viernes, 11 de marzo de 2005

Un año después.

Me levanto a las siete y media, como todos los jueves, preguntándome si veré al tipo que a esas horas farfulla hablando solo en la estación de Atocha. Desayuno con toda la lentitud del mundo, como corresponde a un día en que entro tarde a trabajar. Mi madre, es extraño, sale en bata a decirme algo de una explosión cerca de Atocha; dicen que la estación sigue funcionando. Al rato, me dice que han cancelado los trenes. Lo primero que pienso (¡qué estupidez!) es "¡mierda, tendré que coger el autobús!" Salgo pitando a la calle; el paseo del Prado es un hervidero. Me encuentro a Margarita, una vecina (diez años menor que yo) de este barrio de cuatro casas, a la que sólo suelo ver los veranos en un pueblo a 300 kilómetros de Madrid. Ella me dice que no sabe qué hacer. Está angustiada.
—Ni se te ocurra ir a clase. Yo voy al trabajo, pero tú eres estudiante y no pasará nada porque faltes un día a la facultad.
El cruce desde la orilla del Botánico a la de la calle Atocha es una locura. Atravieso por la plaza del Reina Sofía, en lo que es, en mi opinión el camino más corto entre dos puntos (que nunca es una recta). Pero, a pesar de que estoy dando un rodeo, hay cientos, cientos de personas. Subo al autobús, preguntando si para cerca de Las Margaritas. Sí, lo es. Monto. A mi lado, la gente comenta el atentado. Algunos estaban allí. Hablan de caos. Trato de tranquilizar a alguien que se sienta a mi lado. El tráfico es horrendo; veinte minutos en llegar a Pirámides. Pero llego a tiempo a Getafe: reconozco la Plaza del Lazo. Un chico de color me pregunta por el Carrefour. Le digo "creo que voy cerca de allí". Encontramos, al final, el camino. Llego con el tiempo justo... No, me da tiempo a un pequeño café. Todo el mundo se alegra de verme. Entonces me doy cuenta de lo terrible de la situación. ¡Mis compañeros se alegran de verme vivo! Y no sólo ellos, sino mis alumnos de 4º B, incluso los más macarras. Procuro mantener la imagen de normalidad, haciéndoles leer una lectura del libro de texto. Pero es absurdo. La mañana se va degradando... Muchos alumnos de mi tutoría, con la que tenía lengua y tutoría ese día, han tomado transportes alternativos y se han perdido por Getafe. Autorizo a los alumnos a usar sus móviles para tratar de localizarlos, y, por supuesto, para atender las llamadas de sus padres.
En el recreo decidimos (¡qué estúpido soy!) mantener, como imagen de normalidad, el claustro que habíamos convocado. El ambiente de la comida está enrarecido: todos hacemos cábalas sobre el número de muertos. No pueden ser 40. Lo sé yo, que hasta hace poco me leía siempre el número de viajeros autorizado, por si en algún momento decidía escribir una web ferroviaria, o tratar de adaptar el SimuTrans a los ferrocarriles españoles.
En el claustro falta mucha gente. La directora nos anuncia que el profesor de compensatoria, un psicólogo de unos 50 años, ha ido al IFEMA a prestar su apoyo a las víctimas. He de reconocer que me caía mal, pero el hombre tiene lo que hay que tener.

Llego a casa después del claustro, a las mil. Mi móvil estaba apagado, cargando. La lista de mensajes es enorme... Juan, Güigüi, y ¡una llamada del instituto! Sí, para que os hagáis una idea de lo terrible de la situación, la directora llamó a todos los que no entraban a primera hora, para saber si estaban vivos. Dios.
Conecto el messenger. Recibo cientos de mensajes de mis alumnos, pero también de mi colega Jorge, que me dice que no fue a trabajar... Que su instituto estaba junto a la estación de Entrevías... Que las imágenes del patio de su instituto que han aparecido por televisión son horribles... Que teme por sus compañeros, y por sus alumnos.

La televisión no para. Reconstrucciones, el siniestro IFEMA, los desmentidos de la cúpula de Batasuna al ver lo que se le viene encima. En televisión aparecen las primeras hipótesis islamistas. Una camioneta con una cinta en árabe. La verdad, a primera vista parece una teoría de la conspiración: hay muchos inmigrantes magrebíes que tienen furgonetas, y tienen todo el derecho del mundo a llevar cintas en árabe dentro de ellas. Yo incluso llego a pensar que el gobierno del PP quiere hacer caer el atentado sobre los islamistas, para justificar la guerra de Irak. Un año más tarde suena irónico, ¿verdad?

y, por una vez en mi vida, yo, que siempre he sido el tipo de persona que ha recelado de las políticas antiterroristas, coloco en mi web un enlace a la asociación "manos blancas" y comienzo este blog.

1 comentario:

DrQbikus dijo...

Pese a no ser de Madrid, he viajado decenas de veces en esos trenes.

No hay palabras para describir la enorme tristeza que me produce pensar en la gente que perdió la vida o quedaron gravemente heridos en los atentados, cada vez que veo imágenes de los trenes o de la estación de Atocha que tantas veces visité como una ciudadano anónimo acogido por la ciudad de Madrid.

Son muchos recuerdos los que me traen las imágenes de los trenes, la estación de Atocha, el Pozo, la entrada y salida de la gente en los trenes, la voz que indica las paradas, el letrero luminoso que anuncia el siguiente...

Me siento muy cerca de todas las víctimas de este sinsentido, y profundamente triste.