lunes, 26 de enero de 2015

Umberto Eco: Baudolino

ECO, Umberto: Baudolino, Barcelona, Lumen, 2001. 531 páginas.

ISBN: 84-264-1309-9

Descriptores: Novela histórica

Cuando trabajé en Móstoles, hace más de diez años, haberse leído todos los libros de Eco era lo mínimo que se podía esperar de cualquier persona medianamente culta. Yo, que me proveo de libros en mercadillos y tiendas de segunda mano, tenía por ello un cierto complejo de inferioridad. Así que se me quedó clavada la espinita de no haber leído este libro, modelo (hace diez años) de lo que todo texto literario debía ser.

Lo primero que hay que decir de Umberto Eco es que, como alguna persona más culta que yo me ha reconocido, es un pedante de tomo y lomo. Eso no se puede negar. Pedante en todos los sentidos, desde el bueno de "ayo, maestro" que le daba Machado a esta palabra, hasta el malo que todos conocemos. Se le perdona, claro está, su pedantería porque suele conseguir escribir con una gracia que hace que se nos olviden sus vicios. Pero en ocasiones roza lo infumable, y creo que esta vez casi lo ha alcanzado. Yo, por mi parte, intentaré poner mi propia pedantería al nivel del autor de esta novela.

Hay que poner en contexto la obra, claro. Hasta que no tuve veintitantos años y cursé una asignatura de posgrado con José Antonio Marina, yo no supe lo que era la postmodernidad. La palabra, claro, flotaba en el aire en aquella España de los años noventa. Lo llevaba haciendo ya desde hace tiempo: era uno de los latiguillos de la Movida Madrileña, aquel movimiento entre lo casposo y lo punk que se apoderó de los años juveniles de quienes ya no cumplirán cincuenta. Pues bien: Baudolino es una síntesis de lo postmoderno. ¿Y qué es postmoderno? Para saber qué es lo postmoderno podríamos recurrir a la definición del manierismo (esa la aprendí antes), ya que el postmodernismo viene a ser a la modernidad lo que el manierismo al barroco; pero, para no aburriros, diré que es una corriente artística, literaria y científica que niega la posibilidad de acceder al conocimiento objetivo. Según el postmodernismo, todo lo que sabemos lo sabemos a través de alguien, en un contexto. La realidad es un gran libro sobre el que construimos narrativas. No hay normas o valores universales. La cultura no viene a ser sino un texto. ¿Aburridos, verdad? Para resumir, los postmodernos acaban imitando, apropiándose de las palabras de otros, huyendo a un mundo de la gran cultura del que en realidad se ríen o, por el contrario, reivindicando el pop. Introducir la narración dentro de la narración es uno de sus trucos preferidos.

Baudolino es un joven italiano adoptado a los catorce años de Edad por el emperador Federico Barbarroja. Después de aprender a escribir, es enviado a París, donde realiza estudios universitarios. Allí conoce a un grupo de estudiantes que pasan las horas haciendo cualquier cosa menos estudiar. Entre sus varias ocupaciones, componen versos e inventan historias que luego harán circular como ciertas entre las cancillerías reales. Todo esto nos lo cuenta el propio Baudolino, muchos años después, desde una Constantinopla saqueada por los latinos, y aderezado con criaturas propias de los bestiarios medievales, de forma que el lector comprende que, en realidad, toda la historia, desde el principio, no es sino una broma más del narrador.

Y una broma divertida, hasta cierto punto, si no fuera porque, para llegar hasta ella, el lector se ha tenido que enfrentar a un capítulo primero escrito en una lengua inventada que pretende ser el dialecto local de la patria chica del personaje —mezclado, como corresponde, con un poquillo de alemán y otro poquillo de latín—, lo que hace que llegar hasta la página 20 del libro sea un auténtico ejercicio de paciencia. ¿Se ve recompensado después? Para quienes somos aficionados al folklore medieval, sí: ahí están la vaca de Carcasona, la guarida del Viejo de la Montaña, los esciápodos y otros elementos de las leyendas de la época. Pero dudo que fuera del ámbito cultureta pueda triunfar este libro, tan anticuadamente postmoderno.


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