sábado, 18 de diciembre de 2010

Leyendo sobre teoría política... liberalismo.

Hasta que mis recientes estudios me hicieron acercarme a la lectura de teoría política, nunca tuve muy claro qué era el liberalismo. Sabía solamente las cuatro cosas claras que debía explicar a los alumnos en las horas dedicadas a historia de esa asignatura-comodín que es ASL. Y también sabía que, por alguna extraña razón, la derecha protegía encarnizadamente la libertad (sobre todo la libertad económica, como aquel personaje de Clarín para quien libertad era sinónimo exclusivo de librecambio) mientras se resistía a conceder cualquier otro derecho al hombre. Pero no sospechaba hasta qué punto era negativa esa teoría liberal sobre la libertad.

El progreso era antes progreso económico que humano; todos los hombres "eran creados iguales", pero ello no impedía la esclavitud del que se creía creado para servir, ni el robo de tierras del que se creía incapaz de cultivar su tierra (pues la cultivaba de modo no occidental). Las "verdades evidentes" de la constitución norteamericana cedían ante un racionalismo económico ciego que sostenía que había que favorecer a los más dotados para crear prosperidad.

Si los románticos hubieran leído más a Locke y Mill quizá huberan sido conscientes de que los crímenes en nombre de la libertad ni siquiera estaban justificados por sus fines. Quién sabe, quizá don Álvaro se hubiera despeñado antes, y don Juan no hubiese encontrado redención. No sé si es que ignoraron que el hombre que persigue la libertad es ambicioso, soberbio, individualista, sí; pero juicioso, calculador, astuto, y rechaza la violencia: no inicia una guerra si no es estrictamente necesario, y, aun cuando lo es, prefiere que sean otros los que manchen con sangre sus manos.

El espíritu de libertad que veo en Locke y Mill (según mis todavía reducidas lecturas) es el de lo que en la segunda mitad del XIX daría en denominarse un moderado: quizá coincida con las convicciones de un Martínez de la Rosa, que pasó del furor romántico de La Conjuración de Venecia (una obra, sin embargo, maquiavélica y moderada salvo por el fantasma del parricidio) al sillón ministerial más apropiado para sofocar revueltas.

Lo que he leído sobre las versiones modernas del liberalismo no me tranquiliza más. Parece que todas condenan a quienes son incapaces de compartir una serie de valores básicos de la ciudadanía a la occidental (que para algunos autores siguen siendo valores básicos humanos) y permiten la marginación por el propio bien de la sociedad.

El liberalismo dotó las sociedades modernas de un mecanismo relativamente más justo de gobierno, pero ha potenciado enormemente el individualismo. Ha reducido el poder del estado, pero ha permitido la creación de imperios comerciales y, por tanto, privados. Ha insistido sobre la necesidad de unir a los ciudadanos en una nación cohesionada para que se sientan dueños de la soberanía, pero no ha sabido dar respuesta a la diversidad cultural presente no sólo en el contacto entre naciones, sino dentro de cada nación misma.

El liberalismo es, como toda teoría política, una utopía irrealizable. Si en nombre de la libertad se han creado carnets de identidad, se ha llenado de cámaras las calles y los bolsillos de los ciudadanos, y se ha anulado parcialmente el derecho al secreto de las comunicaciones consagrado en la constitución, en nombre del individualismo se ha convertido un parlamento que debía representar a los ciudadanos en un terreno de juego para los lobbies que representan a las corporaciones, mientras la nación, el tercer pilar, se ha ido diluyendo dentro de un mundo donde los estados tienen muy poca fuerza.

Sigo esperando conocer alguna una teoría política y moral capaz de explicar y mejorar el mundo actual, aunque mis esperanzas son pocas. ¿Tan difícil es aunar la libertad individual con un sentimiento de solidaridad que consiga, por lo menos, cierto efecto profiláctico? ¿Una idea de bien que no admita la tiranía del estado ni de la religión, pero tampoco la del poder económico ni la de los medios de comunicación? ¿Una manera de pensar según la cual Gandhi o Teresa de Calcuta puedan ser consideradas personas buenas?