lunes, 24 de junio de 2013

Homenaje a Tomeo

Ayer conocí la muerte de Javier Tomeo, autor cuyos cuentos me fascinaron siempre. A modo de homenaje, publico aquí un relato que escribí para el concurso de la UNED inspirándome en los suyos.

A la manera de Tomeo
En los últimos tiempos —clama la vocecilla desde la chimenea, rompiendo el encanto de esta noche invernal— los seres sobrenaturales protagonizan series y películas. Vampiros, licántropos, brujas e incluso demonios han tenido quien los reivindique. Pero —grita, haciéndome derramar el café sobre la cama de Sultán— ¿qué pasa con duendes y trasgos? ¿Es que no caemos bien a nadie?
La resistencia que ofrece la mancha a mis esfuerzos por limpiarla, así como el hecho de que al volver al sofá no encuentre por ninguna parte el mando a distancia, me hacen pensar que el trasgo no anda muy lejos. Irritado por sus travesuras, oso responderle:
—Pero ustedes han aparecido en películas como “El Señor de los Anillos”.
Fuera del cálido salón, se avecina la tormenta. Una corriente de aire abre el balcón y levanta los cortinajes, haciéndolos chocar contra ese portarretratos que me observa desde lo alto del televisor. El marco pierde su equilibrio, y la fotografía de mi boda se hace añicos.
—¡Ja! ¡Goblins deformes, orcos espantosos, trasgos desnarigados! ¿Se pueden comparar con esos ídolos de multitudes que interpretan a chupasangres y lobos?
Barro el desastre del suelo del piso, mientras prosiguen las quejas de la voz entre las brasas.
—¡Incluso los papeles de brujas son representados por jovencitas exuberantes! Y no me venga con que pueden cambiar su apariencia para agradar a los hombres. ¡Su aliento las delataría! ¿Alguna vez olió el aliento de una bruja?
Se esparce por el cuarto el hedor de una ventosidad rancia. Abro la puerta y hago salir a mi bulldog, cuya expresión de culpabilidad delata el origen de la peste. Todavía no llueve, pero el viento sigue soplando con fuerza y ayuda a ventilar la casa.
—¿Y Bowie? —sugiero— ¿no actuó como Rey Trasgo en aquella película de Jim Henson?
—Me dan arcadas —dice, mientras el perro vomita sobre el felpudo de la puerta. Algo le habrá sentado mal—. A pesar de su popularidad y de su evidente magnetismo, Bowie no deja de ser un freak, un bicho raro. Su atracción sobre las personas de ambos sexos era, incluso en su juventud, muy distinta de la que pueda ocasionar un Taylor Lautner entre un corro de muchachuelas.
Hace tiempo que no voy al cine, y no recuerdo muy bien quién es Taylor Lautner. Tendré que preguntar a mi esposa, que está más al día. Pero dejo de hacer caso a la voz, porque he encontrado al fin el mando a distancia entre las páginas de una revista, marcando la fotografía de un muchacho musculoso con rostro ligeramente exótico. Enciendo el televisor con la esperanza de acallar las quejas, pero la voz prosigue:
—¡Incluso en las películas más benévolas pintan a los trasgos como seres perversos e interesados en hacer el mal!
—¿Es que ustedes no son malvados? —intervengo, indignado— ¡Siempre escondiéndose en los rincones, habitando agujeros, viviendo en la oscuridad del inframundo! ¡Es normal que Tolkien les considerase aliados naturales de Sauron!
—Permita que me ría. Las hordas de Sauron, según indican nuestros libros de historia, estaban formadas por levas forzosas. Algunos afortunados pagaron para no ir a quintas, y se salvaron del exterminio. Otros clanes se enterraron bien hondo en la tierra para evitar la llamada a filas, y dicen que de ahí viene nuestra afición a las profundidades.
Los anuncios del chef Tony en la teletienda me sugieren una buena réplica:
—¿Y su bien conocida afición por estropear los guisos y echar sal al café?
—Yo, por lo menos, puedo asegurar que nunca me he acercado a un puchero. Me gusta la carne poco hecha y sin guarnición alguna. Mi médico me prohibió las verduras hace muchos años, tras un empacho de oronjas que encontré en la despensa de un tal Claudio.
—¿Emperador de Roma?
—No viene al caso. Simplemente deseo aclarar la inocencia de mis acciones.
Un trueno lejano indica que por fin ha comenzado la tormenta. No tarda en irse la luz y por un momento me parece ver unos ojos reflejados en el cristal de las ventanas. Son las bombillas de la araña, que han parpadeado brevemente en esta fría y oscura noche de invierno, antes de apagarse definitivamente. Entonces me acuerdo del perro y abro la puerta para que entre en casa. El pobrecillo estará empapado.
Envuelvo a Sultán en una toalla y me siento con él junto al fuego. Contemplando las llamas, me concentro hasta olvidar al intruso que ha perturbado mi noche. A pesar de los ruidos del exterior, la habitación se encuentra por fin en silencio. Siento el pecho del bulldog subir y bajar alternativamente al ritmo de su respiración, que poco a poco se va haciendo más suave.
—Ahora me culparás por las huellas en el piso.
Ignorando la provocación, continúo mirando las llamas hasta que mis ojos se ciegan con su baile hipnótico. Oigo ruidos en el fondo de la casa. María debe de haber despertado. Será mejor que me acueste para no desvelarla. Pero primero debo fregar el rastro dejado por el perro.
Al levantarme, con los ojos todavía llenos de fosforescencias naranjas, me fío del tacto para llegar al servicio y tomar la fregona. Mientras camino de vuelta con el balde lleno de agua, no percibo la presencia de Sultán hasta que tropiezo con él y esparzo nuevas salpicaduras en el salón. Mi mujer grita desde el dormitorio.
—¿Qué estás haciendo?
Encierro al perro para evitar que deje más huellas y me afano con el mocho. Poco a poco, la habitación vuelve a su pulcritud original. Con  todo, un leve sonido de risas parece escapar de entre los troncos que arden en el hogar.
—Creo que vuestra fama es merecida. No irás a decir que no has tenido parte en esto —susurro, mientras vierto agua sobre las brasas.
—Es un síntoma de inmadurez culpar a otros, o a la fortuna, de las propias desgracias. Al menos eso dicen los psicólogos educados en países calvinistas. Por mi parte, no negaré que disfruto observando la torpeza de la gente, como cualquier hijo de vecino. Por cierto, si notas cierto mareo, te recuerdo que el monóxido de carbono es un gas altamente intoxicante.
Haciendo caso al consejo, dejo una pequeña ranura en las ventanas para airear la habitación antes de volver, por fin, a mi cuarto.

No sé si el duende tendrá la culpa o no, pero, al vestirme a la mañana siguiente, echo en falta la billetera en el bolsillo de mis pantalones.