lunes, 2 de noviembre de 2009

Badjoko: Yo fui un niño soldado

BADJOKO, Lucien; CLARENS, Katia: Yo fui un niño soldado, Barcelona, EntreLibros, 2006
169 páginas

ISBN: 84-96517-12-8
Género: Biografía.
Precio: 1 EUR (segunda mano, librería Riudavets, Madrid, 28014 Madrid)



No suelo ser aficionado a leer historias basadas en hechos reales, y menos cuando tienen, como en este caso, el objetivo de denunciar alguna situación. Mi horror a lo folletinesco, al amarillismo, a la lágima fácil y a la estética de telefilme suele prevenirme contra cualquier tentación de recalar en biografías como esta, memorias del protagonista de un hecho espantoso puestas negro sobre blanco por un (una, en este caso) profesional de la escritura.

Y, sin embargo, la historia de Badjoko me había resultado llamativa cuando la leí en algún periódico, hará unos años, y me siguió cautivando cuando, hace unos meses, volvieron a hablar de ella, no recuerdo a cuento de qué (y google tampoco me lo dice). El caso es que cuando a principios de octubre lo vi en Riudavets, no pude sino comprarlo. Al principio pensé en regalárselo a mi hermana, amante de libros similares, pero he terminado leyéndomelo... de un tirón.

Yo fui un niño soldado es un libro brevísimo y apasionante que recoge la intensa y peligrosa vida de Lucien, un muchacho congoleño de buena familia que, seducido por las películas de acción y una breve experiencia en un campamento Mai-Mai, decide enrolarse en la guerrilla multinacional que derrocó a Mobutu e instauró la República Democrática del Congo.
El libro comienza in medias res, a partir de la última escaramuza librada por el protagonista. A partir de ella, reflexiona sobre los pasos que le llevaron a alistarse, su vida como novato y luego como instructor, su llegada al frente, el avance de los rebeldes hasta Kinshasa, la vida despótica y triunfal de los kadogos, los niños soldado, en la capital y las luchas internas entre las distintas facciones que auparon a Kabila.
Hay episodios de tremenda violencia, como uno en el que los kadogos, siempre acompañados de las milicias tutsi, llegan a un poblado hutu y, después de acabar con toda resistencia, masacran a la población civil:

A mi lado estaba aquel soldado [...] estaba claro que no conocía el estilo de los tutsis, pues durante la masacre lo vi agitarse y jurar para sus adentros. ¿De dónde había salido? ¿Acaso no había recibido instrucción? Al cabo de poco no pudo más y se rebeló

—¿por qué matamos inocentes? ¡Sólo buscábamos militares!

Me dio lástima; sabía que iba a meterse en un lío muy serio. Un cabo primero tutsi se acercó a nosotros, sacó una pistola y le disparó un tiro en la cabeza



A lo largo del libro queda claro que Lucien no es ningún angelito. No duda en golpear, engañar, violar o mutilar. Y, aunque se nos ha narrado el brutal proceso de instrucción mediante el cual los ruandeses han despertado los instintos asesinos de los niños-soldado, algo nos hace sospechar que hay algo más. Lucien nos da una clave: los niños no conocen lo que es la muerte, y por tanto no respetan la vida. "Yo iba a la guerra como quien va a la escuela".

Y, sin embargo, él se da cuenta de que es un superviviente rodeado de cadáveres: su compañero de colegio, muerto durante la instrucción; de sus compañeros de armas; de su comandante, depurado por el régimen... Y, sobre todo del resto de los kadogos, que, a diferencia de él, no han tenido una educación que les permita ganarse la vida sin recurrir a las armas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Como siempre, tarde...

Como siempre, después de llevar desde septiembre con una historia rondando en la cabeza y pensando que esta vez comenzaría a escribirla antes del nanowrimo, fuera de concurso, ha llegado noviembre y sigo sin haber escrito ni una línea.

Y lo que es peor: a estas alturas, ya se me ha olvidado lo que pensaba escribir...

martes, 6 de octubre de 2009

Para cenar, cremita...

Últimamente me he aficionado a las cremas de verdura. Son fáciles de preparar, suelen dar para un par de días (al menos si uno es soltero como yo) y, aunque no tengo garantías de que engorden menos que unas lentejas, al tomarlas te sientes más ligero.
El método de preparación es simple: picar todas las verduras, sofreír en una olla, añadir agua hasta cubrir, cerrar, cocer unos diez minutos y luego triturar con la batidora (ese es el paso que más me molesta, pues suele implicar ensuciar la cuchilla, la jarra y el filtro, accesorios todos muy voluminosos que saturan mi fregaplatos). Si aún no habéis probado ninguna, os propongo la que he cenado hoy y que denominaré "crema naranja":

Crema naranja de puerros y cebolla


Para dos personas.

