lunes, 25 de abril de 2016

Texto enviado al Museo de la Palabra

El museo de la palabra es una entidad un tanto quijotesca que pretende aunar las civilizaciones mediterráneas a través del hilo conductor de la palabra. Lo conocí a través de su concurso de microrrelatos anual (les llegan miles cada año) y, aunque nunca he conseguido destacar en su certamen, como en ningún otro, me parece bonito enviar también textos como este que, en caso de ser publicados, lo harán sin premio alguno..

El otro día el Museo de la Palabra nos propuso que explicáramos qué era Cervantes para nosotros. La verdad es que no sé si estoy aún a tiempo de enviar mi texto, pero por si acaso he querido escribir estas líneas.

Aunque había leído mejores y peores adaptaciones del Quijote, creo que no leí nada de Cervantes antes de que una profesora de lengua, no sé si la maestra del colegio, a la que idolatraba como a una madre, o la de literatura de 2º de BUP, a la que admiraba concupiscente, me mandó leer la Gitanilla. Y la verdad es que poco se me quedó de aquella obra, fuera de su melodramático argumento. En tercero de BUP el profesor de literatura decidió saltar al siglo XIX quizá para evitar que no llegásemos a él, y por ello leí mucho realismo y mucho naturalismo (todo español, claro está: las únicas clases sobre literatura universal recibidas hasta el final de la carrera de filología fueron aquellas sobre los clásicos grecorromanos y un par de apuntes sobre laa églogas de Sannazaro). Así que me planté en la literatura española de segundo de filología —dedicada al siglo XVI— sin haber leído el Quijote en su original. Creo que lo leí entonces.

El Quijote, en aquel tiempo, me conmovió, pero quizá no pasé de considerarlo, como sus contemporáneos, una obra de entretenimiento: el "Lo mejor que le puede pasar a un cruasán" de su época. Y créanme: la novela que acabo de citar, aunque muy recomendable, no hará que su autor pase a la historia.

Pero ese verano o el siguiente, no sé por qué, llegó a manos de mi padre, y de él a las mías, una edición del Quijote de finales del siglo XVIII, la de Pellicer, y sin nada mejor que leer devoré varios tomos en las noches estivales, pasándolas de claro en claro, y los días de turbio en turbio.

Años más tarde intenté iniciar un doctorado; hice un curso de Antonio Rey (mi resistencia a suplicar cambios de grupo había hecho que perdiera la oportunidad de asistir sus clases en cuarto) y entonces descubrí de verdad la profundidad del Quijote, a la vez que otras muchas obras de Cervantes —en especial su teatro, que era la excusa de aquel cursillo—. Y a través del Quijote fui descubriendo a una serie de escritores cuyas obras estaban impresas de Quijotismo o, en otras palabras, de Cervantismo.

Porque hay bastante de quijotesco en Cervantes, un hombre que está a punto de alcanzar la gloria en su juventud pero es perseguido por la fortuna: ha de huir de Castilla; es apresado cuando vuelve a la Península con importantes recomendaciones; consigue, a su liberación, un trabajo ingrato que le lleva a prisión... Un hombre que, rondando la edad de su célebre personaje, decide alcanzar la gloria de las letras y lo va intentando en todos los géneros, soportando las burlas de los autores de éxito, hasta que consigue crear una voz propia en la segunda parte del Quijote. Y que aun así tiene la humorada de decir, en el prólogo de la que es su creación más perfecta, que segundas partes nunca fueron buenas. En ese mismo prólogo donde introduce, como si fuera un consejo ajeno, una de las reglas básicas de la novela moderna: la renuncia a los relatos enmarcados.

Hay algo de quijotesco, realmente, en intentar escribir una novela de burlas, y al ver que sale de veras, dar alas al personaje, darle voz, alma y carne y hacer que la mentira, la bendita mentira de la fábula, se vuelva más real que la vida misma.