domingo, 6 de agosto de 2017

Philip K. Dick: Los Simulacros

Dick, Philip K.: Los simulacros, Martínez Roca (col. Superficción-2, 109), 1988, ISBN 84-270-1184-9. 189 páginas; Bibliografía.
Descriptores:
Ciencia-Ficción. Viajes en el tiempo. Distopías.

Segunda mitad del siglo XXI. Tras las guerras nucleares de la década de 1990 y la incorporación de Alemania Occidental a los Estados Unidos, los Estados Unidos de América y Europa están regidos por un curioso régimen semimatriarcal, en que Nicole Thibodieux es la Primera Dama vitalicia que va casándose con los diversos hombres elegidos para el cargo de "Der Alte" ("El Viejo").

En este marco, la novela comienza presentándonos a tres personajes: Nat Flieger, ingeniero de sonido interesado por grabar al concertista telequinésico Richard Kongrosian; Egon Superb, último psicoanalista al que excepcionalmente se permite ejercer; Ian Duncan, que ha gastado todos sus ahorros en acceder a un apartamento en uno de los grandes edificios comunales pero no consigue integrarse en la cerrada sociedad del mismo. A través del cruce de sus vidas, descubrimos —como en tantas obras de Dick— una sociedad opresiva (los Bes que constituyen la clase media; los Ges conocedores de secretos que integran la clase alta; los parias bajo todos ellos) disfrazada de democracia, mantenida gracias a un equilibrio inestable que está a punto de romperse.

Dick juega en esta novela a algunos de los juegos a los que nos tiene acostumbrados (los transtornos psicológicos, los poderes psíquicos, los viajes en el tiempo que abren universos alternativos); sin embargo, la complejidad de la novela debe más a la tupida trama de personajes que a los juegos de espejos de Ubik o Nosotros lo recordaremos por usted. Por ello mismo, no podemos decir que sea una de sus obras maestras; sin embargo, merece una lectura por los temas éticos y políticos que plantea (y que no puedo mencionar sin destripar la trama).

Romar / Agüero: Aquelarre.

Rómar, Antonio y Mazo Agüero, Pablo : Aquelarre. Antología del cuento de terror español actual, Madrid, Salto de página, 2011. ISBN: 978-84-15065-14-2, 402 páginas.
Descriptores:
Narrativa Española:Antologías. Terror. Cuentos literarios.
Precio de lista:
???

Compré este libro en la Feria del Libro de 2015 o 2016, y lo he ido paseando en diversos viajes en cada uno de los cuales leía al final cuatro o cinco relatos, por lo que mi visión de conjunto puede estar distorsionada (ya que recuerdo mejor los últimos relatos leídos). En cualquier caso, es una interesante compilación de literatura de terror que recoge a autores conocidos por el gran público (y no tan actuales, puesto que eran ya ancianos venerables cuando el libro se editó, como en el caso del maestro Juan José Plans) junto con otros que solo han sido publicados en fanzines y antologías.

Los relatos van desde el relato fantástico ("La mancha", de Juan José Plans) y el realismo mágico ("La luz de la noche", de José Carlos Somoza) al terror psicológico puro ("La Cirugía del azar", de Alfredo Álamo; "Gatomaquia", de Marc Soto), sin olvidar los relatos de vampiros ("El ángulo del horror", de Cristina Fernández Cubas) o de zombies (Huerto de Cruces, de Santiago Exímeno). Los hay de lenguaje barroco e intrincadas referencias metaliterarias ("Nox Una", de Marian Womack) y de lenguaje llano, prosaico ("La mancha", de Juan José Plans). Los hay que se ubican en coordenadas urbanas, y los hay que se desarrollan en el páramo o en playas poco concurridas. La selección es tan amplia, que voy a citar algunos de mis preferidos.

