sábado, 15 de julio de 2017

Es el simbolismo, idiotas!

Un asunto que ha salido varias veces a colación en el taller que he hecho los últimos días es la influencia de la lengua sobre el pensamiento. Y es un asunto complejo, porque (aunque negar dicha influencia sea tirar piedras sobre mi propio tejado) desde la antropología no hay una postura clara.

En cuanto a la lengua como sistema, la hipótesis Sapir-Whorf según la cual «la lengua de un hablante monolingüe determina completamente la forma en que éste conceptualiza, memoriza y clasifica la realidad que lo rodea» no se sostiene ante la evidencia empírica.

Y en cuanto a la producción lingüística, la antropología nos dice que tampoco los discursos (es decir, lo que se dice) son fiables para caracterizar una cultura, porque a menudo las prácticas (lo que se hace) contradicen a los discursos.

Pero, aun así, no se puede negar cierta interrelación entre sociedad, discursos y concepción del mundo. Es eso lo que explica el recurso constante al "hackeo" del lenguaje como palanca para llevar la opinión pública hacia uno u otro lado (lo que a menudo provoca, todo hay que decirlo, reacciones contrarias a la esperada). Este hackeo requiere o bien un amplio consenso social (por tanto, la sociedad no cambia su lenguaje para cambiarse a sí misma, sino que se cambia a sí misma y al hacerlo cambia su lenguaje), o bien el consenso de los medios que poseen el discurso dominante, como documentó Klemperer en su estudio sobre la lengua del Tercer Reich, y como alertó Orwell en 1984.

Puesto que en sociedades como la nuestra es difícil poseer la totalidad de las voces y ahogar la totalidad de las disidencias, numerosos grupos están ahora mismo negociando la verbalización de numerosos conceptos para normalizarlos, denigrarlos o ensalzarlos. Ello hace que seamos más conscientes que nunca de esa capacidad de «apalancamiento» de la lengua. Pero en esta negociación, todo hay que decirlo, entran también criterios sociolingüísticos, desvíos en la comprensión del significado primario y desvíos, finalmente, en la propia comprensión de la realidad.

Un ejemplo de los primeros es que a menudo la desaparición de una palabra no se debe a su significado denotativo primario, sino al grupo que se ha apropiado de ella como emblema; así probablemente se pueda explicar la desaparición de "obra" y "labor" como palabras-emblema que nos recuerdan otros tiempos. Ejemplo de los segundos serían la etimología popular (en sentido amplio) que nos hace dar a ciertas palabras y morfemas significados que nunca tuvieron, a causa de su parecido con otras palabras o morfemas (quizá me crucifiquen los lingüistas si meto en la etimología popular la reinterpretación de los sustantivos en -e como masculinos), el calco semántico gracias al cual una palabra toma el significado que se le da en otro idioma (así, a menudo las disquisiciones en torno al uso de "género" o "sexo" no tienen en cuenta las consideraciones sociológicas sobre la construcción social de la identidad personal y la biología folk, sino simplemente el uso común de la palabra en inglés) o el contagio por su constante aparición junto a otras palabras cargadas de connotaciones positivas o negativas (así, los nazis cargaron de connotaciones positivas la palabra "fanatismo" empleándola constamentemente en mensajes positivos).

Al hacer de la lengua un emblema, estos grupos negociadores olvidan cotidianamente que no es la lengua, sino el simbolismo lo que influye sobre el pensamiento. El simbolismo, una capacidad que se suele asociar frecuentemente al pensamiento abstracto, no se limita al lenguaje (la capacidad humana de comunicarse mediante un sistema de signos verbales), sino que se extiende tanto a lo paralingüístico (los signos no verbales con que se acompañan las palabras) como al resto de sistemas semióticos no verbales.

No creo que sea necesario hacer referencia a la influencia de la iconología e iconografía sobre el pensamiento de una sociedad. Al fin y al cabo, de eso viven los publicistas. Pondré, por tanto, un ejemplo un poco más abstracto. Jack Goody, en La domesticación del pensamiento salvaje, muestra que la posesión de escritura (no la escritura verbal de la que se ocupa la lingüística, sino los textos maquetados de los que se ocuparían la paralingüística o la tipografía) es uno de los rasgos que permiten comprender aspectos específicos de la forma de pensar en los occidentales. Pensamos en el fluir temporal no porque nuestros verbos posean tiempo, sino porque tomamos registros del tiempo. Pensamos haciendo listas mentales porque la escritura nos ha enseñado a preparar menús y listas. Es decir, no solo lo que decimos influye sobre nosotros, sino también la mera posibilidad de convertir el mensaje lineal en una serie de dibujos situados en el espacio de una tablilla de arcilla, una pared, una piel de animal o una hoja de papel. Pensemos, del mismo modo, en cómo los códigos del lenguaje audiovisual han modificado nuestra manera de pensar el tiempo, limitando nuestra atención a clips de 20 segundos. Es otro ejemplo de elemento para-lingüístico, situado en los intersticios del código, que sin poseer en sí mismo significado alguno influye notablemente sobre nuestra cognición.

La lengua puede ser una palanca desde la cual alterar la percepción y las prácticas, es cierto; pero no es la única. Y a menudo, quienes ostensiblemente tiran de la palanca del lenguaje son los mismos que empujan en dirección contraria desde la imagen, la música o la acción.

viernes, 14 de julio de 2017

Picnic

Merendé una granita de limón
Y sólo cené dos cervezas
Corrí diez minutos en pos del autobús
Tras bailar música rave en el museo.

