sábado, 25 de abril de 2015

Preocupados por la cultura científica... ¿inocentemente?

En los últimos meses, la necesidad de cultura científica ha sido protagonista de varias noticias: un extenso artículo en el National Geographic. La inclusión de una asignatura de cultura científica en el nuevo bachillerato, el borrador de cuyo currículo dedica un bloque a medio ambiente (tratado en otra asignatura de 2º), otro a medicina, otro a genética y otro a informática, en lo que parece un incoherente batiburrillo. La publicación de resultados de una encuesta sobre cultura científica, (1 y 2) en que los españoles quedamos en mal lugar (pero en mejor lugar que antes, todo hay que decirlo).

Cuando en un tiempo tan cercano se concentran la atención del poder y los medios sobre un mismo asunto, suele haber gato encerrado. Y el "gato" podría estar en una cuestión que aparece tanto en el artículo de National Geographic, como en los resultados de la encuesta y en el borrador de currículo: la seguridad de los organismos modificados genéticamente (de aquí en adelante, OMG).

Del mismo modo que el comunismo no es bueno ni malo per se ... los OMG tampoco son buenos ni malos per se

Del mismo modo que el comunismo no es bueno ni malo per se, sino que sólo es malo cuando lo pone en práctica una especie egoísta como la humana, los OMG tampoco son buenos ni malos per se. Son el último paso de una domesticación de las especies vegetales que a lo largo de los siglos ha usado la selección artificial, la hibridación y los esquejes para ir consiguiendo plantas más acordes con sus métodos de recolección y comercialización.

En mi opinión, el principal problema de los OMG se resume en tres puntos:

  • En primer lugar, si creamos una superespecie, corremos el riesgo de que se convierta en especie invasora acabando con la diversidad.
  • Se ha evitado ese problema haciendo que los OMG no se puedan reproducir por sí mismos (es decir, que sean viables como individuos pero no como especie). Sin embargo, esta decisión no ha sido solo producto de una reflexión pausada sobre los riesgos de crear una superespecie, sino (y aquí está el segundo problema) fruto de intereses económicos: si el OMG no se puede reproducir, las empresas vendedoras de semillas de OMG aumentarán sus beneficios vendiendo estos productos. De manera que los OMG, que a menudo se promocionan como una nueva revolución verde que acabará con la carestía de alimentos, solo solucionan la papeleta a los agricultores que tengan poder económico para comprar, un año tras otro, semillas especiales que (dada la constante bajada de precio de las producciones agrícolas) serán cada vez menos rentables.
  • El tercer problema está en las cualidades seleccionadas en la modificación. Del mismo modo que no hay ningún reparo ético que impida al hombre construir aviones, pero sí los hay para que construya bombarderos (y por eso la manera más simple de evitar que ciertos regímenes, como el iraq de Sadam Hussein, bombardeen a su población ha sido prohibir que vuelen sus aviones), modificar una especie no supone ningún peligro mientras no se haga con la intención de producir una especie peligrosa. Y ahí está el problema. Porque las especies modificadas más populares son aquellas que, o bien contienen tóxicos que destruyen a sus depredadores naturales (y en ese caso habría que comprobar que al llevar el tóxico a la planta no se aumente su toxicidad hacia el ser humano o hacia los animales domésticos o ganaderos alimentados con ella), o bien se las hace capaces de resistir mayores cantidades de tóxicos introducidos por el hombre.

El caso más famoso de este tercer punto son las semillas preparadas para soportar altas dosis de un conocido herbicida, herbicida al que en diversos países se ha acusado de producir infertilidad, cáncer o focomelia (una malformación productora de atrofia en las extremidades como aquella que en los años 50 y 60 causó masivamente la talidomida y por la que muchos españoles siguen, medio siglo después, sin percibir indemnización alguna). Evidentemente, las semillas que soportan altas dosis del herbicida serán rociadas más generosamente, y por tanto acabarán siendo más tóxicas —sin que esa toxicidad tenga que ver con su modificación genética, sino con la manera en que el agricultor las gestiona.

El problema de la ciencia es que opera de manera objetiva, dejando aparte la intencionalidad. Y cuando hablamos de seres humanos, individuos a menudo egoístas, debemos tener en cuenta siempre esa intencionalidad. Si quitamos la intencionalidad de los cálculos, es absolutamente natural, por ejemplo, eliminar a los individuos enfermos para preservar a la especie, práctica habitual entre muchas especies animales. Pero si científicamente es natural matar al débil, humanamente es inmoral matarle científicamente, como se ha hecho, y se seguirá haciendo, en los momentos más oscuros de la época contemporánea.