  • "La luz de la noche", de José Carlos Somoza, es un interesante juego de espejos sobre la muerte y el afecto, protagonizado por una niña que acaba de perder a su madre
  • . Su prosa transparente nos conduce, a través de juegos que recuerdan al realismo mágico, a un final redondo.
  • "Gatomaquia", de Miguel R. Soto, es un relato que debería ubicarse en el género de la novela negra y que por su título me hace pensar que quizá esté influido por relatos de terror de corte psicológico como "Los gatos en las paredes" de Lovecraft o "El gato negro" de Poe. A partir de la fobia del protagonista hacia un gato que lo ha relegado a un segundo plano en la familia, vamos descubriendo su verdadera historia. Y hasta ahí puedo leer
  • .
  • "La Mercancía", de Alberto López Aroca, toma también las formas de la novela negra, pero en este caso sí incorpora elementos fantásticos. Aunque es perfectamente predecible, su gracia está en el manejo de las fórmulas del relato policial.
  • "El hombre revenido", de Emilio Bueso, es un relato gótico a la manera tradicional, situado en una época indeterminada en alguna pequeña ciudad de la península itálica, que es visitada por un monstruo que anuncia la llegada de una serie de plagas.

La anterior selección es, por supuesto, personal y subjetiva; les invito a que lean este libro que les abrirá puertas para descubrir un género menor cultivado, sin embargo, por autores de primera calidad.

sábado, 15 de julio de 2017

Es el simbolismo, idiotas!

Un asunto que ha salido varias veces a colación en el taller que he hecho los últimos días es la influencia de la lengua sobre el pensamiento. Y es un asunto complejo, porque (aunque negar dicha influencia sea tirar piedras sobre mi propio tejado) desde la antropología no hay una postura clara.

En cuanto a la lengua como sistema, la hipótesis Sapir-Whorf según la cual «la lengua de un hablante monolingüe determina completamente la forma en que éste conceptualiza, memoriza y clasifica la realidad que lo rodea» no se sostiene ante la evidencia empírica.

Y en cuanto a la producción lingüística, la antropología nos dice que tampoco los discursos (es decir, lo que se dice) son fiables para caracterizar una cultura, porque a menudo las prácticas (lo que se hace) contradicen a los discursos.

Pero, aun así, no se puede negar cierta interrelación entre sociedad, discursos y concepción del mundo. Es eso lo que explica el recurso constante al "hackeo" del lenguaje como palanca para llevar la opinión pública hacia uno u otro lado (lo que a menudo provoca, todo hay que decirlo, reacciones contrarias a la esperada). Este hackeo requiere o bien un amplio consenso social (por tanto, la sociedad no cambia su lenguaje para cambiarse a sí misma, sino que se cambia a sí misma y al hacerlo cambia su lenguaje), o bien el consenso de los medios que poseen el discurso dominante, como documentó Klemperer en su estudio sobre la lengua del Tercer Reich, y como alertó Orwell en 1984.

Puesto que en sociedades como la nuestra es difícil poseer la totalidad de las voces y ahogar la totalidad de las disidencias, numerosos grupos están ahora mismo negociando la verbalización de numerosos conceptos para normalizarlos, denigrarlos o ensalzarlos. Ello hace que seamos más conscientes que nunca de esa capacidad de «apalancamiento» de la lengua. Pero en esta negociación, todo hay que decirlo, entran también criterios sociolingüísticos, desvíos en la comprensión del significado primario y desvíos, finalmente, en la propia comprensión de la realidad.

Un ejemplo de los primeros es que a menudo la desaparición de una palabra no se debe a su significado denotativo primario, sino al grupo que se ha apropiado de ella como emblema; así probablemente se pueda explicar la desaparición de "obra" y "labor" como palabras-emblema que nos recuerdan otros tiempos. Ejemplo de los segundos serían la etimología popular (en sentido amplio) que nos hace dar a ciertas palabras y morfemas significados que nunca tuvieron, a causa de su parecido con otras palabras o morfemas (quizá me crucifiquen los lingüistas si meto en la etimología popular la reinterpretación de los sustantivos en -e como masculinos), el calco semántico gracias al cual una palabra toma el significado que se le da en otro idioma (así, a menudo las disquisiciones en torno al uso de "género" o "sexo" no tienen en cuenta las consideraciones sociológicas sobre la construcción social de la identidad personal y la biología folk, sino simplemente el uso común de la palabra en inglés) o el contagio por su constante aparición junto a otras palabras cargadas de connotaciones positivas o negativas (así, los nazis cargaron de connotaciones positivas la palabra "fanatismo" empleándola constamentemente en mensajes positivos).

