domingo, 12 de junio de 2011

Derecho a Matar: El caso Marigault (2)

Güendolín Amigo había intentado en vano averiguar de dónde venía el poeta cuando se estrelló en el coche, camino de su casa.
—No nos consta que hubiera visitado a ninguno de sus amigos; es más, ninguno vive en esa dirección. Parece como si el poeta hubiera estado volviendo de un fin de semana en la sierra de Gredos.
—¿Has comprobado si hizo reserva en algún hotel?
—No se alojó en ningún hotel ni pensión.
—¿Y en una casa particular? ¿Alguno de sus conocidos tiene un chalet por allí?
—No; algunos veranean en Marbella; otros en el Algarve; otros tienen casas en la sierra de Madrid... Pero ninguno en Ávila, ni en Salamanca... Ni siquiera en Cáceres, Toledo o Castelo Branco.
—¿Revisaste también los cámpings?
—La verdad es que no me imagino al sexagenario Marigault durmiendo en un cámping; pero sí, lo he comprobado. Y con todo este follón mediático, seguro que cualquiera que lo hubiera visto, aunque fuera tomándose un café, habría llamado para decírnoslo.

La unidad de investigación criminal había perdido la costumbre de analizar los escenarios del crimen. Sin embargo, en los últimos años habían mejorado las técnicas psicológicas de interrogatorio. Así que decidimos llamar a declarar a los sospechosos.

María Martins llegó acompañada de un hombre de mediana edad vestido con un traje barato al que llamó su abogado.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a Marigault?
—Hará seis meses. En una fiesta en casa de la señora Osorio. Me montó una escena y tomé un taxi a casa. No le volví a ver.
—¿Puede ser más explícita? ¿Qué quiere decir cuando dice que «le montó una escena»?
—Decía que me había visto flirteando con uno de sus alumnos. Es muy celoso, ¿sabe?
—¿Y qué hay de cierto en ello?
—¿Importaría algo si les dijese que era verdad?
La mirada que dirigió a Expósito hubiera desarmado al más frío de los hombres. La subinspectora Amigo, reconociendo la perversidad de aquella arpía de clase alta, decidió tomar las riendas de la entrevista.
—Y ese... alumno... ¿Recibió algún tipo de represalia por parte de François? ¿Podría tener algo contra él?
—No lo creo. Lo que tuvimos no fue tan serio como para llegar a eso. Fue... uno de tantos.
—¿Alguno más serio?
—Después de dejarlo con François decidí que no me apetecía tener nada serio, al menos por una temporada. Así que lo siento, pero no puedo darles ningún nombre.

Dos días después, interrogamos al profesor Sulpicio Tostón, un compañero de trabajo del señor Marigault en la universidad Luis XIV de Madrid. El señor Tostón era, al parecer, el último ser humano que había visto a la víctima con vida.

— Así que estuvo tomando café en su casa hasta las cinco del viernes. ¿Le dijo si tenía intención de ir a alguna parte?
— No me dijo que fuera a irse de fin de semana; de hecho, aquel sábado jugaba el Madrid contra el Girondins en el Bernabéu, y él llevaba tiempo diciendo que deseaba ver el partido.
— Así que el equipo de su ciudad natal viene a jugar a Madrid y él se va a otro lugar... Extraño, pero ¿pudo recibir alguna noticia que le hiciera cambiar de opinión?
— Bueno, no lo sé... ¿Una llamada de su hijo?

Hasta aquel momento no teníamos noticia de que Marigault hubiera tenido ningún hijo.

— ¿Su hijo? ¿Tenía un hijo?
— ¿No está en su base de datos? Claro, es de Franglaterra. Franglaterra no forma parte de la Unión Magrebí... Frank White. Tomó el apellido de su madre... Una catedrática de Filosofía Política con la que Marigault tuvo una tormentosa relación. No llegaron a casarse.
— ¿Y Frank le podría haber hecho ir hacia Ávila?
— Él estudia un máster en Antropología Social y Cultural. Está estudiando los rituales de paso en Frestugal, entre las fronteras