Ingredientes:


  • tres puerros
  • una cebolla mediana
  • un pimiento rojo
  • dos zanahorias grandes
  • Aceite y agua

Material:


  • Olla a presión
  • accesorio para cocer al vapor, o, en su defecto, una redecilla de las de hacer garbanzos

Preparación:


Limpiar los puerros (si no están limpios) y la cebolla, rascar las zanahorias y lavar el pimiento y quitarle el corazón. Picar los puerros y la cebolla en juliana, y las zanahorias en rodajas muy finas. Sofreír en la olla. Cortar el pimiento longitudinalmente en dos o tres trozos grandes.
Cuando la cebolla y el puerro comiencen a estar blandos, colocar el accesorio de cocción al vapor. Situar en él el pimiento. Cerrar la olla (puede ser necesario dejarla enfriar primero un minuto). Mantener la cocción unos 10 minutos desde que sale el vapor.
Preparar un vaso de batidora con accesorio filtro (vaso-filtro).
Sacar los pimientos (con cuidado de no quemarse). Con una cuchara, separar la carne de la piel. Echar en el vaso-filtro. Añadir el resto del contenido de la olla. Triturar con la batidora a velocidad máxima (apretando poco tiempo el botón para no quemar la batidora).
Servir y devorar.
Como toda sopa o crema, se puede decorar con picatostes, jamón, torreznos... ¡¡pero entonces no nos sentiremos tan sanos!!

lunes, 5 de octubre de 2009

Poco movimiento...

Quienes seguís visitándome habréis visto que esto está más muerto que vivo. Entre el jaleo de comienzo de curso (pruebas de entrada, claustros, preparación de materias de las que no tengo ni idea...), la temporada de festejos que no para (fiestas del pueblo, bodas, puentes...) y mi cada vez mayor apatía hacia todo, el blog parece abandonado.

Las únicas entradas recientes, las que se refieren al libro de Chomsky, las escribí casi obligándome. La sección semanal de cuentos, que me parece muy importante, languidece desde hace casi un mes [edición:] dos meses [acabo de comprobarlo!!].

Tan agobiado estoy con tareas y tareítas (la mayor parte de las cuales son realmente poco importantes, pero consumen mucho tiempo, como ir a la biblioteca por unos videos y revisarlos para su uso en clase) que he cancelado, como todos los veranos, mi propósito de matricularme en la UNED. ¡Y aun así me he matriculado en un curso para profesores on-line y estoy a punto de hacerlo en otro presencial! No sé, creo que moriré en el intento.

domingo, 27 de septiembre de 2009

La droga como excusa

Q. Mr. Brenneke, are you saying that the CIA was in the business of bringing drugs into the United States?

A. Yes, sir. That's exactly what I'm saying.

Richard Brenneke declarando ante el fiscal general de Arkansas.



Uno de los temas secundarios más interesantes de El miedo a la democracia (ver artículo anterior) es la relación de la CIA con el tráfico de la droga. Del tráfico de armas y del entrenamiento de escuadrones de la muerte se había oído hablar, y mucho, por estas latitudes (así que pocos de los crímenes que recoge Chomsky nos pillan desprevenidos). La droga ha sido siempre, al parecer, una buena moneda de cambio para contratar matones: desde la Mafia con que coqueteó Kennedy, a los muyaidines afganos de los ochenta.
La cita que abre este artículo se relaciona con el tráfico de cocaína a través de Centroamérica, intensificado precisamente en la época en que Reagan declaraba la "guerra a la droga" e intensificaba las operaciones de la DEA en el extranjero.

Pero esta "guerra", al parecer, era meramente cosmética. Dejando aparte el tráfico de la CIA con "hombres de paja" como el general Noriega (dictador de Panamá después arrestado en medio de una operación militar: Roma no paga traidores), se citan numerosos casos en que la "guerra a la droga" era, simplemente, una excusa para enmascarar las operaciones de contrainsurgencia. Chomsky alude, por ejemplo, a la construcción de radares destinados aparentemente a controlar el tráfico aéreo de los narcos hacia EEUU, pero situados completamente fuera de la ruta de los narcos... en una isla situada junto a la costa nicaragüense.