Al hacer de la lengua un emblema, estos grupos negociadores olvidan cotidianamente que no es la lengua, sino el simbolismo lo que influye sobre el pensamiento. El simbolismo, una capacidad que se suele asociar frecuentemente al pensamiento abstracto, no se limita al lenguaje (la capacidad humana de comunicarse mediante un sistema de signos verbales), sino que se extiende tanto a lo paralingüístico (los signos no verbales con que se acompañan las palabras) como al resto de sistemas semióticos no verbales.

No creo que sea necesario hacer referencia a la influencia de la iconología e iconografía sobre el pensamiento de una sociedad. Al fin y al cabo, de eso viven los publicistas. Pondré, por tanto, un ejemplo un poco más abstracto. Jack Goody, en La domesticación del pensamiento salvaje, muestra que la posesión de escritura (no la escritura verbal de la que se ocupa la lingüística, sino los textos maquetados de los que se ocuparían la paralingüística o la tipografía) es uno de los rasgos que permiten comprender aspectos específicos de la forma de pensar en los occidentales. Pensamos en el fluir temporal no porque nuestros verbos posean tiempo, sino porque tomamos registros del tiempo. Pensamos haciendo listas mentales porque la escritura nos ha enseñado a preparar menús y listas. Es decir, no solo lo que decimos influye sobre nosotros, sino también la mera posibilidad de convertir el mensaje lineal en una serie de dibujos situados en el espacio de una tablilla de arcilla, una pared, una piel de animal o una hoja de papel. Pensemos, del mismo modo, en cómo los códigos del lenguaje audiovisual han modificado nuestra manera de pensar el tiempo, limitando nuestra atención a clips de 20 segundos. Es otro ejemplo de elemento para-lingüístico, situado en los intersticios del código, que sin poseer en sí mismo significado alguno influye notablemente sobre nuestra cognición.

La lengua puede ser una palanca desde la cual alterar la percepción y las prácticas, es cierto; pero no es la única. Y a menudo, quienes ostensiblemente tiran de la palanca del lenguaje son los mismos que empujan en dirección contraria desde la imagen, la música o la acción.

viernes, 14 de julio de 2017

Picnic

Merendé una granita de limón
Y sólo cené dos cervezas
Corrí diez minutos en pos del autobús
Tras bailar música rave en el museo.

Solo lamento
Que esta dieta
Y este jueves
Ya se acaban, simultáneamente.


miércoles, 28 de junio de 2017

Aún Eros

Iba a escribir un manifiesto abogando
Por una vida célibe y asexual, libre
De molestas excitaciones
Pero me lo impide esa piel en que las pecas
Dibujan pequeñas montañas,
La curva demasiado amplia en la orejilla
Que asoma entre los cabellos,
La arruga del brazo alzado sobre el hombro.
Será la atmófera cerrada
Del vagón; el caso es
Que siento
Que aún siento algo.


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Perdon por  las posibles faltas, escribo desde un móvil...

viernes, 23 de junio de 2017

Vargas Llosa: Lituma en los Andes

Vargas Llosa, Mario: Lituma en los Andes, Barcelona, Planeta, 1993. ISBN: 84-08-46053-6, 350 páginas.
Descriptores:
´Policíaco. Terrorismo. Literatura Hispanoamericana.
Precio de lista:
??? -- Comprado de segunda mano por un euro.

De Vargas Llosa había leído poca cosa: La ciudad y los perros, Los cachorros (que no me gustó nada), La tía Julia y el escribidor (que me encantó) y poco más. Así que decidí ponerme al día a través de las tiendas de segunda mano.