Solo lamento
Que esta dieta
Y este jueves
Ya se acaban, simultáneamente.


miércoles, 28 de junio de 2017

Aún Eros

Iba a escribir un manifiesto abogando
Por una vida célibe y asexual, libre
De molestas excitaciones
Pero me lo impide esa piel en que las pecas
Dibujan pequeñas montañas,
La curva demasiado amplia en la orejilla
Que asoma entre los cabellos,
La arruga del brazo alzado sobre el hombro.
Será la atmófera cerrada
Del vagón; el caso es
Que siento
Que aún siento algo.


-----
Perdon por  las posibles faltas, escribo desde un móvil...

viernes, 23 de junio de 2017

Vargas Llosa: Lituma en los Andes

Vargas Llosa, Mario: Lituma en los Andes, Barcelona, Planeta, 1993. ISBN: 84-08-46053-6, 350 páginas.
Descriptores:
´Policíaco. Terrorismo. Literatura Hispanoamericana.
Precio de lista:
??? -- Comprado de segunda mano por un euro.

De Vargas Llosa había leído poca cosa: La ciudad y los perros, Los cachorros (que no me gustó nada), La tía Julia y el escribidor (que me encantó) y poco más. Así que decidí ponerme al día a través de las tiendas de segunda mano.

Lituma en los Andes habla de un guardia civil destinado a un destartalado puesto en un lugar remoto y amenazado constantemente por el terrorismo de Sendero Luminoso. Tres habitantes de la aldea han desaparecido, y Lituma decide aclarar el caso, a pesar de la total falta de colaboración del resto de vecinos. Esto le permite a Vargas Llosa hacer un brutal retrato de la violencia del Perú de los años 80 y 90: narcotraficantes, terroristas, policías corruptos... Se muestra constantemente cómo, a pesar de los idealismos, la violencia no respeta a nadie ni a nada. Es cierto que, dada la ideología del autor, se cargan las tintas sobre los senderistas, pero nadie sale bien parado.

La técnica narrativa se basa en diálogos entre los personajes a través de los cuales surge el relato de su pasado. No se distinguen gráficamente los diversos niveles de narración, de manera que los personajes del marco narrativo dialogan de tú a tú con los personajes del relato enmarcado, mezclándose constantemente el presente con el pasado.

En general, es una historia apasionante que atrapa al lector, en una cadena de horror in crescendo que solo termina en el epílogo.

jueves, 18 de mayo de 2017

Hablando con el tonto...

Hablando con el tonto (dicho sea con cariño) en la parada del autobús, respondo una y otra vez a sus obsesivas cuestiones.

El tonto y yo no nos distinguimos tanto. Él pregunta continuamente las mismas cosas; curioso, todo lo observa y todo lo comenta. Los que no nos consideramos tontos nos diferenciamos, quizá, en el filtro: dejamos de expresar nuestras dudas absurdas y nuestras creencias; evitamos hablar de ellas al primero que pasa. Por eso nos gusta facebook, quizá. Porque en facebook podemos repetirnos una y otra vez y comentar nimiedades con cualquiera —"la luna, qué bonita está", dice el tonto— sin que nos tomen por locos.

La próxima vez que te cruces con un tonto, pregúntate si te estás contemplando a ti mismo.

Una versión previa de este artículo se publicó originalmente en mi perfil de Facebook.

sábado, 22 de abril de 2017

Albert Sánchez-Piñol: La piel fría

Sánchez-Piñol, Albert: La piel fría, Barcelona, Edhasa, ISBN: 84-35-008-92-4 (ISBN13: 9788435008921); 283 páginas.
Descriptores:
Aventura. Fantasía.
Precio de lista:
17.79 Euros -- (según Agencia Española del ISBN; leído en una biblioteca).

Catalogando libros para la biblioteca de mi instituto, leí la contratapa de este y no pude resistirme a catar la primera página, a lo que siguió un impulso irresistible de devorar el libro entero. Se trata de una historia que comienza como un libro de aventuras exquisitamente escrito y se convierte después en una novela fantástica que reflexiona sobre el amor y el odio, como ya anuncian las primeras frases:

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes odiamos.

Los primeros capítulos del libro están escritos con una prosa maravillosa, que no sé cuánto deberá al autor y cuánto a la traductora, Claudia Ortego Sanmartín (el libro está escrito en catalán, y el hecho de que no lo haya traducido el propio autor indica la preocupación de éste por conseguir la perfección en el resultado). Me admira especialmente la descripción, completamente minuciosa y completamente neutra, neorrealista casi, de la caseta del observador meteorológico donde el lector adivina que ha pasado algo horrible.

Por lo demás, si la influencia lovecraftiana que se nos anuncia en la contratapa se limita prácticamente a la presencia de cierto horror que no quiero desvelar, en cambio Stevenson y Conrad se hacen fuertemente presentes en el tema de la lucha entre la civilización y la barbarie, en la que el europeo descubre que no siempre lleva la razón. Esto, a pesar de la relativa ausencia de aventuras. Yo encuentro un cuarto autor con el que compararlo: se trata de Philip J. Farmer, aunque no puedo explicar el porqué sin reventar el argumento.

La construcción de la trama es muy cuidadosa, aunque flojea cerca del final (por ejemplo en las escenas de alcoholismo insuficientemente motivadas). Pero entonces se recupera maravillosamente en una conclusión que, a pesar de ser inevitable, el lector ya no espera, y que redondea completamente el libro, haciendo que en una segunda lectura nos demos cuenta de que todo estaba ya ahí, desde el principio.

Por eso es difícil asignar este libro a un género, ya que aunque mezcla aventura, terror y fantasía en realidad me recuerda más a esa ciencia ficción especulativa que no nos habla de otros mundos, sino de nosotros mismos. Como hacen siempre las grandes obras.