lunes, 19 de septiembre de 2005

El rey y Agbar

Creo que ya he hablado aquí en alguna ocasión de ese edificio barcelonés en que la verticalidad no es sublimación fálica, sino falo (y mejor no añadir que a sus autores les evoca un surtidor, porque entonces sí que la hemos hecho buena). Fue a raíz de un artículo que leí en el blog de una mujer catalana que aparentemente había pasado los 60, pero que todavía se daba cuenta de estas cosas —si es que a alguna edad deja uno de darse cuenta—.

Estaba yo indignadísimo porque su Majestad el Rey de España hubiera tomado parte en la inauguración de esa torre erigida —erecta— por Aguas de Barcelona, cuando héteme aquí que hojeo la sección económica del ABC y veo que la compañía de marras tiene unos asuntillos no muy claros por allá en la Argentina.

Así, sin consultar La Nación ni chatear con ningún porteño ni —colmo ya de mi vagancia— echar mano de un blog, lo único que puedo decir es que Aguas de Barcelona es concesionaria de la traída en esa que fue Nueva York del Sur y ahora es otra capital más del tercer mundo. Según el artículo, el final de la dolarización supuso grandes pérdidas a la compañía —seguro que a los únicos que no se lo produjo fue a los bancos— y a resultas de ello solicitó una subida de tarifas. Y no fue una tarifa cualquiera: se trataba de un aumento del 20%, en plan Consorcio de Transportes, los García, y el Euro somos todos. Parece que a Néstor Kirchner se le atragantó la oferta y —la mejor defensa es un buen ataque— empezó a sacar trapos sucios de la compañía: que si un incumplimiento aquí, que si una falta de inversiones allí... dijo a la concesionaria que de subida, nada, y que, ya de paso, se acordaran de pagar ciertas multas.

No tengo nada contra Aguas de Barcelona, entre otras cosas porque nunca he bebido su producto (no es que sea alcohólico, es que en Madrid opera el todopoderoso Canal que, por lo visto, lo es hasta de televisión). Pero me da la impresión de que su trayectoria es similar a la de muchas empresas españolas: aterrizan en un país tercermundista, hacen una gran inversión (que nunca puede llegar a suplir todas las carencias en infraestructuras) esperando llevarse el oro y el moro (contando en millones la clientela potencial) y después se dan cuenta de que esa clientela potencial, incluso con un producto de venta asegurada como el agua, no puede pagar lo suficiente como para que los beneficios sigan creciendo. Porque, según el ABC, no se trata de que haya pérdidas, sino de que los beneficios no crecen (otra cosa es que se trate de un eufemismo: en un caso, AgBar estará engañando a los Argentinos; en el otro a los accionistas). Valga esto, también, para esos fabricantes de textil que producen en China y luego se quejan de las cuotas, el precio del petróleo que encarece los transportes, la piratería.

Y es que, señores, todos sabemos que el Tercer Mundo es una de las inversiones más rentables que existen, pero también sabemos que es una de las inversiones con más riesgo. Esa es una de las razones por las que tengo mis ahorros al 0% de interés en un banco español en lugar de haberlos metido en una cuenta remunerada al otro lado del charco.

1 comentario:

Edryas dijo...

El agua de Barcelona sabe rara, sinceramente, ¿será por lo rancio del comercio?

Creo que lo peor de la torre Agba no es que parezca una erección, eso es cómico y hasta artístico; lo peor es que parece un proyectil, una bala a tamaño Diox, y eso da más miedo.