Lituma en los Andes habla de un guardia civil destinado a un destartalado puesto en un lugar remoto y amenazado constantemente por el terrorismo de Sendero Luminoso. Tres habitantes de la aldea han desaparecido, y Lituma decide aclarar el caso, a pesar de la total falta de colaboración del resto de vecinos. Esto le permite a Vargas Llosa hacer un brutal retrato de la violencia del Perú de los años 80 y 90: narcotraficantes, terroristas, policías corruptos... Se muestra constantemente cómo, a pesar de los idealismos, la violencia no respeta a nadie ni a nada. Es cierto que, dada la ideología del autor, se cargan las tintas sobre los senderistas, pero nadie sale bien parado.

La técnica narrativa se basa en diálogos entre los personajes a través de los cuales surge el relato de su pasado. No se distinguen gráficamente los diversos niveles de narración, de manera que los personajes del marco narrativo dialogan de tú a tú con los personajes del relato enmarcado, mezclándose constantemente el presente con el pasado.

En general, es una historia apasionante que atrapa al lector, en una cadena de horror in crescendo que solo termina en el epílogo.

jueves, 18 de mayo de 2017

Hablando con el tonto...

Hablando con el tonto (dicho sea con cariño) en la parada del autobús, respondo una y otra vez a sus obsesivas cuestiones.

El tonto y yo no nos distinguimos tanto. Él pregunta continuamente las mismas cosas; curioso, todo lo observa y todo lo comenta. Los que no nos consideramos tontos nos diferenciamos, quizá, en el filtro: dejamos de expresar nuestras dudas absurdas y nuestras creencias; evitamos hablar de ellas al primero que pasa. Por eso nos gusta facebook, quizá. Porque en facebook podemos repetirnos una y otra vez y comentar nimiedades con cualquiera —"la luna, qué bonita está", dice el tonto— sin que nos tomen por locos.

La próxima vez que te cruces con un tonto, pregúntate si te estás contemplando a ti mismo.

Una versión previa de este artículo se publicó originalmente en mi perfil de Facebook.

sábado, 22 de abril de 2017

Albert Sánchez-Piñol: La piel fría

Sánchez-Piñol, Albert: La piel fría, Barcelona, Edhasa, ISBN: 84-35-008-92-4 (ISBN13: 9788435008921); 283 páginas.
Descriptores:
Aventura. Fantasía.
Precio de lista:
17.79 Euros -- (según Agencia Española del ISBN; leído en una biblioteca).

Catalogando libros para la biblioteca de mi instituto, leí la contratapa de este y no pude resistirme a catar la primera página, a lo que siguió un impulso irresistible de devorar el libro entero. Se trata de una historia que comienza como un libro de aventuras exquisitamente escrito y se convierte después en una novela fantástica que reflexiona sobre el amor y el odio, como ya anuncian las primeras frases:

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes odiamos.

Los primeros capítulos del libro están escritos con una prosa maravillosa, que no sé cuánto deberá al autor y cuánto a la traductora, Claudia Ortego Sanmartín (el libro está escrito en catalán, y el hecho de que no lo haya traducido el propio autor indica la preocupación de éste por conseguir la perfección en el resultado). Me admira especialmente la descripción, completamente minuciosa y completamente neutra, neorrealista casi, de la caseta del observador meteorológico donde el lector adivina que ha pasado algo horrible.

Por lo demás, si la influencia lovecraftiana que se nos anuncia en la contratapa se limita prácticamente a la presencia de cierto horror que no quiero desvelar, en cambio Stevenson y Conrad se hacen fuertemente presentes en el tema de la lucha entre la civilización y la barbarie, en la que el europeo descubre que no siempre lleva la razón. Esto, a pesar de la relativa ausencia de aventuras. Yo encuentro un cuarto autor con el que compararlo: se trata de Philip J. Farmer, aunque no puedo explicar el porqué sin reventar el argumento.

La construcción de la trama es muy cuidadosa, aunque flojea cerca del final (por ejemplo en las escenas de alcoholismo insuficientemente motivadas). Pero entonces se recupera maravillosamente en una conclusión que, a pesar de ser inevitable, el lector ya no espera, y que redondea completamente el libro, haciendo que en una segunda lectura nos demos cuenta de que todo estaba ya ahí, desde el principio.