Y esto me llama la atención, porque últimamente, he leído la noticia de la construcción de nuevos radares de la DEA en Colombia. Y, después de leer la noticia, me pregunto si querrán controlar a los cárteles, a las FARC... o a Bolivia y Venezuela.

Chomsky: El miedo a la democracia

CHOMSKY, Noam: El miedo a la democracia, Barcelona, Grijalbo, 1997 (traducción recortada de Deterring Democracy, Verso, Londres / Nueva York, 1991).

No sé si os podréis creer que, siendo filólogo, prácticamente no hubiera leído nada del famoso lingüista Noam Chomsky. En mis años de facultad no pasé de un par de capitulitos de un libro suyo, y, ya más crecido y conocedor, por tanto, de la vertiente política de su obra, tampoco hice mucho por leerlo. Por eso, al ver en casa de un familiar una de sus obras, la agarré y comencé a leerla.



El miedo a la democracia es una recapitulación sobre las relaciones exteriores de los Estados Unidos entre la segunda guerra mundial y la primera guerra de Iraq. La tesis defendida por el autor, y recogida en el título, es que la oligarquía estadounidense ha luchado siempre por establecer una forma de 'democracia' en la que no haya lugar para el pueblo, de forma que los patricios puedan defender sus intereses sin obstáculos. Según Chomsky, esta peculiar visión de la democracia se puede percibir en la simpatía con que diversos presidentes Estadounidenses han visto los regímenes de Mussolini, Hitler, y, modernamente, diversos dictadores del mundo árabe, África y, sobre todo, Centroamérica. A un lector norteamericano le podrían sorprender dichas afirmaciones, sobre todo teniendo en cuenta los baños de sangre que han tenido que sufrir las fuerzas estadounidenses en operaciones justificadas por la "defensa de la democracia". Sin embargo, Chomsky justifica cada afirmación, incluyendo constantes citas a pie de página y llegando a mencionar los juicios perdidos por quienes pretendían acallar ciertas bocas molestas.

El problema es, según Chomsky, que tanto los medios de comunicación de masas como la literatura académica han ocultado sistemáticamente las violaciones de la ley y de los derechos humanos cuando eran cometidas en defensa de los intereses de la elite occidental. Así, no han tenido recato en caer en flagrantes contradicciones (como se muestra en el caso de la violación de los acuerdos de paz de Esquipulas, presentada como cumplimiento de dichos acuerdos, o en la coincidencia de las campañas antitabaco con la presión para reducir sus aranceles en países del sudeste asiático).

El guión es simple: cuando son ellos los que mantienen un ejército insurgente, son terroristas. Cuando nosotros inundamos de paramilitares otra nación, estamos defendiendo la democracia. Si nosotros vemos un riesgo de seguridad remoto, podemos invadir o bombardear una nación extranjera e invocar el derecho a la legítima defensa. Si ellos lo hacen, deben pagar las consecuencias. La norma se aplica también a la política interior, como en las asimétricas condenas para el crack, droga de negros, y la cocaína esnifada por los blancos (respecto de este punto, conviene recordar que la eliminación de esta asimetría era uno de los puntos del programa de Obama).

Aparte de esta reflexión sobre la hipocresía occidental, el libro está cuajado de reflexiones curiosas. Por ejemplo, una amplia reflexión sobre el colonialismo y los estados satélites, a raíz del problema centroamericano. La hipótesis es sugerente: el colonialismo Japonés preparó el terreno a los "dragones asiáticos" de los 80, mientras que el colonialismo europeo y norteamericano arruinó las naciones de África y América. La Unión Soviética dilapidó su presupuesto en mantener la viabilidad de sus estados satélites, mientras que los Estados Unidos dilapidaron el presupuesto de sus estados satélites en mantenerse a sí mismos. Se podría objetar que, durante mucho tiempo, el árbitro mundial invirtió en la ruinosa economía de Europa occidental y Japón: según el autor, se hizo solamente en aquellos casos en los que se veían oportunidades de negocio y la necesidad de combatir la influencia comunista.

La última sección del libro, "fuerza y opinión", trata de los mecanismos para el control de la masa. Llama la atención que para Chomsky la autoridad no sea, como para otros anarquistas, un asunto meramente psicológico. La autoridad se defiende con la fuerza. Sólo en las sociedades más avanzadas necesitamos recurrir a la propaganda para darnos un barniz de civilización. Pero ni siquiera en ellas: se citan muchos casos del recurso a la fuerza (normalmente la amenaza del hambre o el corte de suministros, pero sin renunciar a las armas) en Europa Occidental y Japón.

