martes, 19 de julio de 2005

Draculín busca piso.

No sé si os he contado los sufrimientos por los que ha pasado Draculín estos días, pero quizá lo hayáis encontrado un poco irascible. No se debe a que haya chupado mala sangre, sino a que sintió que ya era hora de que echara a volar y abandonara el castillo familiar.
Pero Draculín ha encontrado muchos obstáculos. Entre ellos el de sus antepasados, que se negaban a que ocupara una cueva donde no le cabía un ataúd de matrimonio —«pero, mamá, si yo soy un vampiro solitario, siempre lejos de mi hogar»— o a que se metiera en un torreón de tercera mano, con la fosa para la tierra de los antepasados al lado de las mazmorras.

Draculín siguió buscando, y, aunque no llevaba mucho haciéndolo, empezaba a cansarse, porque se daba cuenta de que, después de haber renunciado a un torreón, con sus almenas y todo, desde el que llegar a la zona en que ejerce sus actividades sangrientas le costaba una hora (en metro, hay que economizar enegías), no podía aceptar un calabozo, por mucho que tuviera al lado a los tiernos corderitos humanos.

Así que, al final, Draculín ha caído en la trampa: aunque no le guste la especulación inmobiliaria, ha empezado a considerar la posibilidad de comprar un sepulcro sobre plano. Se ha acercado a uno de los nuevos cementerios y, después de preguntar en las diversas tumbas piloto, sólo ha encontrado una promoción de su agrado. El caso es que sólo quedaban dos nichos —los panteones quedan fuera de su alcance—, así que debe decidirse pronto.

Yo creo, de todos modos, que Draculín es un poco quejica. Si una entrada de cine, que dura dos horas, vale seis euros, es lógico que valga seis mil un metro cuadrado para toda la vida (medio siglo en términos mortales). Y es que, a fin de cuentas, lo que le pasa a Draculín es que no quiere abandonar el castillo gótico con cripta privada en el que vive. ¡Ay, Draculín! ¡Que tú eres un privilegiado! ¡Piensa en el Conde Ilia, que tiene que irse a Afghanistán porque en su Bulgaria natal no se asustan ya ni las palomas!

1 comentario:

Alholva dijo...

Draculín debería pensar en lo estimulante que puede ser comprar un nicho de tercera mano y arreglarlo a su gusto. Además eso le serviría para poner a prueba todas sus capacidades. Desde reforzar las matemáticas para cuadrar sus gustos con el presupuesto hasta descubrir donde están los límites de su paciencia. Pero si se decide a obviar estos pequeños inconvenientes descubrirá lo bonito que es dibujar sus sueños en un papel.

Un consejo: Que Draculín no llame a Horterolo para que le ayude a combinar los colores.