Por eso es difícil asignar este libro a un género, ya que aunque mezcla aventura, terror y fantasía en realidad me recuerda más a esa ciencia ficción especulativa que no nos habla de otros mundos, sino de nosotros mismos. Como hacen siempre las grandes obras.

domingo, 12 de febrero de 2017

Robert A. Heinlein: La luna es una cruel amante.

Heinlein, Robert A.:La Luna es una cruel amante, Factoría de ideas, ISBN: 978-84-9800-848-7 ?? [Según www.mcu.es; versión Kindle distribuida por Amazon, basada en Heinlein, Robert A.:La Luna es una cruel amante. Arganda, Factoría de ideas, 2009, ISBN 9788498005035, 352 págs.]
Descriptores:
Ciencia ficción. Política Ficción. Rebeldes.
Precio de lista
9.99 Euros -- conseguida gratis con las ofertas de Kindle para Samsung.

La Luna es una cruel amante es una de las tres novelas de Heinlein que yo considero básicas. Su argumento desarrolla una insurrección independentista en la Luna desde el punto de vista de la estrategia política, lo que permite a Heinlein desarrollar su filosofía ética basada en el rechazo a todo gobierno, a toda norma, a toda ley que no se base en la asunción de la responsabilidad completa de cada individuo sobre sus propios actos. Aunque hay un par de guiños a la ciencia ficción dura (al fin y al cabo, Heinlein era ingeniero, y lo demuestra con el cálculo de la energía producida por la caída de una carga desde la Luna a la Tierra), el principal rasgo futurista de esta novela, aparte la elección de escenario, es su protagonista: un ordenador. Ese papel protagónico de la computadora le permite preguntarse sobre los riesgos de una sociedad cerrada en que un solo cerebro lo controla todo. Algo muy actual para una novela escrita en los 60 (aunque la idea ya está en otros autores de la época).

En Internet he visto algunos comentarios que hablan del pobre estilo del texto y escaso desarrollo de los personajes. Es cierto; Heinlein utiliza un lenguaje relativamente coloquial salpicado con la jerga procedente de otros idiomas (en concreto el ruso) que se espera que se hable en una colonia penitenciaria internacional. Y se sacrifica el desarrollo de los personajes a favor de la trama. Personalmente, estoy aburrido de esos libros pretenciosos que desarrollan mucho los personajes pero en que realmente no hay narración alguna; si quiero un libro de personajes, elijo a Flaubert o a Clarín, no un libro de ciencia ficción. Por otro lado, en muchas obras (literarias, de cómic o cinematográficas) los intentos por crear un perspectivismo de personaje polifónico acaban, tras páginas y páginas (o minutos y minutos) de cháchara vacía, en una serie de diálogos que repiten tópicos y personajes no planos sino planísimos. Por ello prefiero que los personajes no estén desarrollados y la trama sí a que ninguna de las dos cosas valga la pena.

Por último, un comentario sobre la edición electrónica de Amazon. Al ver esta novela en las ofertas de Kindle para Samsung (aparecen en la versión de Kindle de la tienda Samsung), decidí descargarla, aunque sospechaba que la traducción podía flojear, como en otras ediciones de Factoría de Ideas. De hecho, en la tienda Kindle hay comentarios en ese sentido. Pero, frente a lo que decían los comentarios, no he tenido dificultades para comprender la traducción, y solo he visto tres o cuatro fallos gramaticales, casi todos al final. Sí hay bastantes erratas, casi todas consistentes en la partición de un párrafo o en el cambio de tipo de letra, algo que creo que es perfectamente asumible, dado el papel del papel.

martes, 7 de febrero de 2017

El papel del papel

El papel se va a acabar. Acaban con él las administraciones públicas, las compañías que nos facturan a fin de mes, los patrones que expiden nuestras nóminas. Sustituyen esos documentos por otros "totalmente válidos como prueba", pero que solo podemos recuperar mientras somos clientes o empleados y que pierden, además, su valor probatorio en cuanto sus firmas digitales (en los casos en que existen) caducan. Plazos, por lo general, muy cortos.

