se arregló el pelo, la camisa y los pantalones antes de acercarse al borde de la calle. También comprobó si llevaba alguna mancha claramente visible (os recomiendo, niños, que hagáis lo mismo siempre que vomitéis, pero nunca con las manos sucias) y, tras ver que una roncha verde adornaba los bajos de sus pantalones, decidió plegarlos de manera que no se notara demasiado. Esta vez su estrategia funcionó, pues el taxista no se apercibió de su estado hasta que pronunció en voz alta (por tres veces) el nombre de su calle. «Ya es demasiado tarde para echarlo», se dijo el taxista, y lo mandó hacia su casa, procurando ir por el camino más largo. Y así es como el gran Bajaf llegó a su casa el día que el Levante derrotó al Madrid.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

1 comentario:

cynthialiteraria dijo...

Muchas gracias por el post. La verdad es que acá ne Chile se vive mucho la discriminación hacia la mujer en la literatura, me interesa hacerlo visible.

Veo que escribes y publicas tu artículos, interesante. Yo también lo hago pero me resulta difícildarlos a conocer.

Gracias