lunes, 24 de enero de 2011

Comentario dejado en Que:

En un artículo titulado Obligados a aprobar en junio, los periodistas de Qué comentan un problema que se planteó en la pasada selectividad madrileña y que se volverá a producir este año: los alumnos de bachillerato pueden recuperar las asignaturas suspensas en septiembre, mientras que los de la universindad recuperan en julio y comienzan el curso el 1 de septiembre.

Ibáñez Castresano, jefe de estudios de uno de los institutos "de bandera" de Madrid, plantea como solución que las autoridades educativas adelanten la recuperación a junio para un curso, el segundo de bachillerato, que supone un estrés constante para los alumnos. Es cierto que en segundo de bachillerato el curso acaba a mediados de mayo, y que se podría usar el tiempo que los alumnos "aprobados" utilizan para repasar la selectividad en que los alumnos "suspensos" preparasen la recuperación. Pero olvida el señor Ibáñez que no es lo mismo "barrer sobre limpio" que hacer una limpieza a fondo. Para que un alumno que ha suspendido varias asignaturas las pueda aprobar ¡y luego examinarse de ellas en el selectivo! necesita tiempo, mucho tiempo.

Además, el problema no está en el desajuste del bachillerato. Está en la universidad. Es cierto que los planes de Bolonia no tienen la hipertrofia de asignaturas de los antiguos "planes nuevos" de la LRU, pero sigue habiendo desajustes.

Por ejemplo, yo, que estoy estudiando (a ratos perdidos y sin mucho aprovechamiento) una carrera en la UNED, he encontrado que, en Navidades, cuando olvidado, por fin, de las dolorosas obligaciones laborales, tenía un estado mental propicio para el estudio, estaba cerrada a cal y canto la biblioteca central, donde pensaba dedicarme a consultar referencias bibliográficas, muchas de ellas meras secciones de libros que, por tanto, no deseaba llevar a casa. ¿De qué me sirve que esté abierta hasta bien entrada la noche ahora, en febrero, cuando trabajo (o cuando los estudiantes tienen que ir al aula por las mañanas)?

Además, muchos de los alumnos que fracasan en la universidad lo hacen porque no consiguen desarrollar habilidades de tipo procedimental (perdón por el desfasado vocabulario LOGSE), habilidades que no se adquieren en quince días, como el análisis de una oración para entusiasta del inglés metido a filólogo sin mucha idea de gramática, el manejo de un programa de CAD para un profano, o el reconocimiento de una estructura cristalina para alguien sin visión espacial.

Muchos de mis conocidos, a quienes llevo pocos años, experimentaron la desgracia que suponía, en la práctica, ese verano sin preparación de exámenes. Pero hasta hace poco esa costumbre no había llegado a Madrid. Y es una costumbre un tanto absurda, propia de naciones en que no hay ningún examen de recuperación, ni en junio ni en septiembre (puesto que, como en el espíritu del plan Bolonia, hay clases prácticas con trabajos prácticos que se han debido ir entregando a lo largo del curso y raramente son recuperables).

Como aprendiz de antropólogo, sé que lo que parece absurdo a ojos de una mentalidad "racionalista" occidental (es decir, del otro lado del mar océano) puede tener su lógica racional a ojos de la cultura estudiada. Pues bien, aquí hay un caso. Los exámenes de recuperación de septiembre son ilógicos en un sistema en que no hay recuperación porque los dos primeros años son un "barniz" culturizador que prepara al graduado para especializarse en algo (y, por tanto, las asignaturas "callo" suspensas son sustituibles por otras más fáciles). Comenzar el curso en septiembre es ilógico si no hay exámenes en septiembre. Por tanto, lo "lógico" es que empiece el curso en septiembre y no haya recuperación. Eso, claro, si uno vive en Estados Unidos y tiene que invertir un gran capital económico en la formación de sus hijos.

Pero, ¿qué pasa si uno vive en España, ese país poco poblado situado en un apéndice de Europa? Lo que es válido para la cultura del otro lado, no es válido aquí. Pero no queremos entenderlo, y seguiremos estrellándonos contra un muro mientras no nos demos cuenta de que el término Exception Culturelle no se debería aplicar a la subvención de la Kultur (alta cultura, es decir, Taxi y Astérix el Galo), sino a la comprensión, a la hora de tomar decisiones, que existe una cultura propia, un "complejo total formado por conocimiento, creencia, moral, ley, costumbre, arte y otras aptitudes y hábitos adquiridos por el hombre a través de la sociedad" que es distinto aquí que allá.

Si al llegar aquí todavía no os he aburrido, podéis ver el comentario que he dejado en el artículo del Qué:



Creo que el señor Ibáñez Castresano se equivoca en el diagnóstico, aunque sólo parcialmente. Una recuperación en julio no sirve para nada ni en bachillerato ni en la universidad. ¿Qué materia nueva va a haber estudiado quien no aprobó quince días antes? Y si suspendió en febrero, ¿qué va a aprobar en julio, compitiendo la materia de febrero con otras nuevas?
Históricamente, el largo verano de la enseñanza española se ha debido a dos motivos: primero, a la siega, en que debían colaborar todos los brazos útiles de la familia. Cuando ésta desapareció, la necesidad de un largo período de preparación de unos exámenes de recuperación que no había en otros sistemas educativos hicieron conveniente mantener este período.
Aunque vaya contra mi interés el confesarlo, convertidos tanto la enseñanza primaria como la secundaria y la superior en guarderías, lo lógico sería comenzar el curso el 1 de agosto.
Pero, si se quiere mantener exámenes de recuperación y, a la vez, un gran número de clases presenciales (que, en realidad, poco aportan si el alumno sigue desapareciendo de la biblioteca, con el incentivo adicional del cierre de ésta en vacaciones) habría que postergar el inicio de curso y retrasar su finalización, de forma que hubiera un período de descanso pero también estudio (es decir, de "otium") que permitiera al alumno que ha suspendido preparar su prueba en unas condiciones mínimas.
Lo que no es de recibo es cerrar bibliotecas en vacaciones, que es cuando algunos alumnos, sobrecargados de prácticas en otros momentos, pueden dedicar tiempo no sólo a estudiar, sino a reflexionar sobre lo estudiado --que no lo olvidemos, pedagógicamente marca la diferencia entre el estudio memorístico y la consecución de un aprendizaje significativo, que es lo que se supone que pretende Bolonia.
En fin, que la calidad de enseñanza sigue siendo una de esas grandes banderas que se agitan para ocultar la estrechez de miras de los planificadores...