Pero en esta sociedad del sin-papel, curiosamente, digitalizamos. Y digo curiosamente porque digitalizamos documentos digitales, previa impresión. Hay casos curiosos. No hace demasiados años, la Real Academia escaneó los fondos de una editorial y los reeditó a partir del OCR. La gracia está en que aquella editorial había nacido en los años 90, época en que el proceso de impresión era ya digital, y que su labor era la edición crítica, es decir, la fijación de los textos originales carácter por carácter. Así, cualquier en una sola letra contaba. A un filólogo como yo, el proyecto de la RAE le sonaba extraterrestre. Como si yo mismo hubiera metido en mi escáner el ejemplar de la 2ª edición de "El sí de las niñas" que anda por casa de mis padres, y a partir del ReadIris (es lo que se llevaba por aquel entonces), sin comprobar ninguna fuente secundaria, hubiera presentado una edición como tesis doctoral. ¡Toma ya!

Pero la cosa no es de chiste. Si era tan ridículo el uso del escáner por parte de instituciones como la Academia o revistas fundadas después de los 90 que siempre han exigido originales en formato electrónico a sus autores, ¿por qué lo seguimos haciendo?

Principalmente, porque, al igual que pasaba con los originales en papel de las obras de siglos pasados, nadie se molesta en conservar el original electrónico. O al menos no se molestaba hasta hace poco tiempo. Y de forma secundaria, porque, a pesar de que insistamos en conservar copias digitales, los formatos no duran para siempre.

El otro día me topé con el problema mirando un archivo antiguo escrito en mi ordenador. Hacia 2004, en un intento de mejora de mi productividad, comencé a escribir mis documentos en un Macintosh IIci de principios de los años 90, para después imprimirlos en mi PC. En aquella época, Microsoft-Word para Windows no sabía traducir los documentos de Mac, pero el Novell Wordperfect 8.1 para Linux (la única versión gratuita de WordPerfect que he conocido) traducía con la misma facilidad el WordPerfect para Mac y el Microsoft-Word para Mac. Así que yo escribía en un Mac e imprimía en un PC, sin mayores problemas.

Sin embargo, en mi ordenador actual no hay ningún programa que ni siquiera identifique adecuadamente el formato de aquellos archivos (que, puesto que se escribieron en un Mac, no poseen extensiones, pues las extensiones son una absurda idea de MS-DOS que no se convirtió en estándar de facto hasta la llegada de Windows 3.1). Gracias a la manía de los programadores de Word (y enemigos de WordPerfect en general) de separar la capa de texto y la capa de formato, que el archivo se hizo con Word y puedo leer su texto. Pero no puedo convertirlo. Para hacerlo, tendría que desempolvar el 486 que tengo en mi trastero...

...Algo que probablemente ninguna editorial haría. Nadie en su sano juicio va a guardar esos antiguos disquetes o los ordenadores capaces de leerlos. Así que sólo nos queda el papel, el papel conservado en las bibliotecas universitarias, que podemos digitalizar en cualquier momento (es la ventaja de la copia dura o copia física).

Pongámonos ahora en la piel de los investigadores del futuro. Cuando quieran consultar las leyes que han estado en vigor en el período actual, ¿podrán hacerlo en Internet? ¿se habrán borrado los archivos por ser obsoletos? ¿Seguirá habiendo, dentro de 100 años, equipos capaces de leer archivos PDF? ¿Y de verificar las firmas? Si los servidores de verificación de las administraciones públicas emiten firmas que duran 6 meses o un año, ¿cómo puede demostrar alguien, llegada la hora de su jubilación, que la historia de vida laboral que imprimió diez años atrás es verídica? ¿O que recibió un nombramiento como funcionario interino diez años atrás?

