Con un mes de retraso, después de cuatro gotas en la noche del domingo, por fin llega a Madrid el otoño. Cumplo el ritual de buscar chubasquero y paraguas, olvidados en sus nidos de verano, y salgo a la calle con una mezcla de ansiedad y temor. Recibo la lluvia como un bálsamo. El aire purificado irrumpe en mis pulmones con un olor a limpio. Es otoño, por fin, el 22 de octubre.
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