El libro se cierra, sin embargo, con una concesión al optimismo. Aunque los medios estén saturados con desinformación suficiente como para sorprender a un Orwell, los Estados unidos tienen, sorprendentemente, una de las legislaciones sobre libertad de expresión más amplias del mundo. "En cuanto a la libertad de expresión, existen claramente dos posturas: o bien uno la defiende enérgicamente, favoreciendo puntos de vista que odia, o bien la rechaza en favor de criterios estalinistas o fascistas".

lunes, 21 de septiembre de 2009

Los derechos del anunciante de internet

Como usuario de internet, siempre he pensado en los anuncios como algo molesto e irritante que se fundía mi ancho de banda (onerosamente pagado cuando lo utilizo a través de un móvil o una línea convencional) y llenaba mi pantalla de grotescas imágenes. Sólo más recientemente he comenzado a pensar en ellos como algo que podría reportar dinero a alguna de mis páginas web (¡no! Por Dios, ¿dónde están los principios?) o incluso atraer tráfico hacia ellas.

Si no he puesto anuncios en mi blog (y reflexioné sobre ello recientemente, al rellenar una encuesta sobre usuarios de blogs) es porque no tengo tráfico suficiente como para que un anuncio produzca una cantidad de dinero capaz de minar mis reparos morales (que nunca son definitivos: como dijo Groucho, «soy un hombre de principios, si no le gustan estos, tengo otros»).

Y si no me anuncio en otros blogs es porque tráfico, lo que se dice tráfico, tengo bastante: lo que me falta, y eso no se consigue con anuncios, es que ese tráfico se detenga en mi blog: que las vistas de página se transformen en visitas largas. No quiero ser como la gasolinera por la que pasan todos los coches, sino como el restaurante en que se detienen largo rato los camioneros.

Lo que nunca me había planteado es la indefensión en que se encuentra el anunciante frente a la empresa anunciadora. Y es eso de lo que trata un artículo (en inglés) de Benjamin Edelman, experto en publicidad en internet, llamado Towards a Bill of Rights for Online Advertisers (el artículo, todo hay que decirlo, lo hubiera pasado por alto si no fuera porque Edelman ha vuelto momentáneamente a las notificaciones por email, llegando así a los que, como yo, somos perezosos a la hora de emplear el RSS).

Los derechos que propone Edelman son los siguientes:

  1. Derecho a que el anunciante sepa dónde se muestran sus anuncios. No sólo para que pueda evitar que lo anuncien mediante prácticas intrusivas (popups, adware encubierto, etc.) sino también para poder elegir dónde se muestra (por ejemplo, cuando se anuncia una bebida alcohólica en un sitio «para todos los públicos», no siempre es por deseo del fabricante). Además, siempre está el problema del fraude mediante «anuncios invisibles», que el consumidor no ve pero se cobran igual.

  2. Derecho a que las cuentas estén claras. Por lo que parece, muchos anunciantes no proporcionan facturas detalladas, lo que permite cobrar varias veces el mismo clic.

  3. Derecho del anunciante a emplear sus datos como le convenga. Puesto que ha sido el anunciante (y no el anunciador) quien ha configurado sus palabras clave y su «target», se ha de permitir que el anunciante pueda exportar en un formato abierto el análisis de los clics reportados por dichas palabras clave, de manera que no quede cautivo de un anunciante en concreto.

  4. Derecho a que el anunciante se beneficie del fruto de su propia campaña, y que éste no sea disfrutado, en cambio, por la empresa anunciadora. Pone Edelman el ejemplo de un usuario que hace clics en un anuncio de una aerolínea, y a continuación es bombardeado (por el mismo anunciador) con toneladas de anuncios de aerolíneas pertenecientes a otros anunciantes: aplicado al mundo offline, viene a ser como si en un Stand de demostración de Coca-Cola (pagado por dicha marca), se invitara a un trago de Pepsi.

  5. Derecho a que las disputas sean resueltas de manera justa y limpia. Este derecho es incompatible con los contratos draconianos y cerrados que imponen muchas de las empresas de marketing online.


Me parece una lista interesante, no sólo por los derechos en sí (que parecen obviedades) sino por lo que revela sobre lo pantanoso, selvático y pútrido del mundo de la publicidad online, no solo entre empresas de reputación sospechosa, sino incluso en algunas de las más prestigiosas empresas de Internet.