Es muy fácil conseguir el orwelliano propósito de reescribir cotidianamente el pasado si todos los medios se convierten en electrónicos o si, como he leído recientemente, se comienzan a imprimir los periódicos en papel que se borre automáticamente a los cinco días (hace unos años, la tienda Thinkgeek vendía una pluma cuya tinta se borraba al cabo de unas horas: tuvieron la precaución de advertir sobre las consecuencias legales de emplearla para firmar cheques). ¿Somos conscientes de los riesgos? ¿O es que hay quienes ven en estebug una feature?

Cada vez estoy más seguro de que el futuro será digital y virtual, numérico y falso.

sábado, 21 de enero de 2017

Cómo: Pasar aplicaciones del segundo monitor al primero en Windows.

Edición 26/2/2017 - Lee esto primero

Juraría que había probado esto pero no me había funcionado...:

Con Tecla Windows + Flecha lateral se puede mover la ventana a la izquierda, centro o derecha de la ventana, sin importar que previamente estuviera maximizada.

En caso de que haya varias pantallas, se irá moviendo de pantalla en pantalla.

Así que la solución de abajo se puede cambiar por:

Pulsa Windows + hasta que la ventana deseada aparezca en tu pantalla.


POST ORIGINAL:

A pesar de que Windows 10 soporta múltiples escritorios virtuales, aparentemente no se puede enviar un escritorio a cada pantalla: solo se puede "extender" la pantalla para que ciertas aplicaciones (pongamos por caso chrome viendo Netflix o HBO en la tele) salgan por la pantalla secundaria.

Así que la posibilidad de alternar de un escritorio a otro se queda muy reducida con respecto a lo que ocurre en Linux, donde muchos gestores de ventanas muestran en una ventanita pequeña a qué monitor o escritorio se ha ido cada aplicación, para que la pasemos al monitor que tenemos encendido en ese momento.

Una alternativa a esto, que conocemos quienes empezamos a usar Windows en los 90 antes de tener un ratón, es manejar las ventanas «a ciegas» con el teclado.

Pongamos por caso que yo tengo mi escritorio extendido a dos pantallas, y que la última vez que encendí mi ordenador llevé Chrome a una pantalla secundaria (por ejemplo una televisión) para ver una película, pero ahora quiero encender solo la pantalla pequeña. Al abrir Chrome, la aplicación sale en la pantalla grande, que está apagada. ¿Cómo pasar Chrome a la otra pantalla?

La solución viene con el uso del teclado. El ratón es un dispositivo muy interesante, pero solo podemos usarlo correctamente si miramos la pantalla. En cambio, el teclado puede usarse sin pantalla (¿quien no ha tocado música en un ZX-Spectrum con la tele apagada? ¿quién no ha usado Ms-DOS conectado a una impresora matricial que hacía de pantalla?).

  1. Seleccionamos la aplicación cuya ventana queremos mover (ALT-TAB o pulsando en el icono de la barra de tareas)
  2. Pulsamos ALT-ESPACIO. (ALT-ESPACIO significa "abre el menú estándar Windows de la ventana").
  3. Pulsamos "R". En la traducción de Windows vendida en España, "R" corresponde a restaurar. Si estamos en otro país quizá tengamos que comprobar con una ventana que se abra en la pantalla normal qué letra corresponde a "restaurar" en nuestra traducción de Windows.
  4. Con la anterior acción, hemos restaurado la ventana (en caso de que estuviera maximizada, esto es imprescindible para poder moverla).
  5. Ahora, pulsamos de nuevo ALT-ESPACIO para volver a llamar al menú de la ventana.
  6. Pulsamos "M". En la traducción de Windows vendida en España, "R" corresponde a restaurar. Si estamos en otro país quizá tengamos que comprobar con una ventana que se abra en la pantalla normal qué letra corresponde a "restaurar" en nuestra traducción de Windows.
  7. Finalmente, mantenemos pulsado "Flecha izquierda" o "Flecha derecha", según si en la lógica de Windows la pantalla apagada está situada a la derecha de la actual (flecha izquierda para llevar la ventana a la actual) o a la izquierda (al revés). Esto moverá la ventana hacia nosotros.

Espero que haya sido útil a alguno de vosotros