lunes, 22 de septiembre de 2008

Aceras

Nota: Este artículo se iba a haber llamado "De las grandes lluvias", pero, por respeto a otras zonas donde la lluvia ha provocado inundaciones, ha recibido un título diferente. Supongo que Gloria nos hablará próximamente de la que ha caído en su pueblo, que no es poca.

El viajero que visita Pompeya se sorprende de la existencia de aceras y pasos en la ciudad romana. ¿Para qué podían querer aceras los habitantes de una ciudad desaparecida mil setecientos noventa y siete años antes de la invención del motor de explosión? ¿Tan denso era el tráfico de vehículos de tracción animal como para necesitar aceras?

En las ciudades modernas, la peatonalización de cualquier zona comienza eliminando las aceras e igualando su altura a la de la calzada, por la que, se supone, ya no transitarán vehículos, salvo casos excepcionales. Normalmente no se opta por rebajar la acera, sino por subir la calzada, o, lo que resulta más fácil todavía, subir acera y calzada, dejando los portales y comercios a ras de suelo.

Entonces, llega la lluvia y lo inunda todo. La acera y el arroyo, es decir, el lugar por donde circulan las aguas, la basura y los animales. Con el agravante de que, siguiendo la costumbre habitual, la calzada se ha abombado para expulsar el agua hacia los laterales, pero no hay acera que contenga este agua. Pero no se han reforzado, a cambio, las conducciones de aguas pluviales —que son las responsables de que las aceras actuales, a diferencia de las pompeyanas, estén sólo a un palmo por encima del arroyo—.

La situación puede comprobarse en muchos lugaares de Madrid, y, supongo, en toda la geografía española (especialmente en los pueblos, donde, durante mucho tiempo, han existido rudimentarias aceras y poyetes junto al suelo de albero o simple terrizo). Me vienen a la cabeza el barrio de las Letras, tan cercano a la casa de mis padres, o el casco histórico de Vallecas (donde se da la curiosa circunstancia de que la configuración de calles sin aceras no es peatonal: unos bolardos separan el suelo de los coches del suelo de los peatones, los dos al mismo nivel, porque la pavimentación se ha construido sobre el suelo preexistente, a ras de puertas, en lugar de profundizar en él). Ya sé que este Madrid de hoy no es aquella ciudad decimonónica de nueve meses de invierno y tres de infierno (la contaminación tiene sus ventajas), pero de vez en cuando llueve. Y aunque normalmente no las haya, todos los años hay alguna precipitación violenta. Y cuando hay una precipitación violenta y no hay límites entre acera y arroyo, si además se da la circunstancia de que las conducciones de pluviales están a ras de tierra por la forma de construir las calles, el agua inunda las aceras.

Por lo menos, en Vallecas, los obreros, que quizá vivían en la zona y, por taanto, eran parte interesada, hicieron un pequeño vale entre la parte peatonal y la calzada, para que los charcos se queden allí. En Huertas, algún constructor avispado siguió al pie de la letra el esquema de calzada abombada hacia fuera, a lo que muchos vecinos tendrán que agradecer que se inunden sus portales cada vez que llueve.


Sobre el cauce del Henares y arroyos tributarios, y si habría que eliminarlos en pro de la seguridad aérea, o ahondarlos en pro de la seguridad ciudadana, forse altra (Gloria, espero) canterà con miglior plectro.

2 comentarios:

Raquel dijo...

Acabo de llegar de Túnez (el Lunes) y no tenía ni idea de como estaba todo aquí,porque aunque teníamos canal 24hs. en español... NI LA TV veíamos... ES TREMENDO las imágenes en Telecinco anteayer... Tremendo.

Raquel dijo...

http://acambiodenada.blogia.com