sábado, 1 de junio de 2013

Experiencia

Me llaman la atención últimamente, echando la vista quince años atrás, al momento en que salía de la Autónoma, la cantidad de cosas que he aprendido gracias a la experiencia. Y también la cantidad de cosas que no he conseguido aprender gracias a ella.

Las primeras son especialmente sorprendentes en cuanto a la literatura. A pesar de que el comentario del examen de oposición estaba centrado en la identificación del autor de un texto, nunca me lo tomé muy seriamente. Y, sin embargo, a lo largo de los años, analizando una y otra vez y comentando con alumnos y compañeros de trabajo los mismos cuatro sonetos de Góngora o las mismas cuartetas de Machado, se aprende a descubrir sus mañas, los rasgos de estilo que los identifican. Por ejemplo, hace años, y a pesar de haber trabajado ese texto en la asignatura de Literatura II, cuyo examen era también un comentario de textos, no hubiera dicho que la aliteración (repetición de sonidos) inicial de «Menos solicitó veloz saeta» era un rasgo muy gongorino —de hecho, cuando los compañeros que han estudiado en la Complutense me hablan de aliteraciones, desconfío, hasta el punto de haber escrito una macro para ver si una letra está empleada en un verso con una frecuencia realmente mayor a la que tiene en prosa—. Y ahora, sin embargo, no solo lo pienso intelectualmente, sino que lo veo.

Las segundas, las que por más que lo intento no aprendo, son aquellas habilidades que intelectualmente comprendo, pero que emocionalmente me veo todavía incapaz de poner en práctica. Y es que una cosa es que me convenzan, pues convencido estoy, y otra es que me persuadan.